MAESTRO EN
BOBEDAD JUANA
DOMÍNGUEZ
A Luisito todo el barrio le conocía y quería. Saludaba a la
gente con la que se cruzaba, aunque no los hubiera visto nunca. Siempre con una
sonrisa en los labios. Le consideraban discapacitado y le trataban con cierta
condescendencia.
Su aspecto ayudaba a estas creencias. No muy alto, moreno,
de aspecto agitanado, caminaba con la mirada perdida, se volvía al cruzarse con
la gente retrocediendo un paso para saludarla, y seguía cabizbajo.
Luisito se daba cuenta de las miradas de misericordia que le
dirigían, y movía la cabeza sonriendo siempre.
-Llámame tonto… -se decía a sí mismo.
Luis es muy inteligente. Se matriculó en derecho con
dieciocho años y terminó la carrera en cuatro años, el quinto año lo dedicó a
estudiar criminología, que aprobó con notable. Un buen día volviendo del
trabajo en el bufete donde le acogieron, se dio un golpe contra un árbol,
que estaba allí por estupidez de no se
sabe cuál autoridad.
A partir de ese golpe Luis empezó a dar señales de olvidos y
dejó el trabajo. Todas las tardes se paseaba arriba y abajo por su calle
hablando consigo mismo. Lo que no dejó nunca fue su sonrisa perenne.
Hoy volvía a casa especialmente satisfecho. Acabada su tesis
en la facultad de derecho, en la que empleó tres años y recibida la nota
académica, la acababa de dejar en su antiguo trabajo. Le habían nombrado
director del negociado en fraudes por simulación de estulticia e imbecilidad.
LLÁMAME TONTO JUAN
SANTOS
Llámame tonto, pero no lo hagas delante de los niños. Ellos
no saben tus razones. Deja que me valoren cuando sean adultos y vean que por mi
culpa siguen siendo pobres.
Llámame tonto, pero no lo hagas delante de mi
madre. Algún día te va a sacar un ojo y dirás que es una mala suegra. Tampoco
lo hagas delante de mi padre, porque él me ha educado y es igual que yo.
Llámame tonto, pero no lo hagas delante de mis
adversarios. No te creerán, piensan que me estoy forrando, como ellos lo harán
cuando puedan.
Llámame tonto, pero no lo hagas delante del
alcalde. Te dará la razón, y te dará pie para decírmelo más alto y pudiera
darte un soponcio.
Te recuerdo que soy un concejal honrado y no
quiero ni un euro fuera de mi salario oficial. Haberte casado con otro.
Dímelo todas las veces que quieras porque no voy
a cambiar. Prefiero que me llames tonto a que el pueblo me llame ladrón.
NO ES TONTERÍA SANTIAGO J. MARTÍN
No te voy a decir yo que no me gustan los manjares, al
contrario. Además hago a todo.
Lo mismo me da albóndigas en salsa que cordero asado. Me
encanta el osobuco y la lubina a la espalda.
No hago distinción en el orden de los platos. Puedo empezar
por los postres, seguir con los entrantes y devorar el segundo antes del
primero. Y vuelta a comenzar, por cualquier lado.
Aun así, voy paseando por la calle y veo a alguien sonarse
la nariz con contundencia y empiezo a salivar. Mocos, escupitajos y ciertos
excrementos escogidos son para mí un menú de degustación excelso.
La verdad es que no hago ascos a nada. Lo que sea, con tal
de evitar las aburridas bolas de pienso que cariñosamente me sirve a diario mi
amo.