UN AÑO
COMO OTRO CUALQUIERA JUAN
SANTOS
Que mi cuerpo no tenga novedades
al año venidero yo le pido,
que lo pase como éste ya vivido,
con la misma energía y facultades.
Que el tiempo no me muestre realidades,
aumentando las canas que han salido,
ni me quite mi pelo tan querido,
como suele ocurrir a estas edades.
Que no aumente mi dosis de pastillas,
ni precise, al andar, usar bastones,
ni de arrugas se llenen mis mejillas.
Que me beba los mismos botellones,
que me harte de chorizos y morcillas
y que tenga las mismas erecciones.
UNA
PRÓRROGA MÁS ANTONIO LLOP
El año nuevo se presenta dramático para él. Sin embargo,
estos días previos al vencimiento del plazo, José Luis se expone relajado al
sol luminoso y al aire fresco del invierno. Sentado en un banco corrido de los
que flanquean el Madrid Río explora una pausa para sus problemas. Cierra los
ojos en busca de una imagen amable. Pero no puede evitar que en la pantalla
aparezca la secuencia del notificador: un hombrecillo con las gafas a medio
descabalgar que hurga entre los papeles de su carpeta abierta. Ante su mirada
interrogante el funcionario le espeta con ojos opacos y gesto desabrido: “A mí
no me diga usted nada”. “Si tiene algo que alegar vaya a la Oficina”. “Firme
aquí, aquí, y aquí…” Sin inmutarse, aquel hombre le acaba de entregar una
resolución fatal. Una notificación que para el hombrecillo no ha sido más que
un trámite más en su aburrida profesión. Un papel que alude al Artículo 34 de
la LH.
Tras el barco de madera varado sin proa ni popa, que es
el banco donde está recostado José Luis, las aguas del Manzanares bajan
silenciosas, como si respetasen su drama.
Y lo que ha sucedido no es difícil de explicar: Dos
hermanos, uno de ellos se está ahogando. La madre de ambos le dice al otro:
“Rescata a tu hermano”. El río baja revuelto y arrastra a los dos. Nada más.
Eso es todo. Luego están palabras como “aval”, “hipoteca”, etc., que tanto
afean los cuentos.
De pronto el banco se alarga infinitamente, sus lamas de
madera tapizan los pasillos de un laberinto por el que José Luis se pierde. Y
se da cuenta de que no está solo, que el triste notificador le ha pasado su
expediente al vigilante del plazo, un hombre implacable como un toro. Presiente
que ha iniciado su cacería con un reloj de arena bajo el brazo. Escucha los
bufidos a su espalda, los pasos rotundos del cuerpo fuerte. De trecho en trecho
se escucha una voz sibilina: “LH Artículo 34”, “LH Artículo 34”. El hombre gira
por donde intuye que no está su perseguidor, o retrocede cuando en un cruce ve
la sombra de su cabeza arbolada. Al llegar al centro del dédalo, al lugar que
ya no se bifurca más, José Luis se vuelve con los puños crispados. Tras el
último recodo aparece el hombre de la voz sibilina que desmonta de un toro y se
adelanta con una sonrisa. Ofrece al atrapado renegociar su deuda de forma
ventajosa. Pero éste renuncia a ese ofrecimiento. Ya está cansado de trampas
agazapadas y de contratos engañosos.
Durante esta huida delirante José Luis también ha estado
escuchando gotas, como filtraciones de agua en el techo del laberinto. Sin
embargo, ese también es el sonido de las notificaciones en su móvil. Vuelve a
la realidad de esa lluvia y lee los mensajes de sus amigos. Uno de ellos le
ofrece compartir su piso, otro una casa que él no utiliza en esas fechas. Y su
compañera Lucía, siempre solidaria, le escribe que frente al artículo 34 de la
LH está el RDL 1/24 que protege a hipotecados vulnerables sin alternativa
ocupacional. Y le asegura que al menos el próximo año ya no será dramático para
él, sino un año cualquiera. José Luis sabe que esa es una solución provisional.
Pero la provisión es la forma de vida de todo el mundo. La moratoria siempre
está presente desde el momento en que nacemos. Desde el instante en que tenemos
vida ya sabemos que la podemos perder. Toda nuestra existencia no es más que
una prórroga sucesiva.
Así que José Luis destensa los puños y suaviza las
mandíbulas. Si el hombre sibilino le cediera de nuevo al expediente al
vigilante del plazo, si este apareciera triunfante, si levantara el reloj de
arena mostrando la caída del último grano, José Luis ignorará sus mugidos, el
arrastre de sus pies previo a la arrancada removiendo cadáveres de otras
víctimas. Se adelantará, acariciará el testuz de la bestia, y le presentará a
Lucía.
El laberinto de lamas de madera acaba de convertirse en
un banco amable. José Luis se levanta con paso tranquilo confiado en la ayuda
de sus amigos.
Mientras, el río Manzanares se filtra cantarín por una de
las esclusas.