03/09/2026

SOBREVIVIR 2

 

ESPERANZA FUTURA                                                 JUANA DOMÍNGUEZ

 

No sabía por qué ni cómo. No sabía de ciencia. Era un hombre sencillo, sin más estudios que lo que la vida le iba enseñando. Lo consideré un milagro, además de una grata sorpresa encontrar aquel “tesoro” que había sobrevivido a un fuego furioso y desconocido que asoló y calcinó todo lo que encontró a su paso.

 

Tuve que marcharme de mi pueblo, dejar mi casa y mis escasos bienes.  Teníamos que abandonarlo todo para que no hubiera muertos. Me fui abatido, con la incertidumbre de lo que encontraría a la vuelta ¡si es que volvía alguna vez!

 

Volví varios días después. La información que me llegó durante mi ausencia era esperanzadora, las casas del pueblo se habían salvado, pero había muchos daños en el campo.

 

Poco a poco me animé a recorrer las fincas rústicas, después de limpiar de cenizas, agujas y roñas de pino, que todavía sigue trasladando el viento, inundando las calles y las casas. Los troncos de pino de la sierra, todavía humeaban, el olor a quemado era muy fuerte, aun no sé había apagado el fuego, el calor no ayudaba a enfriarlo.

 

Para mi sorpresa la viña sobrevivía, una parte de las cepas estaban verdes, llenas de ceniza y carbonilla, pero vivas. La cerca que la cerraba estaba caída en todo el perímetro. Los postes se habían quemado, el alambre sigue caída. Los animales silvestres ya habían empezado a comerse las uvas, decidí dejarla así. Tenía trabajo más prioritario.

 

En mi recorrido por ella, me sentí abatido al ver el pino añoso que se alza en mitad de la finca, airoso y único que existe en ella, con el tronco negro como el carbón, la alta copa sigue verde, ¡quizá no se seque! Todo lo que vivía a su alrededor esta arrasado; el ciruelo que, dependiendo de la lluvia y las heladas primaverales, cuajaba o no unas ciruelas muy sabrosas; no volverá a retoñar. Estaba empezando a renegar y desesperarme, cuando algo brillante me llamó la atención. Una sorpresa agradable, inesperada y alegre me deparará aquel brillo.

 

Mi padre nos enseñó a dejar guardadas las botellas de vino con las que rellenábamos la bota, y no se consumían el día de la vendimia, acompañando un poco de aperitivo o merienda para la familia y conocidos que nos ayudaban a cortar las uvas, cuando terminábamos. Era su manera de agasajar, recobrar fuerzas y descansar ese día.

 

Una botella era la causa de aquel brillo que me alegro, recordé el escondite debajo del ciruelo entre las piedras de la pared que separa la viña del cerro estéril. ¡Estaba vacía, sin tapón! Tenía que haber alguna más. Y si, enterrada totalmente, solo se la veía el corcho requemado pero entero que la cerraba; una alegría inesperada, un tesoro, no sé cuánto tiempo podía llevar allí cubierta de tierra, no recordaba la última vez que se guardó vino allí. Cuántas preguntas me hice en pocos segundos ¿Estaría vacía también, se habría avinagrado?

 

¡Era un milagro, algo imposible! Se había conservado a pesar del calor que debió sufrir rodeado de fuego, hasta el musgo de las piedras estaba quemado. El vino no se había alterado, tenía cuerpo, olor y sabor del vino de pitarra casero, solo el color era más claro que el vino joven que salía de las uvas de aquella viña.

Que el vino sobreviviera a un desastre como el acontecido, me dio fuerza para seguir adelante, el trabajo y el esfuerzo en la recuperación de la finca sería esperanzador. Justo ya tenía un motivo para seguir adelante con ella.

 

 


 

EL HÉROE                                                                   ANTONIO LLOP

Todavía estoy en shock en una cama de hospital. Me han dicho que ayer perdí el conocimiento. Yo no recuerdo muy bien lo que pasó. La enfermera me pide permiso para que deje pasar a los periodistas. Le contesto que esperen un poco.

Resulta que tengo una facultad especial que me da satisfacciones, pero también muchos sinsabores. Poseo muy desarrollado el olfato. Los médicos me dicen que no es un gran problema el que mi pituitaria sea muy sensible. Para mí lo es en ocasiones. Es un placer respirar en un bosque de eucaliptos, pasearse por un campo de lavanda o llevarse los dedos a la nariz tras acariciar una rama de romero. Pero, por el contrario, no soy capaz de abordar un vagón de metro en horas punta y no soporto los servicios de bares y otros lugares públicos.

El caso es que ayer estaba en la cola de mi Banco en espera de solucionar una incidencia con mi pensión cuando siento un olor como de alguien desaseado. El efluvio se incrementa por lo que intuyo que se está acercando a mí. Veo que me rebasa un joven encapuchado vestido con un chándal descolorido. No veo su rostro porque lleva mascarilla. Se dirige a la cajera y sin miramientos desplaza bruscamente al cliente al que ella atendía en ese momento. Por el rostro demudado de la empleada mientras deposita en la bandeja fajos de billetes deduzco que están atracando el Banco. De pronto oigo a mi espalda una voz conminatoria para que nos tendamos en el suelo. Es la de otro atracador que se dirige al despacho del director. Con el olor polvoriento de la moqueta llenando los senos de mi nariz escucho una sirena y el frenazo de un coche proveniente de la calle. Uno de los atracadores grita con nerviosismo: Su puta madre, alguien ha accionado la alarma. El otro, más sosegado, le calma: Es solo un patrulla. Dos maderos son fáciles de controlar. Pillamos a uno de estos de rehén y salimos con la pasta.

Se produce un intenso silencio. Por la vibración de la moqueta siento que nuestros secuestradores se mueven nerviosos. Deben estar pasando revista a los que estamos tirados en el suelo. El olor del atracador mofeta se aproxima a mí. De pronto tira de mi chaqueta y me pone en pie como a un muñeco. Una presión fría en la sien me dice que me ha encañonado con algo metálico que deduzco es un revólver. Me impele a moverme. Según nos dirigimos a la puerta el mal olor a mi espalda se incrementa. Cuando salimos a la calle ya es insoportable. Las endorfinas que genera el miedo incrementan el hedor cada vez más intenso del individuo. No recuerdo más.

Por lo que he podido ver en redes sociales desde esta cama de hospital debí perder el conocimiento. Desde la mayoría de los móviles de la gente que grababa la escena, parece que al caer me zafo de mi secuestrador con un codazo. El hombre queda sin su pantalla y es abatido por los policías, que inmediatamente detienen al otro compañero.

Yo estoy seguro de que no lo hice a propósito porque estaba demasiado asustado. Supongo que fue un movimiento reflejo de asirme a algo al caer lo que hizo que soltara el codo. Pero los periodistas y la gente están tan saturados de violencia que necesitan a un héroe que encarne la supervivencia de las personas normales en esta época convulsa. Y me temo que no me dejarán en paz hasta que mi declaración sea en ese sentido.

Y, por supuesto, nunca diré que me salvó mi pituitaria.

 ESCOLASTICA                                                             ARACELI DEL PICO

      

      Hoy hubiera sido su onomástica. Y con el cariño y lealtad que me produce su recuerdo, rememoro su llegada a casa. Yo era muy chica, pero tantas veces lo he oído contar que está clavado a fuego. Y además una foto juntas, me hace tenerla bien presente. Fue mi mascota y “casi” mi segunda madre.

 

 

  Sobrevivir a una caída en la carretera por donde iba el bus de La Sepulvedana de Segovia a Madrid, subiendo “por las siete revueltas” el Puerto de Navacerrada en el año 1946, era casi un milagro. Pero sucedió…

 

-          Pare, pare conductor. ¡¡¡Pare de una vez!!! ¿No ha visto que ha caído una caja de la baca portaequipajes?

 

El frenazo que dio aquel hombre, en plena curva y en pleno ascenso, fue otro milagro que se produjo aquella tarde. Bien podría haber volcado el autobús entero con sus pasajeros y resto del equipaje. No fue así.

 

-          ¿Pero que se ha caído? - preguntaron muchos, en otros el propio conductor.

 

    Y una voz resoluta y bien segura de sí misma, contestó:

 

-          Es un cajón, que yo había preparado y dentro iba una cabra.

 

   La mayoría de los pasajeros asintieron, recordando las dificultades que había habido, para subir el cajón por la escalera de la parte trasera, con los consiguientes balidos de la cabra, que no paraba de quejarse.

 

   Poco antes del suceso, todos los que iban compartiendo bocadillos de tortilla, los más afortunados con pimientos y todo y alguna tartera con filetes empanados. Con más pan que filetes. Pero ese es otro cantar. La cuestión es que el bus se vació y todo el mundo arrimó el hombro, para buscar a la dichosa cabra, cuyos balidos se oían no muy lejos. Y apareció, había sobrevivido al castañazo que se pegó, cuando en una de las revueltas el cajón viró y salto por los aires con el animal dentro. Y tuvo doble suerte, porque en la segunda parte del trayecto, viajó pegadita al dueño y dentro del autobús. En aquel tiempo, esas cosas eran posibles.

 

   Propietario y cabra, llegaron a casa, andando naturalmente. Una vez allí, hizo las presentaciones. Mirad todos, estamos aquí y de milagro. Contó con todo lujo de detalles las vicisitudes del viaje y por unanimidad decidieron que había que ponerle un nombre. El cabeza de familia, miró el santoral y entre los varios del día, el más apropiado era Escolástica. Y así, sin agua bendita, ni nada, quedó bautizada. Y la muy cabrona de la cabra, respondía a la primera cuando se le llamaba. En la parte trasera de la casa donde se vivía, se la habilitó un cobertizo para que disfrutara de su propia intimidad.

 

   Y por la mañana, más bien temprano, se procedía al ordeñe. Porque ese había sido el objeto del viaje.

 

   En casa había una niña, única y deseada hija del matrimonio. Para satisfacción de sus padres había nacido con excelente apetito y desde que hincó sus encías en el pecho de la madre, la muy insaciable no dejaba de chupar. Iba a cumplir los dos años, cuando el médico sugirió, que iba siendo hora de proceder al destete. Entre otras cosas porque ya tenía dientes y corría serio peligro el pezón de la madre.

 

   Hubo consenso familiar. Y se decidió que lo propio, era ir dándole papillas y sobrealimentarla con la leche de la cabra, que un tío de la familia, hermano de la madre, les regalaría. Dicho y hecho.

 

   Todo funcionó según lo previsto. La niña crecía hermosa y comía de todo, especialmente disfrutaba de la leche. Y la cabra daba ejemplo, comiéndose todo lo que pescaba, pienso, calcetines, sábanas. Era omnívora total. Y hasta cierto punto obediente. Le decían:

 

-          Escolástica, deja eso.

 

  Oye, y lo dejaba sin dudar. Pero en cuanto te dabas la vuelta, volvía a rumiar con ganas. Y el tiempo transcurría.  La pequeña crecía lozana y ya comía de todo. Es decir que el miembro de cuatro patas y dos cuernos graciosísimos de la familia, ya no hacía falta. Que ingrato es el ser humano.

 

   Para resumir la historia, les diré, que también por consenso familiar, se decidió buscar un cabrero, y que previo pago del animal, se hiciera cargo de ella. Llegó el día. Había más lágrimas que sonrisas. Pero la suerte estaba echada. Cuando aquel cándido señor vino a recogerla, preguntó al ama de casa:

 

-          Señora, esta no será de la que come ropa, ¿verdad?

-          No señor. ¡Vaya pregunta!

 

   Se giró ligeramente, y Escolástica se estaba dando un festín, con unas medias de cristal que se estaban secando sobre una silla baja en el patio.

 

 

Nota del autor. Como autora del relato, podría decir: Cualquier parecido con la realidad es

                             pura coincidencia. No lo haré. Mentiría.


 

YA ES DE NOCHE                                             SANTIAGO J. MARTÍN

Un grito despiadado. Un eco imparable en la residencia. Un temor incontenible.

Eran las cuatro de la mañana. Mi compañero Félix y yo no pudimos volver a conciliar el sueño.

Mateo era un hombre indestructible, por dentro y por fuera. Sobrevivió a dos guerras y a mil batallas. Estuvo en prisión. Atentaron contra su bufete laboralista. Siempre fue objetivo de grupos ultras y de prensa vendida al Régimen.

Pero Mateo se empeñó en vivir, y muchos creíamos que era inmortal. Todos menos Félix, que aseguraba que le sobrevalorábamos.

Reconozco que Félix es más facha que yo. Ninguna noche se quedó a escuchar las historias escuetas y sobrias de Mateo.

El enfermero se asomó a nuestra habitación y nos lo soltó tal cual.

-Ha muerto.

Félix dio una vuelta en su cama y musitó un: Imposible.

Mientras, como yo, disimulaba unas lágrimas con un falso bostezo.

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