CARA A
LA MODA JUAN
SANTOS
Cuando se
nace en una familia humilde, lo de vestir a la moda ni te lo planteas. Te pones
lo que has heredado o lo que te han podido comprar en el mercadillo. Lo
importante es no pasar frío y llevar bien tapadas tus vergüenzas.
En mi
caso, dado que con el cuerpo era imposible vestir a la moda, no me quedaba otro
remedio que adaptar mi cara a los tiempos que corrían.
De
pequeño, mi madre ya advertía al peluquero que me hiciera un corte moderno.
Tengo fotos colectivas del colegio en las que todos los niños aparecemos casi
al cero, con un poco de flequillo peinado hacia adelante. Era la cara de moda,
típica de la posguerra.
Así la
mantuve hasta que fui al instituto. Allí me di cuenta de que todos los chavales
iban peinados con la raya a un lado. Era la moda, yo me la hice a la izquierda,
con un tupé que, según algunas chicas, me quedaba muy bien.
El
problema llegó cuando se pusieron de moda las melenas y mi padre se negó
rotundamente a que llevara el pelo largo. Fue una época gris de mi vida: mi
cara estaba anticuada, y me sentía marginado del mundo de los Beatles.
Menos mal
que pronto me salió pelusa en la cara y empecé a dejarme largas las patillas.
Todos los hombres las llevaban. Las mías eran muy pobladas y de boca de hacha
como la de Curro Jiménez.
Fue mi
novia la que me abrió los ojos, diciéndome que eso ya no se estilaba, que me
quitara la raya al lado y esas patillas horribles, y que me peinara hacia
atrás. Así lo hice, para darle gusto.
Después de
casado, según las modas, me he ido dejando la barba, el bigote o la perilla por
temporadas, siempre influido, en gran medida, por los presentadores de
televisión.
Ahora
llevo bastante tiempo con la barba cortita, sin dejar que crezca. Pero la
verdad es que ya me estoy cansando, y eso me preocupa.
Creo que
voy a dejar de ver la tele. Tengo miedo de contagiarme de la cara que está de
moda últimamente. La tienen muchos políticos y gente famosa, y con ella parece
que les va muy bien.
Mi mujer
me dice que me olvide, que yo no valgo para eso, pero la verdad es que a veces,
tengo la tentación de ser un auténtico caradura.
EL
PODER DE UNA SONRISA ARACELI
DEL PICO
Los días iban reduciendo su tamaño. Esos
atardeceres que no ha mucho se alargaban hasta las 10 de la noche, ahora a las
20 horas apenas dejaban un tenue color rojo y después un pálido amarillo en el
horizonte.
Ella disfrutaba de esos atardeceres. De
todos los atardeceres. Los del estío, los del otoño. Los del invierno, donde a
las cinco y medía se encendían las farolas. Y aquellos, los de la primavera que
abría los brazos y alargaba la vida, porque alargaba la luz. Y sin embargo, se
miró al espejo y se dijo:
Eres
una verdadera contradicción. De modo que estás pensando en bellos atardeceres
cuando lo que de verdad te gusta, es la noche. Ese momento oscuro donde se
aclaran tus ideas, te asomas a la ventana y te pones de cháchara con las
estrellas, a las que has robado el nombre y las bautizas con aquel que mejor te
parece. Y que por regla general viene siendo el de las personas que te rodean y
que mejor te caen, porque las otras, no merecen tener nombre.
Y ahondó en su interior, y recordándolos,
vio aquellos que se habían hecho acreedores de fijarlos en una estrella. Y su mente
repasó sus caras y los momentos que habían compartido. En el balance todos
habían sido buenos, incluso algunos, muy buenos. Y en los que no lo habían
sido, aparecía la cara de los seres que la habían ayudado a sobrellevar, alguno
difícil. La muerte de sus padres primero. Familiares cercanos y sobre todo los
amigos de verdad. El adiós de un amigo, se le antojaba como un pedazo roto del
corazón que destila amargura.
Se retiró de la venta y lanzó un beso al
firmamento. Brillaba como nunca. Como si todo su mundo extendiera un brillante
manto de paz que la arropara…
La puerta de la calle se abrió con un golpe
de viento y del mismo modo se cerró de repente. Extendió los brazos, como si
quisiera alcanzar ese cielo negro y plata con la mano. Bostezó. Y se fue de
nuevo hacía el espejo. No era tarde, pero un día de múltiples obligaciones la
tenía agotada. El espejo le devolvió una imagen que no le gustó nada.
Le sacó la lengua, burlándose de un nuevo
surco que apareció en su frente. Y le llamó al orden por ser tan poco
caritativo:
Te
podías cortar un poquito. Y devolverme una imagen más sosegada, más tersa. Si
ya se, esto es lo que hay. Los años vienen y en cada renovación van dejando
surcos nuevos. Párpados caídos. Cejas despobladas. Labios sin jugo… Oye, oye… y
esa insolencia que deduzco… que me quieres decir, ¿que esta cara no se lleva?
Pues bien, que te regocijabas con ella unos años atrás. Y tantos no hace.
Aquellos donde después de lavada y sin afeite alguno, la veías resplandeciente.
Extendió la crema de noche con cuidado sobre
su piel, con paciencia, primero muy despacio y luego en círculos más rápidos.
Sonrió ampliamente. Y por un momento, solo por un momento, su compañero el
espejo le devolvió una sonrisa agradecida. Y por un momento, solo por un
momento, desaparecieron los surcos.
NO
PASAN DE MODA MARÍA
ISABEL RUANO
Cuando
Mary Pili apareció por el pueblo aquel verano supe que había perdido al amor de
mi vida.
Nos
conocíamos desde el parvulario y siempre nos habíamos llevado muy bien. Su casa
estaba muy cerca de la de mi abuela y como yo pasaba allí la mayor parte del
tiempo, salíamos a jugar a la calle sin ningún tipo de control ni de peligro. A
una llamada con eco de su madre y de mi abuela, según se acercaba la hora de la
cena y la luz se escapaba por la calleja de la iglesia, nos metíamos a casa sin
rechistar. Conforme íbamos creciendo y comenzaron nuestros arrumacos, esa
respuesta tan inmediata se fue retrasando, buscábamos la sombra y nos
arriesgamos a más de una reprimenda.
Fue
en el verano del 71 cuando el cine de verano llegó por primera vez al pueblo.
Allí no sólo descubrimos un mundo lleno de color y de movimiento sino la música
y el magnetismo de la mirada de una niña que todo lo hacía bien. Con su cara
blanca y sonriente, los fascinantes ojos azules y su pelo amarillo, tan
diferente a la fisonomía de nuestro entorno. Era la niña de moda, tenía la cara
que todas queríamos tener, la ropa que ansiábamos y el desparpajo que nosotras
nunca habíamos tenido.
Durante
la proyección, y a pesar de sentirme imantada por la película, no podía dejar
de mirar a Antonio, a mi Toño. Pero él parecía haber desaparecido de mi lado,
no buscaba mi mano a pesar de la oscuridad, casi no respiraba eclipsado por la
belleza de esa protagonista que cantaba y bailaba, y que nos seducía a todos
con su gracia.
Con
el tiempo, Antonio no tuvo ningún reparo en reconocer que ella, y no yo, que
Marisol fue su primer amor platónico, el ideal de belleza que siempre le hizo
suspirar.
Sin
embargo, el cine solo aparecía por el pueblo en verano y las películas se
fueron alternando con otras del oeste o de aventuras por lo que, las fantasías
que el celuloide con la gracia de Marisol en movimiento, le provocaban
repercutían a mi favor con la pasión que comenzó a manifestar antes de
despedirnos rozando a escondidas todo lo prohibido.
Fue
en el verano del 76 cuando la sobrina del cura, Mary Pili, llegó. Rubia y
delgada, con los ojos azules, los vestidos muy cortos y un desenfado propio del
celuloide o de la capital en donde vivía.
Nada
más verla me sentí celosa y marginada. No me equivoqué al sentir que ese sería
el último verano en el que Toño y yo jugaríamos a descubrir el excitante
laberinto del amor.
Mari
Pili se marchó al final del verano y no regresó más. De ella, y aún más sobre
su desconocida madre, se escucharon todo tipo de comentarios que incrementaron
el morbo que su presencia en el pueblo había desencadenado.
Toño
y yo nos distanciamos, aunque no consiguiera liarse con Mary Pili, ya nunca
volvió a mirarme como antes. Pasados unos años nos marchamos a Ávila a estudiar
el bachillerato en institutos diferentes. A veces coincidíamos en algún paseo o
en el autocar de regreso al pueblo en vacaciones, pero éramos extraños el uno
para el otro. A penas nos saludábamos.
Confieso
que siempre he sentido un poquito de tirria por MarIsol e incluso por las
rubias que casi nunca pasan desapercibidas. Que estuve tentada de teñirme de
rubio y ponerme lentillas azules y plantarme delante de Antonio, aunque sólo
fuera para llamar su atención. Pero esos eran puntuales momentos de rabia que
superé enseguida cuando comprobé que el pelo oscuro y las carnes prietas
estaban tan de moda o al menos, tan solicitadas, como las demás.
Todas
estas sensaciones han regresado con estupor a mi recuerdo al recibir un mensaje
de Fausto. No le reconocí cuando nos encontramos en aquel congreso. Para mí
seguía siendo el chaval de las patillas y los pantalones de campana. Él siempre
ha estado ligado al pueblo no como yo que, cuando falleció mi abuela, apenas
regresé.
Quiere
organizar una comida para conmemorar los 65 años que los de nuestra promoción
vamos a cumplir en breve.
¿Se
acordará Antonio de mí? ¿Me reconocerá? ¿Se habrá casado con una rubia? ¿Le
reconoceré?