AL ALBA ANTONIO LLOP
En el marcador del estadio
aparece el número 44. El portero intenta detener los balones que llegan a su
marco. No tiene defensores. Un delantero con rictus agresivo lanza con fuerza
la pelota contra su pecho, otro le dispara la bola a bocajarro y los dedos de
sus manos se doblan con un dolor agudo. Otro intenta penetrar en su portería y
él se lanza a sus pies recibiendo una patada en la cara. Pero se mantiene
firme, dispuesto a que nadie le meta un gol. En el marcador del estadio sigue
parpadeando el 44. De pronto se hace la oscuridad y por los altavoces suena una
voz anunciando un número. Un escalofrío recorre su espalda. Un jugador del
equipo contrario le felicita con una sonrisa en la que se adivina el sadismo.
¡Qué suerte! ¡Ha salido tu numerito! Ahora duerme que mañana cuando amanezca te
damos el premio por haber sido tan buen guardián.
En la siguiente escena está en
el estrado del aula con otros números más amables en la pizarra. Son notas
musicales. Los estudiantes atentos a su lección reparten gestos de
aquiescencia. De pronto su voz se quiebra. Ha sonado un cañón, y otro, cada vez
más cerca. Oye carreras en los pasillos. En otra clase un profesor se arroja
por la ventana al vacío. Otro golpea su cabeza contra un muro. Él abraza la
guitarra que estaba tocando contra su pecho como un escudo protector. Vuelve la
oscuridad a la pantalla. Una bota militar desciende hasta su cara con
violencia.
“¡Víctor!”, “¡Víctor!” “Ya
vienen” Es la voz de uno de los estudiantes que está a su lado. Él despierta de
su sueño y ve a un grupo de milicos abajo en el terreno de juego que se acerca
decidido. Entre la penumbra herida por los primeros rayos de sol de la mañana
sus cascos grises brillan como una tétrica serpiente de plata. Mira a su
alrededor. En las gradas que le rodean algunos bultos se desperezan aquí y
allí. Ellos también fueron anoche agraciados con el premio de esta lotería
macabra. Al alba de este día la pared trasera del Estadio Chile recibirá una
nueva rociada de agujeros. Y mañana volverá a soportar más impactos porque al
atardecer se esperan muchos más compañeros. Ya anunciaron que el lote de
agraciados diario para esta siniestra rifa se duplicaría.
Le arrancan de la grada. Un
dolor punzante en los dedos destrozados y en el pecho le recuerda los culatazos
en las manos y las patadas en las costillas que le dieron. Ante la pared que
rezuma sangre reúnen a todos los elegidos. A él le separan del grupo. Quieren
que su ejecución sea especial. En este trágico momento se siente con la
tranquilidad de quien ya está muerto. Y tiene tiempo de hacerse una pregunta
curiosa: ¿Por qué el número del marcador que brillaba en el estadio de su sueño
era el 44? Ese no era el que le tocó en suerte, el que le grabaron a fuego en
el brazo con un hierro de marcar ganado. El que pronunciaron anoche en primer
lugar de la trágica serie de cifras asignadas a otros compañeros.
Nunca se enterará de que su
pesadilla fue premonitoria. Su cuerpo iba a ser traspasado por 44 proyectiles.
EL ÚLTIMO NUMERITO MARÍA
ISABEL RUANO
Aquella noche, cuando Sara, llena de furia, se levantó de
la mesa con un plato en la mano y lo estrelló contra el suelo, se rompieron
muchas más cosas que los platos de la vajilla de boda.
De espaldas, esperaba la más mínima insinuación de
Andrés. Conforme la había acostumbrado, esperaba que fuera detrás de ella e
implorara su perdón, que suavizara con su voz su ataque de cólera, que la
abrazara.
Pero Andrés no lo hizo, siguió mirando impasible el
partido de fútbol.
Sara, desconcertada, se paró antes de entrar en la cocina
y se giró con disimulo. Al ver que Andrés no se inmutaba regresó al salón.
Plantada delante del televisor cogió otro plato de la mesa y lo estampó contra
el suelo.
Andrés se levantó muy despacio, sin dejar de mirarle a
los ojos, le dijo, está bien Sara, este ha sido tu último numerito.
Ni siquiera la miró mientras cogía las llaves y se
marchaba de casa.
En el suelo, las manchas de la comida y las heridas
hechas sobre el parqué quedaron selladas para siempre.
AUNQUE SOY DE LETRAS SANTIAGO
J. MARTÍN
La idea me
la dio Yuhán. No había venido a mi clase de español para romperse la cabeza con
gramática y vocabulario.
-
Números.
Yo solo números.
No entendía
muy bien para qué esa mujer necesitaba los números con tanta urgencia.
Aprendió con
soltura hasta el cincuenta y dedicó varias clases a cantidades más grandes:
números redondos, siempre.
A las dos
semanas desapareció. No volvió jamás. Eso no quiere decir que no volviera a
verla.
Fue a los
pocos meses. Una noche de abulia conyugal decidimos Paqui y yo ir a cenar a un
chino. Allí estaba Yuhán.
No tardé en
comprender su estrategia con los idiomas. En la carta del restaurante, cada
plato, cada ingrediente, cada extra, cada bebida era un número. Eso
simplificaba todo muchísimo.
Luego, si
surgía alguna aclaración, había una persona especializada en dar explicaciones
y esa no era mi antigua alumna.
Ella volvía
a ser protagonista efímera a la hora de la cuenta. Siempre sin aclaraciones, ni
conversación alguna. Qué paz.
Paqui y yo
nos miramos, y con esa complicidad que era lo único puñetero que no unía,
pusimos la misma mirada cabrona e idéntica sonrisa retorcida que confirmaban
que estábamos pensando en lo mismo.
Nuestras
conversaciones apestaban a reproches, a ya no te aguanto, a otra vez
con lo mismo, a no me jodas… El problema lo teníamos cuando
hablábamos. Fuera de eso, éramos una pareja normal y hasta enamorada, diría yo.
A la mañana
siguiente ya habíamos adoptado, después de mucho negociar, nuestro código
numérico ideal. No sería necesario reprocharnos nada, ni volvernos locos
buscando la palabra oportuna. Bastaba con decir un número y ya sabíamos de qué
iba la cosa.
Ocho: mejor
cállate que estoy de mala hostia. Tres: tienes cara de tener un día cojonudo.
Catorce: un besito no me vendría mal.
La cosa
podría parecer muy fría y automática, pero funcionaba. Había números para todo,
incluso para el sexo. Mi chica y yo somos jodidamente elegantes: nada de 69, ni
números terminados en 5. Tampoco voy a delatar nuestras cifras más íntimas.
Tuvimos
problemas con la filosofía interna de los dígitos. Para mí, los impares son la
esencia de la rebeldía, la magia del pensamiento y la contradicción. Paqui los
odia, todo tiene que ser cuadriculado, pares.
Consensuamos
como pudimos. El número determinante fue el tres. Exactamente tres meses
después de empezar a comportarnos como estúpidos amantes atrapados en un menú
cerrado de semántica metálica, todo se vino abajo.
Llegué del
trabajo y vi un post it en la nevera. Cosa rara. Nuestra nevera era un
territorio hostil a imanes, notas y otras gilipolleces. Ella escribió sobre el
papel amarillo aquello que intentamos evitar desde el principio: el cero.
Se acabó.
Todo se acabó aquel día. Me ganó por la mano. Confieso que llevaba un tiempo
maquinando en mandarle un WhatsApp, con su número favorito, el diez, pero con
un signo negativo delante. No le iba a gustar en absoluto. Se me adelantó.
Solo espero
que ella sufra las mismas contradicciones que yo: tener una cita y empezar de
nuevo. Desde cero.
Todo muy
Yuhán.
CÓDIGO
NUMÉRICO JUANA
DOMÍNGUEZ
Hoy
he recibido un informe médico. Llevo sentada en el sofá toda la mañana sin
saber si reír o llorar. No sé qué hacer, si presentarme en el hospital y armar
un numerito, o irme a comisaría a presentar una denuncia, por incapacidad y
falta de celo en el trabajo.
El
hospital que frecuento desde hace más de diez años, puso como medida para
aplicar la ley de protección de datos un código numérico a cada paciente, algo
tontamente útil para la seguridad de nuestros datos más vitales. Ya no eres fulana de tal, ahora soy YM 009.
Esta
práctica la han adoptado la mayoría de entes públicos y privados en los últimos
años, para desesperación de algunos y alegría de otros.
Hace
tres meses, fui al SNS, tenía un ligero mareo y dolor persistente de cabeza. En
la sociedad, que pago religiosamente todos los meses, no me encontraban ninguna
razón para tales molestias y me recetaron descanso y vacaciones, si era
posible, para aliviar la tensión y el estrés de la rutina diaria.
El
médico de cabecera, se interesó por mis dolencias con interés, sin trabas. Con
buen proceder me remitió al neurólogo, que no tardó mucho en verme. Después de
someterme a un TAC de cabeza, los resultados fueron negativos. No había nada
anormal ni sospechoso para tales dolencias, y coincidió con la privada en
descanso y vacaciones.
Hoy
he recibo un informe por correo ordinario, cosa que me llama mucho la atención.
Ya no se reciben cartas, todo está en la nube, abres la aplicación
correspondiente y miras los informes que se cuelgan en tu historia.
En
vista del dictamen recibido en papel, he entrado “en mis informes” para
comprobar que efectivamente el paciente YM009, tiene un tumor benigno de
próstata.
DE NÚMEROS Y CLAVES ARACELI DEL PICO
Dedicado a
los mejores profesores que me
honran con su amistad, Santiago, Antonio y
María Isabel.
Tenía que conseguirlo, no sabía cómo, pero lo
tenía que conseguir.
Encumbrada por los habitantes de aquel pueblo
castellano, con sus pequeñas y míseras casas de adobe, donde lo único digno de
mención, era una humilde iglesia, sin estilo reconocido. Comenzó siendo
románica, un pequeño arco, así lo acreditaba. Más tarde un añadido gótico
flamígero, se dejaba entrever por otro arco conopial, pero cuyas piedras habían
cedido tiempo atrás y para argumentar que realmente era así, había que ponerle
toda la fe, que el recinto, casi sin techo te prestaba.
Y ella Consuelo Méndez Pavía, había recalado
en Villaltiva (el nombre no podía ser más pretencioso). E iba a estar
ejerciendo de maestra, al menos un curso entero. Todas las materias las daría
Consuelo, para que el significado de su nombre, tocara a todas las almas y
alcanzara éste.
Tan solo tenía, cinco niños en la escuela. La
gente joven, no había tenido más remedio que hacer el petate y salir de allí
corriendo. Y los hijos, los harían, una vez aposentados en una ciudad que les
ofreciera oportunidades. Lo que se perdieron…
Y es que esta joven, tenía la habilidad casi,
sirva la metáfora, de convertir el agua en vino. Celosa de su trabajo,
estudiaba la personalidad de cada uno de los niños de la escuela. Los llamaba
los CINCO DEDOS DE SU MANO DERECHA. Eran Argimiro, Cástulo, Engracia, Nemesia y
Paulina.
A ella le parecía, que las materias
prioritarias, eran la lengua y las matemáticas. La geografía, la historia, la
gimnasia y la religión tendrían su tiempo, y no tanto como las dos primeras. Y
ahí tuvo la primera divergencia con el cura del pueblo. Que a su vez lo era, de
otros cinco pueblos colindantes.
-
Vamos
a ver doña Consuelo. Aquí la religión es lo primero. Siempre ha sido así.
-
¿Y
cuándo es siempre? Porque hasta donde yo sé, aquí no ha habido un maestro desde
hace cinco años. De ahí que el pueblo aplaudiera mi llegada y hasta el alcalde
me haya cedido la mejor casa libre que tienen aquí. Y tú eso no me lo puedes
discutir, porque vives unos cinco kilómetros más allá y sé que tienes un
casoplón que bien podías repartir entre tus feligreses sin techo.
-
Oiga,
oiga ¿qué es eso de tutearme? Yo soy un ministro de Dios.
-
Y
yo, la humilde maestra del pueblo. Y también hasta donde yo sé, delante de Dios
todos somos iguales. Tú has hecho una carrera teológica y la mía, carrera mal
que te pese, tiene su importancia. Diría que incluso más que la tuya.
-
Me
parece doña Consuelo, que nunca vamos a estar de acuerdo.
-
Apéame
el Doña, será más fácil. Y si no te importa, te llamaré por tu nombre. Judas.
Que vaya ojo tuvieron tus progenitores. Con esa resonancia, no me extraña que
prefieras que te llamen padre. Que esa es otra…
-
En
eso estoy de acuerdo.
-
¿Lo
ves? Quien decía que no nos íbamos a entender. Y a la primera.
Tal
como se había propuesto, las matemáticas fueron su prioridad. Los niños que ni
en broma habían acometido unas sumas, ni restas, ni nada de nada, vieron con
asombro, como el resultado era siempre el mismo, a la hora de sumar, pero cada
día diferente. Consuelo cambiaba los dígitos de modo y manera que el resultado
por ejemplo fuera 99.999. Al día siguiente 77.777, y así sucesivamente. Cuando
el viernes quinto día de clase resultó 55.555, ya no pudieron ocultar su
asombro. Preguntaron y ella contestó.
-
Es
muy fácil, solo tenéis que pensar un poco.
De
esta forma, adornaba cualquier materia, y así aprender resultaba muy fácil.
Añadió una clase más. Música. Se hizo con unas cuantas flautas. Creó letras
para canciones relacionadas con el entorno. Y los soplidos irregulares que
salían de esas flautas, se tapaban con las notas de la guitarra de Consuelo.
El “Sr” cura, estaba prendado de las
habilidades de esa mujer. Y le pidió que organizara algo relativo a la Navidad.
Los niños y ella tocarían. Podría resultar algo divertido para chicos y
grandes.
-
Y
para ti también Judas, no lo niegues.
-
No
lo negaré enredadora.
-
Con
qué, no nos íbamos a entender, ¿eh?
Se
miraron y sonrieron cómplices,
-
Pero
con una condición y eso es cosa tuya. Que reúnas a gente del pueblo para
arreglar, aquellas casas cuyo techo está a punto venirse encima. Naturalmente
tu debes colaborar y subirte a la escalera como uno más. Y luego el de la
iglesia. Que ya te vale tener la casa de Dios de ese modo. Bueno es que naciera
en un pesebre, pero es que va a morir en él, si pones un belén y se le cae el
techo encima…
Consuelo, poco a poco, iba llevando a cabo su
proyecto. E hizo de una miserable aldea, una aldea digna. Con casas de adobe,
si, pero uniformes, de ventanas más amplias y techos de buenas cubiertas. Un
empedrado firme. Y desde luego lo consiguió, con los buenos contactos de Judas.
Los cinco Dedos de Consuelo, siempre fueron
su primer orgullo y el más entregado. Después tendría otros. Ninguno como el
desarrollado en Villaaltiva.
Todo llega. Y las vacaciones de verano, la
iban a separar por un tiempo de sus ideales. Se iba con tristeza. Su mejor yo,
lo había sembrado en aquel entorno. Pero llevaba una alegría nueva.
El pueblo entero salió a despedirla. Todos,
menos Judas.
¿Dónde estaría este hombre?