FE MANUEL
GIL
En la penumbra, un foco de esperanza;
es la fe, un faro que en la noche brilla,
espejismo que los miedos maquilla,
fe que nos abriga y nos da confianza.
A través de la niebla firme avanza
aunque en el corazón va la semilla
de una duda, la de alcanzar la orilla
con música de bienaventuranza.
Que mueve montañas si la poseemos
predican desde piadosas lecturas,
para que sumisos aceptemos
la realidad, cruda a veces oscura,
envuelta en lienzos de dolor extremo,
que el brillo de la fe, rara vez cura.
¿SERÁ ESTO UN AVISO? ARACELI
DEL PICO
Recibí en un Colegio de monjas mi educación básica, solo hasta los ocho
años. En la Capilla del cole, hice la primera comunión. Y esa fue la última vez
que pisé el sagrado suelo de la Divina Providencia. Así se llamaba la honorable
institución. Que por cierto, en primavera adornaba esa capilla, con las rosas
del jardín donde vivíamos.
Mi abuelo, ateo convencido, las cortaba primorosamente, las completaba
con tallos de hierba buena y me las daba para que Sor Vicenta, dispusiera de
ellas al pie del altar. Ella las recibía con una sonrisa y decía:
-
Ya iré a darle personalmente las gracias a ese
hijo del…
Farfullaba por lo bajines, algo que yo no entendía. Me daba un beso de reconocimiento y así hasta
la próxima entrega floral.
Dicen que fui una niña bastante manejable, estudiosa (que no brillante)
y respetuosa con mis mayores, hasta el aburrimiento. Lo decían mis abuelos. Yo
ni lo pensaba. Hubiera sido un pecado de soberbia y hasta ahí podíamos llegar. “Los pecados, ninguno, ni siquiera de
pensamiento”.
Pero si, lo
suficientemente inquieta, para pensar que la incredulidad de mi abuelo, no
cuadraba con la fervorosa entrega que hacía de sus rosas a las monjas, cuyas
rosas mimaba como el más preciado de sus bienes. Y ahí comenzaron mis dudas
sobre la fe. Y no era raro, digo yo.
Con unos añitos encima, y chispa más resabiada, mis dudas en este aspecto
crecían por momentos. Y teniendo en cuenta, que yo salí de aquel colegio con un
punto de tristeza, porque por aquel entonces, lo que yo quería era unirme de
mayor a la congregación, pues tenía una desazón en mi interior, al menos, como
poco, bastante inquietante.
Mi abuelo, se fue para siempre poco después. Nunca tuve la oportunidad
de preguntarle, sobre su contradictorio comportamiento, por su carencia de fe.
Y el mimo con el que preparaba aquellos ramos. Incluso llegué a pensar
(inducida por el demonio, sin duda), que quizá le gustaba Sor Vicenta.
Y así yo crecía y mis dudas conmigo. Pero mi fe iba menguando y yo me
adaptaba a esta mengua, De modo que aceptaba como normal y natural, aquello que
lo era. Conocí el amor con mayúsculas y tuve suerte. Nunca me he casado, pero
mi pareja, entregada a mí como Dios manda, aunque él no haya bendecido nuestra
unión, tampoco tiene claro el tema de la fe.
Ahora, no sé porque extraña razón, le ha
dado por pensar, que es momento de formalizar nuestras vidas. Cuando le he
preguntado por qué, me suelta aquello manido por demás, que por los niños. Pero si los niños están
felices a tope con su padre y su madre, que les quieren a rabiar. Aun así
inquiero. Por el juzgado, ¿entiendo? No, no. Por la iglesia.
Me ha dado un mareo y no he caído redonda, porque le tenía cerca y me ha
sujetado bien.
Cuando he espabilado, le he dicho. ¿Ves lo que pasa por decir tonterías?
Se ha callado. Y ni mu.
Liberada del efecto sorpresa, y una vez con
mis hijos en el colegio, me he dirigido al centro donde colaboro en una
asociación que presta sus servicios a mujeres desprotegidas. Aún me duraba el
sofocón.
Se ha acercado a la ventanilla una mujer para darme sus datos. La he
mirado fijamente con descaro casi. Y es que esa cara…
-
¿Nombre?
-
Vicenta Expósito.
-
¿Edad?
-
Perdón, no…
Su voz no me llega. Y mientras me esfuerzo en oírla, veo su cara
clavadita a la de mi abuelo y en ella sus mismos gestos.
Pido a una compañera que ocupe mi puesto. No me siento bien.
He salido del trabajo cuanto antes. Obnubilada. Pero decidida a buscar
una casa de modas y tratar de encontrar un traje de chaqueta adecuado. O algo
parecido. A estas alturas, no voy a ir de blanco y con azar. Vamos, lo que me
faltaba.
DECISIÓN FIRME JUANA
DOMÍNGUEZ
Caminaba absorto con pensamientos enfrentados, ser misionero
o defender la empresa familiar, como sus mayores le aconsejaban. Dedicarse a
los demás no iba a reportarle ningún beneficio, era hijo único, ningún otro descendiente podía ocuparse de
aquella fábrica que tantos beneficios daba a trabajadores y sobre todo a su
familia.
Las últimas vacaciones las había pasado en un convento
castellano, que ofrecía hospedaje a seglares en
verano, gente con necesidad de aislarse y meditar en la soledad y
tranquilidad de un entorno monacal.
Paseos por la huerta, en la que cosechaban la comida sana y
fresca que les proporcionaban en la mesa, o por la orilla del río entre álamos
y rastrojos recién cortados, sin ruidos estridentes de tráfico, sin televisión
ni Internet, alejado del mundo. Tranquilidad para mirar y admirar las
estrellas, las nubes en las que tantas figuras se adivinan. El movimiento de
las hojas de los chopos bailando al son del viento. Silencio, hablando consigo
mismo.
Volvió a su casa diez días después, rondándole la idea de
ingresar en los agustinos de su ciudad y dedicarse a estudiar teología y
aprender a enseñar a los que no tenían ninguna noticia de Dios.
Nunca había tenido una fe ciega, la religión que practicó
fue la de la gente de su generación, catequesis, misa y rosarios cuando estaba
en edad escolar. En su juventud se fue distanciando de la iglesia católica, los
estudios de economía no le dejaban mucho tiempo para asistir a las
celebraciones eclesiásticas.
Aquellas vacaciones le habían creado algunas dudas:
dedicarse a los demás, servir de mediador entre los humanos y Dios. Enseñar el
antiguo testamento que a él le había servido para amar la Literatura. De niño
leía y releía aquellos relatos que tanto le gustaban y entretenían. Ahora podría
volver a leer y contar esas historias a niños y mayores que nunca hubieran sabido como era y como se presentaba el Señor
a la gente humilde. O hacer lo que su familia le pedía, ponerse al frente de la
empresa, planificar nuevos objetivos, ampliar la plantilla y aumentar los
beneficios.
Una tarde, sus paseos y meditaciones le encaminaron hasta el
convento agustino, entró en la iglesia, y se postro delante del altar, junto
sus manos y susurrando pidió a María le iluminara sobre qué hacer con su vida.
-Señora, muéstrame el camino.
Un rayo de luz entraba por la vidriera posterior de la
iglesia y se posó sobre la imagen de la madre de Dios, llenándola de luz.
Ambrosio se levantó y salió a la calle, las farolas se iban
encendiendo paulatinamente. Ya sabía a lo que iba a dedicarse. Su decisión era
firme, no la cambiaría por nada del mundo.
ANTES DE ABRIR ESTA
CÁPSULA, CONFIRMA QUE NO ERES UN ROBOT SANTIAGO J.
MARTÍN
Hoy 14 de mayo de 2025 nuestro trabajo en este proyecto, de
más de 3 años, llega a su final. Solo
nos quedan los últimos ajustes, que no dejan de resultar altamente complejos,
como lo ha sido el trabajo durante todo
este tiempo.
He pensado en hacer una cápsula del tiempo que dejaré
escondida al lado de mi huerto. Allí
compartiré estos momentos finales porque son los más
humanos, los que hacen más atractivo a un robot que roza la perfección,
justamente porque no va a parecer una máquina, aunque, por ahora, tampoco da
repelús por su apariencia androide.
Hemos aplicado todos los adelantos en inteligencia
artificial que están a nuestro alcance. En principio está diseñado para el
control y la eficiencia de la red energética de nuestro país, también la red
eléctrica, claro. Qué oportuno va a resultar su lanzamiento.
Hemos reservado un espacio en su memoria, pequeño, comparado
con todo su potencial, para ayudar al autoaprendizaje utilizando sesgos humanos
de comportamiento.
En otras palabras, queremos ver cómo puede interactuar,
fuera de su jornada de trabajo, en otra toma de decisiones más cotidianas y
nada científicas, como haría cualquier técnico o científico cuando llega a su
casa después de una jornada de trabajo.
Pensamos que esa interacción puede ser positiva en el
aprendizaje general y, en cualquier caso, siempre podríamos, más adelante,
desconectar esa función y limitar su dedicación a la puramente técnica, si
detectamos que no reporta los resultados esperados.
Dentro de 10 minutos tengo una reunión con el departamento
de emociones y actitudes sensoriales. Y voy a trascribir también el diálogo con
ellos.
Son unos tipos duros, difíciles de convencer, muy reacios a
sacar de su laboratorio cualquier input si no se les convence con rotundidad.
Se consideran a sí mismos los artistas del CSIC, pero yo los llamo los
guardianes de las siete llaves del infierno. No tardaréis en ver por qué.
-
Buenas tardes. Supongo que ya habéis revisado
toda la información que os mandé, ¿no es así?
-
De arriba a abajo. Está todo muy claro.
-
Pues habréis podido observar que necesitamos
unas dosis de favor de vuestro departamento.
-
De favores nada, somos compañeros. En realidad
este proyecto terminará siendo de todos los que en él colaboremos.
-
Bueno, más o menos.
-
Pide por esa boca, y veremos.
-
Necesito un bloque de memoria emocional para el
segmento de aprendizaje humano
-
¿De cuánto estamos hablando?
-
Dos terabytes y medio. No tenemos sitio para
más.
-
No es mucho, la verdad. Por eso habría que
limitarnos a un solo aspecto de modelación de conducta.
-
Me podría valer. Quiero dos teras para el
desarrollo humano de confianza en la memoria de ENERGO
-
¿Confianza? Con eso no tendrías ni para empezar.
La confianza es muy inestable. Los robots y los humanos, también, gastamos
mucha confianza en todos los procesos de aprendizaje. Es muy inestable y si se
pierde es casi imposible de recuperar.
-
Pues rompes todos mis esquemas.
-
No te preocupes, te puedo ofrecer algo
alternativo que en caso de agotarse se regenera con facilidad.
-
¿Qué?
-
Fe
-
No me jodas. Eso no es racional y tú lo sabes.
-
Cierto, pero está presente en la gran mayoría de
los humanos.
-
Prefiero la confianza. Las religiones contaminan
todo lo que tocan.
-
Tienes razón, pero podemos poner cortafuegos en
el sistema para evitar ortodoxias o argumentos supra irracionales.
-
¿Cómo el del espíritu santo?
-
Por ejemplo. Nada de fe ultra, nada de cartas
marcadas como la santísima trinidad…
-
Por eso, prefiero la confianza.
-
Con dos terabytes no tendríamos para nada.
ENERGO las perdería en menos de dos semanas.
-
Y la fe también.
-
Sí, pero la fe se regenera, como las estrellas
de mar. A nada que le quede una pizca, un giga, servirá para sustentar ideas y
aprendizajes.
-
Como una gota de añil en un barreño de agua.
-
Efectivamente, colega.
-
Si no hay más remedio facilitadme esos dos teras
de un poco de fe “jesuita”. Lo más ateo que tengas, por favor.
-
No te preocupes. Oye. ¿Y el otro medio tera que
os sobra?
-
Tolerancia
-
Buff. No sé si va a servir de algo, tan poquita
cantidad. Además sabes que es bastante incompatible con la fe.
-
Ya. Pero necesitamos esa tolerancia. Podéis instalarla en un puerto de memoria de
reserva, que se active de forma programada, solo para un evento de máxima
urgencia.
-
Podría ser. ¿Para qué reservarla tanto?
-
Porque ENERGO, y otros que de él aprendan,
llegará un momento que no sepan qué hacer con nosotros.