11/10/2024

NÁUFRAGOS SOLITARIOS 1

 

ISLA PERDIDA                                                            MANUEL GIL

 

Soy un náufrago en esta isla desierta. Un paraje creado por paredes asépticas y un murmullo constante de máquinas que susurran como olas lejanas, forman el escenario que habito. Aquí, entre sábanas blancas y sueros que gotean como lluvia implacable, he naufragado en un océano de soledad. En el barco siniestrado, viajaban mis esperanzas que se ahogaron en un abismo de silencio. La luz de un sol artificial ilumina mis pensamientos, pero no es más que una simulación que no puede calentar el frío que ha anidado en mi corazón.

 

Mis compañeros de viaje son sombras, vestigios de un mundo que, como el barco que se perdió en la niebla, han olvidado mi nombre. Los rostros de los médicos y enfermeras son máscaras de tela, cortinas que se abren y cierran en una obra sin fin, donde el protagonista no tiene control sobre su papel.

 

Aquí, en la soledad de esta isla, me he convertido en un cartógrafo de mis propias emociones. Dibujo con los dedos la geografía de mi sufrimiento en las sábanas, cada pliegue es un valle y cada mancha un recuerdo. Delineo los límites de mis deseos perdidos, entre ecos de voces del pasado.

Las nubes que me circundan son las emociones que he mantenido a raya, en ellas viajan: risas perdidas, abrazos que se desvanecen, promesas olvidadas. En definitiva, la nostalgia de un tiempo que ya no es mío, y a eso me aferro como náufrago a su tabla de salvación.

 

El tiempo se dilata, y los días pasan como barcos fantasmas que navegan sin rumbo y desaparecen lentamente en la línea del horizonte. Miro el cielo a través de la ventana; la luz que entra es el faro que guía mis pensamientos. Busco en su brillo la promesa de un rescate en forma de palabras, que barran como un viento propicio esta inmensa soledad. Ya he lanzado al mar la botella con el mensaje. solo me queda esperar.


 

NÁUFRAGOS EN LA MONTAÑA                                            MARÍA ISABEL RUANO

 

(Poesía inspirada en el documental “Los últimos pastores” de Samu Fuentes)

 

Allá, en lo más recóndito de la montaña,

habitan los pastores para alimentar a sus vacas y cabras.

Por un burro, las gallinas, un perro y una gata, acompañados.

Su vivienda es de piedra, con tan solo lo más necesario.

Un horno de leña para hacer pan, pocos cacharros, algún estante,

la chimenea, unos prismáticos y un camastro.

En solitario, pasan días y noches, semanas y meses.

Para comunicarse entre hermanos buscan la cobertura

y desde un pico muy alto, hablan de la niebla y de la lluvia,

de los peligros del lobo que acecha y mata al rebaño,

de las vacas y de las cabras parieras, del ordeño,

de los recuerdos del pasado, del queso de cabrales,

de algún vecino, de las provisiones, del cambio de estación,

de lo lejos que está el verano y del paso de los años.

Del oscuro porvenir de los pastores sin reemplazo.

Escuchan las noticias en la radio.

Sienten lejanas las guerras, a los virus como extraños,

No echan nada de menos, son reyes de sus campos,

amos de su majá, amigos de sus animales,

de la naturaleza por la que están acompañados.

Son felices, aunque vivan en solitario.

No son náufragos.


 

NAUFRAGO EN LA GRAN CIUDAD                                                          JUAN SANTOS

Hace un par de meses que un autobús dejó a Gerardo García en la plaza de Peñuelas. Había venido de excursión a la Capital, junto a otros jubilados, desde un pueblecito de la Mancha.

 

Llevaba diez años viviendo solo, olvidado del mundo. Se animó a venir a la gran ciudad con la esperanza de ver a su hijo, Pablo. No había vuelto a saber de él desde que fue al pueblo al funeral de su madre.

 

En Madrid, visitaron el Museo del Prado, el Palacio de Oriente y algunos monumentos más. De regreso al pueblo, dijo al conductor que lo dejara en la plaza de Peñuelas para quedarse con su hijo que vivía por allí.

 

Cuando desapareció el autobús, se le quedó la mente en blanco. Sabía que su hijo vivía en ese barrio, pero no recordaba el nombre de la calle ni el número. Tampoco tenía su teléfono, ni forma de localizarlo. Se puso a dar vueltas por las calles aledañas, a ver si le sonaba alguna, pero todas tenían unos nombres raros que no había oído en su vida. Al final acabó volviendo a la plaza con su maleta de madera.

 

A pesar de tener bastante dinero repartido en varios bolsillos, no quería moverse de allí y pasó la noche en un banco como si fuera un mendigo. Al día siguiente, no dejaban de cruzar transeúntes, pidiendo a Dios que alguno de ellos fuera su hijo.

 

Pasaban los días y se hacía ilusiones cuando, a lo lejos, una persona se parecía a su Pablo, pero luego se entristecía a medida que el transeúnte se aproximaba hacia él.

 

Pronto empezó a añorar la soledad del pueblo. Ni siquiera el bullicio de los niños jugando en los columpios, lo sacaban de su aislamiento. Elucubraba con el ánimo de que su hijo se hubiera casado y que algunos de aquellos muchachos fuera su nieto. Los miraba a ver si en sus caras y en sus gestos existía algún parecido familiar que los delataran. Ya había comprobado que ninguno se llamaba Gerardito como él, ni Pablito como su padre. Quizá alguna de aquellas madres era su nuera, pero todo eran suposiciones. 

 

Las fuerzas flaqueaban y Pablo no aparecía por allí. Desesperado, cogió un cartón de una caja vieja y a modo de pancarta escribió: “A los niños que se apelliden García, les daré un premio” Si no había ninguno, buscaría otra estrategia, pero en caso de que lo hubiera, había posibilidades de que llevara su misma sangre.

 

Hubo dos madres que se acercaron a él, celosas y preocupadas, por si se trataba de algún hombre depravado que iba con fines corruptos.

 

Nuestros hijos se apellidan García. ¿Qué quiere usted de ellos?

Gerardo no se anduvo con rodeos.

Tranquilas que soy hombre de bien. Estoy buscando a mi hijo que vive en este barrio y se llama Pablo García, e intento localizarlo a través de un posible hijo, si es que lo tiene, porque tampoco lo sé.

 

Una de ellas respondió, al instante.

―Mi marido es García, pero no se llama Pablo.

La otra, tartamudeando un poco, añadió.

―El mío también es García y tampoco.

 

Las respuestas fueron para Gerardo  como la avioneta que sobrevuela una isla desierta y se va sin ver las señales del náufrago.

De todas formas, Gerardo esperó unos día más, por si alguna de las madres, le había engañado.

A partir de entonces, solo un niño apellidado García, bajaba al parque con su madre. El otro no lo volvió a ver.

 

Fue cuando, Gerardo, solo y perdido en la gran ciudad, dejó de comer y de asearse. Ayer apareció sin vida en la ribera del Manzanares.

 


 

LA SOLEDAD DEL ESCRITOR                                        ARACELÍ DEL PICO

 

   Incansable y fiel a su estilo de mal copiador, escribía sin descanso, lo imprimía  y lo llevaba después a una editorial, que, Eladio, un mal amigo, le había recomendado. Todo se lo rechazaron.

 

    No era un buen escritor. Ni malo. Ni siquiera era escritor. Aunque lo pretendía con interés. Se enfrentaba cada día a la pantalla del ordenador, y plasmaba sin talento alguno aquellas ideas que le bullían en la cabeza y sin orden ni concierto llenaba hojas y más hojas, donde no decía nada.

 

  Trataba de emular las magnificas novelas de misterio de su admirada Ágata Christie. Aquellos libros de viaje, con relatos sobre países remotos y situaciones al límite, donde alguien parecido a un Robinson Crusoe, tenía que buscarse la vida, entre la maleza para subsistir. O tiernos relatos de amor, que de puro empalagosos, no se creía nadie. O todo lo contrario, se creaba un Otelo a su medida, que por celos, iba estrangulando mujeres, como un vulgar Jack “el destripador”.

 

  Santos, nunca fue un purista de la literatura. Pero era tenaz. Y creía en él. El desaliento no estaba en su ADN y con el afán de conseguir algún día su propósito, escribía hasta dejarse las huellas dactilares en el teclado del ordenador.

 

  Lo que había comenzado como un hobby, luego en el recreo de su tiempo libre, al fin se había llegado a convertir en una obsesión. Dejó de frecuentar su círculo de amistades, las tertulias que mantenía los miércoles con otros compañeros con los que compartía las mismas inquietudes literarias. La  mayoría de las veces porque pretendía leer todo lo que para él era importe y para el resto era papel mojado y sin sustancia.

 

  Así fue dejando todo aquello de lado y ensimismado en sus creaciones, no pasaba día donde no escribiera al menos dos o tres relatos. Por la noche, como quien agradece a su dios por las venturas recibidas durante el día, Santos bendecía a la diosa Atenea, por la inspiración que le llegaba.

 

  Siempre estaba solo, aislado y mal nutrido. Su aseo personal dejó de preocuparle y pronto comenzó a lucir una barba larga y mal cuidada. Un día se miró al espejo y se sintió un doble fiel de D. Ramón María del Valle Inclán. Hizo un guiño a su imagen y volvió a su portátil. En aquel momento, sintió correr por sus venas y su mente un flujo de palabras ordenadas que se dispararon veloces y seguras.

 

  Prohibió a su leal asistenta, Socorro, que le molestara cuando estaba en su escritorio. Así que le dejaba la comida al lado de la puerta. Ella se iba en absoluto silencio. Y al día siguiente recogía la bandeja con los alimentos a medio consumir.

 

  Con toda la ternura del mundo, llamaba a la puerta. Le decía: Señor ya estoy aquí. Y por dios santo, intente comer un poco más. Me va a enfermar y entonces, que haremos?

 

  Santos que admiraba la lealtad de Socorro, le contestaba un: No te preocupes mujer, ya comeré más otro día.

 

  Aquella mañana, cuando llegó, la bandeja intacta, seguía junto a la puerta. Llamó y no obtuvo respuesta. Intentó abrir como pudo y al fin echó mano de un objeto punzante y la puerta se abrió.

 

  El cuerpo de Santos estaba inclinado sobre el ordenador y cientos de hojas esparcidas por el suelo. Todas numeradas. Se inclinó sobre él y lo levantó hasta dejarlo reposar en el respaldo del sillón. Sonreía, con esa sonrisa fría de algunos cadáveres. En su mano tenía una hoja arrugada, donde al pié ponía FIN.

 

  Ella, se ocupó de las exequias. No llamó ni a los amigos, ni a ninguno de sus cuatro sobrinos. Total, jamás le habían ido a visitar.

 

  Dejó la casa resplandeciente y apiló las  hojas numeradas que había encontrado. Setecientos veinte folios. Y con la resolución de quien está segura, de lo que el finado hubiera querido, las llevó a la editorial. Dejó su número de teléfono.

 

  Un mes más tarde, el teléfono sonó. Con pausa, Socorro descolgó. La llamada  le  hizo sonréir, mientras dos tímidas lágrimas, se caían por sus mejillas.