06/06/2025

REFUGIO ANTIAÉREO DE CIMAVILLA


Nuestra historia no debe ser sepultada por el paso del tiempo, aunque, como en este caso, sea necesario recuperar espacios, justo ahí, bajo tierra.

Nos referimos a un refugio antiaéreo, en la ciudad de Gijón. En plena guerra civil salvó la vida de muchas personas, con la ciudad absolutamente asediada y bombardeada.


Después de unos años de licitaciones y trabajos, parece que el proyecto de apertura se hace realidad y ya es inminente.

Yo os dejo dos artículos, el primero para que os hagáis una breve idea del lugar, y el segundo para conocer los proyectos de uso que se piensa dar a este espacio.

https://www.lavozdeasturias.es/noticia/gijon/2018/07/23/gran-refugio-antiaereo-bajo-cimavilla/00031532346247661930377.htm

https://www.lne.es/gijon/2025/06/07/recuperacion-bateria-alta-cimavilla-encara-118345512.html

LA FELICIDAD DEL COBARDE 1

ALAS DE GUSANO                                          MARÍA ISABEL RUANO

Era apenas un adolescente, pero la rebeldía estaba instalada en su pensamiento mucho antes de cumplir los doce años. Podría incluso decirse que lo estaba desde que nació.

Lloraba por todo y comía fatal. Escupía la comida al rostro de todo aquel que intentara introducir un sabor nuevo en su plato. Si le decían que parara, él se movía más, si le regañaban, les hacía burla y si le castigaban empezaba a fraguar en su mente la siguiente fechoría.

De esta manera podía arrancar los pelos a la muñeca preferida de su hermana, cortar las servilletas bordadas por su abuela y tirarlas al patio de vecinos, esconder la cartera a su padre o poner la zancadilla a cualquiera que le mirara mal.

Llegado el momento de confesar las fechorías, un ligero temblor del labio inferior y el sincero amago de ponerse a llorar, le delataban.

Era muy rápido en todo, incluso en el aprendizaje escolar del que pronto empezó a aburrirse; corría mucho, agilidad que le permitía escapar airoso de sus perseguidores y dormía poco y mal por lo que se levantaba en medio de la noche y se ponía a hacer ruido jugando con los camiones.

Durante las vacaciones en el pueblo siempre terminaba lleno de magulladuras y heridas. En cierta ocasión, por jugar, solo por jugar, se metió en un gallinero y consiguió que todas las aves salieran despavoridas. A la dueña le costó varios días recuperar algunas y a su familia pagar el resto. En otra ocasión, tirando piedras en medio de la calle, y sólo por tirarlas, le dio a una niña en la oreja y no solo le aboyó el pendiente de oro, sino que estuvo a punto de matarla. Por mucho que corrieron detrás de él no consiguieron encontrarle hasta bien entrada la noche.

“Son cosas de niño”, le justificaba siempre su madre. “Travieso” añadía el padre cuando venían a reclamar alguna de sus travesuras. “Malo”, pensaba la hermana, “divertido” le consideraban los amigos e “insufrible” los vecinos. “Raro”, era como se sentía él. Diferente a los demás. Por mucho que cruzaba las manos para rezar a ese Jesús tan lleno de heridas como él, por mucho que cerrara los ojos y prometiera ser bueno y obediente, sentía que su plegaria no llegaba a ninguna parte, que no podía evitar las ingeniosas travesuras. Así, en el recreo, no perdía ocasión de levantar la falda a las niñas, hacer trampas con las canicas, robar algún cromo e incluso algunas monedas conforme fue creciendo.

“Cosas de niño” seguía defendiendo su madre.  Hasta que ella, un día doblegada por la enfermedad, se marchó de este mundo y él se sintió más desamparado que nunca.

Hubo una época en la que se pusieron de moda los gusanos de seda y los niños rivalizaban por ellos y asolaban las moreras en busca de sus hojas. Cuando en casa se fueron acumulando demasiadas cajas de zapatos con la morera y sus devoradores inquilinos, su padre le obligó a tirarlos a la basura. Ante su llanto y como concesión le permitió dejarlos en el parque. Pero los gusanos de seda no fueron a parar ni a la basura ni al parque sino al trastero de la comunidad de vecinos ubicado bajo el hueco de las escaleras. Puede que encontrara dificultad para visitar a su escondido tesoro o que sencillamente se olvidara de él. Pero lo cierto es que, un día, cuando el vecino del bajo, tras escuchar sinuosos ruidos en el descansillo, abrió el trastero, cientos de mariposas blancas salieron volando de allí. Él, ante las regañinas y las quejas de los demás, se sintió feliz, muy feliz.

Muchos años después y tras un largo recorrido de vertiginosos descalabros, cuando su vida estaba anclada en la soledad y en el fracaso, recordó aquel episodio y supo cómo marcharse de esta vida sin hacer apenas ruido, convertido de gusano en mariposa.


 

COBARDÍA JUSTIFICADA                                JUAN SANTOS

Dicen que de los cobardes nunca se ha escrito nada, pero eso se va a acabar porque yo mismo pienso escribir hoy, el comportamiento de un amigo mío que, a pesar de su cobardía, muchos le tienen envidia.

Se trata de mi amigo Ramón. Antes de casarse, era un tío normal, incluso más valiente y decidido que muchos de nosotros. Fue el primero que se dejó el bigote, el primero que se compró la moto y el que le echó huevos para ligarse a la chica más guapa del grupo. Esa que a todos nos atraía, pero que nos faltaba valor para decírselo y, por ser unos gallinas, acabamos echándonos una novia del montón.

Pero fue casarse y cambió de la noche a la mañana. Dejó de juntarse con nosotros y de relacionase con su familia y hasta de ir al fútbol. No sabemos qué le pasa, pero la guapa de su mujer lo tiene acobardado. Ella es la que corta el bacalao y el pobre no se atreve ni a rechistar. Ni si quiera en cosas tan básicas como que le permita tomarse unas cañas con sus amigos.

Ayer me lo encontré en la calle e intenté abrirle los ojos.

Amigo Ramón, nos acordamos mucho de ti. Tienes que recuperar tu identidad y la valentía de tu juventud.

―Qué más quisiera yo. Pero cuando intento ponerme en mi sitio, ella me saca las uñas y lo peor de todo, se cierra de piernas y no hay quien se las abra.

―Chico, tú verás, pero te estás perdiendo muy buenos momentos de la vida.

―Tal vez, pero te aseguro que, a pesar de todo, soy feliz con mi mujer.

―Pues no lo entiendo.

―No debiera darte explicaciones, sólo te aseguro que mi mujer es una fiera en la cama.

 

 


 

 

TORREVIEJA O MALDIVAS                                                    MANUEL GIL

 

No creas, en el fondo me da pena y no debería. Él se ha portado como lo que es, un trepa desleal, pero se me puede argumentar que la última palabra la tuve yo y decidí lo que decidí.

 

Cuando ha saltado la bomba con la noticia, Dora, que la ha escuchado en la radio, ha seguido con lo que estaba haciendo sin levantar la vista, antes muerta que darme la razón, pero tiempo vendrá en que lo haga y que sepa valorar  lo que ha pasado.

 

No puedo dejar de pensar en el momento en que tomé la decisión y sí, admito que fue por pura cobardía. Tantos años mano derecha de los jefes, antes del padre y después del hijo. Cambiando en función de los tiempos. Cuando empecé era una revolución el fax y he ido adaptándome a las nuevas tecnologías, algo, que me producía mucho miedo, pero que fui venciendo con voluntad y entrega. Cada cambio de programa de gestión, cada innovación era un reto que no me dejaba dormir, hasta que acababa dominándolo. Siempre había sido así.

 

Y llegó la oportunidad: una empresa puntera, creada por un emprendedor joven con el que tuve tratos en mi puesto actual, me ofreció un cargo de alto ejecutivo. La empresa estaba diseñada para competir en su terreno con las técnicas digitales más depuradas y punteras con intervención de la IA y con una ramificación en redes sociales que abarcaba todo lo que pudiera abarcarse. La entrevista con el emprendedor, un Cayetano de libro, pero que derrochó conmigo toda la amabilidad y confianza, fue bien: el sueldo magnífico, la responsabilidad alta, pero según él nada muy distinto a lo que yo estaba acostumbrado.

 

No me faltaba tanto para la jubilación, un cambio me dejaría sin la antigüedad. Miré los programas, estudié las funciones a realizar, lo que tendría que aprender y me asustó. Dora discutió acaloradamente conmigo, me tachó de pusilánime y cobarde, me echó en cara la falta de ambición y me sumergió más profundamente aún en el mar de dudas que ya me acuciaba.

 

Tras mucha lucha conmigo mismo, decidí no cambiar, temía no dar la talla. Cuando di la respuesta Gabriel de la Gándara y Cifuentes, que así se llamaba quien pretendía ser mi jefe, dijo no entenderme por desperdiciar esa oportunidad, y que lo sentía por saber de mi valía, confesándome además que alguien se había postulado y ¡oh, sorpresa! había sido Ernesto, mi compañero, que iba detrás de mí en el organigrama de mi empresa, que no sé cómo supo del asunto. Así que a los pocos días estaba ejerciendo en su flamante nuevo destino.

 

Dora se ha tirado días sin hablarme, lo último que me dijo es que la mujer de Ernesto a la que conocíamos de algunas celebraciones de empresa, le había dicho que este año irían en verano a Maldivas. “Y nosotros qué Torrevieja ¿no? Para variar”, comentó, con gesto torcido.

 

No tuve mucha suerte, no sé con qué criterio mi empresa hizo una remodelación y se me ha ofrecido prejubilación o pasar al paro. Mi cobardía me pesa, cuando lo pienso, como una losa de granito.

 

Pero hoy soy feliz, sí, soy feliz de haber sido un cobarde. Hoy toda la prensa se hace eco de una monumental estafa de la empresa del Cayetano, que no ha podido ser localizado porque está de viaje en Islas Caimán y la persona apoderada por él que firmó todos los movimientos financieros ha sido detenido y pesan sobre él acusaciones graves, un tal Ernesto, un trepa al que se le augura una larga temporada, no al sol del Maldivas, sino a la sombra de Soto del Real. Estoy loco por decirle a Dora si prefiere Maldivas o Torrevieja.

 

OPCIONES                                                                  ANTONIO LLOP         

Mi felicidad se basaba en la resignación de la espera. Primero en las discotecas cuando iba con mis amigos. Mientras ellos elegían a las chicas más guapas para bailar, yo aguardaba a que quedaran las menos agraciadas para invitarlas. ¿Qué Toni ya has bailado con tu fea? Me preguntaban con sorna. La segunda espera se producía en el cine donde iba solo. Para evitar que alguien se sentara a mi lado en las sesiones no numeradas aguardaba casi hasta el comienzo de la película. Cuando las luces iban ya a apagarse me sentaba en una de las filas que había quedado vacía, que solían ser de las más cercanas a la pantalla.

Un día estaba viendo una peli de romanos de la que no recordaba el título, aunque eso era lo que menos me preocupaba. Yo lo que quería era estar tranquilo y que el mundo pasara por mi vista sin meterme en problemas. Cuando ya estaba sentado alguien rezagado se incorporó en la fila de delante a la mía. Por el perfil al trasluz era una chica con gafas y pelo ensortijado. Lo primero que pensé fue que era miope o quería aislarse todavía más que yo. Al rato empezó a tocarse el cuello y deslizarse hacia abajo para levantar la cabeza. Se la veía incómoda en su posición.

Ya pasaban los títulos del final cuando antes de llegar al descanso para continuar con el programa doble me aventuré a dirigirme a ella.

-La fila cuarta es demasiado cercana a la pantalla. Si me permites el consejo elige alguna fila más atrás.

Se encendieron las luces y la chica me miró. Era preciosa. Sus ojos verdes chispeaban tras unas gafas de montura metálica. Su cuello emergía entre restos de pelo rizado recogido atrás de forma apresurada pero graciosa. Me sonrió y se levantó. Dio la vuelta a su fila y se acercó a mi posición. Quedé impactado. Me había lanzado a hablarla porque en la oscuridad me había parecido fea y rara, como yo. Se sentó a mi lado.

-Gracias por tu consejo. Y perdona si te he incomodado al entrar. Es que me decidí a última hora a venir al cine y no sabía dónde sentarme. Mañana tengo un examen y ya estaba harta de estudiar. Por cierto, ¿sabes qué peli viene ahora? –me preguntó.

-Sí, una del oeste: “El bueno el feo y el malo”. Me han dicho que es un peliculón –contesté algo aturullado.

Con una sonrisa pícara me preguntó:

-¿Y tú a cuál de los tres te pides?

-Yo al malo. Y ¿tú?

-Yo al feo. No sé por qué pero me gustan las personas poco agraciadas físicamente.

-Entonces tengo muchas posibilidades de ser tu amigo –manifesté ya más confiado.

Tras la película nos dijimos nuestros nombres, comentamos las escenas más impactantes y los dos coincidimos en nuestros gustos. Antes de despedirnos me dio su número de teléfono.

-Lo de feo te lo admito porque tú lo que quieres es que yo te diga que no lo eres. Pero lo de malo espero que me lo hayas dicho en broma. Si no, no me llames.

La sonrisa no se me quitó en todo lo que quedaba de tarde. Estaba en una nube. Si me hubieran visto mis amigos… ¡Qué suerte había tenido al conocer a una chica tan bella e inteligente! Esa noche la volví a encontrar en mis sueños, que es el lugar donde me siento más a gusto.

Ahora solo me queda vencer mi timidez y atreverme a llamarla en la realidad. No querría quedar como un hombre malo.