SOLEDAD
ETERNA JUANA DOMÍNGUEZ
Pepa se va de la ciudad que la asfixia. Su vida dejó de ser
perfecta cuando su pareja la abandonó para irse con María, su hermana. Nunca
fueron amigas, todo lo contrario se llevaban fatal. Si ella decía blanco, su
hermana opinaba y defendía el negro con tanta insidia, y odio contenido que
terminaba siendo negro. Pepa no discutía, la dejaba por imposible, que se
saliera con la suya. Y consiguió engatusar a Miguel para quitárselo.
La tienda que regentaba, dejó de interesarla y poco a poco
se fue vaciando de clientes. Nada la ilusionaba, el engaño cruel de Miguel y su
hermana la hundieron en la pena y la desgana. Nunca remontaría su fracaso, le
faltaba el empujón de algo, de alguien que la sacara del pozo negro y profundo
donde se hallaba inmersa. La doctora a la que acudió ante su indolencia y
cansancio le había diagnosticado una depresión profunda, lo único que le recetó
fueron unas pastillas que la mantenían dormida la mayor parte del día, las
noches las pasaba en blanco lamentándose de su mala fortuna. Se volvió violenta
e intratable, nadie que se le acercara volvía a hacerlo, los insultos y
desvaríos que les propinaba le crearon fama de loca.
El 12 de octubre, aniversario de su boda, su hermana la
llamó. Dejó que el teléfono sonara, no quería hablar con ella. María insistió
repetidamente, cansada y harta de oír el sonido del teléfono lo descolgó y la
saludó con un insulto ¡Puta!
María lloraba desconsoladamente, entre balbuceos pronunció
unas palabras que la dejaron helada ¡Miguel ha muerto! Pepa no pudo seguir
escuchando y colgó.
No podía estar muerto, Miguel era joven, con buena salud dos
años atrás, cuando vivía con ella. Tenía que indagar más. Llamó a María ¿por qué
me mientes, te ha dejado a ti también?
Su hermana, más tranquila, le dio todos los detalles del accidente
sufrido por Miguel. La semana anterior se había marchado a escalar a los
Dolomitas y cayó a plomo de la pared que pretendía subir, los anclajes se
soltaron y sus compañeros no pudieron sujetarlo, lo encontraron dentro de una
grieta profunda de la que no pudieron sacarlo, no podrían darle sepultura.
Pepa no quería creerla, estuvo un mes entero haciendo
averiguaciones. Su hermana le había pasado el teléfono del instructor que
acompañaba al grupo de Miguel.
Hoy vuela a Venecia.
Desde el funicular de Malga Ciapela subirá a la base del pico Marmolada. Quiere
buscar la grieta donde yace Miguel y quedarse cerca, vivir allí como los
anacoretas. Náufraga en una soledad infinita.
NÁUFRAGO EN LA SOCIEDAD ANTONIO LLOP
Algo traman Ricardo y la chica. Nada bueno, piensa Pedro. No sabe
qué la dice al oído para que ella sonría, pero le habla de él, seguro, porque
le están mirando. Sentado en uno de los taburetes de la barra, los ve sin
volverse, a través del espejo del bar, entre las botellas de licor expuestas en
las estanterías.
Mientras bebe su cubata, Pedro repasa con un dedo los círculos de
agua que el vaso deja en el mostrador. Sacude la cabeza cuando el camarero le
pregunta que si viene mucho por allí; o asiente, sin palabras, cuando le dice
que en ese local siempre se sirve buen licor; nada de garrafón.
Él lo que quiere es que el tiempo pase rápido porque no está a gusto
en esa discoteca. La culpa la había tenido su madre. Ricardito, llevadle con
vosotros, que este hijo mío casi no sale de casa. Su madre… ¿Qué necesidad? Con
la cantidad de historias que todavía le quedan por descubrir en los libros.
Otra vez Ricardo habla en el oído de la chica. No tardarán en
acercarse al lugar dónde él está. La barra, un débil refugio donde todo es
mudanza. Los acompañantes cambian a cada momento. El tiempo justo para
conseguir bebida y vuelta a la pista de baile.
¿Por qué les acompañó ese domingo? ¡Con lo bien que él lo pasa
yendo al cine! Para asegurarse la soledad se sienta en la tercera fila hasta
que la luz se apaga ¡Qué placer cuando las luces se apagan! Primero las de la
mitad de atrás de la sala, luego las de adelante. Y después, ¡la magia!: se
enciende la pantalla mostrándole una historia ficticia que pasa por delante de
sus ojos sin tocarle.
La pantalla es mucho mejor que este espejo de ahora. Porque en
ella no saldría Ricardo señalando a la chica el lugar donde él se encuentra.
Ricardo es agradecido. No se preocupe usted doña Teodora, que yo
lo llevo con nosotros. Se lo debe a su marido, al padre de Pedro, que lo
enchufó en su Empresa. Como a él. No me defraudes, hijo, yo aquí me he ganado
un respeto. Para empezar el departamento de correos. Las cartas oficiales en
esta casilla, las normales en esta otra… Y Pedro en su mesa, tan a gusto,
rodeado de cartas que no le hablan: bocas cerradas con pegamento; mundos
resguardados por muros de papel. Hasta que un día su jefe le invita a un
traslado. Aquí no tienes futuro. Eso tuyo ya lo hacen las máquinas. Su jefe.
Seguro que es su padre quien le presiona. Hijo, no vas a quedarte toda la vida
en correos. Cuando yo entré...
Y Pedro escucha de nuevo el recorrido de su padre hasta el despacho
de director gerente. Se lo ha repetido mil veces. Pero a él no le importa. Él
es feliz con sus libros, con su cine y con sus cartas mudas. Nada que ver con
el estruendo de la música aquí. Mira al frente de nuevo. Entre la botella de
bacardí y la de cointreau Ricardo y la chica, ya parece que se mueven en
dirección a él. Y la mano libre de Pedro, la que no sostiene el vaso, se crispa
sobre el mostrador. Y se acuerda de las palabras de su abuela. No salgas a la
calle Pedrito. Allí solo encontrarás peligros. Desde la ventana de tu cuarto lo
ves todo. Pero ese taburete donde está sentado, con ser alto, no le aísla como
su ventana. Todo lo contrario, cabecea cuando se mueve, y el reposapiés ya ha
perdido la rigidez de los primeros días.
Ricardo, que ha cambiado varias veces de departamento, que tendrá
un futuro en la Empresa, ya se acerca
con la chica. Pedro lo ve cada vez más grande en el espejo. Sabe que
dentro de unos segundos ambos se van a encontrar. Y ya no tiene ninguna barrera
en la que esconderse.
La culpa la tiene su madre. Ricardito que conozca a chicas, que
este hijo mío es un soso. Su madre. ¿Qué necesidad? Él se apaña bien solo.
Desde pequeño tiene un trato íntimo con su cuerpo, que no quiere compartir. Son
dieciocho años explorándose. Y los últimos con un placer que no le da
problemas.
Ya siente la presencia de Ricardo y la chica a su derecha. Pedro
quiere huir. Antes de que lo aborden, balbucea una disculpa y se precipita en
la otra dirección. Salta pero no hay suelo, patalea en el aire, y da con la
cabeza en la barra reposapiés. Ve cómo su amigo dice algo que él no oye. Llega
a sus labios un líquido tibio, muy diferente al cubata de antes. Y en la cabeza
se le cruza su madre, Ricardito llevadle con vosotros; y su padre, no me
defraudes, hijo, y su abuela, desde la ventana Pedrito, desde la ventana. Y
siente placer, porque nota que en su interior las luces se van apagando poco a
poco: primero las de atrás, después las de adelante. Pero, esta vez, la
pantalla no se ilumina.
NO MOLESTEN SANTIAGO
J. MARTÍN
Ya no quiero más café hoy. Es hora de dejar de holgazanear.
Acabo de mirar por la ventana del salón, corriendo levemente las cortinas. Todo
parece tranquilo, como lo estaba ayer. Un vehículo causa problemas de tráfico
justo enfrente de la farmacia. Ya es habitual.
Me fastidia no poder tener abierta la puerta de la terraza
como en verano. Los intensos olores de las hojas de los geranios no llegan a mi
nariz, ya vieja y concisa, pero todavía agradecida a cualquier aroma, a
excelsos perfumes de esas destartaladas macetas que heredé de mi tía Concha.
Con pereza, apago el equipo de música y Muddy Waters queda
seccionado bruscamente, conmocionado en la virtualidad de dejar a su Mannish
boy a medias. Un sacrilegio. Lo asumo.
En cualquier caso, el espíritu del blues me acompaña mezclado
con la cafeína y la nicotina de toda la mañana. Estoy preparado. Me dispongo a
cambiar de atmósfera, como un astronauta en la cabina de despresurización.
Llego a la habitación y antes de sentarme hago un repaso
rápido de mi equipaje. Muchas veces, dejándome llevar por la confianza de la
rutina, olvido asuntos indispensables que tarde o temprano hacen abortar mi
travesía.
Una botella, claro, un pantalón corto, por qué no, un
cepillo de dientes, bah, eso no, una cuchilla de afeitar, me lo pensaré, una
cuerda, fenomenal, puede valer hasta para terminar con todo, un espejo, sí por
favor, tengo que saber de mí de tarde en tarde, un balón Mikasa, mira, un toque
cinematográfico.
Luego sigo. Antes de nada tengo que colgar en la puerta el
cartel. Es un rito, que no siempre ha tenido buenos resultados, pero lo haré
por el protocolo. Absurdo por otro lado, quién va a molestarme si llevo más de
24 años viviendo solo.
Vuelvo, ahora sí que me siento. Enciendo el ordenador y me
enfrento al desnudo integral del escritor. Hoy, soy un náufrago.