EL
CALOR DE SUS PIES MARÍA
ISABEL RUANO
Se conocían desde el instituto y a pesar de los años transcurridos, los
dos habían regresado a vivir en el barrio en el que estudiaron.
En realidad, nunca se habían perdido la pista, los amigos en común
siempre hacían referencia al uno en ausencia del otro como si no quisieran
renunciar al magnetismo que les unió y al buen rollo que compartieron durante
aquel tiempo. Todos pensaban que habían nacido el uno para el otro y nunca
terminaron de comprender por qué se separaron.
Andrés estuvo trabajando en Londres en la empresa de márquetin que le
contrató recién terminada la carrera. Nuria, apenas había salido de España, se
casó muy pronto y se marchó a vivir a Gandía y regresaba en pocas ocasiones a
Madrid. El deterioro cognitivo de su madre, la soledad en yuxtaposición a la
suya propia le animaron a regresar.
Se encontraron en la puerta del centro de Día al que ambos acompañaban a
sus madres.
Parados frente a frente, Andrés contempló su pelo suelto, el atuendo de
colores que siempre la caracterizó, su imagen aniñada y cierta tristeza en la
mirada. A Nuria, le pareció que Andrés era aún más alto y delgado de cómo le
recordaba, que seguía trasmitiendo la calidez de su sonrisa, su manera
bonachona de relacionarse, qué tenía una extraña barba que ocultaba sus
facciones y el pelo mucho más corto. Fueron unos breves instantes en los que el
tiempo detenido como en un conjuro mágico hizo desaparecer todos los años
transcurridos desde que separaron.
No necesitaron de artificios ni rodeos para fundirse en un abrazo,
parecía que las madres, la una desde su desvarío y la otra desde su silla de
ruedas también querían unirse a ese abrazo. A partir de ese momento coincidían
casi todos los días, al principio por casualidad en el supermercado, la
biblioteca, en el parque y a la salida del centro en donde sus madres, de
alguna manera, habían retomado su amistad. Después, intencionados durante los
fines de semana y desde el momento en el que Andrés, con un brillo muy especial
en los ojos le preguntara: ¿sigues teniendo los pies fríos? y de que ella le
contestara, con una franca y elocuente sonrisa, que “congelados”, sin tregua
alguna sus encuentros fueron más que necesarios.
Nuria, a partir de ese momento, no supo cómo había podido vivir sin la
calidez de su mirada, la bondad y el calor de los pies de Andrés.
CONGELADOS JUANA DOMÍNGUEZ
Aquella montaña del norte guardaba una sorpresa en el
interior del último glacial que la quedaba. Cada verano el hielo disminuía, sin
que se recuperara en los inviernos secos que llevaban padeciendo los últimos
años, sin nieve ni lluvia.
Torque caminaba sin rumbo, perseguía una gacela desde el
amanecer, ya estaba muy avanzada la tarde, tendría que parar y buscar un
refugio, su poblado estaba a mucha distancia, no llegaría a él antes de dos
días.
Miró alrededor de la cumbre cercana y divisó una grieta que
le serviría para pasar la noche y continuar la caza al amanecer del día
siguiente. Tenía que matar aquella gacela, su familia necesitaba la carne,
llevaban varias lunas alimentándose solamente con los granos y verduras que
recolectaba su compañera. Tenían tres chiquillos que crecían en su hogar con
dificultad, por falta de las proteínas que tanto les ayudarían a hacerse
fuertes.
No buscó a nadie en su poblado para que le acompañara en su
caza, no era temporada de paso de animales y subsistían con lo guardado en
pozos de congelación que abrían en lo profundo de su cueva.
Torque no había podido cazar en verano, una caída le impidió
caminar durante tres lunas, y sus reservas se habían acabado. Sus vecinos les
habían ayudado compartiendo la carne que guardaban, pero no quería seguir
gastando más reservas comunes. Sintiéndose fuerte quiso salir a buscar algún
animal rezagado en la montaña cercana a su poblado.
Llegó hasta la grieta poco profunda, encendió un fuego,
comió algo de sus provisiones y se sentó a recuperar fuerzas para el día
siguiente. Se despertó sobresaltado, un sueño muy agradable le dio fuerzas para
levantarse al alba y seguir con su propósito.
Su sueño se cumplió, encontró y acorraló a varios animales
que corrían despavoridos y se despeñaron por la pendiente como él había
previsto, al planear su caza. No podía transportarlos todos solo, necesitaba
guardarlos de los depredadores que habitaban aquel territorio y volver con sus
vecinos a buscarlos.
Al último glacial ya no le quedaba hielo, un arroyo continuo
corría hacia el valle. En una de sus paredes laterales, Marcos y Nela, estudiantes de antropología, buscaban
fósiles. Bajo una gran piedra, que había estado cubierta de hielo, ya
inexistente, sobresalían dos cuernos. Movieron la piedra ayudándose de un
tronco a modo de palanca, y para su sorpresa descubrieron una familia de
gacelas intactas, sin apenas heridas ni desperfectos, casi vivas. En el museo
donde las entregaron les dijeron que eran animales prehistóricos del plioceno,
ya extintos. Llevaban millones de años totalmente congeladas.
Torque no pudo volver a buscar su caza, cuando llegó a su
poblado un pueblo enemigo, lo había destruido, todos sus habitantes habían
desaparecido.
LA LLAMA DEL AMOR MANUEL
GIL
En la penumbra de
una mañana helada, cuando la niebla aún se aferraba a la tierra como un extraño
manto,
Diana Bercy ascendía los escalones del venerable
museo étnico de Juneau, en las remotas tierras de
Alaska. La brisa gélida acariciaba su
rostro, mientras su corazón latía con intensidad. Había llegado el momento que
había esperado con ansias y temores: el secreto que había permanecido oculto en
las sombras del tiempo había sido finalmente desvelado. Los signos enigmáticos grabados en los antiguos rollos de piel, hallados en la
cueva helada junto a los túmulos de dos jóvenes, habían sido interpretados,
revelando la historia que había acaparado todo su esfuerzo y dedicación.
Tres años de ardua investigación, de días de incertidumbre, estaban a punto de llegar a su fin. Diana,
la apasionada arqueóloga, debía plantearse ahora regresar a su cátedra en
Princeton, a su familia, y a un mundo que parecía tan distante de las
maravillas que había descubierto. Pero en su corazón, un eco persistente la llamaba
a recordar a Nanuk, el joven descendiente de una tribu olvidada, cuya
existencia había cobrado vida a través de su trabajo. La historia de esa etnia, sumida en el silencio
de los siglos, había comenzado a florecer gracias a su dedicación.
El hallazgo de los
dos jóvenes, preservados en el hielo durante un milenio, había sumido a los
investigadores en el asombro más absoluto. Cada detalle de sus cuerpos había sido examinado minuciosamente, y la perfección de su conservación era un auténtico milagro. Sin embargo, el misterio más inquietante se
reveló cuando descubrieron que en sus cajas torácicas no existía el corazón, sino un inexplicable vacío, un hueco donde
debería haber estado el órgano vital. Las teorías
sobre rituales ancestrales y sacrificios se desvanecieron ante la falta de
incisiones o marcas que pudieran explicar tal fenómeno. Era un enigma que
desafiaba la razón.
Mientras aguardaba
en la sala de reuniones del museo, la mente de Diana divagaba entre los
recuerdos y las emociones. Fue entonces cuando Nanuk hizo su aparición, su
rostro juvenil, de rasgos indígenas delicados, reflejaba una tristeza profunda.
En su corazón ardía un amor que desafiaba las barreras del tiempo y la cultura,
un amor que había florecido entre ellos, a pesar de la diferencia de edad y las
circunstancias que los rodeaban. Él, un
estudiante de arqueología, había encontrado en Diana no solo una mentora, sino
la chispa que encendió su alma. Pero la realidad se cernía sobre ellos como una
tormenta inminente; Diana le había dicho que su amor no podía continuar. Su
familia, su marido y su hija, a quienes había dejado atrás durante tres años,
la esperaban, y el sueño que habían compartido debía llegar a su fin.
Los expertos
comenzaron a desentrañar la crónica que
contenían los rollos de pieles adornadas con símbolos y dibujos. Relataron la
historia de un tiempo en que dos tribus, los tayak y los Nauhok, se enfrentaban
en interminables batallas por la caza y los recursos naturales. Un odio
ancestral había marcado su devenir, pero el destino tenía otros
planes. En una cacería, el hijo del jefe
tayak conoció a la hija del jefe Nauhok. En medio de una tormenta, compartieron
refugio y, en ese instante de vulnerabilidad, un amor ardiente nació entre
ellos.
Sus respectivos padres y sus pueblos consideraron una
aberración la unión de los jóvenes que acabaron huyendo una noche para vivir su
amor libremente. Aunque los buscaron durante mucho tiempo, no los encontraron.
Los jóvenes desaparecidos se convirtieron en leyenda en sus tribus y muchas
generaciones después, en el transcurso de una de sus batallas los jefes de las dos tribus,
buscaron refugio coincidiendo en la cueva helada donde encontraros a los dos
jóvenes de la leyenda congelados y observaron asombrados que un reflejo rojizo
reverberaba en sus pechos. Desde aquel día las dos tribus sellaron una
paz definitiva y consagraron la cueva al culto de los dos amantes que se
conservaban perfectamente congelados pero en cuyos corazones permanecía latente
la llama del amor.
Diana y Nanuk se miraron. La llama del amor fue tan
fuerte en esos corazones que no permitieron su congelación y la naturaleza hizo
su trabajo sobre ellos haciéndolos desaparecer.
Cuando
salieron del museo, había periodistas que querían entrevistarles, pero ellos se escabulleron,
en aquellos momentos solo sentían un fuerte calor en el interior de sus pechos.
A QUEMARROPA SANTIAGO J. MARTÍN
Hay imágenes que de pronto me vienen a la memoria y me
resulta agradable recordarlas, pero no sé muy bien qué significan.
Una de ellas, parecería de entrada algo tenebrosa:
Se trata de un señor con un enorme cuchillo en la mano. Una hoja súper
afilada que acaba de extraer de un gran barreño con agua. Acto seguido me mira,
sonríe y me dice: ¿Así te parece bien, guapa?
Yo asiento y él, sin abandonar la sonrisa hunde lentamente el cuchillo,
sin piedad, sin concesiones, hasta separar del tronco principal una generosa
porción de helado de barra, lo que se conocía como helados al corte. La imagen
recurrente es de un tres gustos: nata, vainilla y chocolate, mi preferido.
Hilando un poco, puede que todo tenga que ver con mi
profesión actual y con alguna conexión con aquello que me repetía mi madre
cuando se enfadaba conmigo y yo me ponía mohína: Tienes la mirada fría de una arpía.
Yo creo que mala no era. Se me ponía una profunda cara de
mala leche cuando me llevaban la contraria. Ya no. Me he desprendido de la
expresión malvada, pero estoy convencida que mantengo la frialdad.
La mirada es mi sino, mi vocación, mi destreza. Soy
fotógrafa profesional, distinguida, premiada, loada y alabada. No voy a decir
mi nombre porque la vanidad no es un plato del que me guste picotear demasiado.
Mis fotos son todas distantes, paradas, sin vida, tremendas,
aunque, lo digo sin remilgos, bellísimas. Capto los árboles cuando no tienen
hojas, los colegios sin niños, las estaciones de metro vacías de madrugada, las
salas de concierto cuando ya no hay nadie.
Para poder ver la belleza de la inutilidad antes he tenido
que apreciar el bullicio, el movimiento, la alegría, el trasiego, la fuerza de
la gente, el agua, las hojas… y esperar a que todo cese para captar el momento
donde no hay nada.
Por todo ello, no llego a explicarme cómo me sorprende ahora
saber que estoy sola, que él se marchó esta mañana, que mi casa se ha
convertido en una de mis lánguidas y delicadas fotos, pero esta vez el hielo me
pilló de improviso, mirando para otro lado.