EL
RIESGO DE JUGAR SIN BUENAS CARTAS SANTIAGO
J. MARTÍN
Ha tenido que
pasar mucho tiempo para que el destino, traicionero y cabrón, tantas veces,
haga de las suyas y se agarre a mi cuello como pidiéndome explicaciones.
Todo se
remonta a finales de los años noventa del siglo pasado. Entonces yo era un
muchacho de apenas 20 años que veía con cierto optimismo cómo una realidad
oscura – hacer la mili- empezaba a ver algún rayo de luz, tímido e
intermitente, pero luz, al fin y al cabo. Lo suficiente para sobrevivir.
Poco a poco
me fui asentando en mi destino, después de dos meses asfixiantes, rodeado de
otros chicos atemorizados como yo, ante tanta bota militar, tanta bandera
ondeante y tanto amor a la patria.
Yo tuve más
suerte que muchos de ellos. Aquellos primeros meses en el Cuartel General de
Artillería de Valencia no fueron unas vacaciones, pero al menos resistía en un
pequeño despacho donde realizaba labores administrativas sombrías, absurdas y,
agradablemente, inofensivas para mi integridad física.
Pronto
supieron de mis habilidades para redactar, y de ahí llegó mi mote: plumilla.
Era un apelativo peligroso, ya que alguno lo interpretaba como una definición
de mis inclinaciones sexuales. Es más, en mi batería, donde solo iba a dormir,
algún veterano se refería a mí como “el maricón enchufado este”. Parece ser que
no iban a perdonarme de ninguna manera que estuviera relevado de todo servicio
a cambio de mi soltura con la máquina de escribir y algún ordenador primario
que por allí pululaba sin que nadie se atreviera a meterle mano.
El cabo
Buendía era un artillero como yo, pero, con los meses de servicio militar y el
bigote que lucía, parecía mi padre. Una noche me entró por la directa en la
camareta.
-
Me
han dicho que escribes muy bien y que por eso te llaman plumilla.
-
Me
llamo Luis y escribo normal.
Esa era una
broma que yo solía gastar y que sonaba a un anuncio de la época.
-
Vale,
vale, Luis. Yo lo que quería es un pequeño favorcito.
-
Depende.
Ya sabes que no soy nada más que un soldadito como tú. Incluso menos diría yo.
-
No.
Lo que yo te voy a pedir es una cuestión personal.
Resulta que
Buendía, que me caía fatal, tenía una novia en Jaén, donde vivía. Pues
enhorabuena, pensé. Un tipo tan mal encarado, antipático, soez y con un punto
de crueldad siempre a pedir de boca, no merecía que nadie suspirara por él. Ni
siquiera su perro, si es que lo tenía.
Me vi
obligado a escribirle una especie de cartas de amor para su chica, la Mari. Él
sabía escribir perfectamente, pero quería impresionarla y me hacía redactar
unas epístolas que sorprendieran a la muchacha.
-
¿No
crees que se va a dar cuenta que no eres tú quien escribe?
-
Que
va. Nunca le he escrito nada. No lo sabrá, por ahora.
-
Ya,
pero el día que se entere...
-
Ese
día, quizás ya esté con otra.
El golfo de
Buendía necesitaba que la Mari le esperara en los rebajes y las vacaciones. Y
que estuviera solícita a calmar su insaciable sed de sexo. Digo insaciable
porque durante la semana buscaba, en Valencia, sustitutas diversas para la
pobre Mari de Jaén.
Mis cartas, o
sea las suyas, no eran exactamente cursis y relamidas. Tampoco rezumaban
encanto nerudiano. Lo que le gustaba es que estuvieran plagadas de palabras que
él no entendiera y que su chica, posiblemente, tampoco.
-
Eso
impone mucho. ¿Sabes?
-
No
sé qué decirte.
-
Pues
eso, no digas nada y limítate a escribir.
Abundaban
frases de este tinte: la espita de mi corazón clama por tu aliento que, como
un céfiro, apague la pasión que despiertan esos orbes que adolezco.
Varias veces
estuve a punto de decir que ya estaba cansado de tanto artilugio y de tanto
embuste. No tuve valor. Él siempre agradecía mis servicios literarios con unas
palabras que me sonaban más a amenaza que a lisonja.
-
Ya
sabes. Estas cartas son tu pasaporte para vivir sin problemas.
Pero con
aquellas cartas dejé de estar bien conmigo mismo, que también importa. Sus
infidelidades eran las mías; a sus mentiras yo les daba forma.
Todo terminó
cuando Buendía se licenció y dejó de utilizarme como su mamporrero poético. Me
liberé. Aunque un regustillo de culpa no se me quitaba de mis manos ejecutoras.
Recogiendo
mis pertenencias, ya a punto de terminar el servicio militar, apareció en mi
taquilla una hoja en blanco con la firma de Buendía. Era habitual que me diera
varias así. Allí escribía yo luego, a máquina, esas muestras de amor a medida,
con tufo a un Lope barato.
Un
pensamiento oscuro me estuvo poseyendo durante un par de semanas. Al final lo
hice.
Redacté una
carta con la Olivetti de la oficina en la hoja firmada por el cabo. No se la
dirigí a María la de Jaén, sino a Justina Rodríguez, la mujer del capitán de mi
batería. Como tenía acceso a las direcciones de mandos y soldados, ya que me
ocupaba de enviar correos oficiales, dirigí la misiva al domicilio de Julián
Rocamora Rodríguez, el oficial casado con Justina. Si dijera que el capitán era
violento, machista, repugnante y vil, saldría más que favorecido.
La carta nada
tenía que ver con las relamidas líneas que escribí a la Mari. Allí fui vulgar,
burdo, un poco animal realmente. Creo que ese sería el verdadero lenguaje
erótico del cabo Buendía.
Justamente el
día que me licenciaba, tuve la delicadeza de pasarme por Jaén, para depositarla
en un buzón de correos. Así me aseguré de que el matasellos fuera una evidencia
más contra Buendía, además de su firma.
Todavía me
sonrío cuando pienso la que le caería, conociendo al capitán Rocamora.
Está claro
que Buendía, en algún momento, pensaría que el plumilla estaba detrás de
aquella somanta de hostias que le cayó. Le fue imposible localizarme. Él no
sabía nada de mí, ni siquiera mis apellidos.
Las historias
fluyen hasta que se terminan del todo, como si fueran esféricas.
Inesperadamente, la otra tarde, después de hacer el amor con mi nueva compañera
Malú, me acarició el pelo que todavía me queda y empezó a reírse de forma
encantadora.
-
No
sé por qué me ha venido a la cabeza ahora, un novio que tuve que, cuando estaba
en la mili, me enviaba unas cartas horribles y enrevesadas. Está claro que no
me las escribía él.
Tragué
saliva. No dije nada durante un rato. Pensé que seguiría hablando, pero paró y
empezó a besarme suavemente en el cuello. No pude aguantarme más.
-
¿Te diste cuenta de que no eran suyas y no le
dijiste nada?
-
¿Para
qué? Las cartas se las pasaba a mi madre, que se partía de risa. Además, para
lo que me duró.
-
Oye,
Malú. Pero tú, ¿cómo te llamas realmente?
ES TUYO ARACELI
DEL PICO
Rufino se miraba en los escaparates y
aquellos cristales le devolvían una imagen divertida. Hacía muecas enarcando
las cejas, los hombros, o apretando sus labios dejando entrever unos
desgastados dientes, como si de un conejo se tratara. Era su divertimento favorito.
De repente cesaba en su pantomima. Se quedaba muy serio mirando el
reflejo de su yo en el cristal, se tocaba los riñones y trataba de ponerse bien
derecho. No podía. El insistente dolor de riñones pesaba en él y cada día
estaba más menguado y encorvado.
Su natural positivo le hacía ver lo negro gris y lo gris a sus ojos
resplandecía como la plata. Así estando inclinado y más cerca del suelo, se
percataba enseguida de cualquier cosa que le fuera de utilidad: alguna moneda
perdida, un clip, un mechero, un bocadillo mordisqueado medio envuelto. Todo le
venía a pedir de boca. Él recogía sus tesoros y los colocaba primorosamente en
aquellos cartones que había convertido en su hogar. Dentro unas mantas bien
dispuestas. Y en una caja del mismo material, bien pequeñita, sus preciadas
pertenencias. Menos el bocadillo que se comía con placer antes que se pusiera
más duro de lo que ya estaba.
Nadie del barrio conocía sus orígenes. Los más viejos no recordaban
cuando se había instalado en aquel rincón del Parque de Santander no lejos de
la plaza de Quevedo en Madrid. Y para los más jóvenes era alguien que siempre
los deleitaba, con algún juego de manos. Sacaba una raída baraja o unas pelotas
de colores y siempre tenía entretenida a la chavalería cercana, sin pedir nada
a cambio. Jamás aceptó limosna alguna.
-
Buenos días doña Amelia.
-
Buenos días, hijo.
-
¿Qué tal ha dormido hoy?
-
¿Dormido? No sé. Cuando duermo no me acuerdo
de nada. Y cuando me levanto menos. Si me aclaro te lo digo. Pero gracias por
preguntar.
Rufino la dejaba marchar, con un ligero
toque de su gorra, e inclinando un poco más su arqueada espalda.
-
Hijo por dios, no te agaches más, que vas a
dar con la barbilla en el suelo. ¡Cuánto remilgo trasnochado!
Esa conversación y parecidas se intercambiaban él y doña Amelia.
Ambigüedades que les mantenía unidos. Pero existía aprecio mutuo y bien
sincero. Ella viuda y sola. Su único hijo, periodista, había muerto cubriendo
un momento difícil en la guerra de los Balcanes, allá por el año 2001. Y los
pocos amigos que aún le quedaban, decían que, a partir de entonces, su cabeza
no regía bien. Tenía despistes y, en la opinión de muchos y por su
comportamiento, el alzhéimer se estaba apoderando de ella. Con tales premisas,
la única sobrina que tenía, decidió que no podía vivir sola y le buscó a la
persona idónea que le acompañara. No importaba cuanto le fuera a cobrar. Doña
Amelia disponía de recursos sin ser millonaria. Y siempre fue notoria su
generosidad.
Greta, una joven uruguaya, guapa y dispuesta fue la elegida. Desde el
primer momento la mimó y la cuidó. Y desde el primer momento, la sisó. Y
también desde el primer momento, doña Amelia se apercibió de estas sisas. Y la
dejó hacer. Total, no se iba a arruinar por eso. Calderilla. Puede que tuviera
alzhéimer y, como ella decía, ojos en la cara.
Estudió la situación, hasta que decidió poner un punto de luz.
Una espléndida mañana de octubre, y cuando iban a salir del portal, se
cruzaron con Rufino. En el intercambio de saludos y sin poderlo evitar doña
Amelia se cayó. Con ella, su bolso que se abrió, esparciendo todo su contenido
por el suelo. Rufino corrió para prestarle ayuda. Greta, mientras se ocupaba de
recogerlo todo y ponerlo de nuevo en el interior.
Superado el incidente, doña Amelia, repasó sus pertenencias y al llegar
al billetero, dijo:
-
¿Y esto qué es? ¿Esto no es mío?
-
Si señora, es su billetero.
-
¿No voy a conocer mi billetero? Si digo que no
es mío, es que no es mío.
-
Lo es señora. Mire dentro. Está la foto de su
marido y de su hijo.
Doña Amelia, abrió el monedero y le mostró el contenido a Greta. Allí no
había foto alguna.
-
¿Lo ves? Aquí no hay fotos. Sin duda es de
Rufino, que al agacharse a recoger las cosas se le ha caído.
-
Huy, no señora. Mío no, de ninguna manera.
-
Venga, Rufino. ¿Tú también crees que estoy
tonta? Si yo digo que es tuyo, es tuyo, y cuídalo bien, no se te vuelva a caer.
O que algún “aprovechao te lo levante”, que los hay de diversas especies, dijo
mirando a Greta
De regreso a casa, Amelia bien sujeta del brazo de su asistenta, le
dijo:
-
¿Sabes niña? No sé por qué tengo la impresión
de que la gente está muy confundida conmigo. Creen que no me entero de nada,
pero me doy cuenta de todo. Lo has notado. ¿Verdad, guapa?
Un absoluto silencio, fue la respuesta.
DE
TRIPAS, CORAZÓN ANTONIO
LLOP
Rufino era de
morro fino. No es que, siguiendo el dicho, fuera especialmente selectivo con la
cocina. Su característica especial residía en que sus labios apenas resaltaban
en el contorno de la boca. En realidad, para la comida era lo contrario a un
gourmet. Le chiflaban los chicharrones y las cortezas de piel de cerdo. Era
frecuente verlo junto a su esposa en el puesto del mercado del barrio comprando
ese tipo de casquería. Y como para terminar de justificar el otro refrán
popular relacionado con el aprovechamiento de ese animal, los dos componentes
de la pareja tenían hasta sus andares; movían sus cuartos traseros con esa
energía tan característica de las personas que los poseen de forma generosa.
Ella, desde el punto de vista anatómico de la cara, también era la antítesis de
su esposo. De morro tipo pato mostraba un adelantamiento del labio menor
semejante al pico de esta ave palmípeda.
—No te digo
ná, cuando vayan a besarse. Parecerá que se lo va a comer —me decía entre
risas, mi vecino de planta, Remigio.
Remigio y yo
nos habíamos hecho amigos en la desgracia. Viudos ambos, septuagenarios, y sin
mejor cosa que hacer que controlar nuestro entorno. Nuestra curiosidad abarcaba
no solo a los edificios y demás obras que había en el barrio, sino también, a
personas recién llegadas. No teníamos embarazo en “hacer trajes” a todo el
mundo, sin ningún complejo. Y la extraña pareja despertó nuestra curiosidad
desde el primer día de su aparición en la escalera.
Los nuevos
vecinos también solían frecuentar el bar Cuenca, enfrente de casa, donde
Remigio y yo desayunábamos todos los días dando rienda suelta a nuestro afán
chafardero. Solían degustar sus famosos aperitivos de gallinejas y zarajos. Se
ve que tampoco hacían ascos a los intestinos del cordero. Solo por
divertimento, y en nuestra pequeña sociedad, les pusimos el mote de “los
cerditos” al verlos un día comer en el Vips de la esquina donde coincidimos. La
verdad, es que la voracidad con la que engullían las hamburguesas de varios
pisos desbordando tanto sus labios escasos como abundantes daba cierto asco.
Aunque ningún
otro habitante de la casa sabría decir exactamente cuándo vinieron a nuestro
portal yo sí lo sabía porque mi piso se encontraba encima del suyo y el olor
que salía de su cocina era inconfundible. Eran uno de los nuevos alquilados del
cuarto B. A esos, en nuestro afán de motejar, les llamábamos, genéricamente,
“las víctimas”. Estábamos acostumbrados a los ajetreos de inquilinos en ese
piso. El casero, un tal Indalecio, de pelo ralo y cargado de espaldas, un
auténtico ejemplar tipo el Harpagón de Moliere o el Torquemada de Pérez Galdós,
era un usurero implacable. Todos los años, al vencimiento de contrato, cambiaba
de alquilado porque solía incrementar la renta de tal forma que ninguno podía
afrontar la subida de la renovación.
—Seguro que
la joroba es de inclinarse a contar los billetes que guarda debajo del colchón
—me decía el cachondo de Remigio.
Por
referencias sabíamos que disponía de varios pisos además del de nuestro portal.
Y en todos practicaba la misma política de incrementos de renta excesiva. “Ah!,
es el mercado”, proclamaba a los que le preguntábamos. Y terminaba con un
ominoso: “¡Viva la libertad!”.
Esa frase
para luchadores antifranquistas en su juventud, como Remigio y yo, nos sonaba a
burla.
Llegó el día
del vencimiento del contrato de “los cerditos” y nos extrañó que Indalecio no
se presentara para echarlos, como había hecho con todas las anteriores
“víctimas”. El caso es que a Remigio le había parecido verlo desde su ventana
encaminándose hacia nuestro portal con su andar moroso y encorvado. Pero debido
a su problema de miopía no le hice mucho caso.
Al cabo de
unos días el policía que vive en el segundo A nos confesó de forma confidencial
que la familia del casero había dado un aviso de desaparición.
A mi vecino y
a mí, como podréis deducir, nos intrigó ese misterio y no dejamos de
investigar. Nos atrevimos a preguntar a “los cerditos”, pese a su discreción
conocida. Llamamos a su puerta y nos abrió Rufino dando salida a un olor
especialmente desagradable. La pareja nos confesó que ya le habían dicho a la
policía que no habían visto por allí al señor Indalecio. Y que su alquiler
simplemente había sido prorrogado por los herederos.
Al salir le
dije a Remigio:
—¿No te ha
parecido que los dos se estaban relamiendo demasiado? Esta gente siempre
degustando las entrañas de algún animal muerto…