UN APLAUSO MANUEL
GIL
Desde hacía generaciones todos
nacían con una cifra.
No la elegían los padres. No era cosa de los médicos. Había dejado hacía
mucho tiempo de ser algo insólito. Sencillamente aparecía, diminuta, pero con sus dígitos perfectamente
legibles sobre la frente, cuando el primer llanto todavía no había terminado
de romper el silencio del paritorio.
Era la única herencia común de la especie.
Durante la infancia nadie conocía su significado. Los niños crecían aprendiendo a convivir con aquella enigmática
señal sobre sus cabezas, comparando tamaños, inventando supersticiones, soñando
con futuros fantásticos.
Los había felices por tener un número grande. Otros lo preferían pequeño
convencidos de que los excesos podían esconder alguna trampa.
Los adultos sonreían.
Llegado un momento —nadie recordaba exactamente cuándo—
la cifra revelaba aquello que llevaba contando desde
el principio. No sucedía con ceremonias ni con nada extraordinario. Un día cualquiera se revelaba, como si el significado
hubiese estado esperando, paciente, a que el uso de razón hiciera aparición en
el individuo y lo aceptara con naturalidad.
Y entonces algo cambiaba.
Algunos descubrían que aquella cantidad era el número de besos que recibirían antes de morir. Otros que las cifras contaban las
veces que enfermarían, las personas de las que se enamorarían o las lágrimas que aún les quedaban por derramar.
A partir de ese instante, una
inquietud pasaba a formar parte de sus vidas.
Había
quien negaba un beso por miedo a acercarse demasiado
al último. Mujeres que huían del amor para conservarlo intacto. Familias enteras que celebraban
una fiebre porque significaba una enfermedad menos por sufrir.Todos querían
controlar los acontecimientos, alcanzar la cifra significaba acercarse al
final.
Las cifras no predecían la existencia. La domesticaban.
Darío tardó años en descubrir la suya. No el número, ese llevaba viéndolo desde que abrió los ojos por primera vez.
Descubrió lo que significaba.
El 1. Siempre le inquietó esa cifra tan baja y rotunda.
Un solo aplauso. Eso era todo
cuanto el mundo le regalaría antes del último aliento.
Sintió vergüenza. No de la
cifra, sino de imaginar la clase de vida capaz de merecer únicamente un aplauso.
Después de saberlo decidió rebelarse. Si el universo
pensaba concederle uno solo, tendría que arrancárselo.
Se hizo actor.
Memorizó tragedias,
escribió comedias, estudió los latidos del público y el instante exacto en que una emoción fluye sin remedio.
Cuando el teatro dejó de
bastarle, aprendió música, ilusionismo, danza. Creó espectáculos donde
los relojes olvidaban el tiempo, El público salía distinto, algunos lloraban, otros reían durante horas.
Pero nunca llegaba el aplauso. Jamás.
Las manos permanecían quietas sobre los regazos, como si bo
pertenecieran a ellos mismos.
Darío comprendió que la verdadera prisión
nunca había sido el número, sino vivir pendiente de él.
La noche de su última función no hubo decorados, ni focos. ni telón.
—Voy a montar un numerito
Pensó.
Solo un hombre y una silla. No interpretó ningún personaje, se interpretó a sí mismo.
Contó el miedo de crecer mirando un número cuya respuesta nadie conocía. Habló de la infancia convertida en espera, en cuenta
atrás.
Luego dijo algo que nadie
olvidaría.
Tal vez las cifras nunca
estuvieron sobre nuestras frentes para contarnos la vida. Tal vez estaban ahí para impedirnos vivirla.
No añadió una palabra más. El silencio ocupó el teatro.
Desde la última fila, una anciana se puso lentamente en pie. No sonreía, simplemente levantó las manos y as hizo encontrarse.
Clap, clap, clap.
Darío saboreó el momento y
llegó lo inesperado. La cifra desapareció. Cerró los ojos, pero no ocurrió lo que él podía temer
que era morir.
Lo que murió fue el miedo.
Un instante después sucedió algo que nadie supo explicar.
Sobre la frente de la anciana,
la cifra comenzó a desdibujarse. Luego le pasó lo mismo al hombre sentado a su
lado, a una niña del anfiteatro, a un tramoyista.
Las cifras fueron desprendiéndose una tras otra, como hojas secas abandonando un
bosque al final del otoño.
Al principio nadie entendía qué estaba ocurriendo. Intentaban sujetarse los números con las manos, como si aún pudieran impedir que desaparecieran.
Pero había algo contagioso en aquella pérdida.
Los espectadores salieron del
teatro sin sus cifras sobre la frente.
Y al caminar entre las calles
descubrieron que bastaba una conversación sincera, para que otras cifras desaparecieran. Las autoridades lo llamaron una
anomalía
genética.
Después, una epidemia. Más tarde, un acto de terrorismo contra el orden
social.
Prohibieron, reuniones,
cerraron teatros, censuraron a quienes hablaban de aquella noche y castigaron a
los que se atrevían a aplaudir en público.
Fue inútil.
Porque las cifras no caían al escuchar la historia de Darío, caían cuando alguien dejaba de creer en ellas.
Y esa clase de revolución no
conoce fronteras y empieza cuando alguien decide no obedecer al número que lleva escrito sobre la frente.
EL NÚMERO
SIETE JUAN
SANTOS
Hace tres años cumplí los sesenta y siete y recuerdo que,
después de soplar las velas, cogí el número siete y, dándole un beso, le dije:
«Amigo mío, hoy has actuado como decena; la próxima vez que te sople serás una
unidad muy importante. Pero lo mejor de todo es que habrás dado un paso a la
izquierda y serás uno de los míos».
Acto seguido, lo metí en un táper grande, revuelto con
multitud de números de todos los cumpleaños de mis hijos y mis nietos, la
mayoría con el pabilo gastado, como él.
Hoy he vaciado el táper para buscar el numerito;
curiosamente, estaba junto al cero. Este tiene un ribete rojo, pero está en
buen estado, con una mecha bien hermosa. Sin embargo, a mi querido siete he
tenido que rasparlo con la navaja; el hilo estaba tan escondido que casi lo
dejo en un uno.
Cuando lo ha visto mi mujer, ha ido al bazar chino a
comprar un siete y un cero nuevos, diciendo que ella no ponía esos números
asquerosos en la tarta de chocolate que me ha hecho con tanto esmero.
Al negarme yo, hemos tenido una buena trifulca. Ella no
comprende que yo les tenga cariño a los números viejos. Así que, para terminar
la fiesta en paz, hemos puesto los cuatro, unos detrás de otros: los viejos
hacia mí, para que yo los viera, y los nuevos delante, para que salieran en la
foto.