15/11/2024

TEN CUIDADO 2

 

ISKA JIR                                                                                             CARLOS  BORT

 

Dado y Tenku crecieron juntos en una aldea de Somalia.

 

Juntos fueron a la escuela y juntos decidieron viajar a Europa para buscar un futuro mejor.

Se embarcaron juntos en una aventura de muchas etapas y no pocas penalidades.

 

Cuando por fin alcanzaron una playa europea, exhaustos y sedientos, fueron detenidos y llevados a una comisaría. Allí, un guardia les interrogó toscamente.

 

- ¡A ver negros, nombres!

- Tenku y Dado -respondieron al unísono.

 

Lo que sucedió a continuación no salió en ningún informativo.


 

SITUACIÓN EMBARAZOSA                                        ANTONIO LLOP

Todo ha empezado con Crespo, tan hábil para el dibujo. Durante la clase ha pintado en un papel la caricatura del profesor y nos la ha hecho seguir a todos. A mí me la ha pasado el compañero de pupitre de mi izquierda. Solo me ha dado tiempo a vislumbrar los ojos saltones y el labio exageradamente caído, porque don Damián, que ha debido escuchar la risita de alguno, se acaba de dar la vuelta desde la pizarra.

Su cara cada vez se parece más al dibujo cuando se acerca a Crespo. Ya lo conoce por lo que se dirige primero a su mesa y revuelve los papeles que hay sobre ella en busca de la caricatura. Lo hace con mucha prisa porque desordena todo, como la policía en las películas cuando busca una prueba. Luego hace lo mismo con los pupitres de la misma fila. No deja nada por mirar, cuadernos, carteras… Temo que pronto llegue a mi mesa. Entonces trato de pasarle el dibujo a mi compañero de al lado que ni me mira ni hace intención de recogerlo. Lo intento con los de la mesa de atrás y lo mismo. Todos están pendientes del profesor que ya registra los pupitres de la hilera anterior a la mía.

No sé qué hacer con el dibujo del que apenas recuerdo las orejas de Dumbo y el bigote de Fu-Man-Chu. Cuando don Damián está concentrado en los puestos más extremos de mi fila arrebuño el papel y me lo meto en la boca. El sabor de la tinta me levanta una náusea que trato de disimular. Es un sabor más molesto todavía que el de la saliva de mi abuela cuando con su pañuelo mojado me quita el carmín que sus labios han dejado en mi cara al besarme. Mientras el profesor registra el pupitre anterior al mío noto que el papel ya está blando en mi boca. Entonces cierro los ojos y me lo trago.

Don Damián se planta ante mí y me pregunta:

-¿Qué comía usted Sánchez?

No sé qué contestar. Estoy bloqueado.

Don Damián sigue delante de mí, como mi perro cuando agarra con los dientes el palo que le tiro. No quiere soltar su presa.

-Un chicle –le contesto dubitativo.

-¿Un chicle? ¿No sabe usted que tragar eso es muy malo? ¡Se le puede pegar en la tripa!

No sé qué responder. Estoy muy nervioso. De pronto me entran ganas de vomitar. Pero no puedo hacerlo. Me dan muchas arcadas.

El profesor me lleva al médico del colegio porque no puedo respirar bien.

Me tumban en una camilla. El médico me pregunta qué me he tragado y yo no contesto porque don Damián sigue allí. Cuando el profesor regresa a clase le digo que un papel. Me dice que eso no es grave, que la celulosa se digiere bien. Que me tranquilice y que dentro de poco volveré a respirar normalmente.

Tumbado en la camilla  me acuerdo de que cada vez que salgo de casa, mi madre me dice: “Ten cuidadito” sin especificarme con qué debo ser precavido. Yo no le hago caso porque en el colegio no hay nada raro de lo que cuidarse.

O ¿mi madre se refiere a situaciones como ésta?


 

TEN CUIDADO                                                                                   JUAN SANTOS

Tengo el cuerpo lleno de cicatrices, el hígado graso y los pulmones inflamados. Me he metido en mil charcos. He cruzado cientos de semáforos en rojo. He superado los límites de velocidad. Me he bañado en el mar con bandera roja. Docenas de veces hice el amor sin protección.

 

 Caminé por un alambre sin red y me arrimé demasiado a los precipicios. De pequeño, subía al tobogán como un loco, me soltaba las dos manos del manillar de la bicicleta y cruzaba las esquinas sin mirar. Ahora, no hago deporte, me hincho de fritos y grasas y llevo una vida sedentaria. Es un milagro que haya sobrevivido hasta hoy.

 

Pero yo no tengo la culpa de haber sido un imprudente, sin mostrar jamás muestras de cobardía. Siempre me he sentido seguro. Nunca he tenido conciencia del peligro. Ni siquiera ahora que soy viejo, con mis cualidades físicas mermadas, temo caerme y romperme la cadera. Voy sin bastón, sin gafas y sin pinganillo.

 

No tengo remedio. ¿Pero qué voy a hacer si a lo largo de mi vida, nadie se ha preocupado de mí? Soy de esas personas que ni de niño, ni de joven, ni de viejo, jamás he tenido a mi espalda una voz protectora que me diga: ten cuidado.

 


 

    AGARICUS SILVESTRE                                                        ARACELI DEL PICO

 

    Debo de estar soñando. Es todo tan bonito. Estoy tumbada en una cómoda cama, de blondas sábanas perfumadas. Me huelen a tomillo, a romero a hierbas silvestres. Pero es muy curioso, porque al abrir los ojos, la cama donde descanso tumbada con tanto sosiego y comodidad, no está en ninguna habitación. Está en medio del campo. Al menos así lo creo, porque no tiene límites.

 

   El techo es de un azul cielo brillante, y han tenido el buen gusto de pintarle unas nubes blancas como de algodón, para que le dé un cierto contraste. Yo debería pintar así la habitación de mi casa.

 

   ¿Y  las paredes? Todas decoradas con árboles otoñales, algunos altos, aunque no demasiado, pequeños pinsapos, arbustos de hoja rizada y con algunos pinchos, robles y girando la cabeza, (que hay que ver cómo me duele), hay un seto de florecillas rojas. Me encanta esta habitación.

No sé cómo he llegado hasta aquí, ni quien va a pagar este hotel de cinco estrellas.

 

   Bueno, no quiero pensar en cuestiones crematísticas. Estoy tan a gusto. Me voy a dar media vuelta… Ay, si no puedo. Tengo una aguja clavada en el dorso de una mano. Debe ser que al moverme me he pinchado con el seto de hojas puntiagudas, parecido a un abeto. Que cosas pienso. Claro la Navidad ya está cerca y debo comprar uno para su decoración.

 

   Y dale con el dolor de cabeza, que no me deja disfrutar de lo que me rodea. Pero si sólo fuera la cabeza. Lo que más me duele es el estómago. Me arde como si me hubiera comido una vaca entera. Y a mí nunca me arde el estómago. Hoy todo es distinto. Y además me está entrando un sueño.

 

    No me giro del todo, el pinchazo de la mano me incomoda. Pero un pequeño movimiento me hace sentir un poco mejor. Y entre sueños veo entrar en la habitación a mi amiga Elena. Es médico y muy cariñosa. Y recuerdo que ayer cuando salía de casa, me preguntó:

 

¿Dónde vas tan sonriente y con esa cesta, como una Caperucita?

¿A ti qué te parece? Le contesté blandiendo feliz la cesta.

Ten cuidado. Porque si vas a buscar setas y tú no tienes ni pajolera idea, te la puedes liar.

 

    ¡¡¡Que sueño!!! Es muy cariñosa, pero por amor de dios, demasiado negativa.

 


 

TEN CUIDADO                                                           MARÍA ISABEL RUANO

 

Como a Caperucita en el bosque,

el lobo está acechando.

En las calles oscuras,

en las noches sin luna,

en los pasos sin semáforo.

En las redes sociales,

en los perfiles falsos.

Siempre la misma retahíla:

Avisos, temores, el miedo como aliado.

Ten cuidado. Ten cuidado. Ten cuidado.

Pesada letanía de la que no hacía caso.

No fue en el bosque,

ni en la noche sin luna

ni en ningún semáforo.

Fue en la ventana virtual

por donde entró el engaño.

Rasgó mi vida con un zarpazo.

 

 

CUIDADO MÁXIMO                                        JUANA DOMÍNGUEZ

Me van a despedir. En esta bolsa tengo los pedazos del jarrón chino, de no sé qué dinastía. Nunca estuvo a la venta, D. Evelio, el dueño de la tienda de antigüedades donde trabajo, lo tenía en gran estima, era el icono de la tienda, expuesto en un rincón estratégico. Se ha hecho añicos al caer al suelo, no creo que se pueda componer, quizá servirían los pedazos para formar un mosaico y colocarlo en el escaparate. En la tienda, siempre han alabado mi profesionalidad, tanto el dueño como los demás empleados. Me esfuerzo en hacer bien mi trabajo, con muchísimo cuidado limpio las diferentes piezas, y relucen a diario.

 A primera hora el encargado ha venido a buscarme muy afligido.

-Tienes que subir inmediatamente al despacho de D. Evelio,  quiere hablar contigo.

En el despacho no había entrado nunca, y necesita un buen repaso, hay papeles y carpetas por todas partes, sobre la mesa y el sillón no caben más, los estantes están desordenados. Aquí hay trabajo para dos semanas, pero yo sé que no me ha llamado para que ordene este caos.

-Buenas tardes Amina ¿qué trae en esa bolsa?

-Buenas tardes D. Evelio, son los pedazos del jarrón roto. Lo siento mucho, no me puedo explicar como ha sucedido, yo hacia mi trabajo con todo el mimo del mundo, ya me conoce usted, no sé cómo se ha caído, al darme la vuelta de la vitrina rusa, he escuchado el golpe al caerse al suelo. He recogido todos los pedazos, por si usted quiere intentar rehacerlo.

D. Evelio sonreía. Qué raro, no creo que el percance sea para reír, ese jarrón debe valer un potosí ¿Estará pensando en cobrármelo?

-Amina, a partir de hoy usted además de seguir trabajando con el máximo cuidado, me va a guardar un secreto, que no va a contar a nadie, por supuesto, porque yo lo desmentiría y usted se iría a su casa ¿De acuerdo?

No lo puedo creer, claro que no lo voy a contar.

¿Porqué habrá guardado la bolsa en la caja fuerte si no tiene valor?