ALAS DE GUSANO MARÍA
ISABEL RUANO
Era apenas un adolescente, pero la rebeldía estaba instalada
en su pensamiento mucho antes de cumplir los doce años. Podría incluso decirse
que lo estaba desde que nació.
Lloraba por todo y comía fatal. Escupía la comida al rostro
de todo aquel que intentara introducir un sabor nuevo en su plato. Si le decían
que parara, él se movía más, si le regañaban, les hacía burla y si le
castigaban empezaba a fraguar en su mente la siguiente fechoría.
De esta manera podía arrancar los pelos a la muñeca
preferida de su hermana, cortar las servilletas bordadas por su abuela y
tirarlas al patio de vecinos, esconder la cartera a su padre o poner la
zancadilla a cualquiera que le mirara mal.
Llegado el momento de confesar las fechorías, un ligero
temblor del labio inferior y el sincero amago de ponerse a llorar, le
delataban.
Era muy rápido en todo, incluso en el aprendizaje escolar
del que pronto empezó a aburrirse; corría mucho, agilidad que le permitía
escapar airoso de sus perseguidores y dormía poco y mal por lo que se levantaba
en medio de la noche y se ponía a hacer ruido jugando con los camiones.
Durante las vacaciones en el pueblo siempre terminaba lleno
de magulladuras y heridas. En cierta ocasión, por jugar, solo por jugar, se
metió en un gallinero y consiguió que todas las aves salieran despavoridas. A
la dueña le costó varios días recuperar algunas y a su familia pagar el resto.
En otra ocasión, tirando piedras en medio de la calle, y sólo por tirarlas, le
dio a una niña en la oreja y no solo le aboyó el pendiente de oro, sino que
estuvo a punto de matarla. Por mucho que corrieron detrás de él no consiguieron
encontrarle hasta bien entrada la noche.
“Son cosas de niño”, le justificaba siempre su madre.
“Travieso” añadía el padre cuando venían a reclamar alguna de sus travesuras.
“Malo”, pensaba la hermana, “divertido” le consideraban los amigos e
“insufrible” los vecinos. “Raro”, era como se sentía él. Diferente a los demás.
Por mucho que cruzaba las manos para rezar a ese Jesús tan lleno de heridas
como él, por mucho que cerrara los ojos y prometiera ser bueno y obediente,
sentía que su plegaria no llegaba a ninguna parte, que no podía evitar las
ingeniosas travesuras. Así, en el recreo, no perdía ocasión de levantar la
falda a las niñas, hacer trampas con las canicas, robar algún cromo e incluso
algunas monedas conforme fue creciendo.
“Cosas de niño” seguía defendiendo su madre. Hasta que ella, un día doblegada por la
enfermedad, se marchó de este mundo y él se sintió más desamparado que nunca.
Hubo una época en la que se pusieron de moda los gusanos de
seda y los niños rivalizaban por ellos y asolaban las moreras en busca de sus
hojas. Cuando en casa se fueron acumulando demasiadas cajas de zapatos con la
morera y sus devoradores inquilinos, su padre le obligó a tirarlos a la basura.
Ante su llanto y como concesión le permitió dejarlos en el parque. Pero los
gusanos de seda no fueron a parar ni a la basura ni al parque sino al trastero
de la comunidad de vecinos ubicado bajo el hueco de las escaleras. Puede que
encontrara dificultad para visitar a su escondido tesoro o que sencillamente se
olvidara de él. Pero lo cierto es que, un día, cuando el vecino del bajo, tras
escuchar sinuosos ruidos en el descansillo, abrió el trastero, cientos de
mariposas blancas salieron volando de allí. Él, ante las regañinas y las quejas
de los demás, se sintió feliz, muy feliz.
Muchos años después y tras un largo recorrido de
vertiginosos descalabros, cuando su vida estaba anclada en la soledad y en el
fracaso, recordó aquel episodio y supo cómo marcharse de esta vida sin hacer
apenas ruido, convertido de gusano en mariposa.
COBARDÍA JUSTIFICADA JUAN SANTOS
Dicen que de los cobardes nunca se ha escrito nada, pero eso
se va a acabar porque yo mismo pienso escribir hoy, el comportamiento de un
amigo mío que, a pesar de su cobardía, muchos le tienen envidia.
Se trata de mi amigo Ramón. Antes de casarse, era un tío
normal, incluso más valiente y decidido que muchos de nosotros. Fue el primero
que se dejó el bigote, el primero que se compró la moto y el que le echó huevos
para ligarse a la chica más guapa del grupo. Esa que a todos nos atraía, pero que
nos faltaba valor para decírselo y, por ser unos gallinas, acabamos echándonos
una novia del montón.
Pero fue casarse y cambió de la noche a la mañana. Dejó de
juntarse con nosotros y de relacionase con su familia y hasta de ir al fútbol.
No sabemos qué le pasa, pero la guapa de su mujer lo tiene acobardado. Ella es
la que corta el bacalao y el pobre no se atreve ni a rechistar. Ni si quiera en
cosas tan básicas como que le permita tomarse unas cañas con sus amigos.
Ayer me lo encontré en la calle e intenté abrirle los ojos.
―Amigo Ramón, nos acordamos
mucho de ti. Tienes que recuperar tu identidad y la valentía de tu juventud.
―Qué más quisiera yo. Pero cuando intento ponerme en mi
sitio, ella me saca las uñas y lo peor de todo, se cierra de piernas y no hay
quien se las abra.
―Chico, tú verás, pero te estás perdiendo muy buenos
momentos de la vida.
―Tal vez, pero te aseguro que, a pesar de todo, soy feliz
con mi mujer.
―Pues no lo entiendo.
―No debiera darte explicaciones, sólo te aseguro que mi
mujer es una fiera en la cama.
TORREVIEJA O MALDIVAS MANUEL
GIL
No creas, en el fondo me da pena y no debería. Él se ha
portado como lo que es, un trepa desleal, pero se me puede argumentar que la
última palabra la tuve yo y decidí lo que decidí.
Cuando ha saltado la bomba con la noticia, Dora, que la
ha escuchado en la radio, ha seguido con lo que estaba haciendo sin levantar la
vista, antes muerta que darme la razón, pero tiempo vendrá en que lo haga y que
sepa valorar lo que ha pasado.
No puedo dejar de pensar en el momento en que tomé la
decisión y sí, admito que fue por pura cobardía. Tantos años mano derecha de
los jefes, antes del padre y después del hijo. Cambiando en función de los
tiempos. Cuando empecé era una revolución el fax y he ido adaptándome a las
nuevas tecnologías, algo, que me producía mucho miedo, pero que fui venciendo
con voluntad y entrega. Cada cambio de programa de gestión, cada innovación era
un reto que no me dejaba dormir, hasta que acababa dominándolo. Siempre había
sido así.
Y llegó la oportunidad: una empresa puntera, creada por
un emprendedor joven con el que tuve tratos en mi puesto actual, me ofreció un
cargo de alto ejecutivo. La empresa estaba diseñada para competir en su terreno
con las técnicas digitales más depuradas y punteras con intervención de la IA y
con una ramificación en redes sociales que abarcaba todo lo que pudiera
abarcarse. La entrevista con el emprendedor, un Cayetano de libro, pero que
derrochó conmigo toda la amabilidad y confianza, fue bien: el sueldo magnífico,
la responsabilidad alta, pero según él nada muy distinto a lo que yo estaba
acostumbrado.
No me faltaba tanto para la jubilación, un cambio me
dejaría sin la antigüedad. Miré los programas, estudié las funciones a
realizar, lo que tendría que aprender y me asustó. Dora discutió acaloradamente
conmigo, me tachó de pusilánime y cobarde, me echó en cara la falta de ambición
y me sumergió más profundamente aún en el mar de dudas que ya me acuciaba.
Tras mucha lucha conmigo mismo, decidí no cambiar, temía
no dar la talla. Cuando di la respuesta Gabriel de la Gándara y Cifuentes, que
así se llamaba quien pretendía ser mi jefe, dijo no entenderme por desperdiciar
esa oportunidad, y que lo sentía por saber de mi valía, confesándome además que
alguien se había postulado y ¡oh, sorpresa! había sido Ernesto, mi compañero,
que iba detrás de mí en el organigrama de mi empresa, que no sé cómo supo del
asunto. Así que a los pocos días estaba ejerciendo en su flamante nuevo
destino.
Dora se ha tirado días sin hablarme, lo último que me
dijo es que la mujer de Ernesto a la que conocíamos de algunas celebraciones de
empresa, le había dicho que este año irían en verano a Maldivas. “Y nosotros
qué Torrevieja ¿no? Para variar”, comentó, con gesto torcido.
No tuve mucha suerte, no sé con qué criterio mi empresa
hizo una remodelación y se me ha ofrecido prejubilación o pasar al paro. Mi
cobardía me pesa, cuando lo pienso, como una losa de granito.
Pero hoy soy feliz, sí, soy feliz de haber sido un
cobarde. Hoy toda la prensa se hace eco de una monumental estafa de la empresa
del Cayetano, que no ha podido ser localizado porque está de viaje en Islas
Caimán y la persona apoderada por él que firmó todos los movimientos
financieros ha sido detenido y pesan sobre él acusaciones graves, un tal
Ernesto, un trepa al que se le augura una larga temporada, no al sol del
Maldivas, sino a la sombra de Soto del Real. Estoy loco por decirle a Dora si
prefiere Maldivas o Torrevieja.
OPCIONES ANTONIO
LLOP
Mi felicidad se basaba en la resignación de la espera.
Primero en las discotecas cuando iba con mis amigos. Mientras ellos elegían a
las chicas más guapas para bailar, yo aguardaba a que quedaran las menos
agraciadas para invitarlas. ¿Qué Toni ya has bailado con tu fea? Me preguntaban
con sorna. La segunda espera se producía en el cine donde iba solo. Para evitar
que alguien se sentara a mi lado en las sesiones no numeradas aguardaba casi
hasta el comienzo de la película. Cuando las luces iban ya a apagarse me
sentaba en una de las filas que había quedado vacía, que solían ser de las más
cercanas a la pantalla.
Un día estaba viendo una peli de romanos de la que no
recordaba el título, aunque eso era lo que menos me preocupaba. Yo lo que quería
era estar tranquilo y que el mundo pasara por mi vista sin meterme en
problemas. Cuando ya estaba sentado alguien rezagado se incorporó en la fila de
delante a la mía. Por el perfil al trasluz era una chica con gafas y pelo ensortijado.
Lo primero que pensé fue que era miope o quería aislarse todavía más que yo. Al
rato empezó a tocarse el cuello y deslizarse hacia abajo para levantar la
cabeza. Se la veía incómoda en su posición.
Ya pasaban los títulos del final cuando antes de llegar al
descanso para continuar con el programa doble me aventuré a dirigirme a ella.
-La fila cuarta es demasiado cercana a la pantalla. Si me
permites el consejo elige alguna fila más atrás.
Se encendieron las luces y la chica me miró. Era preciosa.
Sus ojos verdes chispeaban tras unas gafas de montura metálica. Su cuello
emergía entre restos de pelo rizado recogido atrás de forma apresurada pero
graciosa. Me sonrió y se levantó. Dio la vuelta a su fila y se acercó a mi
posición. Quedé impactado. Me había lanzado a hablarla porque en la oscuridad
me había parecido fea y rara, como yo. Se sentó a mi lado.
-Gracias por tu consejo. Y perdona si te he incomodado al
entrar. Es que me decidí a última hora a venir al cine y no sabía dónde
sentarme. Mañana tengo un examen y ya estaba harta de estudiar. Por cierto, ¿sabes
qué peli viene ahora? –me preguntó.
-Sí, una del oeste: “El bueno el feo y el malo”. Me han dicho
que es un peliculón –contesté algo aturullado.
Con una sonrisa pícara me preguntó:
-¿Y tú a cuál de los tres te pides?
-Yo al malo. Y ¿tú?
-Yo al feo. No sé por qué pero me gustan las personas poco
agraciadas físicamente.
-Entonces tengo muchas posibilidades de ser tu amigo
–manifesté ya más confiado.
Tras la película nos dijimos nuestros nombres, comentamos las
escenas más impactantes y los dos coincidimos en nuestros gustos. Antes de
despedirnos me dio su número de teléfono.
-Lo de feo te lo admito porque tú lo que quieres es que yo te
diga que no lo eres. Pero lo de malo espero que me lo hayas dicho en broma. Si
no, no me llames.
La sonrisa no se me quitó en todo lo que quedaba de tarde. Estaba
en una nube. Si me hubieran visto mis amigos… ¡Qué suerte había tenido al conocer
a una chica tan bella e inteligente! Esa noche la volví a encontrar en mis
sueños, que es el lugar donde me siento más a gusto.
Ahora solo me queda vencer mi timidez y atreverme a llamarla
en la realidad. No querría quedar como un hombre malo.