NARCISO ANTONIO
LLOP
Muchachos, les voy a contar un
cuento para que aprendan a ser comedidos con sus deseos. No deben anhelar sus
sueños de una forma demasiado intensa. Porque siempre aparecerá uno de los
diablillos de la decepción para aprovecharse de su debilidad. O algo peor.
Érase una vez una charca
rodeada de lirios y juncos. Se alimentaba de un torrente de montaña que le
proporcionaba frescor y un colorido azulado verdoso. En ella convivían sapos y
ranas saltarinas con sus renacuajos buceando por todos lados junto a
inquietantes tritones y cangrejos de agua dulce en los bordes. Sobrevolaban el
espacio algunas libélulas y mosquitos que de vez en cuando se posaban en la
parte exterior del agua. De vez en cuando aparecían otros animales, como gamos
y jabalíes, que abrevaban allí.
También se acercaba a la
charca todos los días un hombre, llamado Narciso, que nadie sabía de dónde
venía. Solo que todas las mañanas a la misma hora se miraba en su superficie.
Era un hombre de bonitos rasgos: una nariz respingona, ojos grandes y claros,
boca y labios carnosos, abundante cabello y mentón bien perfilado. Después de
contemplarse largo rato abría una sonrisa que denotaba su satisfacción con la
imagen reflejada en el agua.
Una noche hubo una gran
tormenta. Los truenos y relámpagos asolaron ese entorno idílico. La violencia
de la lluvia arrancó el limo y la tierra de entre las rocas El torrente que
alimentaba a la charca arrastró hacia abajo esos materiales. El agua se tiñó de
un color amarronado. Cuando amaneció, Narciso vino como todas las mañanas a ver
su bello rostro reflejado en la lámina fluida. Pero aquel espejo ya no le
devolvía sus hermosos perfiles. En su superficie borrosa, su nariz aparecía
horriblemente deformada, su pelo enmarañado y sus orejas despegadas del rostro.
Lo turbio del agua también enmascaraba su piel sonrosada y sus ojos verdes.
Narciso se asustó mucho. No pensó en que la charca recuperaría su color azulado
verdoso al día siguiente, en cuanto se disolviera la suciedad. Necesitaba ver
su bonita cara ya. Tanto, tanto, lo deseó que uno de los tritones se asomó a la
superficie. El animalillo lo miró con ojos trasmutados a humano y dijo:
—Veo que has sufrido una gran
decepción. Yo puedo hacer que recuperes tu hermosa figura.
—Y ¿qué tengo que hacer?
Pídame cualquier cosa.
—Es muy sencillo -dijo sacando
un pergamino del agua-. Solo tienes que aceptar estas condiciones.
Narciso firmó sin dudar lo que
le presentaba el tritón, y sin mirar lo que firmaba, porque deseaba mucho
volver a sus colores sonrosados y su perfil simétrico en el fluido espejo.
De esta forma, mis queridos
muchachos, le colaron a nuestro presidente Milei la criptomoneda que hizo
perder a tanta gente sus ahorros.
Así que no seáis uno de esos
Narcisos que se están mirando constantemente en el espejo y darían cualquier
cosa por conseguir sus sueños. Y, sobre todo, no creáis en estos presumidos de
manera ciega.
EL SUEÑO AMERICANO MANUEL
GIL
A la luz del celuloide fue cuando
al suave abrigo de la oscuridad,
forjé el deseo; huir de la
mediocridad,
ser dueño de mí, ponerme al mando.
Con cruzar el charco, viví
soñando,
abrazar a la causa de la libertad,
jazz, cine, otro mundo, otra
sociedad,
soñé despierto con cambiar de
bando.
En brazos del mar a bordo de un
barco
mi sueño viajaba abierto en canal,
la gloria allá, al otro lado de
charco.
Tierra prometida, la meta ideal
pero este cuadro hoy tiene otro
marco
A mi cuento le han cambiado el
final.
EL CHARCO CARLOS
BORT
Hoy las cejas enarco,
ojizarco.
No me gustan los narcos,
sí los barcos.
Hago fotos que enmarco,
flecha y arco.
No escribo cual Plutarco,
soy anarco.
En apretar soy parco,
mucho abarco.
Seguidilla, ahí te aparco
en to'l charco.