RELEVO DE
VIDA ANTONIO
LLOP
—Lo siento. Pronto seremos un hotel de cinco estrellas y
el precio de su habitación se duplicará.
—Pero el anterior director me dijo que pasara lo que
pasara me mantendrían el precio.
—El anterior director ya no está. Ahora el gerente soy yo
–concluyó el hombre con sequedad.
Aquella mañana la bruma de mis temores se hizo más
impenetrable. El señor Cañas, director del hotel donde me hospedaba, acababa de
acercarme al cuello la espada de Damocles.
Y es que ya habían pasado cuatro años desde el día en que
me levanté con la clarividencia de los elefantes viejos. Decidí que mi último
retiro sería un hotel. Tengo una relación sentimental con este tipo de
alojamientos por haber sido agente comercial durante muchos años. Sin hijos ni
familia cercana y con mi mujer recién fallecida, vendí el piso familiar y me
trasladé al recién inaugurado “Madrid Juncal”. Quería despedirme de la vida a
lo grande. Entonces, no pensé que llegaría a gastar casi todo mi dinero. Y eso
que acordé con el anterior director, el señor Abraham, una rebaja en el precio
habitual.
—Lo revisaremos anualmente a la baja –me dijo-. Su
antigüedad se premiará.
—No me ponga plazos tan largos. No sé si debo contar mi
vida en años.
No sea usted tan pesimista, señor Trujillo. La vida va y
viene.
Aquellas palabras fueron premonitorias. A los dos años de
pronunciarlas el señor Abraham, un hombre al que yo casi triplicaba la edad,
murió de un infarto de miocardio. Y yo sigo aquí, aunque si el nuevo director
cumple su amenaza dentro de poco tendré que irme y buscar una Residencia
modesta.
Durante mi tiempo de estancia en el Madrid Juncal me he
hecho amigo de todo el personal. Tengo especial predilección por Nadia, una
muchacha rumana que cuida mi habitación con mimo. Por eso me disgustaba ver un
rictus de amargura en su cara. Un día la abordé:
—Nadia, he notado que estás muy triste últimamente.
¿Tienes algún problema con el que te pueda ayudar? –pregunté ensayando la
sonrisa de mi antigua profesión.
—¡La vida!, señor Trujillo ¿Le parece a usted poco
problema?
—¡Qué me vas a decir a mí! Vine al hotel a esperar el
momento en que la vida decida dejarme. Y ya llevo cuatro años esperando.
Me miró con la condescendencia con la que los jóvenes
miran a los viejos.
—Usted espera a que la vida le deje y yo quiero que me
dejen vivir.
Me contó que había venido a España con mucha ilusión.
Creía que pronto ganaría lo suficiente para alquilar un apartamento y
establecerse aquí, pero no podía, ni siquiera juntando su sueldo con el de su
novio Paco, uno de los jardineros del hotel.
—Estamos desesperados. Yo estoy en un albergue y el sigue
con sus padres. El señor Cañas, nos paga un sueldo escaso. Dice que tiene
muchos gastos con la modernización del Madrid Juncal. Y a pesar de que me parto
el lomo tendiendo camas y limpiando habitaciones, y Paco haciendo horas extras
en el jardín no podemos irnos a vivir
juntos como es nuestro sueño. ¿Qué porvenir nos espera?
—¿Todo el problema es encontrar un alojamiento gratuito?
–le pregunté.
—Hombre, eso sería ideal. Si usted tuviera donde
alojarnos un tiempo juntaríamos dinero suficiente para dar la entrada a un piso
modesto.
-Mira, Nadia, piso ya no tengo, pero os voy a proponer
algo que quizá solucione vuestra preocupación.
Le conté que una de las varias habitaciones que me
ofrecieron durante los años de estancia en el hotel era la del anterior
director, que además usaba como despacho en una de sus piezas. Se rumoreaba que
el señor Abraham tenía un amante escondido. Un día fisgando por el cuarto
encontré una puerta condenada. No pude forzarla porque estaba atrancada por la
suciedad acumulada y por mi falta de fuerza.
—Intuyo que podría dar a otra habitación para su amante.
Una pieza que nadie conoce. Si es así podéis ocuparla con discreción hasta que
mejore vuestra situación. Yo os cubriría en lo que pudiera.
Junto a Nadia y Paco inspeccionamos esa noche el lugar.
Para entrar al despacho del anterior director no hubo problema. Ese cuarto
ahora estaba habilitado para guardar trastos y ambos tenían la llave. Tras unas
cajas de toallas y material de piscina estaba la puerta excusada. Tan pronto
Paco logró forzarla nos vino un olor a cerrado y a humedad. Cruzamos un
pasadizo estrecho y llegamos a una habitación que daba a un patio interior y
aún conservaba la antigua cama. Abrimos la ventana y la ventilamos. La pareja
se miró sonriente: No solo tenían ya el desayuno y las comidas gratis sino que
ahora también tendrían el alojamiento. Era lo justo por todo lo que el hotel
les explotaba. De esta forma pronto ahorrarían para cumplir su sueño. Solo
tendrían que disimular su salida del cuarto de los trastos y burlar al
vigilante nocturno durante un tiempo. Por otra parte, los ruidos propios de su
estancia no traspasarían el pasadizo, aparte de quedar amortiguados por las
cajas de toallas. Y la ventana que daba al patio no estaba a la vista de nadie.
Bien se había asegurado el anterior gerente.
Me abrazaron y me dieron las gracias. Quedé muy
satisfecho. Sentía que en ese momento estaba dando mi relevo vital a una pareja
que tenía toda la vida por delante. Además de experimentar una nueva emoción
(que aún estaba vivo): la de vengarme del odioso señor Cañas.
LA
GAVIOTA ARACELI
DEL PICO
El
silbido del viento acompañaba,
el
grácil vuelo de aquella gaviota de blanca pluma fina.
Subía,
bajaba y a veces descansaba, en el pico imposible de una esquina.
Giraba
la cabeza, bien curiosa. Y de nuevo ascendía y de pronto bajaba, me miraba y
parece que decía:
¿Envidias
mis idas y venidas?
Y
en torno a mi giraba,
moviendo
sus alas muy deprisa,
danzando
con donaire,
al
son del viento y la suave brisa.
Yo
estaba hipnotizada,
y
es verdad, sentía cierta envidia.
Un
golpe de salada agua
me
hizo cerrar los ojos un momento.
Sentí
una caricia, un roce suave de aquellas blancas alas. Quise volar con ella.
De
nuevo se elevó.
Y
al seguir su danza incierta con mis ojos
se
perdió en el estrecho vano de una roca.
Jamás
volví a verla.
EL VIAJE
INTERIOR DE ORVERT LATUILLE SANTIAGO
J. MARTÍN
No todos son ventajas en el oficio de un personaje de
ficción. Es más, yo diría que prácticamente todo lo que nos ocurre termina
siendo un inconveniente tras otro. Especialmente porque la vida de seres como
yo no depende de nuestra voluntad, por mucho que pueda dar esa impresión. Todo
eso no es más que el artificio del escritor. Somos simples asalariados de su
ficción.
Envidio lo que otros viven y lo deseo vehementemente. Eso
es muy común también en los humanos de carne y hueso.
Siempre me hubiera gustado ser Orvert Latuille, pero no
nací en la imaginación de Boris Vian, para mi desgracia.
A veces me pongo en su piel y noto, como él, que me
sobran los ojos. Orvert vivió en un relato de 1949, que su autor, Boris Vian,
lo tituló El amor es ciego. No voy ahora a destriparlo porque me convertiría en
un chivato, en un revienta historias, algo que no pienso ser, al menos por
voluntad propia.
En este escrito que ahora están leyendo, tengo como
misión impuesta -lo que se conoce como argumento- abrir un debate sobre la vida
interior. Debo hablar sobre los pasadizos secretos de la memoria.
No me apetece demasiado, por eso he intentado durante
unas líneas distraer la mente del autor que me está creando, mencionando a ese
hombre que convirtió su vida en un negro túnel, al sacarse los ojos. Transitó
por un mundo oscuro, lleno de verdades a tientas y luces que no valían para
nada. Va por ti, Orvert.
Moverse por cloacas y pasajes recónditos tiene un encanto
especial si eres un personaje de acción. No es mi caso.
A mí me tocó un refugio más abstracto: las palabras, las
frases lapidarias que mueven las voluntades de miles de personas.
Efectivamente, lo habrán adivinado: soy un héroe de la política. Pero
atemporal. Eso me da mucho juego. Puedo salir en historias de romanos y también
en guerras por petróleo. Veo mundo.
Aquí es donde confieso que ya estoy cansado. Menos mal,
que he podido disfrutar de aquello que llaman la erótica del poder. Después, la
vuelta al discurso, la negociación y el insulto se me hace mucho más dolorosa.
Volviendo al tema, ya que el autor no me deja que le
despiste, elijo la vida interior. Pero muy adentro. Me gustaría ser sangre que
nunca se derrame, lágrima que no se escape o, simplemente, un tendón del túnel
carpiano.
Odio el exterior. Todo lo bueno sale de dentro y se
contamina fuera. Dentro se tiene el alma, adentro se lleva el amor, de dentro
salen los mejores sentimientos.
Afuera están los peligros, las heridas, los golpes, los
gritos y también la belleza. No, no es un contrasentido. La belleza no tiene
razón de ser si no se procesa en el cerebro, dentro.
Todo está escondido, como la cantidad de cosas que habría
dicho en este relato si el escritor no me hubiera censurado, no hubiera tapado
mis palabras rudas con el supuesto equilibrio de las suyas.
Pero que se fastidie porque yo, le salgo de dentro.
BIBLIOTECA PÚBLICA JUANA DOMÍNGUEZ
El rincón era oscuro, había que mirar muy bien para distinguir la puerta semi oculta. Aquella casa tan grande y antigua estaba llena de pasillos, paralelos a las fachadas del casón, con habitaciones dispuestas a ambos lados, en los que era muy fácil perderse.
La casa y todo su contenido, lo herede de una tía, hermana de mi abuela paterna. Estaba enclavada en un valle pequeño, rodeada de pinos y prados verdes, lejos de cualquier sitio poblado, un camino de tierra llevaba hasta ella desde el pueblo de mi familia.
Siempre había escuchado historias peculiares de mi tía abuela. No tuve mucho contacto con ella mientras vivió, mi madre no le agradaba y nunca la visitábamos. En Navidad nos juntábamos con mi familia paterna, en casa de mi abuela y allí fue donde la conocí. Me pusieron su nombre, era lo único que nos unía. Esa debió ser la causa para que me dejara aquel casón.
El fin de semana siguiente a la lectura del testamento, con las llaves que me entregó el notario, y mucha curiosidad, fui hasta la casa. Di una vuelta alrededor de ella y me llamó mucho la atención que las ventanas de la planta baja que daban a la parte trasera de la casa, estuvieras tapiadas con ladrillos, Aquellas habitaciones no debían tener luz, deduje.
Poco a poco fui descubriendo todo lo que contenía aquella casa. Mi primera intención fue ponerla a la venta, estaba un poco aislada para vivir en ella, aunque podría utilizarla para fines de semana o vacaciones cortas, allí reinaba la tranquilidad y el silencio.
Un comentario de un primo de mi padre me ayudo a quedármela, “la tía siempre vivió muy bien, seguro que escondía algo de mucho valor, su marido cuando volvió de las indias debió traer oro y dinero en abundancia” (aunque entre los bienes inventariados de la herencia no figuraba ni dinero ni joyas). Seguro que eran habladurías, pero el chisme me llevo a ir descubriendo todo lo que contenía la casa.
Una habitación llena de libros, ni en cien años podría leerlos todos, me distrajo mucho tiempo intentando clasificarlos. No fue hasta tres meses después de heredarla, cuando descubrí la puerta disimulada en una esquina de la biblioteca. Estaba en la planta baja, era una de las habitaciones con las ventanas tapiadas, aunque la luz sí entraba en ella por el patio interior central de la casa.
Mi imaginación se disparó ¿habría servido la puerta para esconderse durante la guerra? como había visto en películas y leído en algún libro. Del marido de mi tía decían que se fue a la Argentina cuando acabó la contienda ¿Que habría detrás? Tenía cerradura y debía estar cerrada porque no cedía empujándola. En algún sitio estaría la llave que la abría, tenía que encontrarla, la curiosidad me podía.
La llave no apareció, tendría que forzarla. Fui por la parte trasera ¿cuál sería la ventana que daba a la habitación oculta? si rompía los ladrillos podría ver su interior ¿quién podría ayudarme? no quería contarlo a nadie de mi familia
Fue casualidad, calcule la distancia de la biblioteca y cuál sería la ventana que estaba tras la puerta cerrada y acerté. La ventana era más grande que el resto, podría haber sido una puerta pequeña alguna vez. Con mucha dificultad rompí los ladrillos, iluminé el interior con una linterna, estaba vacío no había nada. Seguí rompiendo la tapia, y cuando pude entrar me encontré en un pasillo, que se adentraba hacía la casa. Lo seguí con la sensación de hacer algo prohibido.
Terminaba en otra puerta también cerrada, en un clavo a la derecha de ella, vi una llave antigua, la inserte en la cerradura y está giró ¿Qué habría detrás? ¡No podía ser! tanto buscar para encontrarme en la habitación de los libros ¡La biblioteca tenía entrada directa! Un pasadizo, escondido tras la puerta llevaba hasta el jardín trasero, y había sido usado durante mucho tiempo, las baldosas del suelo estaban gastadas.
Mi
curiosidad aumento ¿Por qué aquella biblioteca, perdida en medio de la nada,
tenía una entrada al exterior? Tenía que
descubrir quien lo había usado y porqué en secreto. Mi tía abuela, se había
dedicado a acumular libros ¿Para quién? En algún rincón estaría la respuesta,
la encontraría. Aquel misterio tenía que tener algún sentido y yo lo iba a
descubrir.
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