ESPERANZA
FUTURA JUANA
DOMÍNGUEZ
No sabía por qué ni cómo. No sabía de ciencia. Era un
hombre sencillo, sin más estudios que lo que la vida le iba enseñando. Lo
consideré un milagro, además de una grata sorpresa encontrar aquel “tesoro” que
había sobrevivido a un fuego furioso y desconocido que asoló y calcinó todo lo
que encontró a su paso.
Tuve que marcharme de mi pueblo, dejar mi casa y mis
escasos bienes. Teníamos que abandonarlo
todo para que no hubiera muertos. Me fui abatido, con la incertidumbre de lo
que encontraría a la vuelta ¡si es que volvía alguna vez!
Volví varios días después. La información que me llegó
durante mi ausencia era esperanzadora, las casas del pueblo se habían salvado,
pero había muchos daños en el campo.
Poco a poco me animé a recorrer las fincas rústicas,
después de limpiar de cenizas, agujas y roñas de pino, que todavía sigue
trasladando el viento, inundando las calles y las casas. Los troncos de pino de
la sierra, todavía humeaban, el olor a quemado era muy fuerte, aun no sé había
apagado el fuego, el calor no ayudaba a enfriarlo.
Para mi sorpresa la viña sobrevivía, una parte de las
cepas estaban verdes, llenas de ceniza y carbonilla, pero vivas. La cerca que
la cerraba estaba caída en todo el perímetro. Los postes se habían quemado, el
alambre sigue caída. Los animales silvestres ya habían empezado a comerse las
uvas, decidí dejarla así. Tenía trabajo más prioritario.
En mi recorrido por ella, me sentí abatido al ver el pino
añoso que se alza en mitad de la finca, airoso y único que existe en ella, con
el tronco negro como el carbón, la alta copa sigue verde, ¡quizá no se seque!
Todo lo que vivía a su alrededor esta arrasado; el ciruelo que, dependiendo de
la lluvia y las heladas primaverales, cuajaba o no unas ciruelas muy sabrosas;
no volverá a retoñar. Estaba empezando a renegar y desesperarme, cuando algo
brillante me llamó la atención. Una sorpresa agradable, inesperada y alegre me
deparará aquel brillo.
Mi padre nos enseñó a dejar guardadas las botellas de
vino con las que rellenábamos la bota, y no se consumían el día de la vendimia,
acompañando un poco de aperitivo o merienda para la familia y conocidos que nos
ayudaban a cortar las uvas, cuando terminábamos. Era su manera de agasajar,
recobrar fuerzas y descansar ese día.
Una botella era la causa de aquel brillo que me alegro,
recordé el escondite debajo del ciruelo entre las piedras de la pared que
separa la viña del cerro estéril. ¡Estaba vacía, sin tapón! Tenía que haber
alguna más. Y si, enterrada totalmente, solo se la veía el corcho requemado
pero entero que la cerraba; una alegría inesperada, un tesoro, no sé cuánto
tiempo podía llevar allí cubierta de tierra, no recordaba la última vez que se
guardó vino allí. Cuántas preguntas me hice en pocos segundos ¿Estaría vacía
también, se habría avinagrado?
¡Era un milagro, algo imposible! Se había conservado a
pesar del calor que debió sufrir rodeado de fuego, hasta el musgo de las
piedras estaba quemado. El vino no se había alterado, tenía cuerpo, olor y
sabor del vino de pitarra casero, solo el color era más claro que el vino joven
que salía de las uvas de aquella viña.
Que el vino sobreviviera a un desastre como el
acontecido, me dio fuerza para seguir adelante, el trabajo y el esfuerzo en la
recuperación de la finca sería esperanzador. Justo ya tenía un motivo para
seguir adelante con ella.
EL HÉROE ANTONIO
LLOP
Todavía estoy en shock en una cama de hospital. Me han
dicho que ayer perdí el conocimiento. Yo no recuerdo muy bien lo que pasó. La
enfermera me pide permiso para que deje pasar a los periodistas. Le contesto
que esperen un poco.
Resulta que tengo una facultad especial que me da
satisfacciones, pero también muchos sinsabores. Poseo muy desarrollado el
olfato. Los médicos me dicen que no es un gran problema el que mi pituitaria
sea muy sensible. Para mí lo es en ocasiones. Es un placer respirar en un
bosque de eucaliptos, pasearse por un campo de lavanda o llevarse los dedos a
la nariz tras acariciar una rama de romero. Pero, por el contrario, no soy
capaz de abordar un vagón de metro en horas punta y no soporto los servicios de
bares y otros lugares públicos.
El caso es que ayer estaba en la cola de mi Banco en
espera de solucionar una incidencia con mi pensión cuando siento un olor como
de alguien desaseado. El efluvio se incrementa por lo que intuyo que se está
acercando a mí. Veo que me rebasa un joven encapuchado vestido con un chándal
descolorido. No veo su rostro porque lleva mascarilla. Se dirige a la cajera y
sin miramientos desplaza bruscamente al cliente al que ella atendía en ese
momento. Por el rostro demudado de la empleada mientras deposita en la bandeja
fajos de billetes deduzco que están atracando el Banco. De pronto oigo a mi
espalda una voz conminatoria para que nos tendamos en el suelo. Es la de otro
atracador que se dirige al despacho del director. Con el olor polvoriento de la
moqueta llenando los senos de mi nariz escucho una sirena y el frenazo de un
coche proveniente de la calle. Uno de los atracadores grita con nerviosismo: Su
puta madre, alguien ha accionado la alarma. El otro, más sosegado, le calma: Es
solo un patrulla. Dos maderos son fáciles de controlar. Pillamos a uno de estos
de rehén y salimos con la pasta.
Se produce un intenso silencio. Por la vibración de la
moqueta siento que nuestros secuestradores se mueven nerviosos. Deben estar
pasando revista a los que estamos tirados en el suelo. El olor del atracador
mofeta se aproxima a mí. De pronto tira de mi chaqueta y me pone en pie como a
un muñeco. Una presión fría en la sien me dice que me ha encañonado con algo
metálico que deduzco es un revólver. Me impele a moverme. Según nos dirigimos a
la puerta el mal olor a mi espalda se incrementa. Cuando salimos a la calle ya
es insoportable. Las endorfinas que genera el miedo incrementan el hedor cada
vez más intenso del individuo. No recuerdo más.
Por lo que he podido ver en redes sociales desde esta
cama de hospital debí perder el conocimiento. Desde la mayoría de los móviles
de la gente que grababa la escena, parece que al caer me zafo de mi
secuestrador con un codazo. El hombre queda sin su pantalla y es abatido por
los policías, que inmediatamente detienen al otro compañero.
Yo estoy seguro de que no lo hice a propósito porque
estaba demasiado asustado. Supongo que fue un movimiento reflejo de asirme a
algo al caer lo que hizo que soltara el codo. Pero los periodistas y la gente
están tan saturados de violencia que necesitan a un héroe que encarne la
supervivencia de las personas normales en esta época convulsa. Y me temo que no
me dejarán en paz hasta que mi declaración sea en ese sentido.
Y, por supuesto, nunca diré que me salvó mi pituitaria.
ESCOLASTICA ARACELI
DEL PICO
Hoy hubiera sido su onomástica. Y con el
cariño y lealtad que me produce su recuerdo, rememoro su llegada a casa. Yo era
muy chica, pero tantas veces lo he oído contar que está clavado a fuego. Y
además una foto juntas, me hace tenerla bien presente. Fue mi mascota y “casi”
mi segunda madre.
Sobrevivir a una caída en la carretera por
donde iba el bus de La Sepulvedana de Segovia a Madrid, subiendo “por las siete
revueltas” el Puerto de Navacerrada en el año 1946, era casi un milagro. Pero
sucedió…
-
Pare,
pare conductor. ¡¡¡Pare de una vez!!! ¿No ha visto que ha caído una caja de la
baca portaequipajes?
El frenazo que dio aquel hombre, en plena
curva y en pleno ascenso, fue otro milagro que se produjo aquella tarde. Bien
podría haber volcado el autobús entero con sus pasajeros y resto del equipaje.
No fue así.
-
¿Pero
que se ha caído? - preguntaron muchos, en otros el propio conductor.
Y una voz resoluta y bien segura de sí
misma, contestó:
-
Es
un cajón, que yo había preparado y dentro iba una cabra.
La mayoría de los pasajeros asintieron,
recordando las dificultades que había habido, para subir el cajón por la
escalera de la parte trasera, con los consiguientes balidos de la cabra, que no
paraba de quejarse.
Poco antes del suceso, todos los que iban
compartiendo bocadillos de tortilla, los más afortunados con pimientos y todo y
alguna tartera con filetes empanados. Con más pan que filetes. Pero ese es otro
cantar. La cuestión es que el bus se vació y todo el mundo arrimó el hombro,
para buscar a la dichosa cabra, cuyos balidos se oían no muy lejos. Y apareció,
había sobrevivido al castañazo que se pegó, cuando en una de las revueltas el
cajón viró y salto por los aires con el animal dentro. Y tuvo doble suerte,
porque en la segunda parte del trayecto, viajó pegadita al dueño y dentro del
autobús. En aquel tiempo, esas cosas eran posibles.
Propietario y cabra, llegaron a casa,
andando naturalmente. Una vez allí, hizo las presentaciones. Mirad todos,
estamos aquí y de milagro. Contó con todo lujo de detalles las vicisitudes del
viaje y por unanimidad decidieron que había que ponerle un nombre. El cabeza de
familia, miró el santoral y entre los varios del día, el más apropiado era
Escolástica. Y así, sin agua bendita, ni nada, quedó bautizada. Y la muy
cabrona de la cabra, respondía a la primera cuando se le llamaba. En la parte
trasera de la casa donde se vivía, se la habilitó un cobertizo para que
disfrutara de su propia intimidad.
Y por la mañana, más bien temprano, se
procedía al ordeñe. Porque ese había sido el objeto del viaje.
En casa había una niña, única y deseada hija
del matrimonio. Para satisfacción de sus padres había nacido con excelente
apetito y desde que hincó sus encías en el pecho de la madre, la muy insaciable
no dejaba de chupar. Iba a cumplir los dos años, cuando el médico sugirió, que
iba siendo hora de proceder al destete. Entre otras cosas porque ya tenía
dientes y corría serio peligro el pezón de la madre.
Hubo consenso familiar. Y se decidió que lo
propio, era ir dándole papillas y sobrealimentarla con la leche de la cabra,
que un tío de la familia, hermano de la madre, les regalaría. Dicho y hecho.
Todo funcionó según lo previsto. La niña
crecía hermosa y comía de todo, especialmente disfrutaba de la leche. Y la
cabra daba ejemplo, comiéndose todo lo que pescaba, pienso, calcetines,
sábanas. Era omnívora total. Y hasta cierto punto obediente. Le decían:
-
Escolástica,
deja eso.
Oye, y lo dejaba sin dudar. Pero en cuanto te
dabas la vuelta, volvía a rumiar con ganas. Y el tiempo transcurría. La pequeña crecía lozana y ya comía de todo.
Es decir que el miembro de cuatro patas y dos cuernos graciosísimos de la
familia, ya no hacía falta. Que ingrato es el ser humano.
Para resumir la historia, les diré, que
también por consenso familiar, se decidió buscar un cabrero, y que previo pago
del animal, se hiciera cargo de ella. Llegó el día. Había más lágrimas que
sonrisas. Pero la suerte estaba echada. Cuando aquel cándido señor vino a
recogerla, preguntó al ama de casa:
-
Señora,
esta no será de la que come ropa, ¿verdad?
-
No
señor. ¡Vaya pregunta!
Se giró ligeramente, y Escolástica se estaba
dando un festín, con unas medias de cristal que se estaban secando sobre una
silla baja en el patio.
Nota
del autor. Como autora del relato, podría decir: Cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia.
No
lo haré. Mentiría.
YA ES DE
NOCHE SANTIAGO
J. MARTÍN
Un grito despiadado. Un eco imparable en la residencia. Un
temor incontenible.
Eran las cuatro de la mañana. Mi compañero Félix y yo no
pudimos volver a conciliar el sueño.
Mateo era un hombre indestructible, por dentro y por
fuera. Sobrevivió a dos guerras y a mil batallas. Estuvo en prisión. Atentaron
contra su bufete laboralista. Siempre fue objetivo de grupos ultras y de prensa
vendida al Régimen.
Pero Mateo se empeñó en vivir, y muchos creíamos que era
inmortal. Todos menos Félix, que aseguraba que le sobrevalorábamos.
Reconozco que Félix es más facha que yo. Ninguna noche se
quedó a escuchar las historias escuetas y sobrias de Mateo.
El enfermero se asomó a nuestra habitación y nos lo soltó
tal cual.
-Ha muerto.
Félix dio una vuelta en su cama y musitó un: Imposible.
Mientras, como yo, disimulaba unas lágrimas con un falso
bostezo.
Juana. Has hecho un relato testimonial y simbólico. Sobrio, sin artificio. Conviertes una botella salvada del fuego en metáfora de resiliencia. Lo desarrollas de forma sencilla y llena de autenticidad. El vino como milagro cotidiano sostiene la esperanza. Emotivo.
ResponderEliminarAntonio. Tu relato es original y tiene una buena dosis de humor irónico, con la eficacia de contarlo en primera persona. La hipersensibilidad olfativa funciona como recurso cómico y motor de la acción. Hay en él una visión sarcástica del heroísmo. El ritmo es ágil y el desenlace, inesperado. Muy bueno.
Araceli . Un relato con mucho encanto por la anécdota que lo sustenta — la cabra que sobrevive a la caída en Navacerrada — Tiene el humor castizo sello de la casa. El tono es ingenuo, y gana por autenticidad y ternura. Tiene un sabor nostálgico a otros tirmpos. A mi me ha gustado mucho.
Santiago un relato breve pero de gran intensidad emocional. Las frases cortas le dan tensión. Muy bien definidos los personajes, Mateo abogado laboralista antifranquista y su contrapunto Félix, escéptico y reaccionario, Final seco y sobrio. Potente como un golpe seco..
Juana tu relato se basa en un desgraciado acontecimiento reciente. Muy bien descrito tanto el espacio como los sentimientos del protagonista. La sorpresa de la botella de vino enterrada es un símbolo de que, a pesar de la catástrofe, la supervivencia de aquel sitio y los ánimos del personaje están asegurados. Muy adecuado al tema propuesto.
ResponderEliminarAraceli, muy bien explotada la anécdota de la cabra omnívora. Construyes un relato costumbrista basado en un recuerdo de infancia con unos diálogos en el lenguaje familiar que te caracteriza. Muy bien aprovechados los recursos.
ResponderEliminarSantiago ambientas tu relato en un espacio propio del final de nuestras vidas. Es una historia de supervivencia contada por uno de los personajes intervinientes. Los otros dos, incluido el protagonista, dan cuerpo a la acción desde dos posiciones ideológicas distintas.. El final es breve y contundente como todo el cuento. No se necesitan más palabras para narrar una historia si se cuenta tan bien como tú lo haces..
ResponderEliminarEsperanza futura. Juana
ResponderEliminarJuana, después de la desolación de ver los desastres del fuego, encontrar una simple botella de vino, enterrada bajo tierra, que ha sobrevivido, te ha provocado una sonrisa y un halo de esperanza. Deseo que pronto podáis retomar la costumbre de enterrar más botellas para rellenar la bota para aliviar la vendimia.
El héroe. Antonio
Antonio, espero que la policía te premie con alguna distinción. Nadie tiene por qué saber que los atracadores eran unos guarros y que tú tienes la pituitaria superdesarrollada. Es un relato muy original a la vez que muy gracioso. Muy bueno.
Escolástica. Araceli
Araceli, interesante la historia de la cabra que después de sobrevivir a un accidente, alimentó con su leche a una niña. Cuando dejó de ser útil la vendieron a un cabrero. Qué triste fue la vida de escolástica, pero contada como relato, resulta graciosa.
Ya es de noche. Santigo
Los héroes también se mueren, pero luchando por sobrevivir hasta el último momento. En la residencia, sus amigos que conocían sus luchas y sus victorias, lo admiraban. El día que expiró no se lo creían. Me emociona saber que Félix, simpatizante del otro bando, derramó una lagrima por él. Genial, Santiago.
Como bien define el título, en el relato de Juana, brilla la esperanza. Muy a pesar del horror del fuego y de la devastación que ocasiona. Todos los que hemos vivido un fuego y sufrido el dolor de ver como la naturaleza y las fincas quedan devastadas sentimos con especial emoción este relato. Me alegran el feliz hallazgo lleno de simbolismo y las connotaciones que le regalan al protagonista de esta historia.
ResponderEliminarEl ritmo en el relato de Antonio es trepidante. Casi falta la respiración al leerlo. Con la descripción tan real parece que estamos en el lugar del atraco y sentimos el estrés que ocasiona. Y lo mejor es el especial protagonismo que le confiere al sentido del olfato por el que se guía el protagonista para hacernos participes de los hechos. A demás, la humildad, vuelve a estar presente en estas líneas que atribuida al protagonista es un fiel reflejo de la personalidad del autor.
ResponderEliminarConocía de primera mano la historia de la cabra y su singularidad bien merecía este relato. Hechos que, desde la mirada de este siglo, parecen inverosímiles pero que no sólo fueron reales sino que gracias a iniciativas familiares como esta, ayudaron a muchas familias a sobrevivir en aquellos años tan difíciles. Esa cabra y su recorrido hacen honor a este homenaje.
ResponderEliminarA modo de microrrelato, Santiago condensa en pocas líneas, una profunda historia de vejez y supervivencia. El diálogo lo hace aún más ágil y verosímil y con esas lágrimas que se quieren ocultar, nos llega la tristeza y la ternura que el relato contiene.
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