07/03/2025

SIN CONEXIÓN, 2.

 

     HAGASE LA LUZ                                                    ARACELI DEL PICO

 

-          Padre Cenobio, le veo muy interesado en el manejo de su nuevo móvil.

-          Quia¡ no doy ni una. Y no es el nuevo móvil, hijo,  es el único que he tenido en mi vida. Esto a mi edad, me viene grande

-          No soy un experto, pero si quiere, puedo pasarle mis conocimientos. No son muchos, pero si pone interés y con la ayuda de Dios, se hará con su manejo muy pronto.

 

  Vienen estos recuerdos a mi mente y sonrío. Con frecuencia el padre Cenobio aparece en mis sueños. Me produce ternura y me deslizo hacia los días, no tan lejanos, que pasé en el Monasterio de San Pedro de Cardeña. Ejerciendo de novicio y aprendiendo las reglas y costumbres de los monjes, para en un futuro próximo, ser uno de ellos. Cierto es que mi empeño no estaba en desarrollar el sacerdocio. Pero me doblegué a la voluntad de mis padres.

Mientras la mía quedaba por los suelos.

 

  Mi madre, señora bien, y de misa diaria tenía confianza con el párroco y le habló de mi interés por ejercer este ministerio (de misa diaria, si, pero aquí mintió como una bellaca) Jamás sentí la llamada divina. Pero cuando me quise dar cuenta estaba enrolado en el Monasterio Benedictino de San Pedro de Cardeña, rodeado de monjes vestidos de blanco, que cuando aparecían en masa a cumplir con los maitines, me parecían fantasmas.

 

  Sin embargo, yo era disciplinado y les caí en gracia a la mayoría de ellos. En especial al padre Cenobio, que se autoproclamó mi tutor. Y de ahí nuestras confidencias. El me confesaba sus debilidades y yo ponía boca arriba las mías.

 

-          Hijo mío estás en un periodo de adaptación, analízate bien, y si cuando vayas a jurar tus votos, no estás convencido, sal corriendo. Esta vida puede ser muy hermosa, o un verdadero calvario si no pones todo el corazón. Y el corazón tiene muchos apartados.

-          Padre, si le soy sincero, yo estoy aquí por imposición familiar.

-          Pues no esperes a los votos. Huye de estos muros. Aquí cuando la naturaleza se despierta en tu cuerpo, puedes dar y aceptar cualquier cosa, que fuera del monasterio nunca se te habría pasado por la imaginación. Que conste que te lo digo por experiencia.

 

  Me quedé perplejo. Y empecé a sospechar de todo aquel que se acercaba a mí, un poco más de lo que yo consideraba normal. Nunca del padre Cenobio. Y ahí empezaron nuestras clases con el teléfono móvil, muy básicas. Pero que él aprendió bien pronto. Un día le vi reposando en el claustro con el móvil en la mano, pero con cara de enfado. Me acerqué.

 

-          ¿Y esa cara? ¿Cuál es el problema?

-          Este trasto del demonio, que solo funciona bien, cuando estás a mi lado.

-          Vaya por dios.

-          Mira en un segundo ha salido dios y el demonio a relucir. Ellos siempre andan luchando. Pero lo que digo es cierto. Si estás cerca, puedo utilizar este trasto para todo lo que me interesa, llamar, enviar mensajes, escribir. Te vas, me bajo a la cripta y me quedo sin cobertura.

-          Naturalmente, en la cripta, jamás habrá cobertura. Es profunda y allí no recoge las ondas.

-          ¡ Hágase la luz ¡

-          ¿Y se puede saber porque baja a la cripta para utilizar el móvil?

-          Hijo, te creía con más imaginación… Es un lugar hermoso. Se actúa en soledad y viene el consuelo.


 

DESCONEXIÓN BÉLICA                                               JUAN SANTOS

 

Cuando acabó la guerra, mi padre desconectó de su memoria para siempre los dos años que había pasado en el frente. Ni siquiera a su novia, la que hoy es mi madre, le contó las calamidades que supuestamente había pasado.

 

Yo no sabía nada. La guerra, en mi casa, era un tema tabú del que nunca se hablaba.

 

Un día que estudiaba en la enciclopedia el Alzamiento Nacional, mi madre me puso al corriente de que mi padre había luchado en el bando republicano. Que cuando se lo llevaron era un crío con diecisiete años, tres más de los que yo tenía entonces. Pero no le preguntes nada, me dijo, porque te dirá que él no ha estado en ninguna guerra.

 

A partir de entonces, empecé a comprender algunas rarezas, como la manía de darle la vuelta a las monedas, para que Franco quedara por la parte de abajo. O las grandes encogidas que daba al oír ruidos imprevistos como el portazo de una puerta o el de un petardo. Se ponía muy nervioso cuando daban por la radio noticias sobre la guerra del Vietnam. La apagaba inmediatamente y si mi madre estaba cerca del receptor lo hacía ella, para que no sufriera.

 

Cuando compramos el televisor, mi padre, para no fastidiarnos, se iba a la cama a medio cenar para que mi madre y yo viéramos tranquilamente películas de guerra como Senderos de gloria o Embajadores en el infierno. La época que pusieron un ciclo de cine bélico, acabé apiadándome de él, y aquella noche, yo mismo desconecté el aparato antes de que empezara la película.

 

-          ¿Por qué la apagas? - me preguntó.

-           Porque no quiero que te acuestes tan pronto y nosotros podemos pasar muy bien sin ver la película.

-          No te preocupes, hijo mío, ponla en funcionamiento que esta noche me voy a quedar con madre y contigo hasta que termine.

-           

Fue su deseo y creyendo que había superado su fobia, le hicimos caso.

 

Con las primeras imágenes de la película, vimos que se había quedado dormido en el sillón. De vez en cuando, abría los ojos y, al momento, volvía a dormirse con una facilidad espantosa.

Al acabar la película, nos dijo que eso mismo hacían algunos soldados en las trincheras. Cuando las balas volaban por encima de sus cabezas, se quedaban dormidos para desconectar del horror de la batalla.                                        


 

CONEXIÓN ADICTIVA                                                                                                 JUANA DOMÍNGUEZ

 

Vive ausencias para conectarse,

colgado de redes se desentiende.

Se muere si no le escribe y comprende,

larga distancia, acaramelarse.

 

Un móvil cerca, sin abochornarse,

delitos sin palabras dichas, pretende.

 Ideas macabras, necias, malentiende,

una mordaza vil para callarse.

 

Pasión escrita, expresaba altivo,

 amor sin dudas, quiere ser tejido.

Cartas perdidas cerca del olivo

 

Conectar con ella, ser atrevido.

 Canales turbios, siempre admirativo,

vital, pletórico, nunca afligido.


 

BIEN LIMPITO                                                            SANTIAGO J. MARTÍN

 

-          ¿Quiere que le corte la cola?

Esa pregunta me sonó más ofensiva que amenazadora. Vaya confianzas las de aquel empleado que se atrevía a preguntarme por el futuro de mi miembro viril, y además estaba en sus manos.

 

Más que tranquilizarme, me acomodé a la situación. Qué importancia tenía ahora la cola, cuando unos minutos antes yo mismo le pedí que me cortara la cabeza.

Los diálogos con el pescadero, si los analizamos un poco, pueden llegar a ser ridículos. En cambio nadie repara en nada.

 

-          ¿Me quita las espinas? Por favor.

Hombre, si esa frase la dijera Jesucristo después del vía crucis, tendría su aquel. Pero se supone que las espinas, la cola y la cabeza son de la caballa que estoy a punto de pagar.

Pues sigo sin entender ese pronombre personal, si todavía no es mía la pieza no debería usarlo, aunque lo cierto es que ese buen tendero está haciendo un trabajo por mí.

 

Antes no era tan habitual que nos dieran tan limpio el pescado, solo los más caros. Los boquerones, las sardinas, los bacaladitos y los chicharrillos tenían que pasar por el tamiz de nuestras manos. Eso garantizaba el olor a pescado para  todo el día.

 

No desconecto de mi trabajo de corrector de estilo, ni siquiera en vacaciones. Imposible. Es más, muchas noches me persigue una pesadilla recurrente donde soy sometido a torturas por estar todo el tiempo corrigiendo a mis amigos y a mi familia.

 

A veces deseo precisamente eso, que me corten la cabeza, que me claven las espinas del pescado que acabo de comprar, que seccionen mi cola para no tener descendencia y así evitar que mis contaminados genes puedan condicionar a otros.

 

Reconozco que, en la mayoría de las ocasiones, soy feliz con los errores de los demás. Me gusta verlos avergonzarse de sus constantes equivocaciones linguísticas. Me siento un privilegiado por tener la llave de la perfección en el verbo, por convertir en dardos mis observaciones y luego poder reírme despiadadamente sin pronunciar palabra alguna.

 

-          Sí, deme un corte en la cola.

Y a ver qué pasa.