09/10/2026

EL CALLEJÓN 1

 

DEMASIADO TARDE                                                               JUAN SANTOS

La desolada tarde de octubre en que Irene fue obligada a dejar el pueblo, el árbol del parque donde nos juntábamos perdía sus hojas; sus ramas medio desnudas aumentaron mi desanimo.

Apoyado en el tronco, con la mirada clavada en la senda por donde solía llegar, se paró el tiempo. Impasible vi cruzar a todas las muchachas del barrio. Todas pasaban de largo porque ninguna era ella. Ninguna traía una sonrisa para mí.  Maldije el tren que en aquellos momentos se la llevaba.  La imaginé subida en su vagón, con lágrimas en los ojos, mirando por la ventanilla.

Ya se habían encendido las farolas, cuando el viento del otoño me hizo volver en sí. Le di un beso al árbol y abandoné el parque por el callejón; el pueblo estaba desierto, su casa vacía, su ventana sin luz…

Las mañanas en el instituto se hacían tediosas, solo deseaba que llegara la tarde para acudir a la cita. Su presencia en el árbol era cada vez más real, nos contábamos cosas, se nos pasaba la tarde entre recuerdos y promesas.

Cuando recibí su primera carta, mis manos temblaban y mis dedos torpes no atinaban a abrirla. Al leer: Reus, 10 de octubre de 1976… la hice un gurruño y, sin leerla, la rajé. Por la tarde, en el árbol, le pedí perdón.

―No te enfades, pero no quiero saber nada de Reus, ni de tu nueva vida.

A la semana siguiente, una nueva carta de Irene hurgó en mi herida. Sin tocarla, rogué a mi madre que la rompiera inmediatamente.

Aún no me había dormido cuando pasó a mi habitación.

―Toma y no seas así. Léela y contéstale.

Me decía que se acordaba mucho de mí, preguntándome si la echaba yo también de menos. Le conté que seguía yendo al parque; que a nuestro árbol le había salido una boca y que, al besarla, el tronco se convertía en una columna de luz que me absorbía hacia ella.

Irene no volvió a escribirme más.

Pasados unos años, mi madre me aconsejó que dejara de ir al parque, pues según le comentó un familiar, Irene se había casado con un catalán. El jarro de agua fría no me impidió seguir yendo a mi cita imaginaria, sin perder la esperanza de verla un día aparecer por el callejón.

Muchas fueron las tardes de invierno que rodeé el árbol con mi bufanda. Muchas las tardes de verano que arrimé a sus labios un helado de fresa.

Veinte largos años tuvieron que pasar para que el sombrío callejón me devolviera a mi querida Irene. No me lo podía creer. Me quedé pasmado.

―Juan, mírame, soy yo, Irene, he vuelto en carne y hueso para estar contigo.

Tenía los ojos más tristes, los pechos más grandes y las manos más frías.

―Irene, ¿Eres tú? ¿Cómo has venido? Mira nuestro árbol, como te dije en la carta, tiene una boca y unos labios como los tuyos.

―Vamos a sentarnos, tenemos que hablar ―me dijo.

Cogidos de la mano, nos sentamos en el banco de piedra como dos adolescentes reconciliados. Creía que estaba soñando.

― ¿No te habías casado? ―le pregunté.

―Sí, me equivoqué, nunca lo quise y acabé por dejarlo. No tengo hijos. Soy libre. Si todavía me quieres podemos recuperar el tiempo perdido, solo deseo estar contigo lo que nos quede de vida. Perdóname por no haber venido antes.

Creí ciegamente en su palabra y, en menos de una semana, nos casamos.

Todas las tardes, a la misma hora, me ponía a leer un libro con el único propósito de no acordarme del árbol, pero pasaba las páginas con el pensamiento perdido en el parque y acabé por volver.

Fue la primera desilusión de Irene.

Ayer, cuando fui al parque, me llevé la desagradable sorpresa de ver la boca del árbol ensangrentada con varios cortes de navaja en los labios. Indignado, volví a casa y me encontré a Irene con las mismas heridas en la suya.

― ¿Qué significa esto? ¿Qué le has hecho al árbol? ¿Qué te has hecho tú?

Me miró a los ojos como la que mira a un loco.

― ¿Cuándo te vas a dar cuenta que aquella no es mi boca? ¿Por qué sigues yendo al parque? ¡Irene soy yo y estoy a tu lado.! Bésame la boca a mí.

Rompió a llorar y yo, sin saber qué responderle, me encerré en la habitación.

Esta tarde he vuelto al parque y, por primera vez, he visto que la boca del árbol es un nudo asqueroso. He mirado, con tristeza, el callejón por donde jamás volverá Irene. He visto cruzar aquellas muchachas con sus hijos; a todas menos a ella; ninguna traía una sonrisa para mí.  Esta tarde he vuelto a maldecir el tren que se la llevó para siempre.

 


 

EL CALLEJÓN                                                              MARÍA ISABEL RUANO

En el callejón de la esquina

me espera mi amante

me espera mi amor.

Haga frío o lluvia

o caliente mucho el sol.

 

Por el callejón de la esquina

me asomo yo.

Para ver su impaciencia,

su deseo, su sonrisa o desazón.

 

En el callejón de la esquina

nos encontramos él y yo.

Haga frío, nieve, lluvia

o demasiado calor.

 

Por el callejón de la esquina

nos perdemos él y yo.

Por el día o por la noche,

en verano o en invierno

dando rienda suelta al amor.


 

EL CALLEJON DE LOS GATOS                                                  MANUEL GIL

 

En el tercer piso de un edificio antiguo, en un barrio popular, vivía Lucía.

 

Era joven y guapa, mucho, pero de una manera que parecía accidental. Llevaba el cabello oscuro casi siempre recogido de cualquier manera, trabajaba muchas horas y regresaba a casa con el cansancio de quien vive deprisa.

 

Vivía con Rob, un gato negro que había encontrado una madrugada dentro de una caja de cartón. Apenas tenía unos días de vida y los ojos todavía cerrados. Ella lo había sacado adelante a base de cariño y biberón.

 

Durante semanas se despertó cada tres horas para alimentarlo. Le hablaba mientras calentaba la leche y, cuando el animal terminaba de comer, lo envolvía en una toalla y lo apoyaba contra su pecho.

 

—Tú y yo, Rob —le decía—. Tú y yo juntos nos comeremos el mundo.

 

Y quizá por eso el gato había crecido creyendo que Lucía era algo parecido a una madre.

 

En la buhardilla del mismo edificio vivía Mateo.

 

Tenía veintiocho años, una barba que olvidaba recortar, cuatro camisas, tres pantalones vaqueros y una novela que llevaba cuatro años escribiendo. Para sobrevivir colaboraba en una revista femenina donde redactaba consejos sobre protocolo, elegancia y saber estar.

 

Escribía cosas como: «El largo adecuado para un vestido de cóctel es…» o «No es apropiado apoyar los codos sobre la mesa».

 

Después, por las noches, escribía sobre hombres que hablaban con fantasmas, ciudades que cambiaban de sitio y mujeres que desaparecían dentro de los espejos.

 

Mateo estaba enamorado de Lucía. Pero no exactamente de la Lucía real. Estaba enamorado de la que había inventado desde la ventana de su buhardilla.

 

La había visto regar una planta, sacar la basura, esperar el autobús y, una vez, bailar sola mientras limpiaba los cristales.

 

Con aquellos pequeños fragmentos había construido a la mujer de sus sueños.

 

Nunca habían cruzado una palabra.

 

Un lunes, Lucía tuvo que viajar por trabajo. Antes de marcharse dejó a Rob al cuidado de doña Elvira, la anciana del segundo, una mujer pequeña y enérgica que alimentaba a los gatos del barrio y sabía quién tenía un problema sentimental antes de que los propios interesados les percataran.

 

—No te preocupes —le dijo—. Este gato va a estar como un rey.

 

Cuando Lucía regresó, cuatro días después, encontró a doña Elvira sentada en las escaleras.

 

No hizo falta que dijera nada. Rob había desaparecido.

 

La búsqueda comenzó aquella misma tarde. Recorrieron el mercado, los patios, los solares y los portales. Preguntaron al frutero, al quiosquero, al hombre que arreglaba bicicletas y a los niños de la plaza.

 

—Es negro —explicaba Lucía—. Tiene una pequeña mancha blanca debajo de la barbilla.

 

—Hay muchos negros por aquí —decía alguien.

 

Aquella frase empezó a perseguirla.

 

Muchos negros, pero solo había un Rob.

 

Al tercer día, doña Elvira llamó a la puerta de Mateo.

 

—Tú escribiste un cuento sobre el callejón de los gatos, ¿verdad?

 

—Sí.

 

—Pues ha llegado el momento de que dejes de escribir sobre historias y empieces a vivir alguna. Ayúdame a encontrar a Rob, es el gato de Lucía, ¿Lo oyes? de Lucía, —Lo miró intensamente mientras pronunciaba el nombre — es pequeño y negro como un tizón.

                                                                                                                                                                

En cuanto la anciana dejó de hablar Mateo bajó inmediatamente a la calle.

 

El callejón de los gatos era un pasadizo estrecho y olvidado, escondido entre dos edificios. Según una vieja superstición del barrio, allí iban a parar los gatos cuando querían desaparecer de la ciudad.

 

Había muchos.

 

Algunos dormían sobre las tuberías, otros caminaban por los tejados bajos y uno enorme parecía vigilar la entrada como un portero.

 

Mateo avanzó entre ellos y entonces lo vio. Un cachorro negro, pequeño y tembloroso.

 

Lo tomó en brazos. Tenía que ser Rob.

 

Por un instante sintió que la ciudad acababa de concederle una oportunidad. Regresó al edificio casi corriendo.

 

Lucía abrió la puerta.

 

Mateo levantó al cachorro.

 

—Lo encontré.

 

Ella lo miró. Después miró al animal. Finalmente volvió a mirarlo a él.

 

—No es Rob.

 

Mateo sintió algo parecido a que la novela de su vida recibiera una crítica demoledora.

 

—Ya.

 

—Rob tiene una mancha blanca aquí —dijo, señalándose la barbilla—. Y las orejas más grandes. Y una cicatriz pequeña en una pata.

 

Mateo bajó los ojos.

 

—Pensé que…

 

—¿Que todos los gatos negros eran iguales?

 

Él asintió.

 

Lucía no sonrió. Estaba demasiado triste. Mateo abrazó al cachorro. Y por primera vez la miró sin imaginarla.

 

La vio cansada, asustada, sola.

 

—Vamos a encontrarlo —dijo.

 

Pero no hizo falta.

 

En ese instante apareció doña Elvira por las escaleras, sofocada y sonriente.

 

—¡Lo he encontrado!

 

Rob había aparecido junto a la puerta del edificio, sucio, hambriento y con un pequeño corte en la oreja derecha.

 

Lucía lo tomó entre sus brazos y lloró contra su pelo. Rob comenzó a ronronear.

 

El cachorro negro se acercó y olfateó a su congénere. Mateo sonrió.

 

—Bueno. Supongo que ahora tengo un gato.

 

Lucía lo miró.

 

—¿Te lo vas a quedar?

 

Mateo acarició al animal.

 

—Creo que él también me ha encontrado a mí.

 

Lucía sonrió por primera vez.

 

—Entonces tendrás que ponerle nombre.

 

Mateo pensó unos segundos.

 

—Protocolo.

 

Ella soltó una carcajada.

 

Y aquella risa fue, para Mateo, mucho más importante que cualquier final de novela.

 

Desde entonces comenzaron a hablar.

 

Primero de gatos.

 

Después de libros.

 

Después de cualquier cosa.