INFECTADO JUAN
SANTOS
Hoy me he dado cuenta de las limitaciones de la ducha.
De qué sirve el agua caliente, el gel y la esponja si hay
ciertas manchas que no te las quita. Esta mañana me he tirado más de una hora,
frota que te frota, por arriba y por abajo, cada centímetro de mi piel. Después
me he secado y me he puesto desodorante. Ropa limpia y bien peinado me sentía
una persona normal. Pero me he tenido que volver a encerrar en mi cuarto para
no contaminar a mi familia. Yo me siento bien, ya no tengo síntomas, pero por
prevención tengo que estar tres semanas más apartado. Todo esto se solucionaría
si hubiera duchas inteligentes que limpiaran también por dentro. Que el agua y
el jabón nos entrara por la boca y dando cuatro saltos, nos limpiáramos como
una botella de cristal. Pero me temo que soy carnal y solo el tiempo limpiará mi
efecto contaminador. Eso espero.
Hay días que odio a la ducha y no me apetece usarla,
porque de qué me sirve si después no puedo acercarme a mi mujer, no puedo besar
a mis hijos, ni puedo quitarme la mascarilla.
EL SEÑOR
IRINEO ANTONIO
LLOP
El día que me divorcié dejé la casa familiar y me fui a
vivir a un viejo apartamento del centro de Madrid que había pertenecido a mi
tía Elvira, ya fallecida. Al llegar, lo primero que vi en el portal fue una
nota escrita a mano pegada con celo en la pared en la que se convocaba a una
reunión de comunidad esa misma tarde en el piso del presidente, un tal Irineo.
Como no tenía nada que hacer decidí asistir a la convocatoria para conocer un
poco a mis vecinos.
Cuando me abrieron la puerta del piso me recibió un
bofetón de olor a rancio. En el umbral, una mujer, con el pelo blanco lamido y
sujeto con horquillas al cuero cabelludo, me preguntó con desconfianza quién
era yo.
—Soy el sobrino de doña Elvira, que voy a vivir en su
casa.
Entré a un cuarto de estar lleno de humo. Muchos de los
vecinos congregados estaban fumando a pesar de la prohibición de hacerlo en
espacios cerrados. A un lado de una vieja estantería un televisor de los de
rayos catódicos nos miraba a todos. Me presenté y sugerí abrir la ventana que
estaba cerrada para ventilar un poco el lugar. Un anciano de pelo ralo y
despeinado y rostro cerúleo, calzado con zapatillas y vestido con un pijama
arrugado, que interpreté sería el señor Irineo, me dijo de forma desabrida:
—Sí, hombre, con el frío que hace. Vienen por primera vez
a la reunión y ya quieren darnos órdenes.
Empezó la sesión con un rosario de quejas de los vecinos
más antiguos por ruidos provenientes de los más jóvenes, y las molestias por la
irrupción de un inmigrante que había alquilado uno de los pisos. Por fin se
abordó un tema serio: el de cambiar la caldera de carbón, que por ley habrían
de cumplir antes de final de ese año. El presidente expuso su contrariedad y
apuró al máximo el plazo legal para el cambio.
—El año que viene Dios dirá —sentenció ante la
aquiescencia de todos.
Llegó el momento de elegir la nueva junta directiva. Para
integrarme en la comunidad me presenté voluntario.
Todos me miraron de forma hostil. Con una desconfianza
notable, desprovista de toda ironía, el señor Irineo espetó:
—¿Qué? Acaba usted de llegar, y ¿ya quiere hacer negocio
con el cambio de caldera?
Como no había más voluntarios no tuvieron más remedio que
elegirme. Pregunté por la identidad del Administrador y por la cuenta bancaria
de la comunidad. Todos me miraron con hosquedad. El señor Irineo sentenció
airado:
—¡Déjese de moderneces! Al mismo tiempo, me alargaba un
block alabeado con anotaciones de gastos a mano y una caja de zapatos en la que
junto a billetes de Banco tintineaban algunas monedas.
Subí a mi piso algo contrariado, y me encontré con mi
vecina que llegaba de trabajar en ese momento. Al presentarme y verme con la
caja y el block me dijo con ironía:
—No me digas que has picado.
Me invitó a entrar en su casa y me contó cómo ella
también había intentado modernizar esa comunidad siendo presidenta cuando
llegó. Pero había desistido porque siempre que quería hacer algo nuevo se
encontraba con la oposición férrea de la vieja guardia.
—Es tiempo perdido. Yo diseñé un programita sencillo de
control de cuentas y me hicieron volcar los números en el block.
—Y este señor Irineo ¿siempre está en pijama por su casa?
—pregunté.
—Sí —me contestó sonriendo— nunca se sabe si va a
acostarse o se acaba de levantar de la cama. Por cierto, ¿has visto el
televisor?
Me contó que parecía ser que este hombre fue técnico
electrónico y se dedicaba a reparar electrodomésticos. Cuando comenzaron a
bajar de precio y a la gente le salía más a cuenta comprarse otro que
arreglarlo la empresa donde trabajaba quebró. Ese día el señor Irineo se apeó
de un mundo hostil que no apreciaba su trabajo y se recluyó en su casa. Vendió
unas tierras que tenía en su pueblo y vivió de su producto hasta que consiguió
su pensión por jubilación. Se había quedado con todas las piezas de repuesto que
encontró para compensar la liquidación que no le dieron. Por eso aún arreglaba
ese televisor de rayos catódicos con bujías, tubos y otras piezas que ya no
estaban en el mercado. Y sorprendentemente en pleno siglo veintiuno aún
funcionaba.
—Y ¿su esposa?
—Ella es quien con una bolsa de red sale a comprar la
comida y quien cocina. Él se pasa el día escuchando la radio o viendo esa tele.
Cuando llegó al mundo la pandemia del COVID 19 el señor
Irineo no cambió de hábito. Fuimos nosotros los que tuvimos que adaptarnos al
tipo de vida que él llevaba. Pero no se libró de que entrara el virus en su
casa. Se infectó su esposa, que seguía saliendo a la calle con su bolsa de
redecilla a comprar alimentos para los dos. No obstante, la casa cerrada debía
acumular tantos virus que él parecía estar inmunizado. De hecho, nunca le
vieron ir al médico. Ella murió, y él siguió sin salir, ni a comprar comida ni
a vacunarse, como casi todo el mundo. Cuando el señor Irineo también falleció
todos nos preguntamos si fue por el coronavirus o por inanición.
Un día de otoño de aquel año, ya pasado lo peor de la
pandemia, vimos un camión de mudanzas aparcado cerca del portal y a un joven
desconocido. Nos confesó que era hijo del señor Irineo y que iba a poner en
venta el piso de sus padres. Esa mañana estaba trasladando algunos muebles para
su casa del pueblo. Miré hacia arriba y enganchado a una polea, como el símbolo
de un rancio pasado, la chepa del televisor descendía trabajosamente atada a
las cuerdas de una polea.