¡MALDITO SELFI! ANTONIO LLOP
Tiemblo. Pero
estoy decidido a tocar el icono. Una instrucción sencilla que ordenamos al
móvil muchas veces. Dirijo mi dedo al dibujo de la cámara con el circulo de
reversión. Cierro los ojos y aprieto.
Todo había
empezado aquel atardecer en la playa. Era el momento justo. Aunque no soy un
maniático de las fotos y apenas utilizo el teléfono portátil para esa función,
aquel momento merecía reproducirse. El sol se ponía por el horizonte marítimo y
esos rojos reflejados en el mar eran dignos de captarse. Debía darme prisa
porque esa luz especial se iba a apagar en cualquier momento. Así que pulsé el
icono de la cámara e hice la fotografía casi sin mirar el objetivo. Digo “casi”
porque no vi detalles sino el bulto. Pero lo suficiente para darme cuenta de
que aquello que había enfocado no era una puesta de sol. Y es que en mi
precipitación por captar el momento justo me había hecho pulsar por error el
modo selfi. Y esa foto fue mi perdición. Primero poque había captado un
cuadrado en blanco, es decir, la cámara no recogió nada. Y segundo porque desde
entonces mi imagen ha desaparecido de los espejos.
No se puede
decir que huya de mi reflejo y lo evite de forma patológica en el cuarto de
baño, sino que no me miro de forma intensa. Suelo dirigir mi vista para vigilar
el curso del afeitado en mi cara u otros usos cotidianos. De esa forma solo
miro la parte de mi cuello y la cara por donde actúa mi afeitadora. Tampoco
tengo que comprobar si mi peinado está simétrico porque soy calvo. Nunca miro
especialmente el conjunto de mi rostro y por supuesto no me demoro en esa
contemplación. A veces me hacen fotos con mis amigos, pero veo la instantánea
en su conjunto. No suelo ampliar la imagen. No tengo ningún interés en verme de
cerca. Soy lo que puede definirse como un anti narciso. Digo todo esto porque
nunca habría dirigido mi dedo conscientemente para hacerme un selfi.
Desde que
desapareció mi rostro en el espejo no hay lámina de cristal o superficie
reflectante que escape a mi escrutinio. Me detengo a observar los escaparates.
Solo veo bolsos, zapatos, televisores o ropa. Y gente que pasa por detrás de
mí. Pero no mi figura. Llegué a mi casa, entré en mi habitación con mucho
miedo. Poco a poco me acerqué a la luna del armario. Nada. Ninguna persona
reflejada. ¿Alguien me había vampirizado? ¿Por qué había desaparecido mi imagen
de los cristales?
He visitado a
mi médico de cabecera y le he explicado mi problema. Me ha mirado de una forma
rara. Tras una primera exploración a mis ojos no ha encontrado nada anormal. Me
ha derivado al oftalmólogo casi sin convencimiento. Éste tampoco ha observado
ningún defecto en mi vista que justifique esa falta de visión selectiva.
No voy a
acudir de nuevo al médico de familia. Me daría un volante para el psiquiatra
quien probablemente me dijera que la explicación al cuadrado en blanco del
móvil pudiera ser por un defecto de la máquina. Y que mi problema de vista
puede deberse a una sobresaturación de búsqueda de mi imagen que haya hecho que
esta desaparezca de mis circuitos cerebrales. O puede que me diagnostique algo
aún peor. No voy a buscar en la ciencia algo que llegó a mí de una forma
acientífica.
Como mi
problema surgió con un maldito selfi he pensado que quizás se arregle con otro.
Por eso tengo el móvil con la cámara en ese modo. Por eso tiemblo esperando
ver, por fin, mi cara. Por eso acabo de apretar el icono y he cerrado los ojos.
Y ahora que los abro…
EL ÚLTIMO SELFI JUAN SANTOS
En los últimos años han pasado por mis manos cinco teléfonos
móviles con sus correspondientes cámaras. Con todos he hecho fotos excelentes.
Son miles las que tengo archivadas en el ordenador, de mi familia y de mis
amigos. Pero fotos de selfis míos, aunque parezca mentira, no conservo ninguna.
Como en todas salgo fatal, las he ido borrando sobre la marcha. Y es que,
además de ser poco fotogénico, no me apaño para sujetar el aparato con cuatro
dedos y darle a la tecla con el otro.
Ahora me encuentro con el problema de que tengo que mandarle
una foto a la chica que he conocido por Internet. Llevo todo el día haciendo
pruebas y son un desastre: cada vez me salen peor, me tiembla el pulso y no hay
manera de sacar una curiosa. Ya sé que la cara es la que tengo y no la puedo
cambiar. Por eso, en lo que estoy probando una y otra vez es en la expresión,
haciendo diferentes gestos. Quiero transmitirle que soy un hombre alegre. De
estos últimos selfis he seleccionado seis, pero ninguno me convence. Ese no soy
yo. Aparento tristeza, miedo, sorpresa, ira, asco y desprecio. Con lo guapa y
alegre que está ella en el suyo, que me ha mandado, yo no voy a ser capaz de
hacerme uno con la simpatía que me caracteriza.
Como último recurso, he decidido tomarme tres o cuatro
cubatas, para ponerme bien alegre, a ver si tengo suerte y pongo cara de
felicidad.
Bueno, ya me los he tomado. Voy a hacerme el último selfi.
Oye, pues he salido muy bien. Estupendo, voy a enviárselo.
Espero que no me note cara de borracho.
CARPE
DIEM MANUEL
GIL
En la casa
rural que habían alquilado junto a Sandra para pasar un fin de semana de
chicas, Silvia manipulaba el móvil de Ana cuando una foto de su amiga llamó su
atención.
—¿Y este selfi?
¿Cuándo te lo hiciste y dónde? Porque tienes el pelo como lo llevabas antes, y
el lugar no me suena en absoluto.
—A ver, a
ver… No sé, yo no me he hecho este selfi. Además,
esa casa no la conozco. Qué raro,
¿no? No será algún montaje que me hayas hecho con la IA, que tú eres muy
aficionada.
—Yo, qué va. Pero si lo tienes aquí guardado
desde hace tiempo. Intenta recordar; la casa es muy peculiar, tiene en el
dintel de la puerta un grabado que dice "Carpe Diem", parece.
—Que no, tía,
esto es muy raro. Yo no conozco ni la casa ni recuerdo haber tomado este selfi.
—Misterio.
Algún día irías achispada y no lo recuerdas.
¿Cómo va a llegar a tu teléfono
si no? Y esa eres tú, bonita, eso está claro.
El fin de
semana siguió su curso, pero Ana no podía apartar de su cabeza el selfi. No
encontraba explicación. Estaba tan segura de no ser la autora de la imagen, y
la casa… no sabía por qué,
pero algo la inquietaba.
Pasó unos
días dándole vueltas al
tema del selfi hasta que otro asunto ocupó su mente: su madre llevaba una
semana inmovilizada en casa tras haber sido operada de una rotura de cadera, y
le había delegado el tema de la fosa de su bisabuela Carmela. Siempre se había
mantenido un poco al margen de esas cuestiones. En su hogar se había hablado
poco de estos temas, y su madre, en complicidad con su abuela Vicenta —que
estaba internada en un centro por Alzheimer— nunca había cesado en la búsqueda
de aquella mujer, madre soltera de la que solo sabía que había sido
fusilada por anarquista, y
que había ganado notoriedad por dar refugio a mujeres maltratadas. En el pueblo
que ella nunca había visitado, le llamaban “Ay, Carmela”, asociando su figura a la
popular canción.
Tenía en
sus manos el comunicado en el que los investigadores de la fosa común
solicitaban su presencia, ya que creían tener identificados los restos de su
bisabuela. Cuando llegó a aquel pueblo, sintió una extraña sensación; nunca había
estado allí, pero sentía como si conociera alguna de sus calles, como si el
ambiente, de alguna manera, le resultara familiar.
En la
fosa, abierta bajo un cielo azul adornado con nubes blancas, podían verse unos
huesos catalogados. Los responsables le informaron que habían confirmado,
gracias al ADN que su madre había aportado, que se trataba de Carmela. También le dijeron que habían encontrado
junto a ella un estuche de lata muy deteriorado y corroído por el óxido, en
cuyo interior había algún resto de papel ilegible y unas fotos en las que
apenas podía distinguirse nada. El laboratorio trabajaba con la intención de
recuperar las imágenes mediante un proceso informático.
Ana
permanecía impaciente, sentada en un banco al lado del laboratorio, cuando un
hombre mayor, de aspecto cansado, se dirigió a ella.
—Tenemos
el resultado del trabajo realizado con las fotos. Solo hay una en la que se
puede ver el rostro y un poco del fondo. Tome, mire usted.
Ana se
tapó la boca, intentando reprimir un grito que brotó desde dentro. En la foto
aparecía una sonriente Carmela, con un rostro que podría confundirse con el
suyo. Recordó que alguna vez su abuela Vicenta le había dicho, mirando
fijamente: “Ay,
Carmela”. Y detrás, en el arco de una puerta, aparecía un grabado que decía
"Carpe Diem”.