ÉL ERA MI UNIVERSO
ARACELI DEL PICO
Cada día cuando me levanto, después de medio ordenar mi
entorno, tomo un café. Ahora en verano, frio y con un par de galletas. Y me
encamino al paseo rutinario, siempre al mismo sitio a las a fueras de la
ciudad…
-
Mamá, no te enfades
-
Si no me das motivos, no.
-
Bueno… no te va a hacer gracia lo que te quiero
decir.
-
Mal empezamos.
-
Es que… No quiero ir al colegio.
-
Menuda novedad. Nunca quieres y luego vienes tan
contento.
-
No vengo contento mamá. Vengo haciendo teatro.
Vengo triste, preocupado y resentido con todos mis compañeros.
-
Vaya, eso sí que es una desagradable sorpresa.
Nunca me habías dicho nada. Cuéntame.
-
No, de verdad. Tan solo, permíteme que hoy no
vaya al colegio.
-
De ningún modo. Quiero saberlo todo. Sacas unas
excelentes notas; cosa que me llena de orgullo. Y tienes buenos amigos. Así que
ahora mismo, me vas a explicar la razón, de ese repente que te ha entrado.
-
No es un repente. Y mis amigos de verdad solo
son tres, Luis, Manuel y Ricardo. Y en la clase somos veinte. Así que amigos,
lo que se dice amigos, en número reducido.
-
Mira, lo tengo todo dispuesto. Así que me pilla
de paso y te acompaño al colegio. Hablaré con tu profesor.
-
Que no, que no, eso sí que no.
-
Pero se puede saber por qué estás tan retorcido?
Está bien, quizá necesites un día de descanso. Yo tengo que salir. Desayuna y
recoge. Ya que te quedas en casa, haz algo de provecho.
Una vez en la
calle, derechita fui al colegio a hablar con el Director y su profesor de
turno. Expuse mis dudas y el extraño comportamiento de Iván. También se
sorprendieron. No habían notado nada. Decidieron llamar a sus tres amigos. Y
éstos se explicaron. Bien? Bueno de aquella manera.
Al parecer el día
anterior, se había impartido una clase sobre el universo, donde mi hijo hizo una
magistral exposición del tema. Habló del multiverso, describiendo la hipótesis
de que existen múltiples universos.
El profesor le
felicitó en clase, delante de todos sus compañeros. Y sus tres amigos le abrazaron
efusivamente. En el rato de descanso, el resto de la clase les abucheó, y sin
razón alguna les cubrieron de lindezas. Lo más bonito que oyeron fue… ¡nenazas
de caramelo!
Sus amigos le
apoyaron, le pidieron que no prestara atención a semejantes idioteces pero en
un impulso lanzó un libro a la cara de un compañero. Le rozó, sin llegar a
tocarle. Pero la violenta y desproporcionada reacción del otro, le hizo
temblar. – Si lo vuelves a intentar, te rajo.
Los profesores me prometieron mediar. Iván era el mejor
de sus alumnos…
Llegué a casa,
con un punto de orgullo y dos de inquietud. Estaba estudiando, absorto en su
universo. Él, era el mío.
-
Que tal hijo, como has pasado la mañana?
-
Bien. Y a ti, como te ha ido en “mi” colegio?
Me desarmó. Como
intuyó que había estado allí?
-
No te preocupes mamá, mañana volveré. Sin
problemas.
Salió de casa,
cariñoso como siempre. Y confiado. Atravesó la verja del colegio y sobre él,
cayó un universo envenenado.
-
Buenos días Doña Amalia. Claveles rojos, como
siempre?
-
Buenos días Carmen. Naturalmente, claveles rojos
como siempre.
UNIVERSO OSCURO JUANA
DOMÍNGUEZ
Las noches sin luna, subía a la azotea de mi casa para
admirar el universo infinito que tenía sobre la cabeza, estrellas que formaban
figuras extrañas retorciéndose sobre si mismas. Allí existían otros mundos
estaba segura, que solo un planeta tuviera vida, con tantos puntos luminosos
como tenía sobre mí, no debí a ser un sueño. Y tengo que reconocer que lo
sucedido no me causó ninguna duda.
Aquella tarde me dejó un poco aturdida, pero fue tan real
como el día lluvioso que fue. Alguien me seguía, seguro, no veía a nadie cuando me daba la vuelta,
pero cuando caminaba volvía a oír el eco de los pasos tras mí. Estaba deseando
llegar a mi portal. Al doblar la esquina de mi calle corrí para esconderme tras
la puerta, quería ver al perseguidor. Paso delante de mí, vi cómo se adentraba
en el portal y miraba mi buzón. Con una furia incontrolable salí de detrás de
la puerta y me encare con él.
¿Por qué me sigues? ¿Qué buscas?
Era un joven alto, con sombrero de fieltro y capa larga un
poco raída, su indumentaria no era muy actual, me sonrió divertido.
-Vivo en esta casa, busco a mi familia, los García del
primer piso. Usted debe conocerlos, se parece a mi hermana Elena.
- ¿Elena? Yo me llamo Elena, y a usted no le conozco de
nada.
- Soy Jesús García, mis padres se llaman José y Manuela, he
estado fuera y acabo de volver a Madrid, está un poco cambiada la calle y el
portal, pero éste sigue siendo el número 15 del paseo de la Chopera ¿no es así?
Mis abuelos se llamaban así,
mi madre tuvo un hermano que desapareció sesenta años atrás, sin que
nunca supieran de su paradero. Mi abuela, murió de pena, era imposible que su
hijo no la escribiera. Decía siempre que alguien se lo había robado.
-Mi tío, hoy tendría 80 años, así que no puede ser usted,
que representa venti pocos.
-Tengo veintidós, me fui hace dos años. Mi hermana será más
joven que usted, y que yo.
Me estaba angustiado, me hablaba de mi madre y mis abuelos
ya fallecidos, no podía ser mi tío, era imposible que se conservara tan joven,
después de tanto tiempo de ausencia. Le seguí preguntando para intentar ver si
me estaba engañando.
-¿Dónde ha estado de viaje?
-¿Por qué no subimos a mi casa? Quiero ver a mis padres, y
abrazarles para compensarles por mi ausencia.
Le seguí, quería ver si coincidía mi casa con la suya, se paró
delante en mi piso, sacó una llave que abrió la puerta. ¡Yo no salía de mi asombro!
Fue hasta la cocina y llamó: ¿madre?
-
Aquí no vive nadie más que yo, le dije. Mis
abuelos y mi madre fallecieron hace mucho.
Se sentó en una silla junto a la ventana, y vi con desazón
que tenía la piel muy fina, casi transparente. Su cara era igual que el retrato
de mi tío que aún conservo encima de la cómoda ¡Como podía seguir siendo tan
joven! Cada vez estaba más angustiada y alarmada, no daba crédito a lo que
veía.
-¿Dónde ha estado todos estos años? Usted debe ser mi tío.
Me miró, y saco una piedra negra del bolsillo de su capa,
parecía metálica.
-No sé bien donde he estado, una mañana dos hombres me
contrataron para trabajar en otra ciudad, no sé cómo llegue a ella. Allí no se
circula por la calzada, los coches tienes alerones y viajan por el aire, no sé dónde
está. Vivía dentro de una habitación blanca, con una ventana enorme desde la
que veía el ir y venir de los autos con alerones, la habitación estaba vacía,
no tenía muebles solo una colchoneta y una mesa bajita, donde hacía los dibujos
que un hombre con la cara cubierta con una máscara me pedía. Esta mañana me
dejó en la estación de Atocha, y me dio esta piedra.
Ya no tengo dudas, existen otros mundos en el universo, la
piedra que trajo mi tío no es de este planeta.
UN
ERROR DE CÁLCULO IMPERDONABLE SANTIAGO
J. MARTÍN
Durante
la pandemia sé que tomamos decisiones equivocadas, aunque en nuestro descargo
habría que decir que vivimos momentos especialmente novedosos y nos faltaban
referencias con olor a experiencia para apoyarnos y ayudarnos a evitar
meteduras de pata que, evidentemente, se produjeron.
Tengo
una colección de soldaditos de plomo que heredé de mi abuelo Faustino. Solo con
decir esto ya se pueden dar ustedes una idea del valor de las piezas, así
como lo delicadas que algunas de ellas
se encuentran.
Luego,
yo he ido ampliando los ejércitos de metal hasta llegar a poseer más de 1500
efectivos entre fusileros, guerreros medievales, samuráis, infantería y
caballería motorizada.
No
hay semana que no revuelva en esas cajas de zapatos y repare un brazo, lustre
un caballo o ponga en formación a un escuadrón durante unas horas. Y antes de
la vuelta a los cuarteles de cartón suelo hacer unas cuantas fotografías con el
móvil, para seguir ilustrando la memoria de mi teléfono.
Como
pueden suponer, tanto tiempo en casa durante ese 2020 y 2021 dio para mucho.
Discusiones y reconciliaciones con la familia, videoconferencias cerveceras con
amigos y, en mi caso, sobre todo, recreaciones de batallas famosas en la mesa
del comedor.
Otra
de mis pasiones es el fútbol, pero el fútbol por la tele. Está claro que mi
universo no necesita grandes espacios para alcanzar la plenitud, aunque por
culpa del Covid, el tema futbolero se alteró sobremanera: meses sin partidos,
luego encuentros sin público en las gradas… falta de pasión en una palabra.
Soy
un hombre tranquilo, pero cuando juega mi Atleti hay veces que ni yo mismo me
reconozco. Aunque en aquella liga del 2020-21 era difícil coger un puntito de
emoción, todo tan desangelado. Y fíjense, la terminamos ganando.
El
7 de marzo de 2021 era el gran derbi, nos jugábamos mucho contra el Real Madrid
y las puñeteras gradas del Metropolitano vacías. Algo tenía yo que hacer.
Una
idea se me vino a la cabeza, y no fue mala, pero como dije al principio,
posiblemente no la maduré lo suficiente para que saliera bien.
Allí
estaba yo frente a la tele, con mi bufanda colchonera, una cerveza sin alcohol
en mis manos y la soledad del despachito, donde me recluyo normalmente para que
nadie sufra de más con mis gritos e improperios. Me faltaba algo, necesitaba el
calor de la gente. Pronto me di cuenta que les tenía a ellos, 1500 gargantas
que podían apoyar al Atleti sin freno alguno.
Los
coloqué por todos lados, mirando a la pantalla siempre, y les animé a que se
entregaran a esa nueva batalla. Nada podía fallar: ni estrategia, ni valor, ni
fuerza, nos faltaba. Los vikingos iban a hincar la rodilla, seguro.
En
cambio, algo ocurrió que la victoria no se produjo. No me lo podía creer. Tuve
una reunión de urgencia con los tres altos mandos de los ejércitos.
-
Generales, este
empate a uno, es inadmisible. ¿En qué hemos fallado?
No
hizo falta que me explicaran nada. Hay veces que una mirada es suficiente para
entender lo que está pasando.
Había
cometido un grave error. Mi enajenación
por el fútbol, mezclada con la obsesión por las piezas de plomo y estaño, me
habían conducido a la ceguera, a la más absurda de las actitudes: yo ahí, como
un niño idiota, rodeado de muñequitos metálicos, intentando ganar un partido
fantasma que se jugaba sin gente en las gradas.
No
volvería a ocurrir nunca más. Mil y pico piececitas siguiendo un partido que
puede que no les importara en absoluto. A muchos no les gustaría el fútbol, la
mayoría vivió en una época en la que no había sido inventado aún; habría otros
que sentirían pasión por el Barcelona o por el Huesca, incluso una mayoría,
seguro, serían merengues. ¡Qué error!
A
partir de ese día, con público o sin público en el campo, me rodeo de una élite
de soldados en cada retransmisión de mi equipo: los mejores, los más
preparados, los profundamente atletistas. Organizarse es fundamental para
conseguir la felicidad en esta vida, al
menos la mía.