EL
CERO A LA IZQUIERDA ANOTNIO
LLOP
—¡Quita de delante, Vidrios! ¡Siempre
estás en medio, como el jueves!
Eso me decían en mitad de mi confusión
juvenil, quienes se suponía que eran mis amigos. El mote era lo de menos (todos
teníamos uno y yo desde los quince años siempre he llevado gafas). Lo que
aumentaba mi frustración es que no me consideraran suficientemente importante
para integrarme en un lugar centrado en una foto conjunta, y me relegaran al
extremo izquierdo. Y eso que ese día habíamos encontrado a alguien que operara
con la Leika del Moñi, uno que tenía un padre carnicero, que era el único del
grupo que no estaba a dos velas. Le llamábamos Moñi, un hipocorístico de
Moñigo, por analogía con su apellido real (Zúñiga). Y es que lo normal es que
las fotos las hiciera yo, ante la indiferencia de mis amigos por no aparecer
junto a ellos.
Lo malo es que quien me solía espetar
esa frase despreciativa era José Luis, un vecino de piso que había llegado al
barrio directamente del pueblo, a quien enseñé a vestirse más moderno y
adaptarse al estilo de los jóvenes de la época. Yo lo presenté y lo introduje
en la panda cuando todos se reían de él por sus hechuras rígidas y sus
pantalones pesqueros. Le presté mis pantalones de pata elefante y mi chaqueta
de tres bolsillos, faldones largos y solapas anchas, y le quité la costumbre de
ponerse un pañuelito despuntando en el bolsillo superior como lucía en la suya.
Hice valer mi condición de uno de los miembros fundadores para conseguir que lo
admitieran a nuestra cuadrilla, a pesar de su figura hortera, que era lo menos
perdonado para unos jóvenes pretendidamente modernos. Pero los vaivenes de la
vida poco a poco fueron a mí a quien apartaron de la primera línea. Yo me daba
cuenta de mi postergación paulatina de aquel grupo de jóvenes esclavos de las
apariencias. El que fuera el único que llevaba gafas no ayudaba a ser admitido
en aquella fotografía en un lugar centrado. Yo tenía otro inconveniente:
estudiaba. Y encima no fumaba. Y en ese grupo de indolentes que solo hablaba de
conjuntos musicales y ropa de moda esas características era bastante despreciables
y consideradas como pretenciosas, aunque yo nunca pretendiera presumir de ello.
Paulatinamente me fui saliendo de
aquellas reuniones de fumadores sentados en el murete enfrente del mercadillo
que escuchaban singles de los Four Tops en el tocadiscos a pilas del Moñi.
—¿Ves lo que pasa por ayudar a la
gente que no lo merece? ¡Si es que eres un abogado de causas pobres! —me dijo
mi madre, depositaria de mis decepciones, cuando le conté el comentario de
nuestro vecino José Luis.
Y esa admonición quedó fijada en mi
mente a la hora de escoger una carrera. Elegí Derecho y empecé mis estudios en
la Universidad Complutense ese mismo año.
Aún conservo esa instantánea de mi
postergación que he tenido presente durante el tiempo de mis estudios como
símbolo de superación. Cuando desfallecía por lo arduo de las oposiciones a
juez de distrito, miraba mi cara de circunstancias en el extremo izquierdo de
la foto y eso me espoleaba a seguir en mi empeño. Perdí contacto con mis
antiguos amigos, aunque uno de ellos que encontré por casualidad en el barrio
un día que visitaba a mis padres me dijo que el grupo había tomado una deriva
de drogadicción y peleas discotequeras. Y alguno había elegido “vías chungas”.
Ahora estoy mirando esa famosa
fotografía porque cuando salga de mi despacho y entre en la sala tengo que
dictar sentencia contra aquel José Luis de mi juventud, acusado de un delito de
asesinato. No puedo pensar en ninguna otra cosa que en las evidencias aportadas
por la investigación policial. Debo alejarme tanto de mis apegos a mi antiguo
grupo como de mi venganza contra mi antiguo vecino porque me considerara un
cero a la izquierda. Quizás he tenido un poco de responsabilidad en que José
Luis haya elegido una “vía chunga”. Si yo le hubiera dejado en paz con su
pañuelito despuntando por el bolsillo superior de la chaqueta y sus pantalones
pesqueros nunca hubiera entrado en la panda del murete y no hubiera elegido ese
camino a la delincuencia. Por otra parte, pienso que yo también estuve expuesto
a las derivas de la juventud y no me pervertí.
Así que vistas las pruebas.
—Condeno al acusado a veinte años de
reclusión. La sentencia se hará efectiva a partir de mañana, jueves.
EL PRIMER CERO DE MI VIDA MARÍA ISABEL
RUANO
La lectura del relato de un compañero, en el que nos contaba las
peripecias vividas en su internado durante la adolescencia, me ha llevado sin
remedio, a rememorar los propios avatares que yo viví.
La peor época de mi vida estuvo marcada por acontecimientos familiares
que, prefiero no nombrar, a la edad de quince años y que abrieron un camino sin
retorno hacía la rebeldía, del que, ya cumplidos los sesenta y cinco, no he
conseguido salir.
Estábamos en tercero de BUP y el mío también era un colegio de monjas
situado en un barrio elegante de la ciudad y con un alumnado de clase media
alta por mucho que estuviera regido por las Hijas de la Caridad.
En aquella etapa, la amistad era lo más importante para mí, por encima de
la familia, el aprendizaje y los primeros devaneos amorosos. Mis amigas suplían
el resto de las carencias que bordeaban mis afectos. Cuando alguna de nosotras
sufría un descalabro, todas nos solidarizábamos con ella y si hacía falta hacer
pellas para consolarla, lo hacíamos. Esta situación se repitió en varias
ocasiones hasta tal punto que, a la pobre abuela de Paloma,” la enterramos
varias veces”.
En cierta ocasión, nuestra ausencia, la de las cuatro amigas inseparables
de entonces, coincidió con un examen de Filosofía. El profesor era un
catedrático respetuoso cuyo aspecto aún puedo recordar. Bajito, con barba y
elegante en su vestimenta. Era el único varón en el reino femenino. Al día
siguiente, a las ausentes, nos puso un folio sobre la mesa para que hiciéramos
el examen del día anterior. Me sentí muy molesta y todavía no soy capaz de
comprender del todo por qué lo hice. Me gustaba la Filosofía y se me daba muy
bien. El profe lo sabía. Mis amigas, sin dudarlo empezaron a escribir, aunque
poco o nada habían estudiado. Él, ante ni actitud, empezó a impacientarse y se
aventuró a afirmar que, si no escribía, aunque fuera una línea, me pondría un
cero. Y así fue como dejé pasar la hora entera con mi folio en blanco y me
gané, por mérito propio, el primer cero de mi vida.
Ese cero me bajó la media, no solo de la asignatura, sino de la nota
global del BUP. A pesar del cual, sé que me gané el respeto del profesor y del
resto de las compañeras y algo muy valioso comenzó a desarrollarse en mi
interior. La lealtad a mi propio criterio más allá de las amenazas y de las
normas impuestas.
En selectividad saqué muy buena nota en Filosofía y me consta que, el
profesor, estuvo muy atento y se sintió orgulloso.
Otro descalabro similar lo tuve mientras estudiaba magisterio. De nuevo,
otro profesor, en esta ocasión, muy delgado, severo y conservador, nos puso un
examen en el que, mediante los argumentos inductivos de la lógica, teníamos que
defender la pena de muerte. Lejos de hacerlo, me compliqué con las premisas y
los principios necesarios de la lógica para afirmar mi condena de la pena de
muerte. El profesor me felicitó por el razonamiento y la valentía, pero me puso
un cero por no haber respondido al planteamiento por él solicitado.
Pasaron muchos años desde aquella época y, con mi carrera terminada y
siendo ya funcionaria, el germen de la Filosofía que ambos inculcaron en mí, me
llevo a matricularme en la UNED en Filosofía y Ciencias de la Educación. Y así
fue como, incluso con mi hijo pequeño, conseguí mi licenciatura en esta
carrera.
No me he arrepentido nunca de aquellos desafíos que a lo largo de mi vida
me han hecho más fuerte y me han ayudado a ser muy honesta con mis
convicciones.
RENACIMIENTO ARACELI
DEL PICO
Alba, estaba deseando llegar a casa. Bajar al
trastero y alcanzar aquellas carpetas que guardaba con primor en las últimas
estanterías de aquel pequeño cuarto. Siempre había sido muy organizada y lo
tenía todo dispuesto de tal modo, que sin duda sería llegar y encontrarlo.
Su repentino interés surgió, de una
conversación que había escuchado en la parada del autobús entre dos personas
completamente ajenas a ella. Sin pretenderlo, ya que no era nada curiosa,
prestó atención y pudo sentir alguna simpatía entre los dos. Eran hombres de
cierta edad, vestidos de forma clásica, pero sencilla. Ambos con traje, la
diferencia estribaba en que uno de ellos, Alfredo según le llamó el amigo, no
llevaba corbata. Hugo, que respondió al saludo con tal nombre, si lucía una a
tono con su terno.
Una distendida conversación, dio paso a otra
de diferente tono. La política entró en liza y la simpatía inicial se tornó en
agrias y muy ásperas palabras.
-
Alfredo
no puedo creer lo que está saliendo de tu boca. Éramos tan amigos.
-
Y
que pasa, ¿qué porque pensemos de diferente manera, ya no podemos serlo? Que
sepas que tengo los mejores recuerdos de juventud ligados a ti. Y el hecho de
que lleves la banderita bicolor en tu reloj, en tu carpeta y hasta en tus
ideas, si tú quieres, voy a seguir siendo tu amigo.
Hugo se aflojó el nudo de la corbata y tardó
en responder. Alba, miró el reloj, el bus se retrasaba, pero no le preocupó. El
cariz de la conversación le había atrapado. Y la falta de curiosidad, que puede
que fuera, una de sus mayores o peores virtudes, creció de repente. Y Hugo,
tomó la palabra.
-
Me
gustaría decir otro tanto, pero no puedo. Este país se rompe y tú, adalid de
las causas justas, ¿te quedas impasible?
-
¿Pero
qué coño de causas justas son aquellas que nos obligan a retroceder cuarenta
años, Hugo?
-
No
es retroceder. Es poner las cosas en su sitio.
-
Creo
que los ceros de tu cuenta corriente te han cambiado la visión que mantuvimos
en paralelo durante años.
-
¿Qué
quieres decir?
-
Lo
que he dicho. Lo entiende cualquiera. Y tú, torpe no eras. ¡¡¡Antes!!!
El bus venía, y el grupo de gente que lo
esperaba con urgencia subió a él. Los empujones de unos y otros la separó de la
pareja, que dentro, según pudo percibir a distancia no se dirigió la palabra en
momento alguno.
En el recorrido a casa, mil cosas bullían por
su cabeza. Aquella conversación la había llevado a sus años de universidad,
donde correr delante de los “grises” era un culto. Y ella, vaya si había
corrido. Puede que les tuviera que agradecer su agilidad posterior. Y le
entraron unas ganas locas de volver a leer aquellos panfletos que escribió y
esparció y recitó en algunas asambleas secretas. Y aún guardaba cada uno de
ellos.
Cuando llegó a su parada, aquella pareja
continuaba en el interior del autobús. Se bajó y no pudo evitar pensar si
habría posterior reconciliación entre ellos.
Una vez en el rellano de la casa se limpió
sus pies en el felpudo, fue derecha a por las llaves del trastero. Y justo
donde debía estar encontró el mundo de su infancia, los cuadernos de
caligrafía, fábulas que tanto le inspiraron. Los primeros libros. Cada una de
las materias con sus correspondientes calificaciones, donde las matemáticas se
llevaban la palma negativa. Hasta con un 0 la obsequiaron en segundo de
bachiller. Razón por la que tuvo claro que se mantendría a flote con las
letras.
Lo releyó todo con ternura. Era como
despertar. Y al final diferentes legajos separados por fechas y bien sujetos
por un balduque rojo, abrieron los ojos de aquel tiempo pasado. No mejor. Pero
fresco y lleno de ilusiones, que aún mantenía.
Cerró el cuarto de los recuerdos. No todo
eran trastos allí dentro. Y subió, sin dejar de pensar en aquellos que habían
reavivado sus recuerdos con la conversación. Le dieron pena. Ella mantenía
amigos que también habían cambiado de ideología. Allá ellos. Pero sabía y
sabían, que siempre serían amigos.
Se lavó bien las manos, negras del polvo de
los blancos pensamientos. Se preparó una ligera comida y reposó media hora.
Ahora iba a regar los kalanchoes de la
terraza. Tres. Rojo, amarillo y morado. Tenían que estar jugosos. Cada uno luce
su bandera donde y como quiere.
SEIS
CEROS A LA DERECHA JUANA
DOMÍNGUEZ
Una primitiva oportuna proporcionó a
Pelayo seis ceros a la derecha de un número mágico ¡siete millones de euros!
Nunca se supo quién fue el agraciado,
aunque el boleto fue depositado en una administración pequeña. El afortunado
consiguió cobrar la suma sin que nadie sospechara de su suerte.
Hasta ese grato día Pelayo había sido
un hombre al que la vida no le sonrió. Sus padres fallecieron en un accidente
de circulación cuando tenía diez años, sin hermanos y sin familiares que le
acogieran, pasó su niñez en un orfanato hasta su mayoría de edad. Cero en
familia y en cariño, fue su calificación cuando salió al exterior a labrarse
una vida de soledad.
Encontró trabajo en un taller mecánico, su
oficio era limpiar las piezas de grasa, el dueño fue compañero de su padre y a
pesar de no saber nada de mecánica le acogió por compasión. Otro cero a su
estima.
Pelayo con mucho esfuerzo, se
matriculó en una escuela de oficios, a la que acudía por las noches, quería ser
mecánico de automóviles.
Al finalizar sus estudios montó su
propio taller, y siguió ayudando a su anterior jefe y suegro, le estaba
agradecido por haberle acogido.
Había trabado amistad con su hija pequeña,
Encarna, al poco de empezar en el taller y, a fuerza de trabajar y agradar.
consiguió que le quisiera, formaron una familia feliz y sólida, sus hijos
tenían todo el cariño y la amistad que a él le había faltado. Por fin era
feliz.
Pero dicen que la felicidad no es
eterna, y Pelayo estaba condenado a obtener todos los ceros que circulaban a su
alrededor.
Volvían del colegio, su esposa
conducía un coche pequeño con su hijo mayor en el asiento del copiloto. Un
camión se cruzó en la rotonda y Encarna no pudo desviar el coche, el camión la
envistió por detrás y su hijo salió por la luna delantera.
La depresión se apoderó de ella, no
quería vivir, su hijo no tenía culpa de nada, no debió morir. Y Pelayo juntó
dos ceros más a su izquierda.
El taller empezó a perder clientes,
Pelayo tenía que ocuparse de Encarna y sus otros dos hijos, y terminó por
cerrarlo. Más ceros.
Ya no sabía que podía hacer, para
terminar con tanta negatividad, y entonces sucedió. Su suerte cambió.
Con el dinero del boleto, ingreso a Encarna,
en una clínica de reposo, para que se recuperará, y él se quedó con el taller
de su suegro ya jubilado. Los seis ceros a la derecha, le cambiarían la vida.
Los emplearía bien, una fundación para
ayuda a indigentes e inmigrantes sin recursos, sería su forma de devolver lo
que él no tuvo, y hubiera necesitado en su recorrido por una vida de fracasos y
sufrimiento.
CUESTIÓN
DE GRADOS SANTIAGO
J. MARTÍN
Países Bajos,
septiembre de 1578
-
Señor
doctor Bay, le insisto en que estudie los documentos que ahora le presento.
Sería determinante si...
-
No
siga, señor Ortelius. Demasiados problemas se me vienen encima con la Santa
Sede por otros asuntos como para ahora plantearles un nuevo cisma.
-
Cisma
ninguno. Vuestra merced puede comprobar que de nada sirven mis mapas, tan
apreciados y considerados en medio mundo, si no se pueden utilizar con una
orientación universal.
-
Dejemos
las cosas como están Ortelius. Dedíquese a la cartografía, que con tanto esmero
elabora, y abandone posturas ecuménicas imposibles. Que cada imperio imponga el
suyo y Dios los unifique.
-
Sería
un logro que la Universidad de Lovaina, que usted preside con tanta pericia,
abanderara la creación de un meridiano cero universal.
-
No
sueñe más, Ortelius. Ahora he de asistir a un claustro urgente. Le tengo que
dejar. Pase usted una buena jornada.
Salió Abraham
Ortelius muy enfadado del despacho del rector. No llegó a dar un portazo, pero
cierto es que ese impulso le corrió por su brazo hasta el último momento.
Después de 6
horas de viaje en una vieja calesa, tirada por cuatro fuertes potros frisones,
arribó a su casa de Amberes.
Llegó
removido por dentro y por fuera. Ese traqueteo durante tantas horas le
irritaban sus almorranas y le tensaban sobremanera la espalda. Pero lo peor era
el enfado que llevaba rumiando desde que salió de la Universidad.
Por fin llegó
a casa, con la noche cerrada y la lluvia calando su capa y su sombrero
bourrelet. Dentro le esperaba Gertruid, ya nerviosa por lo avanzado de la hora
y la endeble salud de su padre.
-
Al
fin en casa, padre. Quítese eso. Viene empapado.
-
Es
lo de menos. El mundo está lleno de ciegos intransigentes.
Una vez que
se cambió de ropa, se sentó a la mesa a regañadientes, convencido por su hija y
un aromático guiso que le aguardaba en el plato.
-
Esto
le hará olvidar gran parte de su pesadumbre.
-
La
tozudez humana me consume. ¿No se dan cuenta de que no se avanzará en la
navegación si no unificamos criterios?
-
Sin
pruebas fehacientes no se mueve a las jerarquías, y menos en la ciencia.
-
Pero
si los jesuitas ya lo han demostrado. Ellos sí que han sabido sacar provecho de
su meridiano secreto. América ha sido más fácil de explorar gracias a sus
mapas.
-
Pero
ahora, padre, con su atlas Universal, vendrá el verdadero avance que…
-
No.
Eso es solo un paso. Hay que fijar los meridianos de una vez. Es cuestión de convocar
una conferencia internacional y llegar a un acuerdo.
-
Largo
me lo fiais, padre. En pleno siglo XVI no veo yo una comunión de intereses tan
cercana.
-
Vale.
Pues me rindo, entonces.
-
No
padre. Siga luchando, pero con mesura. Se está consumiendo y desperdiciando sus
conocimientos cartográficos por ese dichoso meridiano invisible.
-
Creo
que tú tampoco has entendido nada, hija. No lo verán mis ojos, pero a no mucho
tiempo todos los barcos se guiarán por un mismo meridiano cero en las cartas de
navegación. Será indispensable para nuevos ingenios que se moverán a gran
velocidad por tierra y mar, y quién sabe por dónde más.
-
Me
lo creo. Solo miro por usted. Le apoyaré en todo siempre. Como hasta ahora.
Se hizo un
silencio duradero que parecía que iba a ser la antesala de retirarse a
descansar, pero la muchacha lo interrumpió.
-
Padre,
¿pudo comentarle lo mío al rector?
-
Pude.
Pero no lo hice. No me parecía el momento adecuado.
-
Lo
entiendo.
-
En
cualquier caso, has de hacerte a la idea de declinar tus propósitos. Jamás una
mujer será admitida en una universidad. Nunca. Igual que te digo una cosa sobre
el futuro, te digo otra.
-
Hay
que valorar a las personas por su conocimiento, sin otorgar privilegios solo
por ser varón.
-
Las
mujeres nunca podrán llegar a cimas tan altas como el hombre.
-
Veo
que no me considera, padre.
-
Claro,
que lo hago, Gertruid. Tú eres una excepción, una brillante excepción, una
mente preclara del cálculo y la aritmética.
-
Habrá
más.
-
No
las suficientes. Ya tuvimos a Pandrosión, a Arete de Cirene, a Hipatia, a
Teano. Muchos siglos os separan. Ahora tú. Escasas mujeres brillantes entre
tantos hombres insignes.
-
La
sombra de esa celebridad oculta a muchas mujeres valiosas. Se necesita un
primer paso en las escuelas, en las universidades, en las academias…
-
Ten
en cuenta las condiciones innatas de cada género. Si tú estuvieras en Lovaina,
¿quién me prepararía un plato tan exquisito como este?
-
Pues
usted mismo padre.
-
No
voy a considerar lo que has dicho como un agravio. Tú también estás cansada.
Retirémonos a nuestros aposentos.
-
Antes,
tengo que comunicarle un asunto.
-
¿Otro
más? Qué larga se me está haciendo esta jornada. Dime, pues.
-
Esta
mañana vino mi hermano, su hijo, a pedirle de nuevo disculpas. Es la tercera
vez que lo hace el presente mes.
-
Pues
que siga insistiendo, si le place. No quiero saber nada de él.
-
Es
su hijo.
-
Y,
María Roth era su madre y la tuya. Él no tuvo la dignidad suficiente de venir ni
siquiera a su entierro.
-
Padre,
usted mismo le prohibió entrar en esta casa.
-
Efectivamente.
No es decoro para nuestro prestigio. Antes debería haber enmendado ese proceder
y sus turbias amistades y haberse comportado como un hombre. A él también le faltó un meridiano cero de
referencia: la familia.
La madrugada
empezaría pronto. El padre de la cartografía, Abraham Ortelius, buscaba el
compás y la escuadra que le ayudaran a trazar un mapa de su otra paternidad.