29/08/2025

EL CHARCO 1

 

NARCISO                                                        ANTONIO LLOP

Muchachos, les voy a contar un cuento para que aprendan a ser comedidos con sus deseos. No deben anhelar sus sueños de una forma demasiado intensa. Porque siempre aparecerá uno de los diablillos de la decepción para aprovecharse de su debilidad. O algo peor.

Érase una vez una charca rodeada de lirios y juncos. Se alimentaba de un torrente de montaña que le proporcionaba frescor y un colorido azulado verdoso. En ella convivían sapos y ranas saltarinas con sus renacuajos buceando por todos lados junto a inquietantes tritones y cangrejos de agua dulce en los bordes. Sobrevolaban el espacio algunas libélulas y mosquitos que de vez en cuando se posaban en la parte exterior del agua. De vez en cuando aparecían otros animales, como gamos y jabalíes, que abrevaban allí.

También se acercaba a la charca todos los días un hombre, llamado Narciso, que nadie sabía de dónde venía. Solo que todas las mañanas a la misma hora se miraba en su superficie. Era un hombre de bonitos rasgos: una nariz respingona, ojos grandes y claros, boca y labios carnosos, abundante cabello y mentón bien perfilado. Después de contemplarse largo rato abría una sonrisa que denotaba su satisfacción con la imagen reflejada en el agua.

Una noche hubo una gran tormenta. Los truenos y relámpagos asolaron ese entorno idílico. La violencia de la lluvia arrancó el limo y la tierra de entre las rocas El torrente que alimentaba a la charca arrastró hacia abajo esos materiales. El agua se tiñó de un color amarronado. Cuando amaneció, Narciso vino como todas las mañanas a ver su bello rostro reflejado en la lámina fluida. Pero aquel espejo ya no le devolvía sus hermosos perfiles. En su superficie borrosa, su nariz aparecía horriblemente deformada, su pelo enmarañado y sus orejas despegadas del rostro. Lo turbio del agua también enmascaraba su piel sonrosada y sus ojos verdes. Narciso se asustó mucho. No pensó en que la charca recuperaría su color azulado verdoso al día siguiente, en cuanto se disolviera la suciedad. Necesitaba ver su bonita cara ya. Tanto, tanto, lo deseó que uno de los tritones se asomó a la superficie. El animalillo lo miró con ojos trasmutados a humano y dijo:

—Veo que has sufrido una gran decepción. Yo puedo hacer que recuperes tu hermosa figura.

—Y ¿qué tengo que hacer? Pídame cualquier cosa.

—Es muy sencillo -dijo sacando un pergamino del agua-. Solo tienes que aceptar estas condiciones.

 

Narciso firmó sin dudar lo que le presentaba el tritón, y sin mirar lo que firmaba, porque deseaba mucho volver a sus colores sonrosados y su perfil simétrico en el fluido espejo.

De esta forma, mis queridos muchachos, le colaron a nuestro presidente Milei la criptomoneda que hizo perder a tanta gente sus ahorros.

Así que no seáis uno de esos Narcisos que se están mirando constantemente en el espejo y darían cualquier cosa por conseguir sus sueños. Y, sobre todo, no creáis en estos presumidos de manera ciega.

EL SUEÑO AMERICANO                                                        MANUEL GIL

 

A la luz del celuloide fue cuando

al suave abrigo de la oscuridad,

forjé el deseo; huir de la mediocridad,

ser dueño de mí, ponerme al mando.

 

Con cruzar el charco, viví soñando,

abrazar a la causa de la libertad,

jazz, cine, otro mundo, otra sociedad,

soñé despierto con cambiar de bando.

 

En brazos del mar a bordo de un barco

mi sueño viajaba abierto en canal,

la gloria allá, al otro lado de charco.

 

Tierra prometida, la meta ideal

pero este cuadro hoy tiene otro marco

A mi cuento le han cambiado el final.


 

EL CHARCO                                                    CARLOS BORT

 

Hoy las cejas enarco,

ojizarco.

 

No me gustan los narcos,

sí los barcos.

 

Hago fotos que enmarco,

flecha y arco.

 

No escribo cual Plutarco,

soy anarco.

 

En apretar soy parco,

mucho abarco.

 

Seguidilla, ahí te aparco

en to'l charco.