02/10/2026

A PEDIR DE BOCA 2

 

EL RIESGO DE JUGAR SIN BUENAS CARTAS                           SANTIAGO J. MARTÍN

 

Ha tenido que pasar mucho tiempo para que el destino, traicionero y cabrón, tantas veces, haga de las suyas y se agarre a mi cuello como pidiéndome explicaciones.

 

Todo se remonta a finales de los años noventa del siglo pasado. Entonces yo era un muchacho de apenas 20 años que veía con cierto optimismo cómo una realidad oscura – hacer la mili- empezaba a ver algún rayo de luz, tímido e intermitente, pero luz, al fin y al cabo. Lo suficiente para sobrevivir.

 

Poco a poco me fui asentando en mi destino, después de dos meses asfixiantes, rodeado de otros chicos atemorizados como yo, ante tanta bota militar, tanta bandera ondeante y tanto amor a la patria.

 

Yo tuve más suerte que muchos de ellos. Aquellos primeros meses en el Cuartel General de Artillería de Valencia no fueron unas vacaciones, pero al menos resistía en un pequeño despacho donde realizaba labores administrativas sombrías, absurdas y, agradablemente, inofensivas para mi integridad física.

 

Pronto supieron de mis habilidades para redactar, y de ahí llegó mi mote: plumilla. Era un apelativo peligroso, ya que alguno lo interpretaba como una definición de mis inclinaciones sexuales. Es más, en mi batería, donde solo iba a dormir, algún veterano se refería a mí como “el maricón enchufado este”. Parece ser que no iban a perdonarme de ninguna manera que estuviera relevado de todo servicio a cambio de mi soltura con la máquina de escribir y algún ordenador primario que por allí pululaba sin que nadie se atreviera a meterle mano.

 

El cabo Buendía era un artillero como yo, pero, con los meses de servicio militar y el bigote que lucía, parecía mi padre. Una noche me entró por la directa en la camareta.

 

-          Me han dicho que escribes muy bien y que por eso te llaman plumilla.

-          Me llamo Luis y escribo normal.

Esa era una broma que yo solía gastar y que sonaba a un anuncio de la época.

 

-          Vale, vale, Luis. Yo lo que quería es un pequeño favorcito.

-          Depende. Ya sabes que no soy nada más que un soldadito como tú. Incluso menos diría yo.

-          No. Lo que yo te voy a pedir es una cuestión personal.

Resulta que Buendía, que me caía fatal, tenía una novia en Jaén, donde vivía. Pues enhorabuena, pensé. Un tipo tan mal encarado, antipático, soez y con un punto de crueldad siempre a pedir de boca, no merecía que nadie suspirara por él. Ni siquiera su perro, si es que lo tenía.

 

Me vi obligado a escribirle una especie de cartas de amor para su chica, la Mari. Él sabía escribir perfectamente, pero quería impresionarla y me hacía redactar unas epístolas que sorprendieran a la muchacha.

 

-          ¿No crees que se va a dar cuenta que no eres tú quien escribe?

-          Que va. Nunca le he escrito nada. No lo sabrá, por ahora.

-          Ya, pero el día que se entere...

-          Ese día, quizás ya esté con otra.

El golfo de Buendía necesitaba que la Mari le esperara en los rebajes y las vacaciones. Y que estuviera solícita a calmar su insaciable sed de sexo. Digo insaciable porque durante la semana buscaba, en Valencia, sustitutas diversas para la pobre Mari de Jaén.

Mis cartas, o sea las suyas, no eran exactamente cursis y relamidas. Tampoco rezumaban encanto nerudiano. Lo que le gustaba es que estuvieran plagadas de palabras que él no entendiera y que su chica, posiblemente, tampoco.

 

-          Eso impone mucho. ¿Sabes?

-          No sé qué decirte.

-          Pues eso, no digas nada y limítate a escribir.

Abundaban frases de este tinte: la espita de mi corazón clama por tu aliento que, como un céfiro, apague la pasión que despiertan esos orbes que adolezco.

 

Varias veces estuve a punto de decir que ya estaba cansado de tanto artilugio y de tanto embuste. No tuve valor. Él siempre agradecía mis servicios literarios con unas palabras que me sonaban más a amenaza que a lisonja.

 

-          Ya sabes. Estas cartas son tu pasaporte para vivir sin problemas.

Pero con aquellas cartas dejé de estar bien conmigo mismo, que también importa. Sus infidelidades eran las mías; a sus mentiras yo les daba forma.

 

Todo terminó cuando Buendía se licenció y dejó de utilizarme como su mamporrero poético. Me liberé. Aunque un regustillo de culpa no se me quitaba de mis manos ejecutoras.

 

Recogiendo mis pertenencias, ya a punto de terminar el servicio militar, apareció en mi taquilla una hoja en blanco con la firma de Buendía. Era habitual que me diera varias así. Allí escribía yo luego, a máquina, esas muestras de amor a medida, con tufo a un Lope barato.

 

Un pensamiento oscuro me estuvo poseyendo durante un par de semanas. Al final lo hice.

 

Redacté una carta con la Olivetti de la oficina en la hoja firmada por el cabo. No se la dirigí a María la de Jaén, sino a Justina Rodríguez, la mujer del capitán de mi batería. Como tenía acceso a las direcciones de mandos y soldados, ya que me ocupaba de enviar correos oficiales, dirigí la misiva al domicilio de Julián Rocamora Rodríguez, el oficial casado con Justina. Si dijera que el capitán era violento, machista, repugnante y vil, saldría más que favorecido.

 

La carta nada tenía que ver con las relamidas líneas que escribí a la Mari. Allí fui vulgar, burdo, un poco animal realmente. Creo que ese sería el verdadero lenguaje erótico del cabo Buendía.

 

Justamente el día que me licenciaba, tuve la delicadeza de pasarme por Jaén, para depositarla en un buzón de correos. Así me aseguré de que el matasellos fuera una evidencia más contra Buendía, además de su firma.

Todavía me sonrío cuando pienso la que le caería, conociendo al capitán Rocamora.

Está claro que Buendía, en algún momento, pensaría que el plumilla estaba detrás de aquella somanta de hostias que le cayó. Le fue imposible localizarme. Él no sabía nada de mí, ni siquiera mis apellidos. 

 

Las historias fluyen hasta que se terminan del todo, como si fueran esféricas. Inesperadamente, la otra tarde, después de hacer el amor con mi nueva compañera Malú, me acarició el pelo que todavía me queda y empezó a reírse de forma encantadora.

 

-          No sé por qué me ha venido a la cabeza ahora, un novio que tuve que, cuando estaba en la mili, me enviaba unas cartas horribles y enrevesadas. Está claro que no me las escribía él.

Tragué saliva. No dije nada durante un rato. Pensé que seguiría hablando, pero paró y empezó a besarme suavemente en el cuello. No pude aguantarme más.

 

-            ¿Te diste cuenta de que no eran suyas y no le dijiste nada?

-          ¿Para qué? Las cartas se las pasaba a mi madre, que se partía de risa. Además, para lo que me duró.

-          Oye, Malú. Pero tú, ¿cómo te llamas realmente?

 


 

ES TUYO                                                         ARACELI DEL PICO

 

     Rufino se miraba en los escaparates y aquellos cristales le devolvían una imagen divertida. Hacía muecas enarcando las cejas, los hombros, o apretando sus labios dejando entrever unos desgastados dientes, como si de un conejo se tratara. Era su divertimento favorito.

 

      De repente cesaba en su pantomima. Se quedaba muy serio mirando el reflejo de su yo en el cristal, se tocaba los riñones y trataba de ponerse bien derecho. No podía. El insistente dolor de riñones pesaba en él y cada día estaba más menguado y encorvado.

 

      Su natural positivo le hacía ver lo negro gris y lo gris a sus ojos resplandecía como la plata. Así estando inclinado y más cerca del suelo, se percataba enseguida de cualquier cosa que le fuera de utilidad: alguna moneda perdida, un clip, un mechero, un bocadillo mordisqueado medio envuelto. Todo le venía a pedir de boca. Él recogía sus tesoros y los colocaba primorosamente en aquellos cartones que había convertido en su hogar. Dentro unas mantas bien dispuestas. Y en una caja del mismo material, bien pequeñita, sus preciadas pertenencias. Menos el bocadillo que se comía con placer antes que se pusiera más duro de lo que ya estaba.

 

      Nadie del barrio conocía sus orígenes. Los más viejos no recordaban cuando se había instalado en aquel rincón del Parque de Santander no lejos de la plaza de Quevedo en Madrid. Y para los más jóvenes era alguien que siempre los deleitaba, con algún juego de manos. Sacaba una raída baraja o unas pelotas de colores y siempre tenía entretenida a la chavalería cercana, sin pedir nada a cambio. Jamás aceptó limosna alguna.

 

-          Buenos días doña Amelia.

-          Buenos días, hijo.

-          ¿Qué tal ha dormido hoy?

-          ¿Dormido? No sé. Cuando duermo no me acuerdo de nada. Y cuando me levanto menos. Si me aclaro te lo digo. Pero gracias por preguntar.

 

Rufino la dejaba marchar, con un ligero toque de su gorra, e inclinando un poco más su arqueada espalda.

 

-          Hijo por dios, no te agaches más, que vas a dar con la barbilla en el suelo. ¡Cuánto remilgo trasnochado!

 

       Esa conversación y parecidas se intercambiaban él y doña Amelia. Ambigüedades que les mantenía unidos. Pero existía aprecio mutuo y bien sincero. Ella viuda y sola. Su único hijo, periodista, había muerto cubriendo un momento difícil en la guerra de los Balcanes, allá por el año 2001. Y los pocos amigos que aún le quedaban, decían que, a partir de entonces, su cabeza no regía bien. Tenía despistes y, en la opinión de muchos y por su comportamiento, el alzhéimer se estaba apoderando de ella. Con tales premisas, la única sobrina que tenía, decidió que no podía vivir sola y le buscó a la persona idónea que le acompañara. No importaba cuanto le fuera a cobrar. Doña Amelia disponía de recursos sin ser millonaria. Y siempre fue notoria su generosidad.

 

      Greta, una joven uruguaya, guapa y dispuesta fue la elegida. Desde el primer momento la mimó y la cuidó. Y desde el primer momento, la sisó. Y también desde el primer momento, doña Amelia se apercibió de estas sisas. Y la dejó hacer. Total, no se iba a arruinar por eso. Calderilla. Puede que tuviera alzhéimer y, como ella decía, ojos en la cara.  Estudió la situación, hasta que decidió poner un punto de luz.

 

       Una espléndida mañana de octubre, y cuando iban a salir del portal, se cruzaron con Rufino. En el intercambio de saludos y sin poderlo evitar doña Amelia se cayó. Con ella, su bolso que se abrió, esparciendo todo su contenido por el suelo. Rufino corrió para prestarle ayuda. Greta, mientras se ocupaba de recogerlo todo y ponerlo de nuevo en el interior.

 

      Superado el incidente, doña Amelia, repasó sus pertenencias y al llegar al billetero, dijo:

 

-          ¿Y esto qué es? ¿Esto no es mío?

-          Si señora, es su billetero.

-          ¿No voy a conocer mi billetero? Si digo que no es mío, es que no es mío.

-          Lo es señora. Mire dentro. Está la foto de su marido y de su hijo.

 

       Doña Amelia, abrió el monedero y le mostró el contenido a Greta. Allí no había foto alguna.

 

-          ¿Lo ves? Aquí no hay fotos. Sin duda es de Rufino, que al agacharse a recoger las cosas se le ha caído.

-          Huy, no señora. Mío no, de ninguna manera.

-          Venga, Rufino. ¿Tú también crees que estoy tonta? Si yo digo que es tuyo, es tuyo, y cuídalo bien, no se te vuelva a caer. O que algún “aprovechao te lo levante”, que los hay de diversas especies, dijo mirando a Greta

 

         De regreso a casa, Amelia bien sujeta del brazo de su asistenta, le dijo:

 

-          ¿Sabes niña? No sé por qué tengo la impresión de que la gente está muy confundida conmigo. Creen que no me entero de nada, pero me doy cuenta de todo. Lo has notado. ¿Verdad, guapa?

       

        Un absoluto silencio, fue la respuesta.


 

DE TRIPAS, CORAZÓN                                    ANTONIO LLOP

 

Rufino era de morro fino. No es que, siguiendo el dicho, fuera especialmente selectivo con la cocina. Su característica especial residía en que sus labios apenas resaltaban en el contorno de la boca. En realidad, para la comida era lo contrario a un gourmet. Le chiflaban los chicharrones y las cortezas de piel de cerdo. Era frecuente verlo junto a su esposa en el puesto del mercado del barrio comprando ese tipo de casquería. Y como para terminar de justificar el otro refrán popular relacionado con el aprovechamiento de ese animal, los dos componentes de la pareja tenían hasta sus andares; movían sus cuartos traseros con esa energía tan característica de las personas que los poseen de forma generosa. Ella, desde el punto de vista anatómico de la cara, también era la antítesis de su esposo. De morro tipo pato mostraba un adelantamiento del labio menor semejante al pico de esta ave palmípeda.

 

—No te digo ná, cuando vayan a besarse. Parecerá que se lo va a comer —me decía entre risas, mi vecino de planta, Remigio.

 

Remigio y yo nos habíamos hecho amigos en la desgracia. Viudos ambos, septuagenarios, y sin mejor cosa que hacer que controlar nuestro entorno. Nuestra curiosidad abarcaba no solo a los edificios y demás obras que había en el barrio, sino también, a personas recién llegadas. No teníamos embarazo en “hacer trajes” a todo el mundo, sin ningún complejo. Y la extraña pareja despertó nuestra curiosidad desde el primer día de su aparición en la escalera.

 

Los nuevos vecinos también solían frecuentar el bar Cuenca, enfrente de casa, donde Remigio y yo desayunábamos todos los días dando rienda suelta a nuestro afán chafardero. Solían degustar sus famosos aperitivos de gallinejas y zarajos. Se ve que tampoco hacían ascos a los intestinos del cordero. Solo por divertimento, y en nuestra pequeña sociedad, les pusimos el mote de “los cerditos” al verlos un día comer en el Vips de la esquina donde coincidimos. La verdad, es que la voracidad con la que engullían las hamburguesas de varios pisos desbordando tanto sus labios escasos como abundantes daba cierto asco.

 

Aunque ningún otro habitante de la casa sabría decir exactamente cuándo vinieron a nuestro portal yo sí lo sabía porque mi piso se encontraba encima del suyo y el olor que salía de su cocina era inconfundible. Eran uno de los nuevos alquilados del cuarto B. A esos, en nuestro afán de motejar, les llamábamos, genéricamente, “las víctimas”. Estábamos acostumbrados a los ajetreos de inquilinos en ese piso. El casero, un tal Indalecio, de pelo ralo y cargado de espaldas, un auténtico ejemplar tipo el Harpagón de Moliere o el Torquemada de Pérez Galdós, era un usurero implacable. Todos los años, al vencimiento de contrato, cambiaba de alquilado porque solía incrementar la renta de tal forma que ninguno podía afrontar la subida de la renovación.

 

—Seguro que la joroba es de inclinarse a contar los billetes que guarda debajo del colchón —me decía el cachondo de Remigio.

 

Por referencias sabíamos que disponía de varios pisos además del de nuestro portal. Y en todos practicaba la misma política de incrementos de renta excesiva. “Ah!, es el mercado”, proclamaba a los que le preguntábamos. Y terminaba con un ominoso: “¡Viva la libertad!”.

Esa frase para luchadores antifranquistas en su juventud, como Remigio y yo, nos sonaba a burla.

 

Llegó el día del vencimiento del contrato de “los cerditos” y nos extrañó que Indalecio no se presentara para echarlos, como había hecho con todas las anteriores “víctimas”. El caso es que a Remigio le había parecido verlo desde su ventana encaminándose hacia nuestro portal con su andar moroso y encorvado. Pero debido a su problema de miopía no le hice mucho caso.

Al cabo de unos días el policía que vive en el segundo A nos confesó de forma confidencial que la familia del casero había dado un aviso de desaparición.

 

A mi vecino y a mí, como podréis deducir, nos intrigó ese misterio y no dejamos de investigar. Nos atrevimos a preguntar a “los cerditos”, pese a su discreción conocida. Llamamos a su puerta y nos abrió Rufino dando salida a un olor especialmente desagradable. La pareja nos confesó que ya le habían dicho a la policía que no habían visto por allí al señor Indalecio. Y que su alquiler simplemente había sido prorrogado por los herederos.

 

Al salir le dije a Remigio:

 

—¿No te ha parecido que los dos se estaban relamiendo demasiado? Esta gente siempre degustando las entrañas de algún animal muerto…