POR SER CREATIVO ANTONIO
LLOP
El calvario judicial por el que
estoy pasando no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Y eso que yo no los tengo. Y
todo por una epifanía impostada.
Todo empezó la tarde en la que
apareció aquel joven rubio por el bar donde nos reuníamos los del grupo de
Creación Literaria. Mientras hacíamos nuestra acostumbrada tertulia tomando
cañas de cerveza, él se sentó en una de las mesas del fondo del local. Es
difícil apreciar cuando alguien te mira directamente. La mirada desde cierta
distancia es algo direccionalmente inconcreto si no se mide con instrumentos de
precisión. El caso es que yo tenía esa sensación de incomodidad de cuando
alguien te observa de una forma irritante.
Los días siguientes de tertulia
noté su presencia en otras mesas menos alejadas de la nuestra. Y ya no me cupo
duda de que me miraba. Aprovechando que su situación estaba camino al servicio
una tarde me detuve y le pregunté si nos conocíamos de algo.
-No, no, lo que sucede es que
sigo sus relatos en el blog SOMOS MÁS DE CIEN CIA. Me encantan.
Tomé aquella declaración con el
escepticismo propio de los escritores diletantes que no pretenden otra cosa que
su obra sea consumida por su círculo de amigos y familiares. Era rarísimo que
alguien de fuera de nuestro grupo me siguiera con tanto interés. Por otra
parte, sentí ese chute de ego de las personas que reciben halagos.
El caso es que tras despedirme en
la puerta del bar de mis compañeros me abordó discretamente.
-Perdone, pero no veo escritos de
poesía suyos. A mí me gusta mucho la poesía.
Como parecía que quería hablar de
literatura no me negué cuando me propuso quedar solos para el día siguiente.
Quedamos en una cafetería que me sugirió. Llevaba algún poema de consumo
interno procedente de unos ejercicios de clase. Antes de dárselos quise
averiguar algo de su misteriosa vida. Me dijo que le llamaban Suky, pero no me
aclaró si era su verdadero nombre. Por lo demás solo generalidades que podrían
ser verdad o no. No averigüé nada que me condujera a la razón por la que había
contactado precisamente conmigo. En principio me negué a facilitarle mis
poemas.
Los días siguientes de tertulia
ya se colocó en la mesa de al lado nuestra mirándome fijamente. Tal adoración
se estaba convirtiendo en agobio. Mis compañeros ya se burlaban de mí
espetando: “Ya está aquí tu admirador”. Al final le presté algunos poemas y nos
intercambiamos los teléfonos para que me diera su opinión, creyendo que su
intención era la literatura.
En los días siguientes no paró de
llamarme pidiéndome más poesía. A mí, en cierta forma, me gustaba su adulación.
Los autores solemos tener un plus de narcisismo mayor que otro tipo de
personas. Hasta que un día, para quitármelo de encima, le cedí todos los poemas
que había escrito.
No volví a saber nada de él en
varias semanas. En una fiesta familiar en casa de mi tía que celebramos en esos
días le conté el caso curioso a mi sobrino Carlos.
-¿Cómo me dijiste, tío, que se
llamaba?
-Suky, pero no creo que sea su
verdadero nombre.
Mi sobrino tecleó en su portátil
y volvió la pantalla de cara a mí.
¿Es este? -preguntó.
Asentí. Me pareció que Carlos me
miraba de forma condescendiente.
-Tío, es nada menos que un “cien
mil”.
-¿Qué significa eso?
-A los “influencers” se les
califica por el número de seguidores. Este llega a los seis dígitos. Estos
ganan una pasta.
Le pedí a mi sobrino que me
dijera cómo entraba en la red social de donde lo había sacado. Ya en casa
comprobé que había publicado en su página de Instagram mis poemas como si los
hubiera escrito él. No eran obras de calidad, pero no me gustó que omitiera mi
autoría. Uno tiene su amor propio. Le llamé por teléfono y cuando escuché su
voz le expresé mi disgusto por publicar mis poemas sin permiso.
-Perdona -se disculpó-. No creí
que te importara. Como preví, la poesía gusta mucho a la nueva juventud. Los
jóvenes están cansados de tantos chismes tecnológicos. Antes apenas tenía un
millar de “followers”. He centuplicado la cifra desde que publiqué tus poemas.
Y eso significa más ingresos en mi cuenta.
-Pero si no son nada del otro
mundo -argumenté.
-No te preocupes por eso, mis
lectores no saben nada de literatura –aclaró-. Si me mandas más compartiríamos
las ganancias.
Comprendí decepcionado que su
interés en mí no era por amor al arte sino por motivos crematísticos. Él era el
marketing que yo nunca busqué para vender mi obra. Yo era feliz compartiéndola
con mis colegas sin más pretensiones. Por lo que me negué y le dije que no
colgara ningún poema más o le denunciaría. Nada más decirle esto comprendí mi
error porque nunca me había molestado en llevarlos al Registro de Autores.
La Editorial Planeta, como
siempre a la caza de escritores rentables, le ofreció un buen dinero por los
derechos de autor de un libro recopilatorio. Me indigné. Tenía que hacer algo
para evitar su publicación. Se me ocurrió mandar una carta al director del País
digital, que se había hecho eco de la salida al mercado del poemario. Con este
afán que tenemos los escritores por ser creativos en lugar de argumentar el
plagio descarado de mi obra, destaqué el poema con el que el plagiario cerraba
el libro, lo entrecomillé y puse el siguiente texto: “Este será el último poema
que escriba Suky”.
La fatalidad fue que el
“influencer” dejó bruscamente de tener actividad en Instagram y en cualquier
otra red social. Sus seguidores perplejos crearon una página titulada “¿Dónde
está Suky?” en la que chatearon los más delirantes argumentos. La presión
social se estaba convirtiendo en mediática. Además, estaba Planeta con su afán
de explotar al nuevo autor que ya había pasado ampliamente los cien mil
seguidores intentando infructuosamente contactar con él. Yo le llamé
repetidamente al teléfono sin obtener resultados. Mi temor consistía en que en
cualquier momento alguien denunciara su desaparición y la policía se pusiera a
investigar. En efecto, un día me visitaron en casa dos agentes con la reseña de
la frase publicada en el periódico en su tableta. Me preguntaron por el tal
Suky. Yo les di mi versión del asunto en comisaría. Me retuvieron allí el mayor
tiempo que les permitía la ley. Todos los días me preguntaban por la situación
del cuerpo de la posible víctima.
No pueden probar nada porque yo
no he hecho nada, sin embargo, yo había escrito lo que había escrito. Me cansé
de argumentar que era una forma creativa de decir que el muchacho ya no
escribiría más porque yo, el verdadero autor, le dejaría de ceder poemas.
El caso es que los hechos son
tozudos. La policía no entiende de creatividad en las manifestaciones. Yo me
había inculpado como autor de la desaparición o muerte de alguien. Desde
entonces estoy pasando un calvario judicial en espera de que ese chico rubio,
que yo creí un admirador, aparezca otra vez en la mesa de al lado. Quizás esté
en algún paraíso fiscal disfrutando del anticipo de Planeta. O vaya usted a
saber si él no tendría un gran enemigo y este lo haya asesinado realmente una
vez que tuvo la cobertura de un chivo expiatorio como yo con la desafortunada
frasecita.
MI CHICA DE LAS CURVAS JUAN
SANTOS
Tener una novia con el cuerpo lleno de curvas no se lo
aconsejo a nadie. La que yo tuve se parecía mucho a Marilyn, y me sentía muy
orgulloso de ella porque, además de su atractivo físico, era inteligente y
graciosa.
El hecho de estar formada a base de curvas, sin ninguna recta, la convertía en
una mujer sin lados: como la luna llena, las gotas de agua o las cerezas.
Aun así, no se la aconsejo a nadie porque, al menos la que yo tuve, no paró
hasta encontrar un lado exterior muy misterioso en el que se ocultaba cuando le
venía en gana.
Aunque las curvas las tenía muy bien situadas, por encima y por debajo de la
cintura, y las piernas perfectamente torneadas, simulaba no ser feliz: añoraba
tener lisuras con lados definidos, como la mayoría de las mujeres.
Cuando estaba junto a ella, en lugar de a su lado, estaba a su arco,
circunstancia que me excitaba sobremanera.
Lo peor de todo es que desaparecía de mi lado sin avisar, sin que yo supiera a
dónde ni por qué. Después de mucho tiempo me di cuenta de que volvía con mucho
dinero y con una expresión facial relajada y sonriente.