LOS TRES CEROS MANUEL GIL
“Quinto Horacio Flaco.” Esa fue la pregunta, para la que la única respuesta por mi parte fue un calor en el rostro que delataba el rubor y ni una sola sílaba salió de mi boca.
- Siéntese. Cero.
Pero pongamos las cosas en contexto. En aquel internado de monjas en los años sesenta, el cero no era un número: era una amenaza metafísica. Un abismo con forma de cifra redonda. Nos evaluaban mensualmente del cero al diez, como mandaban los cánones de la pedagogía. Fue el primer cero de mi vida y un baldón en mi historial de buen estudiante y sobre todo en literatura. Pero mi presunción de buen estratega me jugó una mala pasada. Te sacaban a la lección varias veces al mes y con esas intervenciones construían tu nota. Yo calculaba probabilidades, días propicios y desfavorables. El viernes ya había salido, así que el lunes llegué tranquilo, confiado en que la estadística jugaba a mi favor, pero allí estaba, en la tarima de la profesora sin poder decir ni una palabra del gran Horacio.
Miré el reloj junto a la pizarra. Marcaba las diez, cero, cero. Redondo. Perfecto. Los ceros, pensé, empiezan a organizarse..
Entre las asignaturas a evaluar: Lengua, Matemáticas, Historia y otras disciplinas de utilidad dudosa, había una especialmente temida: Comportamiento. Así, con mayúscula, como si fuera una virtud teologal.
Tres ceros en Comportamiento en un mismo curso y uno era expulsado sin contemplaciones, arrojado al mundo exterior con la misma delicadeza con la que se descarta una manzana podrida. Y, lo que era peor, perdía la beca. Aquello era algo más que una cuestión académica.
.
Cada tarde debíamos asistir al rezo del rosario en la capilla. Un ejercicio de resistencia espiritual… y física. El tedio se espesaba en el aire mezclado con incienso. Para sobrevivir, tres compañeros y yo ideamos un entretenimiento. Nos colocamos estratégicamente junto al solista, ese alumno encargado de entonar el “Dios te salve, María…”, y en lugar de responder “Santa María, madre de Dios…” repetíamos exactamente lo mismo que él decía.
Al principio, el pobre logró mantener el tipo. Pero más pronto que tarde, la mente se le enredó, la voz se le quebró y acabó atrapado en un bucle absurdo, rojo como un tomate, mientras nosotros nos descomponíamos en una risa de esas que duelen en el estómago.
La monja encargada de la vigilancia no compartió nuestro sentido del humor. Calificó aquello de blasfemia, lo cual, visto con perspectiva, quizá era concedernos demasiado crédito teológico. El castigo fue inmediato: cero en Comportamiento para ese mes.
Cuando nos expulsaron de la capilla, miré el reloj del vestíbulo. Las diecinueve, cero, cero. Más ceros. Empecé a inquietarme. El número ya no parecía casual.
El mes siguiente, el destino decidió subir la apuesta con la colaboración del fútbol. El Real Madrid se jugaba el pase a semifinales de la Copa de Europa. Nos permitieron ver el partido en el televisor del hall, con la condición de mantener el orden. Una condición absurda: pedir silencio a un grupo de adolescentes viendo un partido decisivo es como pedirle sobriedad a una despedida de soltero.
El partido terminó cero a cero. Llegaron los penaltis. El primero del Madrid entró y el júbilo estalló como una revolución estrepitosa. Entonces, en un gesto de autoridad desmedida la monja de guardia apagó el televisor y ordenó desalojar la sala.
Nadie se movió.
Fue una rebelión espontánea. Una pequeña insurrección. Se repitieron las órdenes. Se ignoraron. Apareció la directora, invocó incluso a la Guardia Civil, lo cual añadió un matiz épico y ligeramente ridículo a la escena. Finalmente, la resistencia se desmoronó. El castigo fue ejemplar: cero colectivo en Comportamiento.
Miré el reloj del hall. Las nueve en punto. Dos ceros. Ya no era una coincidencia. Era algo que no sabía nombrar.
El final de curso se acercaba y, la primavera traía el cine ambulante del pueblo, que proyectaba películas al aire libre. Un pequeño grupo de intrépidos, yo entre ellos, decidió una noche fugarse del internado descolgándose por el canalón de la terraza para ir al cine.
La operación estaba en marcha. Entonces, casi por instinto, miré el reloj al fondo del dormitorio. Las veintiuna cero, cero.
Otra vez.
Sentí una certeza incómoda. Algo iba a salir mal. No era fe, ni superstición, ni cálculo: era una intuición alimentada por ceros. Di un paso atrás. Mis compañeros me dedicaron un repertorio variado de insultos: gallina, cobarde, y otros más creativos que la buena educación desaconseja reproducir.
No cedí.
A los que se fueron los descubrieron por un detalle mínimo, una torpeza insignificante, como suelen serlo las causas de las grandes desgracias. A su regreso les esperaba la sentencia: cero en Comportamiento.
Para mi, hubieran sido tres ceros en el mismo curso. Expulsión. Fin de la beca. Fin de todo.
Entonces lo entendí. Los ceros no eran solo calificaciones: eran avisos. Señales de tráfico en una carretera que yo creía conocer. Y por una vez, quizá por puro miedo o por un raro destello de clarividencia, decidí hacerles caso.
EMPEZAR DE CERO JUAN SANTOS
El afán de ser mi propio jefe, me llevó a situaciones angustiosas que no se las deseo a nadie. Tuve tres negocios fallidos, como autónomo, que me hicieron empezar tres veces desde cero.
La primera ruina fue inesperada. Tenía ilusión, clientes y una tienda de informática con la que soñaba en mi época de estudiante. Trabajaba doce horas diarias, pero me gustaba. Luego llegaron las grandes superficies, los precios que no podía igualar y los proveedores que exigían pagos por adelantado. Un mes flojo se convirtió en tres, y después en una deuda que crecía como la sombra de la competencia. Cuando cerré, aún me quedaba algo de orgullo: al menos lo había intentado.
Menos en informática, tenía que empezar en cualquier cosa desde cero. Así que, cambié de oficio. Pedí un préstamo y puse una cafetería pequeña, bien ubicada y con clientela fija. Todo iba sobre ruedas, hasta que mi socio asomó las orejas. Con las ausencias y las excusas, los números no cuadraban. El compañero me salió rana y tuvimos que echar el cierre a un negocio, muy sacrificado, pero que daba mucho dinero. Dinero que desaparecía de la caja por arte de magia.
La tercera vez que empecé de cero fue la más silenciosa. Sin inauguraciones, sin amigos y sin socios traidores. Solo una furgoneta usada, herramientas y un teléfono que tardó semanas en sonar. Me hice Técnico a domicilio. Barato y disponible las veinticuatro horas. Trabajaba sin descanso. Reparaba ordenadores viejos en casas frías, instalaba rúteres en pisos alquilados por meses. Lo de cobrar era otra batalla: transferencias que no llegaban, promesas aplazadas: “la semana que viene sin falta”. Aprendí a insistir sin dignidad y a aceptar pagos incompletos con una sonrisa que ya no sentía.
Al final, acabé tirando la toalla como trabajador autónomo, intentando empezar de cero con un empleo como asalariado, pero con los años que tenía nadie me contrató. No tuve más remedio que solicitar el subsidio de desempleo para mayores de 52 años.
Como soy un hombre activo que necesito estar haciendo algo, he comenzado a escribir una novela que titularé: “Autónomo cero”.