24/01/2025

CONGELADOS, 2.

  EL CALOR DE SUS PIES                                 MARÍA ISABEL RUANO

  Se conocían desde el instituto y a pesar de los años transcurridos, los dos habían regresado a vivir en el barrio en el que estudiaron.

  En realidad, nunca se habían perdido la pista, los amigos en común siempre hacían referencia al uno en ausencia del otro como si no quisieran renunciar al magnetismo que les unió y al buen rollo que compartieron durante aquel tiempo. Todos pensaban que habían nacido el uno para el otro y nunca terminaron de comprender por qué se separaron.

  Andrés estuvo trabajando en Londres en la empresa de márquetin que le contrató recién terminada la carrera. Nuria, apenas había salido de España, se casó muy pronto y se marchó a vivir a Gandía y regresaba en pocas ocasiones a Madrid. El deterioro cognitivo de su madre, la soledad en yuxtaposición a la suya propia le animaron a regresar.

  Se encontraron en la puerta del centro de Día al que ambos acompañaban a sus madres.

  Parados frente a frente, Andrés contempló su pelo suelto, el atuendo de colores que siempre la caracterizó, su imagen aniñada y cierta tristeza en la mirada. A Nuria, le pareció que Andrés era aún más alto y delgado de cómo le recordaba, que seguía trasmitiendo la calidez de su sonrisa, su manera bonachona de relacionarse, qué tenía una extraña barba que ocultaba sus facciones y el pelo mucho más corto. Fueron unos breves instantes en los que el tiempo detenido como en un conjuro mágico hizo desaparecer todos los años transcurridos desde que separaron.

  No necesitaron de artificios ni rodeos para fundirse en un abrazo, parecía que las madres, la una desde su desvarío y la otra desde su silla de ruedas también querían unirse a ese abrazo. A partir de ese momento coincidían casi todos los días, al principio por casualidad en el supermercado, la biblioteca, en el parque y a la salida del centro en donde sus madres, de alguna manera, habían retomado su amistad. Después, intencionados durante los fines de semana y desde el momento en el que Andrés, con un brillo muy especial en los ojos le preguntara: ¿sigues teniendo los pies fríos? y de que ella le contestara, con una franca y elocuente sonrisa, que “congelados”, sin tregua alguna sus encuentros fueron más que necesarios.

  Nuria, a partir de ese momento, no supo cómo había podido vivir sin la calidez de su mirada, la bondad y el calor de los pies de Andrés.

 

 

                                                              


 

CONGELADOS                                                JUANA DOMÍNGUEZ

Aquella montaña del norte guardaba una sorpresa en el interior del último glacial que la quedaba. Cada verano el hielo disminuía, sin que se recuperara en los inviernos secos que llevaban padeciendo los últimos años, sin nieve ni lluvia.

Torque caminaba sin rumbo, perseguía una gacela desde el amanecer, ya estaba muy avanzada la tarde, tendría que parar y buscar un refugio, su poblado estaba a mucha distancia, no llegaría a él antes de dos días.

Miró alrededor de la cumbre cercana y divisó una grieta que le serviría para pasar la noche y continuar la caza al amanecer del día siguiente. Tenía que matar aquella gacela, su familia necesitaba la carne, llevaban varias lunas alimentándose solamente con los granos y verduras que recolectaba su compañera. Tenían tres chiquillos que crecían en su hogar con dificultad, por falta de las proteínas que tanto les ayudarían a hacerse fuertes.

No buscó a nadie en su poblado para que le acompañara en su caza, no era temporada de paso de animales y subsistían con lo guardado en pozos de congelación que abrían en lo profundo de su cueva.

Torque no había podido cazar en verano, una caída le impidió caminar durante tres lunas, y sus reservas se habían acabado. Sus vecinos les habían ayudado compartiendo la carne que guardaban, pero no quería seguir gastando más reservas comunes. Sintiéndose fuerte quiso salir a buscar algún animal rezagado en la montaña cercana a su poblado.

Llegó hasta la grieta poco profunda, encendió un fuego, comió algo de sus provisiones y se sentó a recuperar fuerzas para el día siguiente. Se despertó sobresaltado, un sueño muy agradable le dio fuerzas para levantarse al alba y seguir con su propósito.

Su sueño se cumplió, encontró y acorraló a varios animales que corrían despavoridos y se despeñaron por la pendiente como él había previsto, al planear su caza. No podía transportarlos todos solo, necesitaba guardarlos de los depredadores que habitaban aquel territorio y volver con sus vecinos a buscarlos.

Al último glacial ya no le quedaba hielo, un arroyo continuo corría hacia el valle. En una de sus paredes laterales, Marcos y  Nela, estudiantes de antropología, buscaban fósiles. Bajo una gran piedra, que había estado cubierta de hielo, ya inexistente, sobresalían dos cuernos. Movieron la piedra ayudándose de un tronco a modo de palanca, y para su sorpresa descubrieron una familia de gacelas intactas, sin apenas heridas ni desperfectos, casi vivas. En el museo donde las entregaron les dijeron que eran animales prehistóricos del plioceno, ya extintos. Llevaban millones de años totalmente congeladas.

Torque no pudo volver a buscar su caza, cuando llegó a su poblado un pueblo enemigo, lo había destruido, todos sus habitantes habían desaparecido.


 

LA LLAMA DEL AMOR                                                           MANUEL GIL

 

En la penumbra de una mañana helada, cuando la niebla aún se aferraba a la tierra como un extraño manto, Diana Bercy ascendía los escalones del venerable museo étnico de Juneau, en las remotas tierras de Alaska. La brisa gélida acariciaba su rostro, mientras su corazón latía con  intensidad. Había llegado el momento que había esperado con ansias y temores: el secreto que había permanecido oculto en las sombras del tiempo había sido finalmente desvelado. Los signos enigmáticos grabados en los antiguos rollos de piel, hallados en la cueva helada junto a los túmulos de dos jóvenes, habían sido interpretados, revelando la historia que había acaparado todo  su esfuerzo y dedicación.

 

Tres años de ardua investigación, de días de incertidumbre, estaban a punto de llegar a su fin. Diana, la apasionada arqueóloga, debía plantearse ahora regresar a su cátedra en Princeton, a su familia, y a un mundo que parecía tan distante de las maravillas que había descubierto. Pero en su corazón, un eco persistente la llamaba a recordar a Nanuk, el joven descendiente de una tribu olvidada, cuya existencia había cobrado vida a través de su trabajo. La historia de esa etnia, sumida en el silencio de los siglos, había comenzado a florecer gracias a su dedicación.

 

El hallazgo de los dos jóvenes, preservados en el hielo durante un milenio, había sumido a los investigadores en el asombro más absoluto. Cada detalle de sus cuerpos había sido examinado minuciosamente, y la perfección de su conservación era un auténtico milagro. Sin embargo, el misterio más inquietante se reveló cuando descubrieron que en sus cajas torácicas no existía el corazón, sino un inexplicable vacío, un hueco donde debería haber estado el órgano vital. Las teorías sobre rituales ancestrales y sacrificios se desvanecieron ante la falta de incisiones o marcas que pudieran explicar tal fenómeno. Era un enigma que desafiaba la razón.

 

Mientras aguardaba en la sala de reuniones del museo, la mente de Diana divagaba entre los recuerdos y las emociones. Fue entonces cuando Nanuk hizo su aparición, su rostro juvenil, de rasgos indígenas delicados, reflejaba una tristeza profunda. En su corazón ardía un amor que desafiaba las barreras del tiempo y la cultura, un amor que había florecido entre ellos, a pesar de la diferencia de edad y las circunstancias que los rodeaban. Él, un estudiante de arqueología, había encontrado en Diana no solo una mentora, sino la chispa que encendió su alma. Pero la realidad se cernía sobre ellos como una tormenta inminente; Diana le había dicho que su amor no podía continuar. Su familia, su marido y su hija, a quienes había dejado atrás durante tres años, la esperaban, y el sueño que habían compartido debía llegar a su fin.

 

Los expertos comenzaron a desentrañar la crónica que contenían los rollos de pieles adornadas con símbolos y dibujos. Relataron la historia de un tiempo en que dos tribus, los tayak y los Nauhok, se enfrentaban en interminables batallas por la caza y los recursos naturales. Un odio ancestral había marcado su devenir, pero el destino tenía otros planes. En una  cacería, el hijo del jefe tayak conoció a la hija del jefe Nauhok. En medio de una tormenta, compartieron refugio y, en ese instante de vulnerabilidad, un amor ardiente nació entre ellos.

Sus respectivos padres y sus pueblos consideraron una aberración la unión de los jóvenes que acabaron huyendo una noche para vivir su amor libremente. Aunque los buscaron durante mucho tiempo, no los encontraron. Los jóvenes desaparecidos se convirtieron en leyenda en sus tribus y muchas generaciones después, en el transcurso de una de sus  batallas los jefes de las dos tribus, buscaron refugio coincidiendo en la cueva helada donde encontraros a los dos jóvenes de la leyenda congelados y observaron asombrados que un reflejo rojizo reverberaba  en sus pechos.  Desde aquel día las dos tribus sellaron una paz definitiva y consagraron la cueva al culto de los dos amantes que se conservaban perfectamente congelados pero en cuyos corazones permanecía latente la llama del amor.

 

Diana y Nanuk se miraron. La llama del amor fue tan fuerte en esos corazones que no permitieron su congelación y la naturaleza hizo su trabajo sobre ellos haciéndolos desaparecer.

 

Cuando salieron del museo, había periodistas que querían  entrevistarles, pero ellos se escabulleron, en aquellos momentos solo sentían un fuerte calor en el interior de sus pechos.

 


 

A QUEMARROPA                                                           SANTIAGO J. MARTÍN

 

Hay imágenes que de pronto me vienen a la memoria y me resulta agradable recordarlas, pero no sé muy bien qué significan.

Una de ellas, parecería de entrada algo tenebrosa: 

Se trata de un señor con un enorme cuchillo en la mano. Una hoja súper afilada que acaba de extraer de un gran barreño con agua. Acto seguido me mira, sonríe y me dice: ¿Así te parece bien, guapa?

Yo asiento y él, sin abandonar la sonrisa hunde lentamente el cuchillo, sin piedad, sin concesiones, hasta separar del tronco principal una generosa porción de helado de barra, lo que se conocía como helados al corte. La imagen recurrente es de un tres gustos: nata, vainilla y chocolate, mi preferido.

Hilando un poco, puede que todo tenga que ver con mi profesión actual y con alguna conexión con aquello que me repetía mi madre cuando se enfadaba conmigo y yo me ponía mohína: Tienes la mirada fría de una arpía.

Yo creo que mala no era. Se me ponía una profunda cara de mala leche cuando me llevaban la contraria. Ya no. Me he desprendido de la expresión malvada, pero estoy convencida que mantengo la frialdad.

La mirada es mi sino, mi vocación, mi destreza. Soy fotógrafa profesional, distinguida, premiada, loada y alabada. No voy a decir mi nombre porque la vanidad no es un plato del que me guste picotear demasiado.

Mis fotos son todas distantes, paradas, sin vida, tremendas, aunque, lo digo sin remilgos, bellísimas. Capto los árboles cuando no tienen hojas, los colegios sin niños, las estaciones de metro vacías de madrugada, las salas de concierto cuando ya no hay nadie.

Para poder ver la belleza de la inutilidad antes he tenido que apreciar el bullicio, el movimiento, la alegría, el trasiego, la fuerza de la gente, el agua, las hojas… y esperar a que todo cese para captar el momento donde no hay nada.

Por todo ello, no llego a explicarme cómo me sorprende ahora saber que estoy sola, que él se marchó esta mañana, que mi casa se ha convertido en una de mis lánguidas y delicadas fotos, pero esta vez el hielo me pilló de improviso, mirando para otro lado.