25/06/2026

SESIÓN CONTINUA 2

 

EL GRAN COMUNICADOR                                                                           ARACELI DEL PICO

 

  Ayer ha hecho cuarenta y cinco años que no está con nosotros. Sí, no está. Pero nunca se ha ido. Su presencia sigue iluminando cada rincón de mi casa y sus dichos y anécdotas por una causa u otra, repiquetean en mis oídos, con suavidad y acierto. Y es fácil que por ser el día que es, su esencia se haga más palpable. Y recuerdo que…

 

Mariquilla, abrevia. Es jueves y hay que salir pitando, que luego hay cola y te quejas de estar tanto tiempo de pie.

 

  Este era el empuje, que mi padre daba a mi madre, para que soltara sus quehaceres cuanto antes. Los jueves era fémina. Y el cine costaba una peseta, quizá dos, más barato. Detalle a tener presente, habida cuenta que la economía no era boyante. Ese día se cenaba muy pronto, para ir al cine de barrio más próximo, y ver “las películas de la semana” siempre sesión doble. Mis padres satisfacían el deseo, casi pasional de ir al cine. Ese deseo se lo había transmitido, mi padre a mi madre. Ella lo conservó. Curioso era oírles sus diferentes opiniones. Su compenetración era total. Pero los gustos en tal campo, diferían por completo

 

  Él, lo tenía desde muy joven y siempre confesó que fue su único vicio. Esta devoción, le llevó a desarrollar una serie de fetichismos, tales como ir siempre a la inauguración de cualquier cine de Madrid, estuviera en la zona que fuera. Si el estreno le había interesado (las películas, por aquel entonces, se mantenían durante mucho tiempo), volvía a verlas al cabo del año.

 

  La época de mi niñez y posterior adolescencia, estaba envuelta en un gris oscuro, donde las prohibiciones se imponían por cualquier causa. Y el cine no iba a estar exento. Un cartel, más grande que el título de la película, decía: “Prohibida, solo para mayores de edad” dependiendo del juicio aplicado por los censores, que era más rancio que un tocino caducado tiempo atrás.

 

   Comencé a gestionar mis primeros pasos, por los pasillos del cine Usera, de la mano en muchas ocasiones de Pepe, el acomodador. Tambaleante, silenciosa y dócil, miraba la gran pantalla, sin entender nada, salvo las pelis de dibujos animados donde no me permitía ni pestañear. Me sentaba en el suelo y el suelo y yo éramos uno. De allí, salieron mis primeros amigos, Tom y Jerry, Pluto, Blanca Nieves y sus siete enanitos y muchos más. Soy buena conservando amigos. Peinando canas, aún nos felicitamos por Navidad.

 

  Pero el gran comunicador, que era el cine, estaba vetado para una adolescente, que no podía ver aquello prohibido para su edad. Y me quedaba en casa, rodeada de libros, así menguaba la frustración de no poder disfrutar determinadas películas.

 

  Sin embargo, había otro Gran Comunicador, más explícito que el cine. Mi Padre. Que, al día siguiente de haber visto el film elegido, me lo contaba con pelos y señales, mientras barnizaba a muñequilla con primor, el mueble que tenía que entregar. Elegía un lenguaje delicado y limpio y me hacía llegar el argumento con claridad. Mi interés crecía en cada frase que empleaba. Y así me acercaba a la gran pantalla y yo veía a través de sus explicaciones, hasta el tono verde de los prados, el polvo que levantaban los caballos y como no, el color de los ojos de los protagonistas. Y hasta sentía un atisbo de enamoramiento, cuando se despertaba la naturaleza entre los actores.

 

  De tal modo, que cuando tiempo después tuve acceso a ver aquello, prohibido en su momento, como, CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO, SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS, ESPLENDOR EN LA HIERBA, y tantas otras, era para mí como volver al pasado y redescubrir lo que en su día disfruté. Si bien es cierto que la primera versión, sin duda, me gustó más. Era más nítida y vibrante.

 

 Esa pasión heredada por el cine, sigue siendo mi debilidad. Tengo muchas y todas arraigadas en mi naturaleza. Pero el séptimo arte, como dieron en llamarle, sigue siendo la primera. A veces rivaliza con el teatro. Solo a veces.

 

  Pero… si yo no hubiera aprendido a caminar por esos largos pasillos de la mano de Pepe, el acomodador, ¿andaría ahora igual de resuelta?  Alas me ponen en los pies, cuando necesito ver algo que me interesa.

 

  ¿Sería mi nombre el mismo? También se lo debo al cine.

 

  Y también sé, que escondido y zascandileando entre las estrellas, aquel que se fue hace cuarenta y cinco años, estará de charla con cualquiera de las que no están y brillaron en la gran pantalla. Y seguro que les dirá: no tuviste el éxito que esperabas en aquella película por esto, por esto y por esto otro. No te preocupes, todo no fue culpa tuya, el guion era flojo y el director un papanatas. Ya bien claro lo dejó ver Billy Wilder en, con “FALDAS Y A LO LOCO” … Y ese, casi, sí que era perfecto.

 

  Y ellas y ellos, le escucharán embobados.


 

UN VAQUERO SOLITARIO                               JUANA DOMÍNGUEZ

 

El cine llegó a mi vida solo los fines de semana, dos sesiones, tarde y noche. Las noches eran para los mayores. Pero alguna vez fui con mi padre al gallinero, un piso alto con entrada diferente al patio de butacas. Los asientos eran unas gradas escalonadas de cemento donde nos sentábamos directamente. Allí iban los más jóvenes y los que tenían menos dinero, mi padre era muy amigo del dueño, y tío Sandalio nos dejaba entrar gratis si iba con él.

 

A la sesión de tarde iba con mis amigas. Dos cincuenta costaba la entrada si queríamos ver la película, y entre todas comprábamos pipas, con lo que nos quedaba de la paga. Era lo que teníamos. Muchas ilusiones y poco poder adquisitivo.

 

En una sesión de noche, sentada en el frío cemento con 18 años, una peli extranjera, la primera que veía, me cautivo (Los Violentos de Kelly). Hasta entonces, Marisol, Joselito y alguna folclórica habían sido los protagonistas que nos entretenían.

 

No sé si la película tendrá premios o no, pero a mí el desparpajo de cinco locos dispuestos a que les pegaran más de un tiro y que lograrán sacar el oro escondido, me sedujo.

 

La tuvieron en cartel más de una semana, y creo que la vi tres veces. Si el cine hubiese sido de sesión continua me hubiera quedado embobada toda la tarde, es lo más parecido a una doble sesión que yo haya vivido.

 

Entre un pase y otro yo creaba mi propia película. Me escondía dentro del tanque y acompañaba al actor rubio, con cara de sinvergüenza, a guardar la puerta del banco. Era la única mujer de la película. Qué orgullosa me sentía de robar tanto lingote de oro escondido. ¡Cuántas cosas podría hacer con mi parte! La ilusión y la fantasía desbordada llenaban mi ignorancia.

 

Qué joven era entonces Clint Eastwood, y qué memorable su trayectoria. No sé cuantas veces le he visto de protagonista en películas de vaqueros, rodadas en nuestro desértico país; si reponen Mula o el Gran Torino, nunca me las pierdo.

 

Le sigo siempre que veo algo suyo en el cine o en la tele. Es algo impreciso e interno lo que me infunde su presencia en el cine. No es un actor de los idílicos de Hollywood, no es guapo como Marlon Brando ni Robert Redford, pero ese aire de personaje que sabe por dónde anda, es algo que me provoca admiración.

 

Las películas de guerra suelen ser crueles. Ésta se parece más a una comedia rebelde. En el cine las situaciones son mágicas o poco creíbles, aunque algunas veces son más suaves que la triste realidad.

 

A mí, me causó tanto impacto que aún la tengo en la retina y en la memoria.



 

PLANO SECUENCIA                                                    SANTIAGO J. MARTÍN

 

-          ¿Un beso? Para. Esta noche, espera a la noche.

No le hagas caso. Te miente. En este mundo todo es impostura. Halagos llenos de cinismo y falsedad. No te quiere. No la quieres. No te fíes de esa sonrisa lánguida y pecaminosa. Controla la situación, por favor. ¿No ves que sobre actúa?

Te equivocas. Es sincera. Y es cierto, esta noche nos veremos en casa. No entiendo la vida sin ella. Reconozco que no comprendo demasiado bien la existencia a partir de las siete de la tarde sin una copa de whisky y un cigarrillo. Le haré una propuesta tentadora, irrechazable.

-          Mi vida, llámame si no vienes a cenar. He comprado una botella de Brassfield 2019. ¿Recuerdas?

-          Cuenta conmigo. Nunca te fallo.

Ya, como la última vez. Te bebiste el tinto y otra de Gewurztraminer. Te quedarás solo, idiota. Vendrá con la ropa interior en el bolso, en el mejor de los casos. Eres un seguro de vida para una funambulista con vértigo. Déjalo ya. Salte del guion.

Sus explicaciones nunca me han sonado a excusas. No miente. Es suave, sincera, clara. Se equivoca, como todo el mundo, pero me quiere. No está interpretando. Tengo que estar ahí.

-          ¿Prefieres que vaya a buscarte al Bulevar?

-          No seas pesado. Ten cuidado con la silla de ruedas. Recuerda que falla la batería en la cuesta de atrás. Mejor quédate en casa.

Ha sido ella. Ella ha manipulado todo. Hoy será la silla, mañana el beso de despedida que te sabrá al último. Pero seguirás sin darte cuenta. Y terminarás en segundo plano.

Bobadas. Qué sabrás tú del sabor de sus besos, del olor de su pelo, del color de sus ojos cuando no la miro.

-          No te olvides de apretar el odio en la escena del granero, mi vida. Como te dije.

-          Así lo haré. Seré la reina del mundo.

Te lo está soltando. Su territorio se le hace pequeño. Te deja. Te abandona. Parece mentira que no te haya quedado claro. Eres el vehículo de su éxito…

Con tantas voces es imposible trabajar.

-          ¡¡¡¡Corten!!!!


 

LA DIOSA                                                        ANTONIO LLOP

Aquellos ojos miraban fijamente pero no llegaban a detectar la presencia de lo que les rodeaba. No eran los ojos de un ciego sino los de aquel que ha desconectado la vista de su pasado. Sus oídos tampoco conectaban con la realidad. Si no, el “¡Qué pasa chaval!” con el que yo le había saludado (y que tantas veces me dirigiera él a mí hacía mucho tiempo) hubieran provocado algún gesto en su rostro ya surcado de años. Y es que Justino, a quien había descubierto por casualidad, no parecía estar en este mundo.

Tras mi estancia de cuarenta años en Houston y mi vuelta a la casa paterna y al barrio de mi infancia estaba dándome una vuelta por la calle de Alcalá.  Aún tenía flotando en mis dedos la caricia del papel satinado de los cromos de artistas de cine, cuyo álbum acababa de repasar en mi casa heredada. Y en mi retina los carteles de mis películas preferidas que tapizaban mi habitación. En un kilómetro aproximado de esa calle estaban los tres paraísos, que yo alternaba las tardes de mi adolescencia. Hice recuento de aquella “milla mágica”, en la que fui muy feliz. Los lunes al Mundial, convertido ahora en una sala de bingo, los miércoles al Lepanto, sustituido por un salón de celebración de bodas y bautizos. Y los viernes al Aragón, mi preferido, ahora un gran supermercado. Fue a la salida de este comercio cuando vi a Justino sentado en una silla de ruedas al sol junto a su portal de toda la vida. Saludé a Sandra que estaba a su lado. Aún conservaba su pelo claro, sus labios carnosos y sus grandes ojos azules. La de veces que me la citó en los descansos de los programas dobles enseñándome su fotografía de niña. Chaval va camino de convertirse en “ella”. No sé a quién ha salido. Ninguno de mis otros hijos es tan exótico. Que me perdone mi mujer, pero creo que cuando la hice estaba pensando en la Diosa.

-Discúlpele usted si no le ha reconocido –dijo la mujer-. Mi padre tiene Alzheimer.

Le conté que trabajaba en Houston y que había venido a Madrid tras la muerte de mi madre. Que durante mi adolescencia y primera juventud había sido un espectador asiduo al cine Aragón, donde él había sido acomodador. En uno de aquellos  programas dobles de sesión continua la película de serie B era una estrenada en 1961 “El planeta fantasma” donde dos intrépidos astronautas ante un precario tablero de mandos hablaban de que volvían a la Luna. Esa peli, en esos finales de los años 70, despertó mi vocación por la ingeniería aeroespacial. Después vinieron “La Guerra de las Galaxias” en 1977 y “Alien el octavo pasajero” en el 1979. Cuando llegó “Blade Runner” en el 82 yo ya estaba en la Escuela de Ingenieros. Mi afición al cine no disminuyó, pero para entonces ya los cines de barrio habían desaparecido y tuve que visionar las películas en las salas de estreno de la Gran Vía. Añoré los primeros films que veía durante mi adolescencia en los programas dobles del Aragón y, sobre todo, el contacto con Justino, del que me llegué a hacer gran amigo.

-Será muy diferente su trabajo en Houston al que veía en las películas ¿no? –me preguntó Sandra.

-No se crea. Las buenas contratan a científicos, como asesores. Yo lo he hecho alguna vez.

Al ver al padre de aquella hermosa mujer yo ya estaba pergeñando un nuevo guion, uno entrañable para mí, que no sería interesante para ningún productor cinematográfico. Y le pedí prestado a Justino por una noche.

-Sí. Con la condición de que yo le acompañe.

Quedamos en que iría a buscarles a la 1 de esa madrugada. Media hora antes me encaminé al supermercado que había sustituido al cine Aragón a preparar la representación. El sistema de alarma que lo protegía no fue problema para alguien como yo acostumbrado a usar inhibidores de frecuencia. Con mi linterna digital me abrí paso por los pasillos flanqueados por estantes tratando de reconocer los antiguos lugares tan queridos. Ya había localizado durante mi visita de por la tarde el sitio donde antiguamente se situaba la pantalla. Era un frente de frigoríficos de aproximadamente uno cuarenta de alto. Me subí a una escalera de las que usan los reponedores y desplegué una sábana blanca de forma vertical. Después me entretuve pegando los posters de las películas que conservaba en mi habitación a lo largo del pasillo. Hecho esto salí por la puerta-ventana del almacén, por donde había entrado y me dirigí a la casa de Justino. Sandra ya me esperaba asida a la silla de ruedas de su padre, que añadía a su gesto impertérrito un rictus de desconcierto.

A pesar de que la puerta-ventana estaba casi al ras de suelo nos costó algo entrar la silla de su Justino. Ella lo cogió en brazos y me lo pasó al otro lado. Una vez dentro puse en la mano de su padre su última linterna, que yo había conservado en el cajón de mi mesilla (Toma chaval. Ya no me va a servir de nada, me dijo al conocer el final de su trabajo cuando el goteo de muerte de los cines de barrio le tocó al Aragón). En la penumbra, Justino la asió fuertemente y la barajeó alternativamente de mano a mano como si estuviera paladeando una comida deliciosa (Él no tenía problemas de movilidad en los miembros superiores solo las piernas se negaban ya a sostenerlo).

Y la encendió.

El mundo que se desplegó ante sus ojos le hizo soltar una lágrima. Con los ojos brillantes y empujada la silla por su hija recorrimos aquel pasillo. Él mismo alumbraba los carteles. Ante los estantes de conservas las figuras de Charlton Heston, Ava Gadner y David Niven nos saludaron en “55 días en Peking”. Una preciosa Julie Christie, junto a Omar Sharif con sus gorros de piel nos miraban desde uno de los frigoríficos de yogures y quesos. Más allá, ante unos estantes de fruta se anunciaba “La diligencia” con un John Wayne apuntando con un revólver. Y al final del pasillo, delante de los estantes de fruta Gary Cooper con cara seria parecía resignado ante el desafío que se le venía encima en “Solo ante el Peligro”. Cuando llegamos a la precaria pantalla que acababa de colgar accioné mi proyector digital de mano. Acto seguido y sin cuidar el volumen de la música salieron los rótulos de “Some Like It Hot” (No había podido conseguir la versión española de “Con faldas y a lo loco” en Houston). Y cuando Justino vio a la Diosa levantó la cabeza y me miró emocionado con aquella sonrisa de antes, mientras me decía pausadamente “Gracias, chaval”. Las lágrimas corrían por las mejillas de los tres.

De pronto escuchamos ruidos cerca de la puerta. Gritos indeterminados de “policía” se mezclaron con estruendos de pasos apresurados.

Pero aquello ya no nos afectaba. Seguimos viendo impertérritos a la Diosa y a sus dos compañeros. El mundo que irrumpía tras de nosotros no era el nuestro. Para nosotros aquello ya no era un supermercado, sino el mismísimo cine Aragón.