31/01/2025

ERRORES 1.

Y SI FUERA UN ERROR                                              MARÍA ISABEL RUANO

Tengo ganas de hablar con Sara, pero está siempre tan ocupada… Ella también tuvo que pasar por esto y me ha animado en todo momento, pero me siento fatal cada vez que la tengo que dejar sola. Sonríe cuando me voy, pero yo conozco bien su mirada, nada que ver con el brillo que se le pone cuando llego.

En ocasiones he ido sin avisar y la he visto sentada en el sillón con la mirada perdida en la ventana. Las cuidadoras me dicen que le gusta mucho ir a la biblioteca y que se entretiene leyendo o al menos pasando las hojas. Yo creo que sí lee y que su mente todavía retiene lo que lee que no se conforma con los recuerdos. Es cierto que lo que más le gusta es ojear su álbum de fotos, con él se le pasa el tiempo volando.

Si no se hubiese caído… no andar la tiene hecha polvo, con lo andarina que ha sido siempre. Me llevaba cogida de la mano medio arrastro para llegar puntuales al cole, pero lo cierto es que gracias a ella soy imbatible ante el esfuerzo y las caminatas.

Si me pongo a recordar me derrumbo. Voy a volver a llamar a Sara, si quiere saldremos esta noche a dar una vuelta por el centro.

Me dice que imposible, qué está muy liada, que me quede tranquila, en la residencia los cuidan bien, tienen un horario, su rutina y están bien alimentados y con calorcito, como a ella le gusta. Pero yo no consigo conciliar el sueño, me preocupa que no quiera ir a la peluquería, con lo coqueta que ha sido siempre y que no se quiera ni cambiar de ropa. Cuando era pequeña me decía que si tenía que llevarla a la residencia que le llevara sus collares y su bonita ropa de color. Nada de eso le motiva. No dejo de pensar que ha sido un error dejarla allí.

Tal vez podría pedirme unos meses de excedencia y cuidarla, o buscar a alguien cariñoso para que lo haga…

El viernes es el día del baile, voy a ir por sorpresa y si está sentada la animaré a bailar, después ya veré lo que hago. 


EL IFHONE 30                                    JUAN SANTOS

Nicolás presume ante sus compañeros del colegio de su nuevo iFhone 30 que le ha regalado su papá. Los niños lo miran con envidia, no todos los padres pueden gastarse el dineral que vale ese aparato de nueva generación.
Ahora las cosas han cambiado. Los chavales se alegran al ver que Nico ha suspendido el examen de mates. Todos los ejercicios están llenos de errores.
El maestro ha puesto una copia a sus padres, para que vean todos los fallos que ha cometido su hijo, siendo un niño de los más listos de la clase.

Es incomprensible que todas las sumas, multiplicaciones y divisiones estén mal. El padre manda a Nicolás que repita una suma delante de él. El chaval ha buscado la calculadora del iFhone 30 para saber cuántas son 3 + 2. ¿Es que no sabes hacerlo de cabeza, como toda la vida? No, papá. El padre, resignado deja que lo haga con el móvil. La sorpresa que se lleva es tremenda. El resultado de la calculadora dice que 3 + 2 son 6.

El padre indignado, no se explica como un teléfono tan caro, hecho con inteligencia artificial, tenga ese fallo garrafal. Ha cogido la garantía del aparato para pedir explicaciones en la tienda donde lo compró.

Mire, señor. Lo siento mucho, pero todos los teléfonos de esta última generación han salido con ese fallo. Al parecer ha sido una decisión tomada por la propia inteligencia artificial, para que la gente y sobre todo los niños aprendan al menos las cuatro reglas clásicas.

Si la IA así lo ha hecho, tenemos que hacerle caso.

ERROR MORTAL                                                       JUANA DOMÍNGUEZ

Nunca imaginó que una foto pudiera dar lugar a un desencuentro entre dos amigos de siempre. Julito y Ramón eran amigos desde niños, primaria, secundaria, incluso la universidad, parecían hermanos, siempre andaban juntos.

Fue en la boda del hermano de Julio, toda la celebración la pasaron felices, riendo, bebiendo, cantando, hasta bailaron juntos, como dos gansos.

Rafaela, hermana de Julio, les hizo una foto cuando bailaban, y no se le ocurrió otra cosa que colgarla en los estados de WhatsApp, junto con otras de los novios y ella misma.  Algo habitual y simple, fotos que se comparten sin pensar en que pueden ofender a terceras personas.

Y lo que era broma pasó a ser un error y éste, tragedia.

Ramón, había encontrado trabajo en la sección de recursos humanos, de un gran hotel de lujo en su ciudad. Estaba encantado con su nuevo quehacer, la economía siempre le había gustado, y era un genio con los números. El dueño del hotel, se alegró de su contratación cuando vio cómo se desenvolvía en la gestión de su trabajo, incluso le premió con un aumento de sueldo a los tres meses de su ingreso en la oficina.

Rafaela, tenía una amiga en el hotel donde trabajaba Ramón, y la foto del baile le llegó a su teléfono. Era tan graciosa que decidió reenviarla a sus contactos a través de “los estados”.

¿Y a quien pensáis que llegó? Sí. Al dueño del hotel, que malinterpretó lo que mostraba la foto.

Al día siguiente D. Marcial, llamó a su despacho a Ramón, le agradeció los servicios prestados y le remitió a su misma oficina, para que recogiera su indemnización por despido.

Julián y Ramón, se citaron una semana más tarde, en la alameda cercana al río, y con una saña impensable, Ramón acuchilló a su mejor amigo.


 

EL PRESO DE CONFIANZA                                                     ANTONIO LLOP

En la enfermería de la cárcel no se estaba mal. Pero solo se me permitía estar allí los dos primeros días. El reglamento. Aquí todo se rige por el reglamento: Notará el cambio de vida. Pero pronto se acostumbrará. Además, al principio le acompañará un preso de confianza.

A primera hora salgo de la enfermería. A mi alrededor, miradas hoscas o indiferentes. Rostros impenetrables. Sigo en silencio a un funcionario por un largo pasillo. Al paso, sin volverse, me señala una puerta: “Celda 57 A y B”. La suya es la A.

Me recibe un tufo a excrementos. Hay un hombre sentado en una cama, pelo ralo de punta y bolsas en los ojos. Pijama abierto. La barriga entre las piernas.

-Buenos días. ¿Esa es la A? -señalo la otra cama-. El hombre, sin responder, se levanta hacia el habitáculodel wáter.

La otra cama está llena de ropa revuelta, Un tarro de cristal derramado sobre las sábanas. Huelo a salazones en vinagre. Una plaquita desgastada al lado de la cabecera: “Cama A”. En el armario que me corresponde hay ropa, zapatos y más tarritos de aceitunas y pepinillos. Desisto de deshacer mi petate hasta aclarar la situación. Entre ruidos inconfundibles, el hombre sigue hurtado a mi vista tras el tabique a media altura del aseo.

Suena una sirena. La hora del desayuno. El tránsito aumenta en el pasillo. Ahora necesitaría al preso de confianza. No sé dónde está el comedor. Compruebo que no hay más que seguir la corriente de presos. Según avanzamos se acentúa el olor al café recién hecho. La fila se compacta. Me rebasan a codazos y empujones.

Café y bollería industrial. ¡Ah, los cruasanes del horno de Narciso, en Somosaguas!

Las mesas abarrotadas. En las que hay algún hueco, espadas en los ojos de los internos. No pregunto, por si acaso.

-¡Coño, el de la tele! –oigo a mi espalda-. ¡Ven “pacá”, tío!

Me vuelvo. Tres en una mesa. El que gesticula y hace sitio tiene el pelo largo y barba de varios días. A su lado un hombre impertérrito con gorro de lana calado  y gafas ahumadas. El tercero, muy pálido y ojeroso, gruñe:

-Joder, Tino. Qué manía de invitar a los pardillos.

-¿Pardillo, dices, Difunto? Este cabrón se ha trajinado no sé cuántos kilos y se los ha llevado a Suiza. Porque tú eres el fulano ese del PP, ¿no?

No sé qué decir. Tendría que empatizar con ellos, pero ¿cómo les hablo? Me falta el consejo de mi preso de confianza. ¿Dónde estará? El funcionario no me ha presentado a nadie.

-Bueno, yo…, en realidad, no he hecho nada.

La risotada de Tino me estalla en la cara. El llamado Difunto se ríe deformando el rostro con un rictus que asusta. El de las gafas ahumadas sigue en silencio, sin gesticular.

-¡Joder, como todos! –grita Tino-. Aquí estamos todos porque no hemos hecho nada… Venga, tío, dinos la fórmula para levantar tanta guita. Yo, por más palos que he dado, jamás he pasado de unos cuantos miles.

-Quería decir que el dinero no era para mí, sino para el partido.

-Ya, ya, pero luego repartiríais lo mismo para todos, como en todas las bandas, ¿no?

Estoy incómodo. ¿Cómo le explico a esta gente las cloacas de la financiación de los partidos? Que para que elijan a nuestro candidato algunos tenemos que conseguir dinero para las campañas de cualquier forma. Es verdad que yo detraía parte de las donaciones. Uno se acostumbra al dinero fácil. Pero yo era el que daba la cara. Bueno, no exactamente, el intermediario con los empresarios era Federico Vázquez, un tonto útil, fanático del partido, que me hacía el trabajo sucio.

-Lo está pensando mucho -dice el llamado Difunto-. Yo creo, Tino, que no se fía de nosotros.

-Pues debería fiarse. –dice el otro muy serio, lentamente, como pisando las palabras-. Es mejor tenernos como amigos. Los días en la trena pueden hacerse “muuy” largos. Y a ti te quedan muchos ¿no?

No me dan tregua. Todos los diálogos terminan con una pregunta directa. Y no solo no se conforman con evasivas, sino que ya amenazan. Y estoy solo. Ni rastro del preso de confianza.

-Bueno –digo, al fin-. No es que no me fíe. Es que posiblemente no podáis entender la complejidad de la financiación de los partidos políticos.

-Prueba a contar –dice Tino serio-. Nosotros te interrumpimos si no entendemos algo.

Sorbo el café de un trago. Ya está frío pero alivia la sequedad de mi garganta. Inicio un tono didáctico que no sé si es el correcto.

-Los Ayuntamientos necesitan servicios y se los encargan a Empresas. Éstas les dan un porcentaje del presupuesto presentado para que el partido del alcalde pueda financiarse. Las elecciones suponen muchos gastos. Yo me encargaba de recaudar el dinero. Eso siempre se ha hecho así. Pero ahora a los jueces les ha dado por comprobar la legalidad de las donaciones.

-Estos jueces, siempre metiéndose en donde no les llaman –dice Tino con ironía-. Lo que pasa es que, insisto, en las bandas se respeta que el reparto del botín sea justo. Tú no intentarías joder a los compañeros ¿no?

Otra pregunta directa. No sé qué obsesión tiene este hombre con el reparto. El llamado Difunto también parece interesado en el tema. El tercer hombre sigue impenetrable, tras sus gafas ahumadas.

-Bueno, a veces sisaba algo –digo, dudando de si el verbo es adecuado para la jerga de esta gente.

-¿Sisabas algo? -Esta vez quien habla es el hombre de las gafas ahumadas. Esa voz me es familiar- ¿Sisabas algo, hijo de puta? –repite. Esa voz…

El hombre desmonta sus gafas y descubre su cabeza. ¡Federico Vázquez! Yo sabía que estaba en la cárcel desde que se descubrió la trama. Pero nunca me preocupó saber en cuál de ellas. Nadie en el partido hizo nada por protegerle. Incluso nosotros mismos lo denunciamos como cortafuegos para que las llamas no alcanzaran a los demás. Pero la UDEF ya llevaba muy adelantada su investigación, y al final me ha tocado también a mí. Federico continúa desatado:

-Yo solo era un romántico ¿no? Creía que el riesgo merecía la pena para que el partido creciera. Creía en los valores de nuestro programa. Y mientras tanto tú te llevabas para tu cuenta en Suiza el dinero que yo recaudaba. Y lo que más me jode: que después de todo lo que hice, cuando sentí el aliento de la guardia civil y os pedí ayuda, nadie en Génova me conocía. Tú no quisiste ni recibirme. La de veces que estuve en tu despacho entregándote mochilas de dinero. Encima me denunciasteis, me utilizasteis como chivo expiatorio.

Tino y Difunto niegan con la cabeza al tiempo que dicen pausadamente: “Eso no está bien…No, señor. Aquí no tragamos ni a los chivatos, ni a los que roban a los colegas”.

Cuando estoy recapacitando sobre mi oscuro porvenir nos interrumpe un funcionario:

-Por fin le encuentro. Ha habido un pequeño error. Mi compañero le ha conducido a una celda doble. Usted tiene asignada una individual. -Respiro aliviado. No todo son malas noticias. El funcionario mira a mi excompañero de partido y continúa-: Ah! Veo que ya ha encontrado usted a su preso de confianza.