HAGASE LA
LUZ ARACELI
DEL PICO
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Padre Cenobio, le veo muy interesado en el
manejo de su nuevo móvil.
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Quia¡ no doy ni una. Y no es el nuevo móvil,
hijo, es el único que he tenido en mi
vida. Esto a mi edad, me viene grande
-
No soy un experto, pero si quiere, puedo pasarle
mis conocimientos. No son muchos, pero si pone interés y con la ayuda de Dios,
se hará con su manejo muy pronto.
Vienen estos recuerdos a mi mente y sonrío. Con frecuencia el padre
Cenobio aparece en mis sueños. Me produce ternura y me deslizo hacia los días,
no tan lejanos, que pasé en el Monasterio de San Pedro de Cardeña. Ejerciendo
de novicio y aprendiendo las reglas y costumbres de los monjes, para en un
futuro próximo, ser uno de ellos. Cierto es que mi empeño no estaba en
desarrollar el sacerdocio. Pero me doblegué a la voluntad de mis padres.
Mientras la mía quedaba por los
suelos.
Mi madre, señora bien, y de misa diaria tenía confianza con el párroco y
le habló de mi interés por ejercer este ministerio (de misa diaria, si, pero
aquí mintió como una bellaca) Jamás sentí la llamada divina. Pero cuando me
quise dar cuenta estaba enrolado en el Monasterio Benedictino de San Pedro de
Cardeña, rodeado de monjes vestidos de blanco, que cuando aparecían en masa a
cumplir con los maitines, me parecían fantasmas.
Sin embargo, yo era disciplinado y les caí en gracia a la mayoría de
ellos. En especial al padre Cenobio, que se autoproclamó mi tutor. Y de ahí
nuestras confidencias. El me confesaba sus debilidades y yo ponía boca arriba
las mías.
-
Hijo mío estás en un periodo de adaptación,
analízate bien, y si cuando vayas a jurar tus votos, no estás convencido, sal
corriendo. Esta vida puede ser muy hermosa, o un verdadero calvario si no pones
todo el corazón. Y el corazón tiene muchos apartados.
-
Padre, si le soy sincero, yo estoy aquí por
imposición familiar.
-
Pues no esperes a los votos. Huye de estos
muros. Aquí cuando la naturaleza se despierta en tu cuerpo, puedes dar y
aceptar cualquier cosa, que fuera del monasterio nunca se te habría pasado por
la imaginación. Que conste que te lo digo por experiencia.
Me quedé perplejo. Y empecé a sospechar de todo aquel que se acercaba a
mí, un poco más de lo que yo consideraba normal. Nunca del padre Cenobio. Y ahí
empezaron nuestras clases con el teléfono móvil, muy básicas. Pero que él
aprendió bien pronto. Un día le vi reposando en el claustro con el móvil en la
mano, pero con cara de enfado. Me acerqué.
-
¿Y esa cara? ¿Cuál es el problema?
-
Este trasto del demonio, que solo funciona bien,
cuando estás a mi lado.
-
Vaya por dios.
-
Mira en un segundo ha salido dios y el demonio a
relucir. Ellos siempre andan luchando. Pero lo que digo es cierto. Si estás
cerca, puedo utilizar este trasto para todo lo que me interesa, llamar, enviar
mensajes, escribir. Te vas, me bajo a la cripta y me quedo sin cobertura.
-
Naturalmente, en la cripta, jamás habrá
cobertura. Es profunda y allí no recoge las ondas.
-
¡ Hágase la luz ¡
-
¿Y se puede saber porque baja a la cripta para
utilizar el móvil?
-
Hijo, te creía con más imaginación… Es un lugar
hermoso. Se actúa en soledad y viene el consuelo.
DESCONEXIÓN BÉLICA JUAN
SANTOS
Cuando acabó la guerra, mi padre desconectó de su memoria
para siempre los dos años que había pasado en el frente. Ni siquiera a su
novia, la que hoy es mi madre, le contó las calamidades que supuestamente había
pasado.
Yo no sabía nada. La guerra, en mi casa, era un tema tabú
del que nunca se hablaba.
Un día que estudiaba en la enciclopedia el Alzamiento
Nacional, mi madre me puso al corriente de que mi padre había luchado en el
bando republicano. Que cuando se lo llevaron era un crío con diecisiete años,
tres más de los que yo tenía entonces. Pero no le preguntes nada, me dijo,
porque te dirá que él no ha estado en ninguna guerra.
A partir de entonces, empecé a comprender algunas rarezas,
como la manía de darle la vuelta a las monedas, para que Franco quedara por la
parte de abajo. O las grandes encogidas que daba al oír ruidos imprevistos como
el portazo de una puerta o el de un petardo. Se ponía muy nervioso cuando daban
por la radio noticias sobre la guerra del Vietnam. La apagaba inmediatamente y
si mi madre estaba cerca del receptor lo hacía ella, para que no sufriera.
Cuando compramos el televisor, mi padre, para no fastidiarnos,
se iba a la cama a medio cenar para que mi madre y yo viéramos tranquilamente
películas de guerra como Senderos de gloria o Embajadores en el infierno. La
época que pusieron un ciclo de cine bélico, acabé apiadándome de él, y aquella
noche, yo mismo desconecté el aparato antes de que empezara la película.
-
¿Por qué la apagas? - me preguntó.
-
Porque no
quiero que te acuestes tan pronto y nosotros podemos pasar muy bien sin ver la
película.
-
No te preocupes, hijo mío, ponla en
funcionamiento que esta noche me voy a quedar con madre y contigo hasta que
termine.
-
Fue su deseo y creyendo que había superado su fobia, le
hicimos caso.
Con las primeras imágenes de la película, vimos que se había
quedado dormido en el sillón. De vez en cuando, abría los ojos y, al momento,
volvía a dormirse con una facilidad espantosa.
Al acabar la película, nos dijo que eso mismo hacían algunos
soldados en las trincheras. Cuando las balas volaban por encima de sus cabezas,
se quedaban dormidos para desconectar del horror de la batalla.
CONEXIÓN ADICTIVA JUANA
DOMÍNGUEZ
Vive ausencias para conectarse,
colgado de redes se desentiende.
Se muere si no le escribe y comprende,
larga distancia, acaramelarse.
Un móvil cerca, sin abochornarse,
delitos sin palabras dichas, pretende.
Ideas macabras, necias,
malentiende,
una mordaza vil para callarse.
Pasión escrita, expresaba altivo,
amor sin dudas, quiere
ser tejido.
Cartas perdidas cerca del olivo
Conectar con ella, ser atrevido.
Canales turbios, siempre
admirativo,
vital, pletórico, nunca afligido.
BIEN LIMPITO SANTIAGO
J. MARTÍN
-
¿Quiere que le corte la cola?
Esa pregunta me sonó más ofensiva que amenazadora. Vaya
confianzas las de aquel empleado que se atrevía a preguntarme por el futuro de
mi miembro viril, y además estaba en sus manos.
Más que tranquilizarme, me acomodé a la situación. Qué
importancia tenía ahora la cola, cuando unos minutos antes yo mismo le pedí que
me cortara la cabeza.
Los diálogos con el pescadero, si los analizamos un poco,
pueden llegar a ser ridículos. En cambio nadie repara en nada.
-
¿Me quita las espinas? Por favor.
Hombre, si esa frase la dijera Jesucristo después del vía
crucis, tendría su aquel. Pero se supone que las espinas, la cola y la cabeza
son de la caballa que estoy a punto de pagar.
Pues sigo sin entender ese pronombre personal, si todavía no
es mía la pieza no debería usarlo, aunque lo cierto es que ese buen tendero
está haciendo un trabajo por mí.
Antes no era tan habitual que nos dieran tan limpio el
pescado, solo los más caros. Los boquerones, las sardinas, los bacaladitos y
los chicharrillos tenían que pasar por el tamiz de nuestras manos. Eso
garantizaba el olor a pescado para todo
el día.
No desconecto de mi trabajo de corrector de estilo, ni
siquiera en vacaciones. Imposible. Es más, muchas noches me persigue una
pesadilla recurrente donde soy sometido a torturas por estar todo el tiempo corrigiendo
a mis amigos y a mi familia.
A veces deseo precisamente eso, que me corten la cabeza, que
me claven las espinas del pescado que acabo de comprar, que seccionen mi cola
para no tener descendencia y así evitar que mis contaminados genes puedan
condicionar a otros.
Reconozco que, en la mayoría de las ocasiones, soy feliz con
los errores de los demás. Me gusta verlos avergonzarse de sus constantes equivocaciones
linguísticas. Me siento un privilegiado por tener la llave de la perfección en
el verbo, por convertir en dardos mis observaciones y luego poder reírme despiadadamente
sin pronunciar palabra alguna.
-
Sí, deme un corte en la cola.
Y a ver qué pasa.