ESQUIMOTAJE FRUSTRADO ANTONIO
LLOP
Muchos creen que es doloroso el momento anterior a la
muerte. No es así. Lo que duele es el momento anterior a la vida. Lo sé. Porque
yo volví a nacer.
Fue un día resplandeciente del mes de julio. Salí junto a
mis amigos a remar en canoa al pantano de San Juan. Como de costumbre allí nos
esperaba Gorka, un vasco de pelo ensortijado y barba poblada, que presumía de
haber navegado en piragua por el Amazonas. En su todo-terreno portaba un
remolque de barras con varias canoas individuales sujetas en altura, alguna de
las cuales le solíamos alquilar.
Las semanas anteriores nos había enseñado lo más básico de
esa navegación. No era nada fácil mantener el equilibrio. Si no remabas, la
canoa volcaba. Y si lo hacías desacompasadamente solo dabas vueltas en redondo.
Al final, conseguimos ajustar la cadencia de las paladas para que el
deslizamiento fuera en línea recta. Ya lográbamos avanzar por el agua con un
cierto ritmo sin salpicar demasiado con los remos.
-¡Hola, chicos! –nos dijo ese día, a modo de saludo-. Hasta
ahora hemos practicado técnicas para aguas tranquilas, como las de este
embalse. Pero si algún día queréis descender algún río de aguas bravas hay que
aprender otras prácticas. Hoy voy a enseñaros el “esquimotaje”.
Cuando Gorka explicó en qué consistía la técnica, mis amigos
más medrosos decidieron quedarse en la orilla con sus piraguas varadas.
Esperaban que los más atrevidos (o los más inconscientes), Blanca, Bernardo y
yo, lo intentáramos.
-“Esquimotear” –continuó el vasco- es recuperar la posición
erguida, sin bajarnos de la piragua cuando volcamos por causa de un obstáculo o
por la fuerza del agua.
Acto seguido gritó: “¡Subid a las canoas y ajustaos bien los
faldones!”
Los tres deslizamos nuestras cabezas entre los tirantes de
aquella especie de falda de payaso y cada uno se introdujo en su ovalado
habitáculo ajustando los extremos del faldón a los bordes de la boca para que
el agua no entrara. De esta forma, la barca y yo éramos un solo cuerpo. Me
acordé de las esfinges, esos animales imposibles de la mitología egipcia
formados por humano y león; o los centauros, hombres-caballo de la mitología
griega. Un “hombre-canoa” -pensé, divertido-, mientras Gorka enseñaba la
técnica a Blanca. Ésta desaparecía de la superficie y a los pocos segundos
emergía ante la mirada atenta del vasco. Cuando lo repitió algunas veces más
sin ayuda, Gorka se alejó de ella y se dirigió a mí con paladas firmes.
-Ya has visto que no es difícil –me dijo-. Cuando estés boca
abajo dentro del agua, para recuperar tu posición en la superficie tienes que
impulsarte con un golpe de cadera. Pero, ¡cuidado!, lo natural es que intentes
emerger primero la cabeza para respirar. No lo hagas, repito, no lo hagas,
porque así no podrías salir. Has de ser paciente. Recuerda: primero emerger el
cuerpo impulsando con la cadera, y finalmente la cabeza. ¡Vamos! Entrelaza tu
mano con la mía y déjate sumergir.
Me dejé caer lateralmente arrastrando la canoa cuyo casco
quedó flotando encima de mí. Contuve la respiración bajo el agua, impulsé con
la cadera y ayudado de un tironcillo de la mano de Gorka conseguí darle la
vuelta con aparente facilidad y volver a mi posición anterior en la superficie.
Repetí la técnica un par de veces más, la última sin la ayuda del instructor,
por lo que éste consideró que ya la había asimilado.
-Bueno, ahora tú, Bernardo, -gritó el vasco acercándose a mi
amigo.
Yo estaba entusiasmado. Tenía tan recientes las ocasiones
logradas que decidí intentarlo de nuevo, ahora sin la presencia de Gorka, que
ya estaba con mi amigo, de espaldas a mí, a unos seis metros.
Sin pensarlo dos veces, me incliné sobre un lado y volqué la
piragua. Una vez sumergido, intenté impulsarme con la cadera, como había hecho
antes, para emerger. Al primer intento no lo logré. Ensayé una segunda vez, ya
con algo más de urgencia, y tampoco. Empecé a ponerme nervioso. Me estaba dando
cuenta de que me había precipitado y necesitaba esa mano de Gorka o, al menos,
la sombra de su barca en la superficie para darme confianza. Ni siquiera pensé
que lo más fácil era desenganchar los faldones de la canoa y salir del agua
buceando. Estaba obsesionado con emerger con el golpe de cadera. Seguí
intentándolo cada vez de forma más descontrolada, subiendo primero la cabeza,
en contra de los consejos del instructor. Pero fue en vano.
La desesperación me agarrotaba. El aire de mis pulmones se
estaba acabando y ya no tenía fuerzas para un nuevo ensayo. Aquello era el
final. Me iba a ahogar. Boca abajo dentro del agua, con la canoa encima de mí,
solté el remo y me resigné, incapaz de seguir luchando por mi vida.
De pronto, noté un tirón seco del brazo que dio bruscamente
con mi cuerpo en la superficie. Gorka había sido avisado por mis amigos de la orilla de mis
desesperados intentos por emerger.
Y ahora vuelvo a mi reflexión inicial. Mi momento anterior a
la muerte no fue en absoluto doloroso. Cuando solté el remo y me dejé llevar
hacia el final, me invadió una sensación muy placentera. Una impresión que
Gorka, al devolverme a la superficie, me cercenó bruscamente, aunque me salvara
de morir ahogado. Mi emoción debió de ser parecida a la que experimenta un
neonato cuando disfruta del acuoso y protector útero materno y le sacan a este
mundo donde tiene que respirar. Nace a la vida, pero, a la vez, le cambian una
sensación de placer por otra de dolor.
La vida, una dura realidad que, sin embargo, nadie quiere
dejar de experimentar.
EL RIESGO DE VOLVER A NACER JUAN
SANTOS
A mí no me gustaría volver a nacer. Nacer es una aventura
donde la suerte es primordial. Yo no quiero correr el riesgo de nacer en un
país en guerra, o en un país pobre donde no se disfrute de la vida, donde enseguida
muera de hambre, olvidado del mundo. Tampoco me gustaría ser fruto de una
violación, o nacer en una familia rica, con dinero lleno de sangre.
Si me aseguraran volver a nacer de la misma madre y en el
mismo pueblo, firmaría ahora mismo. Por eso, puesto a imaginar y a desear, lo
que a mí me gustaría es volver a ser un niño, recordando todo lo vivido en la
vida anterior, para corregir errores y evitar cicatrices.
Probablemente, la infancia y la adolescencia las repetiría
sin modificar nada. Tengo muy buenos recuerdos y me conformo con ellos.
A partir de entonces, teniendo en cuenta que volvería a
dejar mi pueblo para venirme a Madrid, que me casaría con la misma mujer y que
tendría los mismos hijos, en el terreno familiar, lo único que haría, sin
dudarlo, es pasar más tiempo con mis niños y menos trabajando.
De los amigos que he tenido, ninguno me ha defraudado, sino
todo lo contrario, me he divertido mucho con ellos, por tanto, sería un placer
repetir vida con ellos.
Referente al trabajo, no me puedo quejar, no he ganado mucho
dinero, pero lo justo para vivir, modestamente, pero bien.
He dejado para el final, algo muy importante. Me arrepiento
de no haber tomado la decisión adecuada, yéndome la rama de ciencias. Debí
tirarme por las letras que era lo mío. He pasado mi vida laboral entre números,
olvidando mi verdadera vocación. He escrito poco y he leído menos. Ahora que me
acompaña la culpabilidad de haber perdido el tiempo, daría cualquier cosa por
“volver a nacer” o mejor dicho “volver a empezar”. Pero como eso no puede ser,
he tirado la calculadora a la basura, y con un libro bajo el brazo y el
ordenador delante, me afano por recuperar el tiempo perdido.
VOLVER A NACER JUANA
DOMÍNGUEZ
Tengo una cuenta pendiente, y no encuentro solución para
resolverla.
Mi casa, la de mis antepasados, es poca cosa, 45 metros de
suelo construido y otros 40 de patio. Algunas veces me pregunto si ha merecido
la pena estar durante cinco años en disputas ¿Quién me va a
agradecer que no ceje en defender lo que por derecho es mío? Tendría que volver
a nacer y tomármelo como un asunto baladí.
Mi madre ya me avisó antes de morir. ! No dejes que el
demonio se meta aquí! Habla con Vicente y cómprale el olivar.
Y si, hable con Vicente. Dime cuanto quieres y si puedo, te
compro las olivas de detrás de mi casa.
-Estoy indeciso no sé qué hacer, pero no te preocupes, si me
decido te aviso.
En esas quedamos, llego la pandemia, no volví a verle hasta
un 23 de agosto de aquel año, que llamó a mi puerta y me soltó:
-Te devuelvo la llave de la puerta, he vendido las olivas a los (rateros).
¡No podía ser verdad!
-Te doy el doble de lo que ellos te hayan ofrecido.
-No, ya está hecho, no voy a volverme atrás.
Dolor, angustia, rabia, impotencia. Una mezcla de
sentimientos que no me han dejado vivir tranquila. Y en ese sin vivir sigo, siempre
pendiente de sus hazañas
Un día, descubro que quieren hacer un recreo en el olivar
¡Lo dejaran bonito! Me digo. Otro día descubro una tubería de aguas fecales perpendicular
a mi casa y sin salida a ninguna parte.
-¿Esa tubería, a dónde la vais a sacar?
-Donde el ayuntamiento nos autorice.
Después construyeron una piscina, un porche, un aseo, un
cuarto para la depuradora, y la tubería seguía en el mismo sitio.
Lo siguiente fue reventar la puerta de cierre entra las dos
fincas ¿motivo?
Sacar la tubería por mi casa. Denuncias por ambas partes. Un
preaviso de devolver la finca a su estado primitivo y subsanar las humedades. Acuerdo que deberían aceptar.
Y hoy, ya al borde del sinsentido, cierro los ojos y me digo:
¡Merece la pena, seguir!
Tengo el cartel de SE
VENDE en la mano, dispuesta a colgarlo en la puerta de la calle.
No voy a esperar a volver a nacer.