POR UN WHATSAPP MANUEL GIL
Ahora llueve, el agua golpea el parabrisas tan fuerte que la
escobilla del limpia no da abasto y ¡lo que faltaba! se está formando un
atasco.
¡No voy a llegar!
¿Cómo me ha podido pasar? siempre he tenido cuidado. Y
además tampoco he tardado tanto en darme cuenta, pero cuando he reparado en mi
error, ya lo había visto. Siempre me han dicho cuidado con eso, es un arma de
doble filo, en un descuido puedes enviar el mensaje a otro contacto y si no
tiene importancia, vale, pero en este caso…
He marcado su número pero ya no ha contestado probablemente
haya pensado que no quiere saber nada más de mí. Habrá interpretado que iba
aprovechar su ausencia. Por el contenido del mensaje sabe a quién iba dirigido
y lo que significa.
He estudiado mil explicaciones y todas me suenan a “no es lo
que parece” y acabo por pensar que voy a insultar su inteligencia.
¡Dios, cómo está
esto!
- Oiga, ¿no
podemos buscar alguna alternativa? El vuelo al que debo llegar sale a las 12.
- Mire, no
veo alternativa, ya no podemos tomar la M-40, pero además creo que está igual o
peor. ya sabe que cuando llueve en Madrid…
Si llegara, al menos intentaría una explicación, o incluso
puede que desde la sinceridad me pudiera entender y tal vez no todo estuviera
perdido.
- Oiga si
el vuelo sale a las 12, ya no llega, mientras pasa los controles y aunque no
facture, que veo que no lleva equipaje.
- No soy
yo quien vuela, tenía que ver a una persona que sí va a tomar ese vuelo, y aun
así me acercaré al aeropuerto, tal vez con el mal tiempo se haya retrasado la
salida.
Ni siquiera tengo fe en que eso ocurra y el taxista, al que
ya debo tener intrigado, me mira de forma interrogativa, pero no voy a contarle
más.
ERROR
REPARABLE ARACELI
DEL PICO
Siempre juntos. De pequeños, de
adolescentes, ya jóvenes y siempre manteniendo una aptitud de complicidad, que
Tirso, envuelto en su timidez enfermiza, interpretaba a su manera, como pura
relación, que no precisaba más.
Ambos habían vivido en el mismo bloque.
Los lazos de amistad entre ambas familias eran firmes y era normal que por una
causa u otra, los padres de Tirso le dejaran con la familia de Andrea. O bien
que esta, se quedara con la familia de Tirso. Juntos compartían juegos, se
bañaba en la misma tina y se tocaban con la inocencia propia de su edad.
Ellos iban creciendo. La tina, no. Siempre
era la misma. Y un buen día que Andrea le enjabonaba notó como el atributo del
chaval se disparaba de modo que jamás había notado antes. Le preguntó si estaba
malito. Tirso dijo que, porqué le preguntaba eso. Andrea le señaló el tamaño de
su pene y el niño cambió el color de su piel, como si fuera un campo de
amapolas.
Acabado el baño y los niños con sendos
albornoces, se disponían a tomar el desayuno. Tirso dijo, que no tenía apetito
(siempre comía por dos) Y cuando los padres de Andrea preguntaron porque no
quería comer, esta saltó sin protocolo alguno: No tiene hambre porque está
malito.
Una vez conocido el mal de Tirso, los
padres sonrieron y así se remató la conversación, Si bien le dijeron, que no
volviera a bañarse con el niño. Mil preguntas hizo y solo obtuvo respuestas
incoherentes. Pero aquí terminó la primera etapa de su inocente relación.
Pasada la adolescencia donde todo lo
seguían compartiendo, sus cuerpos jóvenes tomaron el brillo y la belleza de la
juventud. Andrea morena, menuda, y una cara donde brillaban dos luceros bajo el
palio de sus pestañas. Tirso, fuerte y rubio, que arrastraba su timidez, desde
su altura, en un cuerpo vigoroso. Y siempre tras ella, vigilando sus infinitos
coqueteos, sufriendo por ellos y reprimiendo las ganas de darle un mamporro a
todo aquel que se acercaba a la joven.
Frente al espejo en su casa, establecía un
diálogo con su imagen, ensayando como decirle a aquella casquivana, cuanto la
quería y cuanto la necesitaba. Jamás se atrevió. Y pasó lo irremediable.
Hicieron carreras diferentes. Los dos eran
brillantes. Tirso desarrolló su potencial de economista en la ciudad donde
había nacido y vivido. Andrea no. En cuanto tuvo oportunidad, y la tuvo bien
pronto, dejó su ciudad. Pidió a sus
padres que no fueran a despedirla al aeropuerto. Conocía a su madre y sabía que
le montaría el clásico numerito. Solo iría Tirso. Y él se juró que antes de partir le abriría
su corazón.
Pero Tirso en el aeropuerto, no abrió
nada. Ella dicharachera le contaba mil cosas y le hizo prometer que si conocía
alguna chica, ella debía darle su aprobación.
-
¿Me oyes bien, Tirso? Estás en Babia, como
siempre. Cuando esa oportunidad surja, que surgirá, abre bien los ojos, que tú
eres muy blandito. Me mandas una foto de ella y ya veré, si te interesa y si te
merece. Porque niño, entérate de una vez, ¡vales un potosí!
-
Andrea yo…
-
Tú nada. Hazme caso, que yo, sí que te conozco.
Se abrazaron muy fuerte. Nunca había
sentido la proximidad de su cuerpo frágil y cálido y la naturaleza hizo el
resto. Ella lo sintió. Miró hacía abajo, lanzó una sonora carcajada y le soltó:
-
Tirso, como en la bañera, igual que cuando
éramos pequeños.
Las puertas de embarque se abrieron y la
vio ir entre risas, mientras su melena se movía como una bandera al viento. No
había abierto la boca. Y allí tomó asiento, mientras esperaba que su rubor
desapareciera y su corazón dejara de latir. Era consciente del gran error que
había cometido dejándola partir sin decirle cuanto la quería, cuanto, cuanto.
Al principio, las llamadas entre ellos eran
frecuentes, algunas postales de Frankfurt donde ella vivía y sus alrededores. Tirso le pidió en una
ocasión que le escribiera alguna carta, así podría leerla cuantas veces
quisiera. Su respuesta fue: Eso te lo dejo a ti, que llevas las letras en tu
nombre. La biología no sabe de letras.
Pero llamadas, postales y noticias se iban
espaciando. Y un día llegó, sí, un sobre. En su interior una foto, donde Andrea se abrazaba a la cintura de un hombre.
Y al dorso… Como ves, yo predico con el
ejemplo. Este es mi chico. ¿Qué te parece? Y tú, ¿sigues igual? O quizá me
ocultas algo. Venga sé sincero y cuéntamelo todo. Un abrazo… con cierta
separación. Andrea…
No hubo respuesta por
parte de él. Pasó el tiempo y como si de una aparición se tratara. Un buen día la encontró en el jardín
de su casa.
-
Andrea, que haces aquí, cuando has venido. Estás
muy delgada. ¿Has venido con… tu novio?
-
Muchas preguntas al mismo tiempo, ¿no? Poco a
poco.
-
Bien, y …
-
He venido a quedarme. Vine ayer. Estoy muy
delgada porque mi vida allí no ha sido un paseo de rosas. Y no he venido con mi
novio, que ha resultado ser un maltratador y un embustero.
-
No me digas eso. ¿Qué te ha hecho?, que le mato.
-
No te preocupes. Es fácil que eso lo haga su
mujer, cuando reciba la carta que le he enviado.
TODO A CIEN SANTIAGO
J. MARTÍN
He decidido que sea una familia china la que gestione mi
vida. Tengo argumentos suficientes para dar este paso tan transcendental.
Mismamente debajo de mi casa.
Allí un negocio de toda la vida, la Bodega Anfiloquio no tenía manera de recuperarse de sus
pérdidas. La culpa, de la competencia despiadada de franquicias que tiraban los
precios de las malas cervezas y obviaban la existencia del vermú de grifo.
Los clientes habituales nos habíamos hecho a la idea de
quedarnos sin un cachito de nuestro pasado y apurábamos los últimos pinchos de
tortilla que se paseaban por la barra.
Pero de pronto, llegaron ellos. Un matrimonio joven, de no
más de 40 años, con dos hijas de poco más de 18; todos con una sonrisa perpetua
y unas manos que se movían a una velocidad endiablada sirviendo lo de toda la
vida y mejorando en precio las viandas de la competencia del otro lado de la
calle.
Qué magia tenía esa familia de origen chino. Qué poder y qué
ganas. Habían convertido los problemas en proyectos de futuro. El éxito es
palpable. No es que lo diga yo.
Entonces se me ocurrió una solución clara y rápida para todo
lo gris oscuro de mi existencia. Una familia, china, por su puesto, con su
vigor y energía, atraparía uno por uno mis fracasos, mis desengaños, mi
tristeza, mis errores y mi desgana generalizada.
En pocas semanas todo lo habrían transformado en
positividad, en espíritu de lucha y, sobre todo, en un argumento indispensable
para poder tener la misma sonrisa que ellos.
Se me viene a la cabeza una figura borrosa de la que solo sé
a ciencia cierta su nombre, bueno su sobrenombre: la Quitapenas.
Se trataba de una mujer experta en milagros y que debería
tener unas orejas a prueba de disgustos y penurias. No me lo estoy inventando.
Recompongo recuerdos de citas de mi abuelo. Aseguraba que en su fábrica de
perfiles de aluminio había una señora que tenía como misión ayudar a todos los
trabajadores que lo estuvieran pasando mal.
Estoy hablando de los años 50 y 60 del siglo pasado, en
plena España franquista, sin garantías sindicales, con estrecheces salariales y
sin una protección social adecuada, pero sí
paternalista.
Supongo que la cola en la puerta del despecho de la
Quitapenas sería inacabable. Esta mujer vendría a ser como una trabajadora
social pagada no sé muy bien por quién. Su labor era más buscar recursos
económicos de extrema necesidad que consolar la nostalgia de esa pléyade de
trabajadores inmigrantes en la gran ciudad.
Se me hace un nudo en la garganta de pensar lo que la
Quitapenas se llevaba todos los días a casa en su cabeza.
Pues lo que debería tragar y digerir “mi familia” china… Por
muy bien pagados que los tuviera, me parece casi una tortura.
Pensándolo mejor, creo que voy intentar colocar todas mis calamidades
a un fondo buitre. Seguro que se puede.
¿Sería alguien capaz de comprar fracasos y dolor ajeno para
compensar una vida demasiado perfecta y feliz?
Buena pregunta.