ANTONIO, EL MUNICIPAL MANUEL
GIL
Esperando la llamada del juez, Antonio sentía inquietud y
miedo. Miedo sí, pero a pesar de él estaba dispuesto a dar la batalla.
Nervioso retorcía la gorra de su uniforme de guardia
municipal. Un uniforme que se ganó por su lucha por Dios y la patria. Dios y
patria que defendió sin convicción alguna cuando fue alistado en la llamada
quinta del chupete. Tenía solo 18 años.
Su pueblo estaba ya tomado por los nacionales y fue enrolado y enviado al
frente sin apenas preparación ni instrucción. En su primera batalla en Córdoba
recibió cinco balazos. Llevaba a la espalda a un compañero herido, en el
momento de recibir los impactos. La noticia que llegó a sus familiares fue que
había muerto en combate, porque lo confundieron con el compañero que cargaba
que era también del pueblo y que fue quien en realidad murió. Tras meses de
sufrimiento y hospital regresó a casa.
Terminada la guerra, las cicatrices del combate se convirtieron en una credencial
al haber sido obtenidas en las filas vencedoras. Fue compensado con un puesto
en la policía local, a pesar de las reticencias de los jefes, que conocían su
pertenencia a una familia republicana. Así comenzó su andadura en el cuerpo.
A la espera de ser llamado ante el juez recordaba la
conversación mantenida con el jefe local del movimiento, responsable también de
la policía municipal. Con tono amenazador le había dicho
- Antonio, tienes que decir que
tú lo viste, que lo quemaron delante de ti.
- Perdone usted don Ricardo, yo no puedo
decir eso, porque yo no lo vi, cuando llegué allí su hermana me dijo que ya lo
habían quemado y que usted lo sabía, que podía retirarme.
- Pero ¿no te das cuenta de lo grave que es esto? Está metido el
ejército.
Los hechos habían conmocionado al pequeño pueblo. Petra,
la hermana de don Ricardo, mujer ambiciosa y sin escrúpulos, como muchos de los
vencedores, aprovechaba su posición de fuerza para enriquecerse con el
estraperlo, amparada además por la impunidad que sentía al tener a su hermano
como responsable de la policía.
Tenía un hijo que estaba cumpliendo el servicio militar.
El muchacho llegó por unos días al pueblo, de permiso desde su cuartel en
Málaga acompañado de dos compañeros con
los que había trabado amistad.
Al día siguiente de llegar, los chicos estaban solos.
Petra había viajado a un pueblo cercano por asuntos relacionados con sus
negocios. Llovía, estaban aburridos y decidieron preparar una merienda.
Entraron en un cobertizo ubicado en el patio posterior de la casa donde Petra
almacenaba productos para el estraperlo. Los muchachos cogieron una ristra de
chorizos una garrafa de vino y se dispusieron a darse un festín.
A la vuelta de su viaje, Petra los encontró, en un lamentable
estado, tirados en las camas rodeados de vómitos. Cuando se percató de que
habían consumido chorizo de los que tenía almacenados, creyó enloquecer.
Unos días más tarde en el hospital en Málaga, el hijo de
Petra y uno de sus amigos fallecieron, permaneciendo el tercero en un estado
grave.
La investigación concluyó que los muchachos habían
consumido carne de cerdo fuertemente infestada de triquinosis.
En la última matanza, el veterinario detectó la
enfermedad y ordenó la incineración inmediata del cerdo, para lo cual se dio
aviso a la policía local.
Antonio fue el encargado de ser testigo de que se cumplía
la orden y se personó en casa de Petra. Esta con su habitual soberbia le
despachó, diciendo que ya se había cumplido y que su hermano tenía constancia
de ello.
-
Dígame, ¿usted en su condición de agente de la policía local fue enviado a
presenciar la incineración de un cerdo ordenada por el veterinario?
Preguntó el juez a Antonio.
-
Señor yo fui sí, pero cuando llegué la señora me dijo que ya habían quemado al
animal y que si tenía dudas se lo preguntara a don Ricardo y cuando se lo
comenté a él, me confirmó esta declaración de su hermana.
- En definitiva usted no vio la incineración, ni ningún resto que le
hiciera pensar que se había llevado a cabo. ¿No es así?
- Sí, señor, yo no vi nada y actué confiando en la buena fe de mi jefe.
Se sintió atravesado por las miradas de odio de su jefe y
de su hermana que desde la muerte de su propio hijo, actuaba como una bestia
herida, carcomida por la culpa y el rencor, sin llegar a empalizar ni
mínimamente con las víctimas que hubiera causado la distribución consciente de
esa mercancía en el mercado negro.
Para estas personas muy bien relacionadas con el régimen,
no duró mucho la cárcel ni la inhabilitación.
Pocos años después don Ricardo, que había recuperado su
puesto, abrió un expediente a Antonio, bajo la acusación de emborracharse
estando de servicio. Acusación falsa, porque estaba en su tiempo libre, aunque
nunca pudo demostrarlo. Fue expulsado del cuerpo y quedó sin trabajo con dos
hijos pequeños en un pueblo donde todo lo ocurrido, le pasaría permanente
factura.
Se trasladó con su familia a un pueblo cercano a Madrid, donde se abrió camino trabajando en
cualquier cosa que iba encontrando. En cierta ocasión tuvo que pedir un
certificado de buena conducta que necesitaba para un empleo y recibió un
informe demoledor. “Desafecto al régimen, de una familia de rojos extremistas,
de conductas indecorosas, bebedor” y toda una serie de lindezas.
En los años ochenta, a instancias de un sobrino, relató
su historia a un abogado laboralista. Una historia que siempre había arrastrado
como un lastre y que había ahogado muchas de sus aspiraciones.
Tras una reclamación de su expediente y un estudio de los
hechos por parte del ayuntamiento democrático. Antonio, fue rehabilitado, y ya
jubilado, obtuvo una indemnización económica y un reconocimiento de haber sido
víctima de una represión injusta.
Por primera vez desde su juventud, se sintió ganador, no
ya de una batalla, sino de una guerra que había durado demasiado tiempo.
VICTORIA
AMARGA JUANA
DOMÍNGUEZ
Volví del cementerio desolada y agobiada; mi padre había
fallecido a causa de un accidente; todos nuestros conocidos me habían consolado
y se habían ofrecido a ponerse a mi disposición para cualquier cosa que
necesitara.
Me encerré en su cuarto cuando llegué a mi casa, sin parar
de llorar, deseando morir yo también. Necesitaba a mi padre, mi única familia,
mi madre murió al nacer yo. Me crie con mi abuela materna y mi padre. Malcriada
por los dos, hasta que el Covid se llevó a mi abuela. No tuve hermanos, ni
tíos, por lo que no me quedaba ningún familiar directo, solo amigos, míos y de
mi padre.
Una luz tenue llamó mi atención procedía de mi habitación
¿me habré dejado la luz encendida esta mañana antes de salir? No quería,
moverme de su cama, aún percibía su olor entre las sábanas. Algo me obligó a
levantarme para apagar la luz. Sentada en la silla donde siempre se ponía a
leerme cuentos, estaba mi abuela Fernanda !No puede ser murió hace cinco años!
¡Estaré soñando, el dolor por la muerte de mi padre me está creando
alucinaciones! Apagaré la luz, y volveré a su cama.
-Buenas noches hijita ¡Estaba escuchando a mi abuela en mi
cabeza! El dolor me estaba volviendo loca.
-No princesa, no estás loca, he vuelto para acompañarte, y
consolarte, tendrás que ser fuerte y seguir adelante con tu vida, yo voy a
estar siempre cerca para apoyarte en esta nueva etapa.
Conocí a Raúl unos meses después, vino a trabajar a la
empresa que heredé de mi padre, lo
contrataron para que me ayudara en la contabilidad. No era guapo, ni alto, de pelo castaño oscuro pasaba
desapercibido, pero su simpatía bastaba para hacerme grato el trabajo. Un día
apareció Martín, socio y amigo de mi padre, por la oficina y saludó a Raúl con
mucha confianza, como si le conociera de siempre, entre bromas me comentó que
sería muy buen partido para mí cuando decidiera casarme. Desde entonces empecé
a mirarle con otros ojos. Se fue haciendo
cada día más imprescindible. Una tarde me pidió salir juntos para
conocernos mejor, y acepté. La vida parecía sonreírme de nuevo, pocos días
después decidimos vivir juntos.
La primera noche que Raúl se quedó en mi casa, mi abuela me
despertó al amanecer
-Hija, este chico esconde algo sucio, no te fíes, ponte en
guardia, vigílale, siento que algo malo planea.
Me costaba aceptar que Raúl no tuviera buenas intenciones
conmigo, pero mi abuela podría tener razón. No pude descubrir nada anormal,
Raúl seguía siendo cariñoso, amable y me hacía reír con sus ocurrencias, ya
estaba decidida a casarme con él. Una tarde me encontré mal con un poco de
fiebre y me fui a casa. En la calle comprobé que había olvidado las llaves,
volví a la oficina a buscarlas, en la recepción de la empresa estaba Mario, el
mejor amigo de Raúl, se sobresaltó al verme. Me dirigí al ascensor y escuche
hablar a Mario.
- Raúl, Marga está subiendo, date prisa.
Algo preocupante pasaba. Pulse un piso por encima del mío, y
baje por la escalera de emergencia, entraría por la puerta de atrás a mi
despacho. Por la escalera subía Martín. Se sorprendió al verme. No sabía cómo
salir del aquel encuentro.
- Estoy haciendo
ejercicio, me han recomendado subir escaleras ¿ya estas mejor? Raúl me ha dicho
que no te encontrabas bien.
Intentaba retenerme
en aquella escalera, bajé todo lo deprisa que pude. Raúl estaba sentado frente a mi ordenador,
detrás estaba mi abuela, leyendo lo que veía en la pantalla.
Estaba cambiando las
claves de las cuentas de la empresa. La policía en su investigación encontró
diversas falsificaciones. Los tres compinches estaban urdiendo un desfalco para
quedarse con mi empresa.
Fue muy amargo descubrir el engaño de los que decían
quererme, y a la vez feliz. Gracias al espíritu de mi abuela conseguí
desbaratar los planes que tenían para dejarme en la calle, una batalla ganada
con ayuda de la providencia divina.
MIENTRAS
LLOVIA ARACELI
DEL PICO
Caía una lluvia
primaveral y Clara, sentada en el pequeño salón de su casa, sostenía una
revista en sus manos que ojeaba sin interés alguno. Acababa de ver las noticias
en la televisión y se sintió angustiada.
Con noventa y
ocho años, tenía una mente clara, precisa y en su cabeza, y de repente, se
agolparon todos los recuerdos de una vida, que había disfrutado y padecido,
casi al cincuenta por ciento. Cierto es que era una magnífica conversadora y
siempre había gente alrededor que disfrutaba de su compañía y de su fluido
verbo. Prefería recibir visitas antes
que hacerlas. Sus huesos, si que actuaban de acuerdo con la edad que tenía.
¡Qué dolor!
Apoyada en su
andador, se acercó hasta la cocina, se preparó una infusión y antes de sentarse
en su cómodo sillón, cogió cualquier revista.
El murmullo del
agua al chocar en los cristales, la llevó a un cómodo sopor y su mente se abrió
como las hojas de un libro…
Eran unos críos
y ya soñaban su futuro juntos, y para toda la vida. Iñaqui tejía en su mente
mil propósitos para brindar a Clara una vida cómoda, sin lujos, pero con todo
lo necesario a su alcance. No faltarían las risas, ni las ternuras, ni las
bromas. Justo aquello que era necesario para hacer de su entorno un hogar
feliz. Mil veces se lo prometió.
No pudo cumplir
su promesa. Como muchos jóvenes fue llamado a filas, para incorporarse al
frente y participar en una guerra entre hermanos, que ni quería, ni
entendía. Clara, a los dos meses recibió
la noticia. Iñaqui había caído en acto de servicio, defendiendo a su patria
como un héroe.
Mentira. Clara
sabía que su novio no había defendido nada. Simplemente se cruzó en el camino
de una bala perdida que le atravesó el corazón. Las guerras absurdas, y esta lo
era y mucho, daban estos resultados.
Una guerra que
se preveía corta, duró más de tres años, arrastrando desolación y horror. Las
diferentes batallas, que se libraron en uno y otro bando, dejaron ciudades
destruidas, familias destrozadas y odios inexplicables entre vecinos que habían
convivido como hermanos.
Ella, se unió
poco después a un grupo de ayuda de enfermería, tenía que cooperar en la medida
de sus fuerzas y entendimiento. En ese tiempo vio como entraban en un mal
llamado hospital de campaña, hombres y algunos casi niños, como era Iñaqui,
cubiertos de sangre, mutilados, y otros ya fallecidos a quienes se retiraba a
un pequeño habitáculo, hasta que se recogieran sus pertenencias para hacerlas
llegar a sus familiares y posterior inhumación.
Sufría por cada
una de las personas a las que tenía que atender, pero se entregaba en cuerpo y
alma para tratar de aliviar aquel dolor inmenso que venía reflejado en las
caras y oyendo los gritos de dolor de cada persona que allí entraba. Curaba
heridas e inventaba historias de superación que transmitía a los heridos de los
que se ocupaba. Todos la querían y respetaban. Y cuando se retiraba a
descansar, era tal la carga emocional que llevaba, que apenas podía dormir.
Entonces invocaba a su dios particular. Iñaqui, cuánto te echo de menos…
Amaneció un
fatídico día que las tropas enemigas no respetaron la bandera blanca del
edificio. Entraron soltando una ráfaga de fuego indiscriminada. Clara, cayó al
suelo aturdida, asustada, mientras reaccionaba no vio venir la bota enfundada
de aquel salvaje que pisó con fuerza su pecho, mientras se bajaba el pantalón.
Clara, se dejó
hacer. No opuso resistencia. Tendida en el suelo con los brazos abiertos, pero
sosteniendo con fuerza en su mano el bisturí que estaba usando cuando entró el
monstruo. Y cuando este vertía el veneno de su semen sobre ella, le abrazó con
fuerza, hincando el bisturí en su cuello. Los estertores de la muerte hicieron
que su cuerpo temblara. Como pudo se zafó de él. Puso su frágil pié sobre el
cuello del monstruo y entonces el bisturí le cruzó de lado a lado. Escupió
sobre su cara y sin perder un minuto, fue a reconocer a los supervivientes…
Mientras
recordaba este amargo episodio de su vida, brotaron unas amargas lágrimas. Pero
la vida suele dar segundas oportunidades. A ella le vino esta oportunidad a
través de Marcos. Herido en el frente, había perdido una pierna. Clara le
ayudó, hasta hacerle creer, que de todas las pérdidas esta era la menos
importante.
Marcos escribía,
de hecho era periodista en el diario El Sol. Y le encantaba oír las historias
que relataba Clara a sus pacientes. Se enamoró de ella casi de inmediato. Y el
tiempo, aliado en todas las causas, para bien y para mal, fue dejando espacio
en el corazón de ella.
El resultado fue
una convivencia perfecta. Nunca se casaron. Dos hijos, cuatro nietos y de
camino venía un bisnieto.
Una amplia
sonrisa se reflejó en su cara. Sintió que había librado sus batallas con
valentía. Pero por nada del mundo querría presenciar una tercera guerra mundial,
de la que tanto se hablaba últimamente. Por eso cogió el mando de la tele y la
apagó con rabia. La relajante infusión había hecho su efecto. Mientras, la
insulsa revista caía de sus manos.
ASESORES SANTIAGO
J. MARTÍN
No era nueva aquella sensación que sentí al verla. Ya me
había pasado otras veces, pero nunca en un escenario tan solemne como aquel.
Me sucede con frecuencia. Veo aparecer a una persona
doblando una esquina y sé que por mucho que yo mantenga mi dirección o la
cambie con tiempo suficiente, terminaremos casi chocando, como dos imanes.
El salón de celebridades de la embajada de Luxemburgo en
París estaba atiborrado de fotógrafos, cámaras de televisión y periodistas.
Aquella era una oportunidad única para conseguir un alto el fuego y la primera
piedra para construir una paz, ojalá que duradera, con nuestro enemigo más
letal y país vecino.
Hablábamos la misma lengua, comíamos los mismos platos,
hacíamos las mismas bromas, pero nos odiábamos con pasión.
Durante los cinco últimos años habían perdido la vida más de
200.000 personas de uno y otro bando. Ya nadie recordaba por qué había empezado
todo esta vez, pero yo sí.
Un negociador debe ser inflexible, rencoroso, amable en el
semblante, dulce de voz y, sobre todo, dar la impresión de querer llegar a un
acuerdo.
Aquella mujer seguía a rajatabla las instrucciones
recibidas, aunque su mirada era dulce. Ella no pensaba rebajar un ápice sus
pretensiones y yo tampoco, pero al rozar nuestras manos para firmar el primer
protocolo de armisticio, sentimos un extraño placer con olor todavía a pólvora
y rencor.
Los periodistas abandonaron la sala y nos quedamos los dos
equipos negociadores y el mediador europeo. La reunión solo iba a durar treinta
minutos. Las dos partes mostramos nuestras reticencias, pero ella y yo
apostamos por una solución negociada que se antojaba imposible.
Aquello abría la puerta a la paz y sobre todo, lo más
importante, a nuevos encuentros de trabajo con la esperanza de poder tomar un
café juntos, los dos, cuando aquello dejara de oler a sangre.
Antes de despedirnos las dos comitivas, de nuevo con los
focos de la prensa poniendo luz a la guerra, me llegó un WhatsApp de mi
secretario, donde el muy cabrón me decía:
“La verdadera batalla
empezará ahora en casa, eligiendo el paño de la bandera blanca. Idiota”