07/02/2025

UN ADIÓS QUE NO QUEREMOS

 Ayer, 6 de febrero, falleció Fernando Jiménez. Fernando era un alma mater de este blog y uno de los pilares del grupo de escritores que dan energía y buena literatura a estas páginas. 

La tristeza y la extrañeza por su marcha no me dejan ser mucho más explícito. Prefiero que transcienda su literatura, que quedará para siempre en la sección de Retratos, así como su persona en nuestros corazones, huérfanos de un título apropiado para seguir avanzando en momentos duros como este. 

ERRORES 2

 

POR UN WHATSAPP                                                    MANUEL GIL

Ahora llueve, el agua golpea el parabrisas tan fuerte que la escobilla del limpia no da abasto y ¡lo que faltaba! se está formando un atasco.

¡No voy a llegar!

¿Cómo me ha podido pasar? siempre he tenido cuidado. Y además tampoco he tardado tanto en darme cuenta, pero cuando he reparado en mi error, ya lo había visto. Siempre me han dicho cuidado con eso, es un arma de doble filo, en un descuido puedes enviar el mensaje a otro contacto y si no tiene importancia, vale, pero en este caso…

He marcado su número pero ya no ha contestado probablemente haya pensado que no quiere saber nada más de mí. Habrá interpretado que iba aprovechar su ausencia. Por el contenido del mensaje sabe a quién iba dirigido y lo que significa.

He estudiado mil explicaciones y todas me suenan a “no es lo que parece” y acabo por pensar que voy a insultar su inteligencia.

 ¡Dios, cómo está esto!

           - Oiga, ¿no podemos buscar alguna alternativa? El vuelo al que debo llegar sale a las 12.

           - Mire, no veo alternativa, ya no podemos tomar la M-40, pero además creo que está igual o peor. ya sabe que cuando llueve en Madrid…

Si llegara, al menos intentaría una explicación, o incluso puede que desde la sinceridad me pudiera entender y tal vez no todo estuviera perdido.

            - Oiga si el vuelo sale a las 12, ya no llega, mientras pasa los controles y aunque no facture, que veo que no lleva equipaje.

            - No soy yo quien vuela, tenía que ver a una persona que sí va a tomar ese vuelo, y aun así me acercaré al aeropuerto, tal vez con el mal tiempo se haya retrasado la salida.

Ni siquiera tengo fe en que eso ocurra y el taxista, al que ya debo tener intrigado, me mira de forma interrogativa, pero no voy a contarle más.

 


 

      ERROR REPARABLE                                                                    ARACELI DEL PICO

 

      Siempre juntos. De pequeños, de adolescentes, ya jóvenes y siempre manteniendo una aptitud de complicidad, que Tirso, envuelto en su timidez enfermiza, interpretaba a su manera, como pura relación, que no precisaba más.

      Ambos habían vivido en el mismo bloque. Los lazos de amistad entre ambas familias eran firmes y era normal que por una causa u otra, los padres de Tirso le dejaran con la familia de Andrea. O bien que esta, se quedara con la familia de Tirso. Juntos compartían juegos, se bañaba en la misma tina y se tocaban con la inocencia propia de su edad.

     Ellos iban creciendo. La tina, no. Siempre era la misma. Y un buen día que Andrea le enjabonaba notó como el atributo del chaval se disparaba de modo que jamás había notado antes. Le preguntó si estaba malito. Tirso dijo que, porqué le preguntaba eso. Andrea le señaló el tamaño de su pene y el niño cambió el color de su piel, como si fuera un campo de amapolas.

     Acabado el baño y los niños con sendos albornoces, se disponían a tomar el desayuno. Tirso dijo, que no tenía apetito (siempre comía por dos) Y cuando los padres de Andrea preguntaron porque no quería comer, esta saltó sin protocolo alguno: No tiene hambre porque está malito.

     Una vez conocido el mal de Tirso, los padres sonrieron y así se remató la conversación, Si bien le dijeron, que no volviera a bañarse con el niño. Mil preguntas hizo y solo obtuvo respuestas incoherentes. Pero aquí terminó la primera etapa de su inocente relación.

     Pasada la adolescencia donde todo lo seguían compartiendo, sus cuerpos jóvenes tomaron el brillo y la belleza de la juventud. Andrea morena, menuda, y una cara donde brillaban dos luceros bajo el palio de sus pestañas. Tirso, fuerte y rubio, que arrastraba su timidez, desde su altura, en un cuerpo vigoroso. Y siempre tras ella, vigilando sus infinitos coqueteos, sufriendo por ellos y reprimiendo las ganas de darle un mamporro a todo aquel que se acercaba a la joven.

     Frente al espejo en su casa, establecía un diálogo con su imagen, ensayando como decirle a aquella casquivana, cuanto la quería y cuanto la necesitaba. Jamás se atrevió. Y pasó lo irremediable.

     Hicieron carreras diferentes. Los dos eran brillantes. Tirso desarrolló su potencial de economista en la ciudad donde había nacido y vivido. Andrea no. En cuanto tuvo oportunidad, y la tuvo bien pronto, dejó su ciudad.  Pidió a sus padres que no fueran a despedirla al aeropuerto. Conocía a su madre y sabía que le montaría el clásico numerito. Solo iría Tirso.  Y él se juró que antes de partir le abriría su corazón.

     Pero Tirso en el aeropuerto, no abrió nada. Ella dicharachera le contaba mil cosas y le hizo prometer que si conocía alguna chica, ella debía darle su aprobación.

-          ¿Me oyes bien, Tirso? Estás en Babia, como siempre. Cuando esa oportunidad surja, que surgirá, abre bien los ojos, que tú eres muy blandito. Me mandas una foto de ella y ya veré, si te interesa y si te merece. Porque niño, entérate de una vez, ¡vales un potosí!

-          Andrea yo…

-          Tú nada. Hazme caso, que yo, sí que te conozco.

       Se abrazaron muy fuerte. Nunca había sentido la proximidad de su cuerpo frágil y cálido y la naturaleza hizo el resto. Ella lo sintió. Miró hacía abajo, lanzó una sonora carcajada y le soltó:

-          Tirso, como en la bañera, igual que cuando éramos pequeños.

      Las puertas de embarque se abrieron y la vio ir entre risas, mientras su melena se movía como una bandera al viento. No había abierto la boca. Y allí tomó asiento, mientras esperaba que su rubor desapareciera y su corazón dejara de latir. Era consciente del gran error que había cometido dejándola partir sin decirle cuanto la quería, cuanto, cuanto.

     Al principio, las llamadas entre ellos eran frecuentes, algunas postales de Frankfurt donde ella vivía y  sus alrededores. Tirso le pidió en una ocasión que le escribiera alguna carta, así podría leerla cuantas veces quisiera. Su respuesta fue: Eso te lo dejo a ti, que llevas las letras en tu nombre. La biología no sabe de letras.

    Pero llamadas, postales y noticias se iban espaciando. Y un día llegó, sí, un sobre. En su interior una foto, donde  Andrea se abrazaba a la cintura de un hombre. Y al dorso… Como ves, yo predico con el ejemplo. Este es mi chico. ¿Qué te parece? Y tú, ¿sigues igual? O quizá me ocultas algo. Venga sé sincero y cuéntamelo todo. Un abrazo… con cierta separación. Andrea…

    No hubo respuesta por parte de él. Pasó el tiempo y como si de una aparición se  tratara. Un buen día la encontró en el jardín de su casa.

-          Andrea, que haces aquí, cuando has venido. Estás muy delgada. ¿Has venido con… tu novio?

-          Muchas preguntas al mismo tiempo, ¿no? Poco a poco.

-          Bien, y …

-          He venido a quedarme. Vine ayer. Estoy muy delgada porque mi vida allí no ha sido un paseo de rosas. Y no he venido con mi novio, que ha resultado ser un maltratador y un embustero.

-          No me digas eso. ¿Qué te ha hecho?, que le mato.

-          No te preocupes. Es fácil que eso lo haga su mujer, cuando reciba la carta que le he enviado.

 


 

TODO A CIEN                                                                        SANTIAGO J. MARTÍN

He decidido que sea una familia china la que gestione mi vida. Tengo argumentos suficientes para dar este paso tan transcendental. Mismamente debajo de mi casa.

Allí un negocio de toda la vida, la Bodega  Anfiloquio no tenía manera de recuperarse de sus pérdidas. La culpa, de la competencia despiadada de franquicias que tiraban los precios de las malas cervezas y obviaban la existencia del vermú de grifo.

Los clientes habituales nos habíamos hecho a la idea de quedarnos sin un cachito de nuestro pasado y apurábamos los últimos pinchos de tortilla que se paseaban por la barra.

Pero de pronto, llegaron ellos. Un matrimonio joven, de no más de 40 años, con dos hijas de poco más de 18; todos con una sonrisa perpetua y unas manos que se movían a una velocidad endiablada sirviendo lo de toda la vida y mejorando en precio las viandas de la competencia del otro lado de la calle.

Qué magia tenía esa familia de origen chino. Qué poder y qué ganas. Habían convertido los problemas en proyectos de futuro. El éxito es palpable. No es que lo diga yo.

Entonces se me ocurrió una solución clara y rápida para todo lo gris oscuro de mi existencia. Una familia, china, por su puesto, con su vigor y energía, atraparía uno por uno mis fracasos, mis desengaños, mi tristeza, mis errores y mi desgana generalizada. 

En pocas semanas todo lo habrían transformado en positividad, en espíritu de lucha y, sobre todo, en un argumento indispensable para poder tener la misma sonrisa que ellos.

Se me viene a la cabeza una figura borrosa de la que solo sé a ciencia cierta su nombre, bueno su sobrenombre: la Quitapenas.

Se trataba de una mujer experta en milagros y que debería tener unas orejas a prueba de disgustos y penurias. No me lo estoy inventando. Recompongo recuerdos de citas de mi abuelo. Aseguraba que en su fábrica de perfiles de aluminio había una señora que tenía como misión ayudar a todos los trabajadores que lo estuvieran pasando mal.

Estoy hablando de los años 50 y 60 del siglo pasado, en plena España franquista, sin garantías sindicales, con estrecheces salariales y sin una protección social adecuada, pero sí  paternalista.

Supongo que la cola en la puerta del despecho de la Quitapenas sería inacabable. Esta mujer vendría a ser como una trabajadora social pagada no sé muy bien por quién. Su labor era más buscar recursos económicos de extrema necesidad que consolar la nostalgia de esa pléyade de trabajadores inmigrantes en la gran ciudad.

Se me hace un nudo en la garganta de pensar lo que la Quitapenas se llevaba todos los días a casa en su cabeza.

Pues lo que debería tragar y digerir “mi familia” china… Por muy bien pagados que los tuviera, me parece casi una tortura.

Pensándolo mejor, creo que voy intentar colocar todas mis calamidades a un fondo buitre. Seguro que se puede.

¿Sería alguien capaz de comprar fracasos y dolor ajeno para compensar una vida demasiado perfecta y feliz?

Buena pregunta.