02/01/2026

UN AÑO COMO OTRO CUALQUIERA 1

 

UN AÑO COMO OTRO CUALQUIERA                                     JUAN SANTOS

 

Que mi cuerpo no tenga novedades

al año venidero yo le pido,

que lo pase como éste ya vivido,

con la misma energía y facultades.

 

Que el tiempo no me muestre realidades,

aumentando las canas que han salido,

ni me quite mi pelo tan querido,

como suele ocurrir a estas edades.

 

Que no aumente mi dosis de pastillas,

ni precise, al andar, usar bastones,

ni de arrugas se llenen mis mejillas.

 

Que me beba los mismos botellones,

que me harte de chorizos y morcillas

y que tenga las mismas erecciones.

 


 

UNA PRÓRROGA MÁS                                               ANTONIO LLOP

El año nuevo se presenta dramático para él. Sin embargo, estos días previos al vencimiento del plazo, José Luis se expone relajado al sol luminoso y al aire fresco del invierno. Sentado en un banco corrido de los que flanquean el Madrid Río explora una pausa para sus problemas. Cierra los ojos en busca de una imagen amable. Pero no puede evitar que en la pantalla aparezca la secuencia del notificador: un hombrecillo con las gafas a medio descabalgar que hurga entre los papeles de su carpeta abierta. Ante su mirada interrogante el funcionario le espeta con ojos opacos y gesto desabrido: “A mí no me diga usted nada”. “Si tiene algo que alegar vaya a la Oficina”. “Firme aquí, aquí, y aquí…” Sin inmutarse, aquel hombre le acaba de entregar una resolución fatal. Una notificación que para el hombrecillo no ha sido más que un trámite más en su aburrida profesión. Un papel que alude al Artículo 34 de la LH.

Tras el barco de madera varado sin proa ni popa, que es el banco donde está recostado José Luis, las aguas del Manzanares bajan silenciosas, como si respetasen su drama.

Y lo que ha sucedido no es difícil de explicar: Dos hermanos, uno de ellos se está ahogando. La madre de ambos le dice al otro: “Rescata a tu hermano”. El río baja revuelto y arrastra a los dos. Nada más. Eso es todo. Luego están palabras como “aval”, “hipoteca”, etc., que tanto afean los cuentos.

De pronto el banco se alarga infinitamente, sus lamas de madera tapizan los pasillos de un laberinto por el que José Luis se pierde. Y se da cuenta de que no está solo, que el triste notificador le ha pasado su expediente al vigilante del plazo, un hombre implacable como un toro. Presiente que ha iniciado su cacería con un reloj de arena bajo el brazo. Escucha los bufidos a su espalda, los pasos rotundos del cuerpo fuerte. De trecho en trecho se escucha una voz sibilina: “LH Artículo 34”, “LH Artículo 34”. El hombre gira por donde intuye que no está su perseguidor, o retrocede cuando en un cruce ve la sombra de su cabeza arbolada. Al llegar al centro del dédalo, al lugar que ya no se bifurca más, José Luis se vuelve con los puños crispados. Tras el último recodo aparece el hombre de la voz sibilina que desmonta de un toro y se adelanta con una sonrisa. Ofrece al atrapado renegociar su deuda de forma ventajosa. Pero éste renuncia a ese ofrecimiento. Ya está cansado de trampas agazapadas y de contratos engañosos. 

Durante esta huida delirante José Luis también ha estado escuchando gotas, como filtraciones de agua en el techo del laberinto. Sin embargo, ese también es el sonido de las notificaciones en su móvil. Vuelve a la realidad de esa lluvia y lee los mensajes de sus amigos. Uno de ellos le ofrece compartir su piso, otro una casa que él no utiliza en esas fechas. Y su compañera Lucía, siempre solidaria, le escribe que frente al artículo 34 de la LH está el RDL 1/24 que protege a hipotecados vulnerables sin alternativa ocupacional. Y le asegura que al menos el próximo año ya no será dramático para él, sino un año cualquiera. José Luis sabe que esa es una solución provisional. Pero la provisión es la forma de vida de todo el mundo. La moratoria siempre está presente desde el momento en que nacemos. Desde el instante en que tenemos vida ya sabemos que la podemos perder. Toda nuestra existencia no es más que una prórroga sucesiva.

Así que José Luis destensa los puños y suaviza las mandíbulas. Si el hombre sibilino le cediera de nuevo al expediente al vigilante del plazo, si este apareciera triunfante, si levantara el reloj de arena mostrando la caída del último grano, José Luis ignorará sus mugidos, el arrastre de sus pies previo a la arrancada removiendo cadáveres de otras víctimas. Se adelantará, acariciará el testuz de la bestia, y le presentará a Lucía.

El laberinto de lamas de madera acaba de convertirse en un banco amable. José Luis se levanta con paso tranquilo confiado en la ayuda de sus amigos.

Mientras, el río Manzanares se filtra cantarín por una de las esclusas.