22/05/2026

INFECTADOS 1

  

INFECTADO                                                                            JUAN SANTOS

Hoy me he dado cuenta de las limitaciones de la ducha.

De qué sirve el agua caliente, el gel y la esponja si hay ciertas manchas que no te las quita. Esta mañana me he tirado más de una hora, frota que te frota, por arriba y por abajo, cada centímetro de mi piel. Después me he secado y me he puesto desodorante. Ropa limpia y bien peinado me sentía una persona normal. Pero me he tenido que volver a encerrar en mi cuarto para no contaminar a mi familia. Yo me siento bien, ya no tengo síntomas, pero por prevención tengo que estar tres semanas más apartado. Todo esto se solucionaría si hubiera duchas inteligentes que limpiaran también por dentro. Que el agua y el jabón nos entrara por la boca y dando cuatro saltos, nos limpiáramos como una botella de cristal. Pero me temo que soy carnal y solo el tiempo limpiará mi efecto contaminador. Eso espero.

Hay días que odio a la ducha y no me apetece usarla, porque de qué me sirve si después no puedo acercarme a mi mujer, no puedo besar a mis hijos, ni puedo quitarme la mascarilla.


 

EL SEÑOR IRINEO                                                       ANTONIO LLOP

El día que me divorcié dejé la casa familiar y me fui a vivir a un viejo apartamento del centro de Madrid que había pertenecido a mi tía Elvira, ya fallecida. Al llegar, lo primero que vi en el portal fue una nota escrita a mano pegada con celo en la pared en la que se convocaba a una reunión de comunidad esa misma tarde en el piso del presidente, un tal Irineo. Como no tenía nada que hacer decidí asistir a la convocatoria para conocer un poco a mis vecinos.

Cuando me abrieron la puerta del piso me recibió un bofetón de olor a rancio. En el umbral, una mujer, con el pelo blanco lamido y sujeto con horquillas al cuero cabelludo, me preguntó con desconfianza quién era yo.

—Soy el sobrino de doña Elvira, que voy a vivir en su casa.

Entré a un cuarto de estar lleno de humo. Muchos de los vecinos congregados estaban fumando a pesar de la prohibición de hacerlo en espacios cerrados. A un lado de una vieja estantería un televisor de los de rayos catódicos nos miraba a todos. Me presenté y sugerí abrir la ventana que estaba cerrada para ventilar un poco el lugar. Un anciano de pelo ralo y despeinado y rostro cerúleo, calzado con zapatillas y vestido con un pijama arrugado, que interpreté sería el señor Irineo, me dijo de forma desabrida:

—Sí, hombre, con el frío que hace. Vienen por primera vez a la reunión y ya quieren darnos órdenes.

Empezó la sesión con un rosario de quejas de los vecinos más antiguos por ruidos provenientes de los más jóvenes, y las molestias por la irrupción de un inmigrante que había alquilado uno de los pisos. Por fin se abordó un tema serio: el de cambiar la caldera de carbón, que por ley habrían de cumplir antes de final de ese año. El presidente expuso su contrariedad y apuró al máximo el plazo legal para el cambio.

—El año que viene Dios dirá —sentenció ante la aquiescencia de todos.

Llegó el momento de elegir la nueva junta directiva. Para integrarme en la comunidad me presenté voluntario.

Todos me miraron de forma hostil. Con una desconfianza notable, desprovista de toda ironía, el señor Irineo espetó:

—¿Qué? Acaba usted de llegar, y ¿ya quiere hacer negocio con el cambio de caldera?

Como no había más voluntarios no tuvieron más remedio que elegirme. Pregunté por la identidad del Administrador y por la cuenta bancaria de la comunidad. Todos me miraron con hosquedad. El señor Irineo sentenció airado:

—¡Déjese de moderneces! Al mismo tiempo, me alargaba un block alabeado con anotaciones de gastos a mano y una caja de zapatos en la que junto a billetes de Banco tintineaban algunas monedas.

Subí a mi piso algo contrariado, y me encontré con mi vecina que llegaba de trabajar en ese momento. Al presentarme y verme con la caja y el block me dijo con ironía:

—No me digas que has picado.

Me invitó a entrar en su casa y me contó cómo ella también había intentado modernizar esa comunidad siendo presidenta cuando llegó. Pero había desistido porque siempre que quería hacer algo nuevo se encontraba con la oposición férrea de la vieja guardia.

—Es tiempo perdido. Yo diseñé un programita sencillo de control de cuentas y me hicieron volcar los números en el block.

—Y este señor Irineo ¿siempre está en pijama por su casa? —pregunté.

—Sí —me contestó sonriendo— nunca se sabe si va a acostarse o se acaba de levantar de la cama. Por cierto, ¿has visto el televisor?

Me contó que parecía ser que este hombre fue técnico electrónico y se dedicaba a reparar electrodomésticos. Cuando comenzaron a bajar de precio y a la gente le salía más a cuenta comprarse otro que arreglarlo la empresa donde trabajaba quebró. Ese día el señor Irineo se apeó de un mundo hostil que no apreciaba su trabajo y se recluyó en su casa. Vendió unas tierras que tenía en su pueblo y vivió de su producto hasta que consiguió su pensión por jubilación. Se había quedado con todas las piezas de repuesto que encontró para compensar la liquidación que no le dieron. Por eso aún arreglaba ese televisor de rayos catódicos con bujías, tubos y otras piezas que ya no estaban en el mercado. Y sorprendentemente en pleno siglo veintiuno aún funcionaba.

—Y ¿su esposa? 

—Ella es quien con una bolsa de red sale a comprar la comida y quien cocina. Él se pasa el día escuchando la radio o viendo esa tele.

Cuando llegó al mundo la pandemia del COVID 19 el señor Irineo no cambió de hábito. Fuimos nosotros los que tuvimos que adaptarnos al tipo de vida que él llevaba. Pero no se libró de que entrara el virus en su casa. Se infectó su esposa, que seguía saliendo a la calle con su bolsa de redecilla a comprar alimentos para los dos. No obstante, la casa cerrada debía acumular tantos virus que él parecía estar inmunizado. De hecho, nunca le vieron ir al médico. Ella murió, y él siguió sin salir, ni a comprar comida ni a vacunarse, como casi todo el mundo. Cuando el señor Irineo también falleció todos nos preguntamos si fue por el coronavirus o por inanición.

Un día de otoño de aquel año, ya pasado lo peor de la pandemia, vimos un camión de mudanzas aparcado cerca del portal y a un joven desconocido. Nos confesó que era hijo del señor Irineo y que iba a poner en venta el piso de sus padres. Esa mañana estaba trasladando algunos muebles para su casa del pueblo. Miré hacia arriba y enganchado a una polea, como el símbolo de un rancio pasado, la chepa del televisor descendía trabajosamente atada a las cuerdas de una polea.