HERIDOS MARÍA
ISABEL RUANO
Enfermos,
infectados, agotados, temerosos y heridos.
¿Es
qué no lo ves? ¿Es que no nos ves?
Al
pasar por la carretera, en la cuneta del camino
en
la vereda del monte y muy cerca de tu cobijo.
Calcular
nuestra edad es difícil,
si
miras la tuya verás que siempre nos has visto,
hemos
estado a tu lado, junto a ti.
Con
la sombra, la belleza y el oxígeno.
La
esbeltez de nuestros troncos,
las
hojas que se renuevan, crecen y envejecen.
Las
ramas generosas, frontera para el vacío.
Una
diminuta oruga, una plaga, un verdadero peligro
ha
mermado nuestra fuerza, quebrado las ramas,
mutilado
las hojas qué frágiles y afiladas
apenas
tienen brillo.
Ayúdanos,
mira hacia arriba, informa de lo que pasa,
formad
cadena, aliviar nuestra agonía.
Salvad
la savia, podar las ramas, rociar las hojas.
Volvamos
a ser aliados, compañeros, amigos.
Antes
de que por las plagas
caigamos
a vuestros pies muertos y heridos.
Antes
de convertirnos en triste leña, pasado y olvido.
SUEÑOS
ROTOS JUANA
DOMÍNGUEZ
Rita lloraba impotente y desconsolada, otra vez no podía
ser.
Todo lo tenía previsto: el local, la mercadería, una
jovencita con muchas ganas de trabajar -le había costado encontrarla entre las
candidatas que entrevistó-. Era su negocio soñado. Había invertido todos sus
ahorros en aquella librería.
Llegó el día de la apertura. Había madrugado para estar
en la tienda antes de la inauguración a fin de resolver los posibles
imprevistos. A las diez de la mañana, hora prevista de apertura, Matilde
estrenaba el uniforme que Rita había diseñado con esmero: elegante y alegre. Así
quería que fuera la imagen de su negocio.
No podía ser realidad. Habían pasado treinta años desde
aquella pandemia que tuvo al límite a todas las naciones del planeta tierra,
cuando ella solo tenía diez años ¡no podía volver!
Tenía recuerdos claros de la incertidumbre y miedo que
pasó, de las vacunas investigadas y puestas en circulación con una rapidez poco
habitual en los laboratorios. Hasta cuatro marcas se crearon casi al mismo
tiempo, y se inocularon a toda la población que lo consintió y quiso, aunque
era obligatorio vacunarse, la autoridad sanitaria lo recomendaba y en pocos
meses la población fue pasando por diferentes centros donde te citaban con
otros miles de personas el mismo día.
Fueron meses de angustia en su casa. No se podía, ni
debía salir de ella, solamente para comprar lo necesario para varios días. No
se podían juntar con los familiares cercanos si no vivían en la misma casa. Las
videoconferencias se pusieron de moda entre las familias y los amigos. Rita
recordaba el cartel con dibujos en su ventana que decía “todo saldrá bien”
¿Tanta investigación, tantos cuidados, tanta limpieza… de
que habían servido?
¡No podía volver otra vez aquella pandemia!
Las noticias eran claras: un virus estaba haciendo
estragos entre la población de un país lejano, y ya había llegado a Europa.
¡Otra vez no por favor! rogó al cielo.
La recomendación era clara y tajante: “cerrarse cada
persona en su casa y si fuera posible en soledad, una persona por habitación
sin contacto ni compañía. Solos, cerrados, decía el presidente del país. El
virus contagia en pocos minutos de contacto. Los cadáveres están creciendo a
velocidad supersónica. No tenemos personal suficiente para recoger cadáveres. Cada
familia tiene que llevarlos a un depósito asignado, y salir de la casa durante
una semana”.
Matilde no era de la ciudad. No podía llegar a su casa.
Se la llevaría a la suya, solo estaba a dos manzanas de la tienda, pero tendría
que cerrarla. No podía estar abierta al público. La economía tenía que
congelarse, solo productos básicos, y vestirse con protecciones específicas
para evitar los contagios. Una locura sería este nuevo deafhvirus, así le
nombraban. ¿Quién se libraría de él?
Rita, seguía llorando. Matilde la había infectado. ¿Cuánta
vida le quedaría? Tenía cuarenta años y había vivido dos pandemias, no creía
que pudiera superarlo. Sentada en su librería, se secó las lágrimas y resignada
cogió un libro. Leería todo lo que el virus le permitiera. No podía
desesperarse ni llorar más. Quizá pudiera superarlo y vivir para contarlo.
LA FIEBRE DE LOS RECUERDOS MANUEL GIL
Ya era un hecho,
aunque pareciera el ingrediente oscuro de una pesadilla. La extraña pandemia
era una realidad.
La primera vez que
Silvia vio a un hombre llorar con recuerdos ajenos, pensó que estaba delirando.
—No
quiero verla morir otra vez, no quiero que el camión se trague su coche, era mi
mujer y… Luego un nombre que nunca había conocido.
Cuarenta y tres años. Soltero. Ningún
accidente registrado. Ninguna esposa. Comprobó asombrada. Pero el hombre lloraba una
muerte real.
Ya nadie llamaba “virus” a la enfermedad. Todo el mundo hablaba de la
fiebre de los recuerdos. Bastaba rozar la piel de un infectado para recibir
fragmentos de memorias ajenas: cumpleaños desconocidos, oscuros deseos,
traiciones íntimas, infancias que no pertenecían a uno mismo.
Al principio
parecía inofensivo. Incluso despertaba una curiosidad morbosa.
La alarma llegó
cuando muchos infectados llegaron al suicidio.
Personas incapaces
de distinguir qué habían
vivido realmente. Matrimonios destruidos por recuerdos de infidelidades
inexistentes. Niños despertando con memorias de soldados moribundos. Ancianos
hablando idiomas que jamás aprendieron.
Y el silencio.
Calles desiertas. Nadie
salía si no era imprescindible. La gente usaba guantes, mascarillas,
mangas largas incluso en verano. Nadie quería tocar a nadie. Nadie quería
cargar con vidas extrañas dentro de la cabeza.
Silvia trabajaba
turnos dobles en el Hospital Central desde hacía seis semanas. Dormía poco.
Comía peor. A veces
despertaba sobresaltada pensando que había olvidado algo importante, aunque no
sabía qué.
Entonces comenzaron
las visiones.
No eran como los
recuerdos habituales de los infectados. Aquello era distinto.
Una niña con un
pijama de mariposas. Oscuridad y pasos sobre hojas mojadas con un olor acre.
Agua, agua negra.
Un hombre, cuyo
rostro era imposible ver en esa oscuridad, empujaba a la niña a ese mundo
oscuro de agua retenida que esperaba un aún lejano verano para volver a ser
transparente.
Silvia pensó que
era estrés hasta que otro paciente describió exactamente el
mismo recuerdo.
Luego otro. Y otro
más. Una anciana gritó durante un episodio febril:
—¡La niña de
la piscina! ¡Él la violó y se deshizo de ella lanzándola al agua!
Silvia se decidió a
investigar. Buscó en diferentes archivos policiales hasta encontrar
una noticia olvidada: la niña ahogada en la piscina de su casa en invierno de
2010 en extrañas circunstancias, En principio se pensó en un caso de
sonambulismo que acabó trágicamente. Más tarde hubo un condenado por violación
y asesinato. La niña tenía 8 años.
Las coincidencias
que algunos infectados compartían daban la impresión de que el virus estuviera
propagando un eco entre muchas
personas. Como si el crimen
quisiera salir a la luz.
Silvia no abandonó
sus pesquisas, aquel caso, empezaba a recordarlo, ocurrió cerca de su casa, en
una zona de viviendas unifamiliares en la época en que ella estaba en la
universidad.
Entonces notó el
temblor en sus manos. Fiebre. La infección había llegado. Las
memorias comenzaron a invadirla sin descanso.
Un parto en 2003.
Una ejecución durante una guerra extranjera. Un beso robado en un tren. Una
sobredosis.
Vidas ajenas
acosándola.
Y, entre todas las
memorias extrañas, la niña del pijama de mariposas seguía
apareciendo.
Cada vez más clara.
Cada vez más cerca. Hasta que una noche vio el rostro del asesino.
Surgió durante un
episodio de fiebre brutal en el baño de su apartamento. Silvia cayó de rodillas
mientras recuerdos ajenos atravesaban su mente como cuchillos.
El jardín oscuro.
hojas mojadas. La niña llorando. Y el hombre inclinándose sobre ella.
Esta vez la cara
apareció nítida. Silvia soltó un
grito.
Era su padre.
Retrocedió hasta chocar contra la pared. El corazón parecía
querer salirse de su pecho.
Su padre llevaba
muerto seis años. Un infarto. Un hombre tranquilo. celador de un ambulatorio,
amante de la vida familiar.
Pero ahora
recordaba cosas: discusiones sofocadas entre sus padres, la mirada de miedo en
su madre y un cambio que la llevó a una fuerte depresión.
Memorias propias. No ajenas. El virus no estaba inventando nada. Solo
había roto las puertas.
Silvia pasó dos días
encerrada intentando ordenar su mente. Tal vez el condenado, un inocente,
estuviera aún en la cárcel. Afuera, la
ciudad se hundía en el caos. Disturbios en los supermercados. Grupos armados
quemando edificios de
infectados. La paranoia se había
vuelto más contagiosa que la enfermedad.
Ella apenas podía
mantenerse consciente. Antes de olvidar quién
era, debía contar la verdad.
—Si
espero más… ya no sabré quién lo está diciendo.
Cuando salió rumbo
a la comisaría comenzó a llover.
La gente caminaba
separada bajo paraguas transparentes, evitando tocarse. Una ciudad de cuerpos aislados y mentes contaminadas.
Silvia levantó
el rostro hacia el cielo gris. Creyó escuchar a una multitud respirando dentro
de ella.
Después,
incluso su propio nombre empezó a sonar desconocido.
BRILLO
ESCONDIDO ARACELI
DEL PICO
No era
fácil para Iñigo del Monte, pasar desapercibido. Su bonhomía estaba fuera de
toda duda. Era ingenioso. Y con una figura que parecía tallada por el cincel de
Miguel Ángel. Dispuesto a ayudar a todo aquel que lo precisara, sin que
siquiera se lo pidiera. Y era mi amigo.
Rodeado siempre por un amplio círculo de
admiradores, de uno y otro género, paseaba su metro noventa con la elegancia
innata, que desprenden las personas elegidas. Y esa chispa, que arrancaba la
carcajada de todo aquel que tenía cerca. Ocurrencias no le faltaban.
Pero las personas de tales prendas, atesoran
la admiración de muchos y la envidia e inquina de muchos más. Y los segundos
tejen una serie de bulos que emiten a través de las ondas de su mala baba. Y al
final acaban siendo más los segundos.
Acabó su doctorado con notas brillantes. Y
consiguió el si, de la chica más guapa de la universidad. Cecilia Anchieta.
Venturas acumulativas que no hacían más que envolverle en la misma proporción
en alabanzas e infundios.
Tales infundios llegaron a sus oídos y trató
de esquivarlos e ignorarlos. Hasta ahí no llegaron sus habilidades. No se
agobió.
Transcurrió un tiempo, en el que se dejaba
ver poco y cuando aparecía, era con mal aspecto. Cansado y con mirada triste.
Una tarde donde departíamos en una tertulia,
llegó con parte de la cara tapada por una mascarilla. Explicó que había cogido
un mal virus, que le tenía cansado y preocupado, puesto que había ido al médico
y el diagnóstico había sido incierto. Y no tenía claro si el galeno se había
callado algo por no agobiarle o que realmente no había dado con el mal que le
aquejaba. Tan mala era una cosa como la otra. Y claro está la duda le estaba
matando. Por ende, su enfermedad podría ser contagiosa. De ahí la mascarilla.
En esa tertulia, había de todo. Los que
siempre le habían admirado y los demás. Pero mientras que en los ojos de unos
asomaba un halo de tristeza, en el resto había un brillo nuevo de felicidad.
Cuando nos separamos, me fui con el corazón
encogido. Y le dije que contara conmigo para todo cuanto quisiera. Me dijo que
por supuesto. ¿con quién si no?
Llegué a casa abatido. Sonó el teléfono. Era
él, con el mismo tono jovial de siempre.
Mauro,
hacen unas cañitas?
Pero
tú no deberías…
Quiá,
quedamos en El Rebollar y te lo cuento todo.
Apareció sin mascarilla. Parecía un figurín.
ENGANCHADOS SANTIAGO
J. MARTÍN
- Lo mejor es que te
lo tomes ya. Qué ganas tienes de pasar
un mal rato.
- Son tantos que...
- Exagerado. Te
quejarás de mala salud.
- Pero si es que lo
pillo todo.
- Ya. Y ahí sigues.
- Hecho una mierda.
Tras varios minutos
de silencio absoluto, sin miradas, ni gestos, ella se atrevió a poner la tele.
- ¿Qué pretendes,
Lola?
- Salir de este
sopor.
- Esto no tiene
solución.
- Vale, bien.
Dejémonos ir. Ya total.
- Eso es justo lo que
te intentaba decir.
Deja el mando en la
mesa, después de apagar el aparato. Coge un libro cualquiera de la estantería
azul.
- Lo que me faltaba.
Verte leer.
- Qué gran tortura
para el señor. Espabila, Federico que parece que ingresas mañana en una
residencia.
- No, mañana, no.
Ella deja el libro.
Se desnuda lentamente delante de su cara. Las bragas caen sobre la frente de
Federico.
- Lola, coño, un
respeto. Acabamos de perder otra vez la liga.
- No me decías lo
mismo la noche que murió mi padre, bonito
- Son cosas
distintas.
- Siempre te ha
podido el morbo, pero el tuyo particular. ¿Acaso sabes cómo se encuentra mi
hermana con lo nuestro?
Bueno, pues hasta
aquí el reto de hoy. Ahora os paso la batería de preguntas.
·
¿Cuál
es la relación real entre Federico y Lola?
·
¿Cuántos
años puede tener Federico?
·
¿Cuál
es el equipo que ha vuelto a perder la liga?
·
¿Es
el sexo lo único que les une a ambos?
·
¿A
qué partido votó Federico en las últimas elecciones?
·
¿Qué
religión profesa Lola?
En nuestra página
web, HAGÁMONOS VIRALES”, encontraras las posibles respuestas a cada una y
podrás apostar por todas las que consideres.
Siguiendo la
normativa europea sobre juegos de azar, es necesario ser mayor de 18 años para
poder participar.
Teniendo en cuenta la
ley de protección de datos, los nombres de los protagonistas son ficticios, no
así el caso que aquí os presentamos.
Las respuestas
correctas están depositadas en la Notaría N.T.L.V.A.C*, con el número de
protocolo 45.347V y la licencia de funcionamiento 39999, de las Islas Barbados.
*No Te Lo Vas A
Creer.