28/03/2025

LA BATALLA 1

 

UNA BATALLA PERDIDA                                            ANTONIO LLOP

¿Cómo describir la angustia con palabras? ¿La esperanza constantemente defraudada?

Y sin embargo, Luis tenía que entrar en ese terreno doloroso para reivindicarse, para curar esta culpabilidad retardada que ahora le ataca con saña.

Fueron varios años de lucha contra un feroz enemigo que ni siquiera era suyo. Pero tenía atrapado a un ser muy querido por él: su hijo.

Primero fueron los abandonos del trabajo por parte de Pedro. Un puesto laboral que Luis, con esfuerzo, le había proporcionado. Un día salía por la puerta y ya no volvía. No le importaba dejar objetos personales encima de la mesa, su mochila colgada de la silla y el abrigo en el perchero. Luis volvía a la empresa a recoger las cosas de su hijo y a pedir el favor de que lo readmitieran. Y lo volvían a llamar, porque, en el fondo, era muy bueno en informática. Asistía un día, dos… pero al tercero ya no volvía. Luis, en la puerta de su cuarto: Pedro, por favor, que se te hace tarde para el trabajo. No voy a ir, papá. Pero ¿por qué? ¿Te han hecho algo? Silencio, siempre el silencio.

 La consecuencia: Luis ya no podemos darle más oportunidades. Lo siento.

Y por fin salió a flote el problema de Pedro. El enemigo que había que combatir: la cocaína. Vinieron las culpabilidades. Desde el divorcio le he dejado de lado, se decía Luis. Es Chueca y las malas compañías. Tiene una enfermedad mental…

Y todo tenía su parte de verdad. Pero no servía para el combate que les esperaba. Visitaron a varios psiquiatras. Timidez patológica. Refugio en las adicciones. Psicosis...

Pero había que afrontar esa guerra. Luis le llevó a varios centros de desintoxicación.

En el Centro de Bañes en Palencia, Pedro experimentó una gran mejoría. Escribía cartas a su padre llenas de cordura (Luis, aún las conservaba). La fe de Luis en la curación de su hijo creció. Pero un día le comunicaron que en una visita a Madrid, Pedro había abandonado la terapia. Y otra vez su búsqueda por garitos. Y tras encontrarlo: Papá no tengo voluntad, me arrastro a la vida fácil.

Y volvieron los dientes de sierra: las subidas suaves de esperanza, y las bajadas bruscas de ilusión, que destrozaron el ánimo de Luis. De nada sirvió que se pusiera serio, amenazar con dejarlo en la calle desamparado. Su padre le decía: Hijo, está demostrado, los drogadictos no suelen llegar vivos a los cincuenta años. Me vale, fue su lacónica respuesta.

Pero no le valió. Pedro tenía treinta y seis en ese momento. No llegó a los treinta y siete. Un día sonó el móvil de Luis. La policía. Hemos encontrado a su hijo muerto. Sobredosis.

Atrás quedaron los trabajos de administración de su dinero, porque Pedro se lo gastaba todo en una noche. Atrás quedó el alquiler de un estudio. Luis tuvo que echarlo de casa, pero no se atrevió a dejarlo en la calle. Atrás quedaron también las labores casi diarias de compañía. Al supermercado para la compra de la semana, al Banco para el cobro del dinero mensual de la Mutualidad por estar de baja laboral. Un día Luis notó un apunte inesperado en el extracto de la cuenta de su hijo. Creyó que era una equivocación de la Entidad bancaria. Reclamó. El funcionario le dijo: pregúntele a su hijo. No hacía ni diez minutos que Pedro había sacado ese dinero. En un descuido le había quitado la cartilla. Las disculpas. El bochorno acumulado, una y otra vez. Otro día, Pedro insistió en que necesitaba sacar de su cuenta para unos gastos imprevistos. Luis guardaba su tarjeta de débito pero no debía salir de casa. Tenía fiebre y estaba fatal. Bajo el frío de enero, tuvo que acompañarlo a un cajero.

Al final, Pedro había perdido la vida en ese combate. Pero su padre salió malparado, con una gran herida: El remordimiento por algo hecho mal, que todavía no atinaba a descubrir.

Y la culpa que ahora, al cabo de varios años, le vuelve a atacar con fiereza: La intensa tranquilidad que le sobrevino en el momento de la muerte de su hijo. Una paz vergonzosa con la que concluyó aquella batalla.


 

LA BATALLA DE LA VIDA                                                                              JUAN SANTOS

El día que nacemos empezamos a batallar. A partir del primer llanto, somos agredidos por multitud de bacterias y de virus, contra los que hemos de luchar. Como las defensas naturales de nuestro cuerpo son insuficientes, tenemos que aliarnos con las vacunas y los medicamentos. Nos pasamos la vida librando sucesivas batallas defendiendo nuestra salud. Si tenemos suerte de ganarlas, llegaremos a viejos, con la seguridad de que la última la perderemos irremediablemente.

Pero la batalla por la supervivencia tiene otros frentes. Frentes que cada uno de nosotros tenemos que afrontar según nuestras circunstancias y ambiciones.

Desde muy pequeños, luchamos por conseguir aquello que nos gusta, en definitiva, por aquello que nos dará la felicidad. Lo cierto es que unas veces se gana y otras veces se pierde. Si tu objetivo no lo consigues en el primer intento, insiste, insiste, insiste. Este consejo, lo he tenido presente a lo largo de toda mi vida y está claro que la persona que soy ahora es el resultado de mis victorias y mis derrotas.

Dicen que, por muchos años que se tengan, nunca hay que perder la ilusión, que la ilusión mantiene activas nuestras neuronas y que debemos morir en el campo de batalla.

Lo que pasa es que llegada cierta edad, las ambiciones se reducen a llevar una vida tranquila, disfrutando de los triunfos conseguidos. Yo ya no invierto ni un céntimo de mis energías en armamento.

¿Para qué más conquistas? ¿Para qué malgastar el tiempo en disputas pueriles? ¿Para qué odiar?

En mi caso, ya solo emprendo batallas para defender lo mío. Lucho, cada día, contra la rutina y el olvido para no perder ni a mi familia ni a mis amigos.

                                                                                                                  


 

 BATALLA PERDIDA                                                MARÍA ISABEL RUANO

Me llaman aprendiz, eterno aprendiz y no me valoran.

Olvidan lo importante que fui en otras épocas, aliviando el calor y la sed. Marcando la frontera de las casas y de las huertas, defendiendo la ciudad, alegrando la mirada de los paseantes, de las fiestas y verbenas.

No quisieron que fuera libre y limitaron mi discurrir entre muros y fronteras.

No me valoran, no me aprecian.

Sólo cuando la amenaza se cierne sobre mi fuerza y desmesura, cuando la lluvia incontrolada no cesa, es cuando vuelcan la mirada hacia mí.

Me visitan, me graban y fotografían, comparten mis imágenes e incluso salgo en las noticias.

Especulan con mi fuerza, temen mi bravura.

Batalla perdida, en cuanto cese la lluvia, volverán a reírse de mí.

Eterno aprendiz de rio, el rio de Madrid.