10/07/2026

2. EL NUMERITO

 

AL ALBA                                                                   ANTONIO LLOP

En el marcador del estadio aparece el número 44. El portero intenta detener los balones que llegan a su marco. No tiene defensores. Un delantero con rictus agresivo lanza con fuerza la pelota contra su pecho, otro le dispara la bola a bocajarro y los dedos de sus manos se doblan con un dolor agudo. Otro intenta penetrar en su portería y él se lanza a sus pies recibiendo una patada en la cara. Pero se mantiene firme, dispuesto a que nadie le meta un gol. En el marcador del estadio sigue parpadeando el 44. De pronto se hace la oscuridad y por los altavoces suena una voz anunciando un número. Un escalofrío recorre su espalda. Un jugador del equipo contrario le felicita con una sonrisa en la que se adivina el sadismo. ¡Qué suerte! ¡Ha salido tu numerito! Ahora duerme que mañana cuando amanezca te damos el premio por haber sido tan buen guardián.

En la siguiente escena está en el estrado del aula con otros números más amables en la pizarra. Son notas musicales. Los estudiantes atentos a su lección reparten gestos de aquiescencia. De pronto su voz se quiebra. Ha sonado un cañón, y otro, cada vez más cerca. Oye carreras en los pasillos. En otra clase un profesor se arroja por la ventana al vacío. Otro golpea su cabeza contra un muro. Él abraza la guitarra que estaba tocando contra su pecho como un escudo protector. Vuelve la oscuridad a la pantalla. Una bota militar desciende hasta su cara con violencia.

“¡Víctor!”, “¡Víctor!” “Ya vienen” Es la voz de uno de los estudiantes que está a su lado. Él despierta de su sueño y ve a un grupo de milicos abajo en el terreno de juego que se acerca decidido. Entre la penumbra herida por los primeros rayos de sol de la mañana sus cascos grises brillan como una tétrica serpiente de plata. Mira a su alrededor. En las gradas que le rodean algunos bultos se desperezan aquí y allí. Ellos también fueron anoche agraciados con el premio de esta lotería macabra. Al alba de este día la pared trasera del Estadio Chile recibirá una nueva rociada de agujeros. Y mañana volverá a soportar más impactos porque al atardecer se esperan muchos más compañeros. Ya anunciaron que el lote de agraciados diario para esta siniestra rifa se duplicaría.

Le arrancan de la grada. Un dolor punzante en los dedos destrozados y en el pecho le recuerda los culatazos en las manos y las patadas en las costillas que le dieron. Ante la pared que rezuma sangre reúnen a todos los elegidos. A él le separan del grupo. Quieren que su ejecución sea especial. En este trágico momento se siente con la tranquilidad de quien ya está muerto. Y tiene tiempo de hacerse una pregunta curiosa: ¿Por qué el número del marcador que brillaba en el estadio de su sueño era el 44? Ese no era el que le tocó en suerte, el que le grabaron a fuego en el brazo con un hierro de marcar ganado. El que pronunciaron anoche en primer lugar de la trágica serie de cifras asignadas a otros compañeros.

Nunca se enterará de que su pesadilla fue premonitoria. Su cuerpo iba a ser traspasado por 44 proyectiles.


 

EL ÚLTIMO NUMERITO                                              MARÍA ISABEL RUANO

Aquella noche, cuando Sara, llena de furia, se levantó de la mesa con un plato en la mano y lo estrelló contra el suelo, se rompieron muchas más cosas que los platos de la vajilla de boda.

De espaldas, esperaba la más mínima insinuación de Andrés. Conforme la había acostumbrado, esperaba que fuera detrás de ella e implorara su perdón, que suavizara con su voz su ataque de cólera, que la abrazara.

Pero Andrés no lo hizo, siguió mirando impasible el partido de fútbol.

Sara, desconcertada, se paró antes de entrar en la cocina y se giró con disimulo. Al ver que Andrés no se inmutaba regresó al salón. Plantada delante del televisor cogió otro plato de la mesa y lo estampó contra el suelo.

Andrés se levantó muy despacio, sin dejar de mirarle a los ojos, le dijo, está bien Sara, este ha sido tu último numerito.

Ni siquiera la miró mientras cogía las llaves y se marchaba de casa.

En el suelo, las manchas de la comida y las heridas hechas sobre el parqué quedaron selladas para siempre.


 

AUNQUE SOY DE LETRAS                                                    SANTIAGO J. MARTÍN

La idea me la dio Yuhán. No había venido a mi clase de español para romperse la cabeza con gramática y vocabulario.

-          Números. Yo solo números.

No entendía muy bien para qué esa mujer necesitaba los números con tanta urgencia.

Aprendió con soltura hasta el cincuenta y dedicó varias clases a cantidades más grandes: números redondos, siempre.

A las dos semanas desapareció. No volvió jamás. Eso no quiere decir que no volviera a verla.

Fue a los pocos meses. Una noche de abulia conyugal decidimos Paqui y yo ir a cenar a un chino. Allí estaba Yuhán.

No tardé en comprender su estrategia con los idiomas. En la carta del restaurante, cada plato, cada ingrediente, cada extra, cada bebida era un número. Eso simplificaba todo muchísimo.

Luego, si surgía alguna aclaración, había una persona especializada en dar explicaciones y esa no era mi antigua alumna.

Ella volvía a ser protagonista efímera a la hora de la cuenta. Siempre sin aclaraciones, ni conversación alguna. Qué paz.

Paqui y yo nos miramos, y con esa complicidad que era lo único puñetero que no unía, pusimos la misma mirada cabrona e idéntica sonrisa retorcida que confirmaban que estábamos pensando en lo mismo.

Nuestras conversaciones apestaban a reproches, a ya no te aguanto, a otra vez con lo mismo, a no me jodas… El problema lo teníamos cuando hablábamos. Fuera de eso, éramos una pareja normal y hasta enamorada, diría yo.

A la mañana siguiente ya habíamos adoptado, después de mucho negociar, nuestro código numérico ideal. No sería necesario reprocharnos nada, ni volvernos locos buscando la palabra oportuna. Bastaba con decir un número y ya sabíamos de qué iba la cosa.

Ocho: mejor cállate que estoy de mala hostia. Tres: tienes cara de tener un día cojonudo. Catorce: un besito no me vendría mal.

La cosa podría parecer muy fría y automática, pero funcionaba. Había números para todo, incluso para el sexo. Mi chica y yo somos jodidamente elegantes: nada de 69, ni números terminados en 5. Tampoco voy a delatar nuestras cifras más íntimas.

Tuvimos problemas con la filosofía interna de los dígitos. Para mí, los impares son la esencia de la rebeldía, la magia del pensamiento y la contradicción. Paqui los odia, todo tiene que ser cuadriculado, pares.

Consensuamos como pudimos. El número determinante fue el tres. Exactamente tres meses después de empezar a comportarnos como estúpidos amantes atrapados en un menú cerrado de semántica metálica, todo se vino abajo.

Llegué del trabajo y vi un post it en la nevera. Cosa rara. Nuestra nevera era un territorio hostil a imanes, notas y otras gilipolleces. Ella escribió sobre el papel amarillo aquello que intentamos evitar desde el principio: el cero.

Se acabó. Todo se acabó aquel día. Me ganó por la mano. Confieso que llevaba un tiempo maquinando en mandarle un WhatsApp, con su número favorito, el diez, pero con un signo negativo delante. No le iba a gustar en absoluto. Se me adelantó.

Solo espero que ella sufra las mismas contradicciones que yo: tener una cita y empezar de nuevo. Desde cero.

Todo muy Yuhán.


 

CÓDIGO NUMÉRICO                                                              JUANA DOMÍNGUEZ

 

Hoy he recibido un informe médico. Llevo sentada en el sofá toda la mañana sin saber si reír o llorar. No sé qué hacer, si presentarme en el hospital y armar un numerito, o irme a comisaría a presentar una denuncia, por incapacidad y falta de celo en el trabajo.

 

El hospital que frecuento desde hace más de diez años, puso como medida para aplicar la ley de protección de datos un código numérico a cada paciente, algo tontamente útil para la seguridad de nuestros datos más vitales.  Ya no eres fulana de tal, ahora soy YM 009.

Esta práctica la han adoptado la mayoría de entes públicos y privados en los últimos años, para desesperación de algunos y alegría de otros.

 

Hace tres meses, fui al SNS, tenía un ligero mareo y dolor persistente de cabeza. En la sociedad, que pago religiosamente todos los meses, no me encontraban ninguna razón para tales molestias y me recetaron descanso y vacaciones, si era posible, para aliviar la tensión y el estrés de la rutina diaria.

 

El médico de cabecera, se interesó por mis dolencias con interés, sin trabas. Con buen proceder me remitió al neurólogo, que no tardó mucho en verme. Después de someterme a un TAC de cabeza, los resultados fueron negativos. No había nada anormal ni sospechoso para tales dolencias, y coincidió con la privada en descanso y vacaciones.

 

Hoy he recibo un informe por correo ordinario, cosa que me llama mucho la atención. Ya no se reciben cartas, todo está en la nube, abres la aplicación correspondiente y miras los informes que se cuelgan en tu historia.

 

En vista del dictamen recibido en papel, he entrado “en mis informes” para comprobar que efectivamente el paciente YM009, tiene un tumor benigno de próstata.


 

DE NÚMEROS Y CLAVES                                             ARACELI DEL PICO

                                                                                

Dedicado a los mejores profesores que me

                                                                                 honran con su amistad, Santiago, Antonio y

                                                                                 María Isabel.

 

 

  Tenía que conseguirlo, no sabía cómo, pero lo tenía que conseguir.

 

  Encumbrada por los habitantes de aquel pueblo castellano, con sus pequeñas y míseras casas de adobe, donde lo único digno de mención, era una humilde iglesia, sin estilo reconocido. Comenzó siendo románica, un pequeño arco, así lo acreditaba. Más tarde un añadido gótico flamígero, se dejaba entrever por otro arco conopial, pero cuyas piedras habían cedido tiempo atrás y para argumentar que realmente era así, había que ponerle toda la fe, que el recinto, casi sin techo te prestaba.

 

  Y ella Consuelo Méndez Pavía, había recalado en Villaltiva (el nombre no podía ser más pretencioso). E iba a estar ejerciendo de maestra, al menos un curso entero. Todas las materias las daría Consuelo, para que el significado de su nombre, tocara a todas las almas y alcanzara éste.

 

  Tan solo tenía, cinco niños en la escuela. La gente joven, no había tenido más remedio que hacer el petate y salir de allí corriendo. Y los hijos, los harían, una vez aposentados en una ciudad que les ofreciera oportunidades. Lo que se perdieron…

 

  Y es que esta joven, tenía la habilidad casi, sirva la metáfora, de convertir el agua en vino. Celosa de su trabajo, estudiaba la personalidad de cada uno de los niños de la escuela. Los llamaba los CINCO DEDOS DE SU MANO DERECHA. Eran Argimiro, Cástulo, Engracia, Nemesia y Paulina.

 

  A ella le parecía, que las materias prioritarias, eran la lengua y las matemáticas. La geografía, la historia, la gimnasia y la religión tendrían su tiempo, y no tanto como las dos primeras. Y ahí tuvo la primera divergencia con el cura del pueblo. Que a su vez lo era, de otros cinco pueblos colindantes.

 

-          Vamos a ver doña Consuelo. Aquí la religión es lo primero. Siempre ha sido así.

-          ¿Y cuándo es siempre? Porque hasta donde yo sé, aquí no ha habido un maestro desde hace cinco años. De ahí que el pueblo aplaudiera mi llegada y hasta el alcalde me haya cedido la mejor casa libre que tienen aquí. Y tú eso no me lo puedes discutir, porque vives unos cinco kilómetros más allá y sé que tienes un casoplón que bien podías repartir entre tus feligreses sin techo.

-          Oiga, oiga ¿qué es eso de tutearme? Yo soy un ministro de Dios.

-          Y yo, la humilde maestra del pueblo. Y también hasta donde yo sé, delante de Dios todos somos iguales. Tú has hecho una carrera teológica y la mía, carrera mal que te pese, tiene su importancia. Diría que incluso más que la tuya.

-          Me parece doña Consuelo, que nunca vamos a estar de acuerdo.

-          Apéame el Doña, será más fácil. Y si no te importa, te llamaré por tu nombre. Judas. Que vaya ojo tuvieron tus progenitores. Con esa resonancia, no me extraña que prefieras que te llamen padre. Que esa es otra…

-          En eso estoy de acuerdo.

-          ¿Lo ves? Quien decía que no nos íbamos a entender. Y a la primera.

 

Tal como se había propuesto, las matemáticas fueron su prioridad. Los niños que ni en broma habían acometido unas sumas, ni restas, ni nada de nada, vieron con asombro, como el resultado era siempre el mismo, a la hora de sumar, pero cada día diferente. Consuelo cambiaba los dígitos de modo y manera que el resultado por ejemplo fuera 99.999. Al día siguiente 77.777, y así sucesivamente. Cuando el viernes quinto día de clase resultó 55.555, ya no pudieron ocultar su asombro. Preguntaron y ella contestó.

 

-          Es muy fácil, solo tenéis que pensar un poco.

 

De esta forma, adornaba cualquier materia, y así aprender resultaba muy fácil. Añadió una clase más. Música. Se hizo con unas cuantas flautas. Creó letras para canciones relacionadas con el entorno. Y los soplidos irregulares que salían de esas flautas, se tapaban con las notas de la guitarra de Consuelo.

 

  El “Sr” cura, estaba prendado de las habilidades de esa mujer. Y le pidió que organizara algo relativo a la Navidad. Los niños y ella tocarían. Podría resultar algo divertido para chicos y grandes.

 

-          Y para ti también Judas, no lo niegues.

-          No lo negaré enredadora.

-          Con qué, no nos íbamos a entender, ¿eh?

 

Se miraron y sonrieron cómplices,

 

-          Pero con una condición y eso es cosa tuya. Que reúnas a gente del pueblo para arreglar, aquellas casas cuyo techo está a punto venirse encima. Naturalmente tu debes colaborar y subirte a la escalera como uno más. Y luego el de la iglesia. Que ya te vale tener la casa de Dios de ese modo. Bueno es que naciera en un pesebre, pero es que va a morir en él, si pones un belén y se le cae el techo encima…

 

  Consuelo, poco a poco, iba llevando a cabo su proyecto. E hizo de una miserable aldea, una aldea digna. Con casas de adobe, si, pero uniformes, de ventanas más amplias y techos de buenas cubiertas. Un empedrado firme. Y desde luego lo consiguió, con los buenos contactos de Judas.

 

  Los cinco Dedos de Consuelo, siempre fueron su primer orgullo y el más entregado. Después tendría otros. Ninguno como el desarrollado en Villaaltiva.

 

  Todo llega. Y las vacaciones de verano, la iban a separar por un tiempo de sus ideales. Se iba con tristeza. Su mejor yo, lo había sembrado en aquel entorno. Pero llevaba una alegría nueva.

 

  El pueblo entero salió a despedirla. Todos, menos Judas.

 

  ¿Dónde estaría este hombre?