POLVORÓN ENAMORADO ANTONIO
LLOP
Hace tiempo, yo era un joven hecho de harina y manteca
que me exponía insinuante en la mesa de los hogares navideños. Tenía numerosos
admiradores y admiradoras que deseaban deglutirme. Pero yo, con pícara
sensualidad, me resistía a dejarme seducir. Cuando alguno me miraba con vicio y
me despojaba de la ropa de papel, yo me detenía moroso en su boca. Luego me dejaba
morder despacito y me pegaba con gusto a su paladar para alargar el acto
amoroso. Y con más placer todavía esperaba la caricia húmeda del deleitoso río
de La Castellana o del dulce arrollo de La Asturiana en los que me bañaban para
despegarme. ¡Cómo me gustaba abrazarme al talle de tan suaves amantes! Incluso a
veces chapoteaba en el zumbón torrente del Mono que me diluía con su lengua de
fuego. ¡Qué noches de pasión ardiente!
Con el tiempo el cariño hidrópico de mis adoradores a
cuyos paladares me adhería se fue modulando con fluidos diferentes. Los nuevos mares
rojizos no me levantaron el mismo entusiasmo. De hecho, me despegaba de sus
gargantas sin casi resistencia. Es verdad que estos fluidos tenían cinturas
atractivas para buscar achuchones, pero yo rechazaba su acritud, su excesivo
calor. Nunca me sentí a gusto ni en los baños de Güisqui ni en los de Brandy.
Después vinieron galanes menos fogosos, más anaranjados. Los
burbujeantes Fantas, y los aguados Trinas eran menos espesos, pero demasiado
anodinos. En su abrazo líquido no había ni frío ni calor.
Ahora que mi cuerpo tiene además almendras pulverizadas,
que ya casi no tengo fuerza para adherirme a las gargantas de mis amadores,
tratan de bañarme con fluidos trasparentes. Son los amantes más insulsos que he
conocido, unos sin sustancia.
Por eso siempre añoraré el beso azucarado de aquellos
blancos puros de olor picante de mi juventud. Esos cortejadores en los que me
deshacía entre relámpagos dulces. Siempre recordaré aquellos amores apasionados
que me acariciaban largamente con abrazos húmedos y sensuales.
¡Cómo cambia con el tiempo el amor a los polvorones!
LA MELLA DEL TIEMPO JUAN
SANTOS
Parece que fue ayer cuando nacieron mis hijos y ya tengo
nietos. Han sido más de treinta años, con sus inviernos y sus veranos, los que han
pasado en un suspiro. Si me pongo a hacer memoria, resulta que, de los once mil
días transcurridos, los momentos que recuerdo entrarían perfectamente en un mes,
todos los demás que supuestamente he vivido, se han esfumado en el túnel del
tiempo. Supongo que, tanto unos como los otros, me habrán servido para coger
experiencia de la vida y observar las cosas con la perspectiva de la madurez.
Hasta ahora he recurrido al recurso de ver fotos, la
mayoría en blanco y negro, para hurgar en la memoria e ilustrar instantes
puntuales de estas tres décadas. Al verlas, he revivido algunos pasajes felices
de mi pasado. Incluso, a veces, he sentido el impulso de besar la imagen de algunas
personas queridas que dejaron este mundo.
Lástima que esta práctica tenga efectos secundarios y
terminara por esconder el álbum de fotos en el fondo del baúl. La añoranza de verme
joven, sin arrugas, sin canas y sin michelines, me deprimía enormemente y no
estaba dispuesto a pasar más por ese calvario.
Descartada la idea de ver más fotos de mi pasado, hoy he decidido
centrar toda mi atención en mi futuro. Sirviéndome de la IA, he pedido a la
aplicación que me haga un reportaje fotográfico de mis próximos treinta años,
suponiendo que llegue. El resultado ha sido horrible. Sobre la marcha lo he
destruido. Probablemente recupere las fotos que guardé en el baúl.
TEMPUS
FUGIS JUANA
DOMÍNGUEZ
“cualquier tiempo vivido fue mejor”
Ayer, una niña inocente creía todo lo que le decían, había
que obedecer y no preguntar. Escuchaba en la radio a los gobernantes, sin
entender que decían ni porqué. Con esperanza, esperaba confiada la Navidad.
Cuando creció, el mundo que la rodeaba, era como era, no se
podía cambiar. Nadie le regaló nunca nada, trabajaba, administraba lo que tenía
y vivía conforme, nada fuera de su
rutina la importunaba. Era lo que le tocaba vivir.
Maduró y siguió escuchando a los gobernantes palabras
grandilocuentes, libertad, bienestar, transparencia. Y sigue sin saber que
pretenden conseguir, ni lo que quieren que se sepa. Sus preguntas son las
mismas de siempre ¿por qué la gente no se entiende, porqué hay guerra? ¿por qué
se ignora lo que pasa en el mundo, y no
se pone remedio? Nadie se involucra, se dedican a viajar, a asistir a todo tipo
de eventos. ¿Por qué se acomodan a una
rutina, y pasan de todo y todos?
“a otro año por ahora sabe Dios donde estaremos”
¡Cómo pasa el tiempo! Que deprisa y que despacio. Cuando
quieres acordar otra vez es Navidad. Reuniones familiares, regalos, compras con
prisas de última hora, igual que otros años. Aquella niña ahora pregunta ¿Por qué
tanto alboroto? Si todos los días son iguales, el 24 de diciembre es el mismo
número que el 24 de enero, porque el primero tiene que ser diferente.
El mundo sigue girando sin descanso, siempre en la misma dirección,
sin salirse del camino ¡eso espera la ya anciana niña! Llegará su día, el de rendir cuentas, y no
sabe que camino le deparará el más allá. Mientras llega, sigue preguntándose porqué cada cual vive la vida de
espaldas a los demás, sin nada que ofrecer ni pedir.