02/05/2025

CAMINANDO 2

 

CUMPLEAÑOS                                                                       ARACELI DEL PICO

  

   Es alto, fuerte y una gran persona. Tiene ya veintidós años y  acaba de terminar una brillante carrera, que ha conseguido a base de becas. Me ha pedido que le acompañe con sus amigos a su fiesta de cumpleaños. En principio me he negado… No hijo, es cosa de jóvenes… Papá, si no vienes a mi fiesta, va a quedar muy menguada. Y no voy a estar bien. Por favor.

 

   Todo el mundo dice que es clavadito a mí. Pero el carácter, desde luego, es de su madre. Así que iré a su fiesta.

 

   Fue un parto sencillo. Mi mujer joven y fuerte daba a luz a nuestro primer y único hijo. Jaime. Yo había entrado al paritorio, aunque esa no fuera mi intención. Pero ella me lo pidió y yo en esas circunstancias, nada podía negarle. La verdad es que a poco que haya podido nunca le he negado nada o casi nada. La adoraba. La adoro.

  

   Antes del parto, su ginecólogo, le había hablado de la conveniencia de asistir uno o dos meses antes a las clases de preparación para que el alumbramiento, fuera más sencillo y sin problemas. Se negó. No iba a perder una sola hora de su tiempo, en asistir a tales clases. Inventos, decía ella, que respetaba, pero que eran prescindibles. Su abuela había parido nueve hijos, en casa, con ayuda de quien estuviera más cerca, por lo general su madre. La bisabuela de Mónica, mi mujer. Y se habían criado rollizos. Seis chicas y tres chicos que eran la envidia del pueblo. Así que de eso nada.

 

   El médico apuntó con acierto. Eran otros tiempos. Y ella erre que erre. Otro ejemplo. Su madre, mi suegra. Ésta solo había tenido dos chicas. Mi cuñada Paula y la terca de mi mujer. Y todo estupendo. Así que mil gracias doctor, pero yo lo más extraordinario que haré, será parir en el hospital que me designen. Que por mi lo haría en casa.

 

   El médico agotó sus argumentos y cuando le oyó decir aquello, le dijo:

 

-          Mónica, es usted increíble. ¿Por qué querría dar a luz en casa?

-          Porque mi niño, va a ser alguien muy especial.

-          Ah sí?

-          Pues sí señor, estoy segura. Y si naciera en casa y triunfa, como sé que va a hacerlo, le pondrían una  plaquita, que dijera… Aquí nació Jaime Ayestarán del Burgo…

 

   La carcajada del médico, se debió oír en los pasillos.

 

   Fue la mañana del 15 de mayo, fiesta en Madrid, cuando me despertó suave, pero firme.

 

-          Gabi, arriba, que acabo de romper aguas.

-          Estás segura?

-          Sabía que me ibas a preguntar esta chorrada.

-          Mujer es que eres primeriza y…

-          Sí, pero no soy tonta. Así que vamos, deprisita.

 

   Y en medía hora estábamos en el Hospital Doce de Octubre y dentro del paritorio. Ella siempre precisa. No era una falsa alarma. Cuando íbamos a pasar el médico me preguntó si estaba seguro de querer entrar. Mónica respondió por mí. Él no. Pero yo si quiero que entre.

 

   Una vez allí, cuando la vi sudando, sus gritos contenidos y la cabecita de Jaime asomaba en una mezcla sanguinolenta, perdí el equilibrio y la oí decir:

 

-          Bendito sea Dios, saquen a este paquete de mantequilla de aquí. Que le veo en el suelo y no me concentro.

 

   Cuando les vi, nuestro pequeño había nacido. Estaba limpito, en la cuna y con un pelo negro y rizado que enmarcaba una cara preciosa. De verdad que era un bebé lindo. Mónica me dijo:

 

-          Lo que te has perdido por blando. Yo hubiera querido que lo descubriéramos los dos al mismo tiempo. Ahora parece un muñeco. Pero cuando lanzó su primer grito, como diciendo: ”Miradme que ya he llegado, que aquí estoy yo”. Eso, querido, ni yo te lo puedo explicar.

 

Asentí con envidia y le dije:

 

-          Oye, y si le ponemos Isidro, como el santo del día que ha nacido?

 

-          De eso nada. Nuestro hijo ya tenía un nombre asignado. Isidro era un santo un tanto perezoso. Dormía tranquilo, mientras los demás trabajaban por él. Éste tiene que ser muy trabajador, honrado y saldrá inteligente. Ya lo verás.

 

   Y Jaime crecía, hermoso, sonreía de mil maneras, sus muecas parecía que las ensayaba para hacernos reír a los demás. Sus dientes aparecieron antes de lo previsto. Y papá y mamá lo soltó enseguida.

 

  Pero era incapaz de ponerse en pié y tratar de caminar. Al año le cogíamos de la mano e intentábamos que diera sus primeros pasos, se envolvía en sí  mismo como un tirabuzón y se sentaba. Era un experto en gatear.  Es más ya casi con quince meses, un buen día le cogí con las dos manos para ensayar un paseo, y le oí decir NO. Aquello comenzaba a ser preocupante.

 

  Ni el tacatá tan útil en estos casos surtió efecto.

 

  En casa y de repente oí un golpe, un grito y el llanto de Jaime. Mónica tumbada en el suelo. Una brecha en la frente de la que se desprendía un hilo de sangre, no parecía ser demasiado serio. Pero jamás despertó.

 

   Jaime, sentado en el suelo, como siempre, se levantó, comenzó a andar y se agarró a mi pierna llorando y gritando, mamá, mamá…

 

   El niño, iniciaba sus primeros pasos con el adiós de su madre. Una arritmia cardiaca se la llevó de repente. El dejó de llorar. Yo y a escondidas, aún lo hago muchas veces.

 

 

 

                                                      


 

CAMINO                                                                                MANUEL GIL

 

Camino la memoria que en ti habita

de tantos que antes hoyaron tu suelo,

un pie tras otro con lluvia o con hielo,

pero siempre tan fieles a tu cita.

 

Sendero, brújula, guía que me invita

de tus misterios a quitar el velo.

Atajos, veredas, infiernos, cielo.

Hoy que mi flor empieza a estar marchita,

 

quiero esquivar las penas del destino,

echarlas a un lado, escapar de ellas,

y soslayar las trampas que abomino,

 

las que en mi recorrido hicieron mella.

Paso a paso, avanzo por el camino

para sobre él dejar impresa mi huella.


HACEDOR DE CAMINOS                                JUANA DOMÍNGUEZ

 

Era experto en la colocación de las piedras de los bordes de los caminos, que sujetan los diferentes materiales de los que están hechos, y por los que los humanos siempre  se han desplazado de un lugar a otro persiguiendo sueños diferentes, una vida mejor, otra familia, o un nuevo territorio. El trabajo de Andrés era muy delicado, especialista en escoger y colocar las  piedras de los bordes, en los caminos que otros diseñaban.

 

-Recto, todo recto - así le indicaba su caporal.

 

Trabajaba de sol a sol. Un sombrero casi desecho le tapaba su peluda cabeza, que no paraba de gotear un sudor casi permanente. No parecía importarle aquel trabajo agotador. Lo hacía feliz, silbando cualquier canción que le distrajera de la monotonía de aquella vía recta, ni una sola desviación, al infinito siempre en línea recta.

 

Una tarde, ya casi anocheciendo, quitó a su asno los correajes de arrastre, y después de beber un buen trago de agua fresca que siempre tenía cerca, se sentó bajo un  árbol al borde de la calzada que construían.

 

Le despertó un animal que corría como nunca había visto correr a ninguno, y desaparecía en la lejanía antes de volver la cabeza.

 

¡No puede ser que desaparezca en la nada, por un camino que aún está sin terminar!

 

No había terminado su razonamiento cuando en el cielo divisó una luz que se movía rápida de este a oeste ¿Será una estrella? se preguntó.

 

No, no era una estrella, detrás seguía otra luz y detrás otra.  A su lado estaba Marcial, el compañero que les traía la comida y el vino, se miraron y Marcial le contó que también en el cielo hacían caminos igual que en el suelo.

 

-Pero Marcial ¿dónde sujetan las piedras y la arena? No digas barbaridades

-Andrés, los pájaros no necesitan piedras, vuelan sin caminos. Y esas luces son como los pájaros que se siguen unos a otros.

 

Estaba a punto de llamarle loco, cuando una gran masa luminosa pasó por encima de ellos. Por la vía sin terminar, transitaban multitud viandantes hablando a la nada, o a un trozo, de no sabía qué, pequeño y cuadrado.

 

-¿Marcial tú ves y oyes lo mismo que yo?

-Sí, son personas, comunicándose entre ellas por unos caminos invisibles, esa gran luminaria que nos ha sobrevolado es un centro de comunicaciones que manda señales a otros centros, y desde allí a los cuadrados. Así serán los caminos del futuro.

-Mira Marcial, ese cuento no tiene ningún fundamento, no se puede creer, nos habremos tomado más vino de la cuenta y serán visiones alucinógenas lo que estamos presenciando.

 

Andrés, sintió el calor del sol en la cara, estaba amaneciendo, le dolía la cabeza, como si algo le aplastara. Marcial venía tranquilo por el camino, sin terminar, empujando su carro.

-Marcial hoy no me dejes vino, ayer no me sentó bien, casi no he dormido soñando con caminos muy extraños, que tu decías que serán los del futuro. 


MENS SANA                                                                           SANTIAGO J. MARTÍN

 

Con aspecto cansino, pero no cansada, va recolectando toallas y papeles, apagando luces y cerrando ventanas.

 

Se imagina estar emparentada con Frida Kahlo, aunque solo fuera por los motivos que la dejaron su cojera perpetua. No le sienta mal elucubrar con fantasías inalcanzables; le hacen la vida más accesible; le rompen las barreras que la esperan a diario y aportan gramos de optimismo a la hora del balance nocturno de ¿cómo fue el día Aurora?

 

Más que buscar refugios inesperados, anhela llegar donde otros transitan, desentendidos de lo difícil que puede ser una rutina reparadora.

 

Ayer volvieron los fantasmas. Fue el día del libro y, como de costumbre, se acercó a la librería del barrio, la única que queda abierta, y hojeó multitud de libros, para terminar comprando uno, solo uno, como todos los años.

 

Esta vez el ritual fue rápido. El tercer ejemplar que cayó en sus manos tenía todos los ingredientes necesarios para sufrir lo justo y, al mismo tiempo, esperanzarse con mensajes y palabras.

 

No conocía nada de nada de la última Premio Nobel de literatura. Era una escritora coreana, Hang Kang, que la atrapó con sus metáforas y la embriagó con imágenes lejanas que en realidad tenía muy cerca, delante de sus ojos.

 

Aprendió lo que significaba caminar despacio y caminar rápido. Aceptó lo irrisorio que puede ser perder el paso y encontrar uno nuevo que se aclimate a tu tiempo.

 

Desde siempre le encantaba caminar. Envidiaba a los que lo hacían deprisa, también a los que contaban por kilómetros sus caminatas diarias. Unos y otros le generaban desasosiego, que no envidia.

 

Pero desde aquel 23 de abril todo iba a cambiar. Mantendría la mirada firme de los que se afanaban en dejarse la vida en pasos atropellados, podría animar los resuellos de los que batían record tras record, sentiría compasión con los que se rendían a los pocos minutos.

 

No importaba nada. Al final, era ella la diosa suprema que, llegada la hora, apagaba las cintas de andar y correr, terminaba de recoger y cerraba el gimnasio.