25/10/2024

UN ENCUENTRO CASUAL 1

 

EL SEÑOR DEL PASILLO                                             ANTONIO LLOP

 

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA: Esta mañana ha descarrilado una máquina de tren AVE en el túnel, entre las estaciones de Chamartín y Atocha. El único ocupante, el conductor, ha resultado herido de gravedad. En espera de la investigación pertinente la causa del vuelco puede deberse al accionamiento brusco del freno cuando la velocidad era excesiva. Por otra parte, ha sido recogido un niño en la estación de Atocha. Caminaba solo por las vías del túnel. No se sabe si tiene relación con el accidente.

Yo sé hablar muy bien, señorita. Pero solo le hablaré a usted que me sonríe como mis padres sonreían antes de lo que pasó el día que vi a ese señor corriendo por el pasillo de nuestra casa. Yo estaba durmiendo en el salón y me despertaron los gritos de mis papás discutiendo. Al mismo tiempo vi que salía corriendo un señor por el pasillo de casa en dirección a la calle. Yo le pregunté a mi tía Remedios, que siempre contesta a mis preguntas, quien era ese señor. Y me dijo que mi mamá es un poco ligera de cascos. Que ya lo entendería cuando fuera mayor. Yo le dije que no, que yo he visto las patas de los caballos en mi libro de Primaria y no se parecen en nada a las piernas de mi mamá. Cuando me oyó mi tía soltó una carcajada. Mi mamá dice que su hermana es muy descarada. Pero yo creo que mi tía Remedios no es descarada, solo es diferente a ella y sus amigas, porque tiene muchos aros colgando de las orejas y viste con pantalones vaqueros rotos.

Ah! sí, que le cuente lo del día del accidente. Bueno pues yo estaba en la estación de Chamartín jugando con mi amigo Paquito. Además de hablar muy bien, yo sé leer los carteles y ponía “Estación de Chamartín”. Mi mamá estaba en el andén hablando con sus amigas de cosas de mujeres criticonas, como dice mi tía Remedios. Mi papá estaba en un lado muy serio y con esos ojos como mirando muy fijamente a algo que no se ve delante de él. Esa mirada que se le ha quedado desde lo del señor del pasillo. Entonces mi papá se dirige a su tren aparcado en la vía andando como los robots que veo en las películas de dibujos animados. Yo dejo de jugar y le hago una seña a mi amigo Paquito con el dedo para que se calle y le sigo a mi papá. Mi mamá no se da cuenta porque seguía hablando con sus amigas criticonas. Mi papá tampoco se da cuenta de que le sigo porque yo hago muy bien de indio sigiloso cuando juego. Además mi papá sigue con esos ojos muy abiertos que parece que ven mucho pero yo creo que no ven nada, y cuando está así tampoco oye bien. Y subo detrás de él por las escaleras del único vagón que hay enganchado a la máquina. Subo muy bien los escalones, agarrado a la barra lateral, como me enseñó mi papá cuando no tenía esa mirada. Él se encierra en la cabina. Yo me siento en el primer asiento del vagón, mi favorito cuando él conduce, porque así le tengo más cerquita porque yo quiero mucho a mi papá. El tren empieza a andar y noto que va más rápido que los 50 kilómetros por hora a los que debe ir en los túneles como él me enseñó aquel día que me llevó en la cabina. Y siento que el tren cada vez coge más velocidad. Y yo tengo miedo porque eso no es normal, a mi papá le pasa algo. Y golpeo la puerta de la cabina que está cerrada. Pero mi papá no me oye porque el ruido cada vez es más grande por el movimiento del tren. Y la máquina sigue más rápida. Y yo grito: “Papá”, “Papá”, mientras sigo golpeando la puerta. Y parece que por fin me oye mi papá y escucho su voz que pregunta ¿“Fernandito”?. Y yo sigo gritando que me abra. Y entonces es cuando me viene un gran mareo. Y cuando me despierto estoy en el suelo. Me duele la cabeza y veo la vía debajo de una ventana rota. Y bajo despacito y me pongo a caminar en dirección de la luz, porque me acuerdo que aquel día que me enseñó la cabina mi papá me dijo que si algún día me quedaba en la vía, caminara siempre hacia donde había más luz. Y llego a una estación, que me parece que es Atocha porque aunque he estado muchas veces con mi papá arriba, desde debajo de las vías se ve distinta, como más grande. Y un señor me coge del brazo y me sube al andén. Y todos me preguntan mucho pero yo no puedo responder nada porque me duele la cabeza y porque estoy preocupado por saber lo que le ha pasado a mi papá.

Pero yo sé hablar muy bien señorita, como dice mi tía Remedios. Lo que pasa es que no quería contestar al hombre con uniforme como el de mi papá que me preguntó antes que usted, porque se parecía mucho al que vi en el pasillo de nuestra casa.


 

ENCUENTRO FATÍDICO                                  JUANA DOMÍNGUEZ

Sentada sobre la hierba, a la sombra de un pino torcido por el cierzo, con un bocadillo que había preparado por la mañana y una botella de agua fresca de la fuente cercana, que manaba tranquila y sin pausa, me disponía a reponer fuerzas de la caminata ladera arriba. ¿Qué me había llevado hasta aquel lugar perdido en la cima de la montaña?

No me explico todavía por qué se me ocurrió aquella aventura. Solo quería perderme, no ver ni hablar con nadie. El último mes había sido terrible, todo problemas. Mi jefe exigente y cretino me había impuesto llamar a todos los acreedores del trimestre, para exigirles el pago. Los vecinos inundaron mi piso. El casero se encaró conmigo porque no le había consultado sobre las reparaciones, tuve que tragarme el orgullo para que no me echara de la casa. Y lo peor, la gotera sigue manando. Ni un día sin tregua había tenido, tan harta y deprimida me encontraba que decidí irme el fin de semana al campo.

 Y allí estaba sentada, decidida a olvidarme de todos y de todo, mirando el paisaje y disfrutando de la soledad y del silencio, del olor a sabina y resina, del revoloteo de los pájaros y de los insectos sobre los juncos. ¡Que les zurzan a todos, que se les atragante la soberbia y la desidia!

Algo se movía frente a mí, las retamas se mecían suaves, era muy extraño no hacia viento, ni veía a ningún animal cerca de ellas, un escalofrío me recorrió la espalda. La soledad me estaba jugando una mala pasada, las retamas no paraban de moverse.

Me puse de pie, alerta y dispuesta a alejarme ladera abajo, la sensación térmica de calor y frío me hacía sudar, estaba muy asustada, no sabía que movía las retamas. Bajaba deprisa, volviendo la cabeza constantemente. En la precipitación tropecé con una raíz y rodé por el suelo.

Alguien me ayudó a levantarme, me agarró por las asilas y tiró de mí. Estaba aterrada, no quería mirar hacia atrás. A mi espalda escuché un susurro ronco y estertóreo.

-No tengas miedo, baja tranquila, no he venido a buscarte  a ti.


 

CASUAL ENCUENTRO                                                            CARLOS BORT

 

Preguntaron a Pascual

si encontraba un desencuentro

entre causal y casual

o eran lo mismo, por dentro.

 

"Yo con esto me descentro"

dijo mirando a su ombligo.

"Pónmelo en inglés y yo entro

a buscarte un falso amigo."

 

Y es que hay ricos y mendigos

entre gentes y palabras.

Te llueven nueces e higos

o piedras que descalabran.

 

Un olivar cornicabra

me da igual que otro picual,

ya que nunca es de quien labra

porque todo es desigual.

 

Y por fin dijo Pascual,

"Por más que a pensar me obligo,

no encuentro nada casual.

¿Te estás quedando conmigo?"