EL SEÑOR DEL PASILLO ANTONIO
LLOP
NOTICIA DE ÚLTIMA HORA: Esta mañana ha descarrilado una máquina de tren
AVE en el túnel, entre las estaciones de Chamartín y Atocha. El único ocupante,
el conductor, ha resultado herido de gravedad. En espera de la investigación
pertinente la causa del vuelco puede deberse al accionamiento brusco del freno
cuando la velocidad era excesiva. Por otra parte, ha sido recogido un niño en
la estación de Atocha. Caminaba solo por las vías del túnel. No se sabe si
tiene relación con el accidente.
Yo sé hablar muy bien, señorita.
Pero solo le hablaré a usted que me sonríe como mis padres sonreían antes de lo
que pasó el día que vi a ese señor corriendo por el pasillo de nuestra casa. Yo
estaba durmiendo en el salón y me despertaron los gritos de mis papás
discutiendo. Al mismo tiempo vi que salía corriendo un señor por el pasillo de
casa en dirección a la calle. Yo le pregunté a mi tía Remedios, que siempre
contesta a mis preguntas, quien era ese señor. Y me dijo que mi mamá es un poco
ligera de cascos. Que ya lo entendería cuando fuera mayor. Yo le dije que no,
que yo he visto las patas de los caballos en mi libro de Primaria y no se
parecen en nada a las piernas de mi mamá. Cuando me oyó mi tía soltó una
carcajada. Mi mamá dice que su hermana es muy descarada. Pero yo creo que mi
tía Remedios no es descarada, solo es diferente a ella y sus amigas, porque
tiene muchos aros colgando de las orejas y viste con pantalones vaqueros rotos.
Ah! sí, que le cuente lo del día
del accidente. Bueno pues yo estaba en la estación de Chamartín jugando con mi
amigo Paquito. Además de hablar muy bien, yo sé leer los carteles y ponía
“Estación de Chamartín”. Mi mamá estaba en el andén hablando con sus amigas de
cosas de mujeres criticonas, como dice mi tía Remedios. Mi papá estaba en un
lado muy serio y con esos ojos como mirando muy fijamente a algo que no se ve
delante de él. Esa mirada que se le ha quedado desde lo del señor del pasillo.
Entonces mi papá se dirige a su tren aparcado en la vía andando como los robots
que veo en las películas de dibujos animados. Yo dejo de jugar y le hago una
seña a mi amigo Paquito con el dedo para que se calle y le sigo a mi papá. Mi
mamá no se da cuenta porque seguía hablando con sus amigas criticonas. Mi papá tampoco
se da cuenta de que le sigo porque yo hago muy bien de indio sigiloso cuando
juego. Además mi papá sigue con esos ojos muy abiertos que parece que ven mucho
pero yo creo que no ven nada, y cuando está así tampoco oye bien. Y subo detrás
de él por las escaleras del único vagón que hay enganchado a la máquina. Subo
muy bien los escalones, agarrado a la barra lateral, como me enseñó mi papá
cuando no tenía esa mirada. Él se encierra en la cabina. Yo me siento en el
primer asiento del vagón, mi favorito cuando él conduce, porque así le tengo
más cerquita porque yo quiero mucho a mi papá. El tren empieza a andar y noto
que va más rápido que los 50 kilómetros por hora a los que debe ir en los
túneles como él me enseñó aquel día que me llevó en la cabina. Y siento que el
tren cada vez coge más velocidad. Y yo tengo miedo porque eso no es normal, a
mi papá le pasa algo. Y golpeo la puerta de la cabina que está cerrada. Pero mi
papá no me oye porque el ruido cada vez es más grande por el movimiento del
tren. Y la máquina sigue más rápida. Y yo grito: “Papá”, “Papá”, mientras sigo
golpeando la puerta. Y parece que por fin me oye mi papá y escucho su voz que
pregunta ¿“Fernandito”?. Y yo sigo gritando que me abra. Y entonces es cuando
me viene un gran mareo. Y cuando me despierto estoy en el suelo. Me duele la
cabeza y veo la vía debajo de una ventana rota. Y bajo despacito y me pongo a
caminar en dirección de la luz, porque me acuerdo que aquel día que me enseñó
la cabina mi papá me dijo que si algún día me quedaba en la vía, caminara
siempre hacia donde había más luz. Y llego a una estación, que me parece que es
Atocha porque aunque he estado muchas veces con mi papá arriba, desde debajo de
las vías se ve distinta, como más grande. Y un señor me coge del brazo y me
sube al andén. Y todos me preguntan mucho pero yo no puedo responder nada
porque me duele la cabeza y porque estoy preocupado por saber lo que le ha
pasado a mi papá.
Pero yo sé hablar muy bien
señorita, como dice mi tía Remedios. Lo que pasa es que no quería contestar al
hombre con uniforme como el de mi papá que me preguntó antes que usted, porque
se parecía mucho al que vi en el pasillo de nuestra casa.
ENCUENTRO
FATÍDICO JUANA
DOMÍNGUEZ
Sentada sobre la hierba, a la sombra de un pino torcido por
el cierzo, con un bocadillo que había preparado por la mañana y una botella de
agua fresca de la fuente cercana, que manaba tranquila y sin pausa, me disponía
a reponer fuerzas de la caminata ladera arriba. ¿Qué me había llevado hasta
aquel lugar perdido en la cima de la montaña?
No me explico todavía por qué se me ocurrió aquella aventura.
Solo quería perderme, no ver ni hablar con nadie. El último mes había sido
terrible, todo problemas. Mi jefe exigente y cretino me había impuesto llamar a
todos los acreedores del trimestre, para exigirles el pago. Los vecinos
inundaron mi piso. El casero se encaró conmigo porque no le había consultado
sobre las reparaciones, tuve que tragarme el orgullo para que no me echara de
la casa. Y lo peor, la gotera sigue manando. Ni un día sin tregua había tenido,
tan harta y deprimida me encontraba que decidí irme el fin de semana al campo.
Y allí estaba
sentada, decidida a olvidarme de todos y de todo, mirando el paisaje y
disfrutando de la soledad y del silencio, del olor a sabina y resina, del
revoloteo de los pájaros y de los insectos sobre los juncos. ¡Que les zurzan a
todos, que se les atragante la soberbia y la desidia!
Algo se movía frente a mí, las retamas se mecían suaves, era
muy extraño no hacia viento, ni veía a ningún animal cerca de ellas, un
escalofrío me recorrió la espalda. La soledad me estaba jugando una mala
pasada, las retamas no paraban de moverse.
Me puse de pie, alerta y dispuesta a alejarme ladera abajo,
la sensación térmica de calor y frío me hacía sudar, estaba muy asustada, no
sabía que movía las retamas. Bajaba deprisa, volviendo la cabeza
constantemente. En la precipitación tropecé con una raíz y rodé por el suelo.
Alguien me ayudó a levantarme, me agarró por las asilas y
tiró de mí. Estaba aterrada, no quería mirar hacia atrás. A mi espalda escuché
un susurro ronco y estertóreo.
-No tengas miedo, baja tranquila, no he venido a
buscarte a ti.
CASUAL ENCUENTRO CARLOS
BORT
Preguntaron a Pascual
si encontraba un desencuentro
entre causal y casual
o eran lo mismo, por dentro.
"Yo con esto me descentro"
dijo mirando a su ombligo.
"Pónmelo en inglés y yo entro
a buscarte un falso amigo."
Y es que hay ricos y mendigos
entre gentes y palabras.
Te llueven nueces e higos
o piedras que descalabran.
Un olivar cornicabra
me da igual que otro picual,
ya que nunca es de quien labra
porque todo es desigual.
Y por fin dijo Pascual,
"Por más que a pensar me obligo,
no encuentro nada casual.
¿Te estás quedando conmigo?"