Dado y Tenku crecieron juntos
en una aldea de Somalia.
Juntos fueron a la escuela y
juntos decidieron viajar a Europa para buscar un futuro mejor.
Se embarcaron juntos en una
aventura de muchas etapas y no pocas penalidades.
Cuando por fin alcanzaron una
playa europea, exhaustos y sedientos, fueron detenidos y llevados a una
comisaría. Allí, un guardia les interrogó toscamente.
- Tenku y Dado -respondieron
al unísono.
Lo que sucedió a continuación
no salió en ningún informativo.
SITUACIÓN EMBARAZOSA ANTONIO
LLOP
Todo ha empezado con Crespo, tan hábil para el dibujo. Durante la
clase ha pintado en un papel la caricatura del profesor y nos la ha hecho
seguir a todos. A mí me la ha pasado el compañero de pupitre de mi izquierda.
Solo me ha dado tiempo a vislumbrar los ojos saltones y el labio exageradamente
caído, porque don Damián, que ha debido escuchar la risita de alguno, se acaba
de dar la vuelta desde la pizarra.
Su cara cada vez se parece más al dibujo cuando se acerca a Crespo. Ya
lo conoce por lo que se dirige primero a su mesa y revuelve los papeles que hay
sobre ella en busca de la caricatura. Lo hace con mucha prisa porque desordena
todo, como la policía en las películas cuando busca una prueba. Luego hace lo
mismo con los pupitres de la misma fila. No deja nada por mirar, cuadernos,
carteras… Temo que pronto llegue a mi mesa. Entonces trato de pasarle el dibujo
a mi compañero de al lado que ni me mira ni hace intención de recogerlo. Lo
intento con los de la mesa de atrás y lo mismo. Todos están pendientes del
profesor que ya registra los pupitres de la hilera anterior a la mía.
No sé qué hacer con el dibujo del que apenas recuerdo las orejas de
Dumbo y el bigote de Fu-Man-Chu. Cuando don Damián está concentrado en los
puestos más extremos de mi fila arrebuño el papel y me lo meto en la boca. El
sabor de la tinta me levanta una náusea que trato de disimular. Es un sabor más
molesto todavía que el de la saliva de mi abuela cuando con su pañuelo mojado
me quita el carmín que sus labios han dejado en mi cara al besarme. Mientras el
profesor registra el pupitre anterior al mío noto que el papel ya está blando
en mi boca. Entonces cierro los ojos y me lo trago.
Don Damián se planta ante mí y me pregunta:
-¿Qué comía usted Sánchez?
No sé qué contestar. Estoy bloqueado.
Don Damián sigue delante de mí, como mi perro cuando agarra con los
dientes el palo que le tiro. No quiere soltar su presa.
-Un chicle –le contesto dubitativo.
-¿Un chicle? ¿No sabe usted que tragar eso es muy malo? ¡Se le puede
pegar en la tripa!
No sé qué responder. Estoy muy nervioso. De pronto me entran ganas de
vomitar. Pero no puedo hacerlo. Me dan muchas arcadas.
El profesor me lleva al médico del colegio porque no puedo respirar
bien.
Me tumban en una camilla. El médico me pregunta qué me he tragado y yo
no contesto porque don Damián sigue allí. Cuando el profesor regresa a clase le
digo que un papel. Me dice que eso no es grave, que la celulosa se digiere
bien. Que me tranquilice y que dentro de poco volveré a respirar normalmente.
Tumbado en la camilla me
acuerdo de que cada vez que salgo de casa, mi madre me dice: “Ten cuidadito”
sin especificarme con qué debo ser precavido. Yo no le hago caso porque en el
colegio no hay nada raro de lo que cuidarse.
O ¿mi madre se refiere a situaciones como ésta?
TEN CUIDADO JUAN SANTOS
Tengo el cuerpo lleno de cicatrices, el hígado graso y
los pulmones inflamados. Me he metido en mil charcos. He cruzado cientos de
semáforos en rojo. He superado los límites de velocidad. Me he bañado en el mar
con bandera roja. Docenas de veces hice el amor sin protección.
Caminé por un
alambre sin red y me arrimé demasiado a los precipicios. De pequeño, subía al
tobogán como un loco, me soltaba las dos manos del manillar de la bicicleta y
cruzaba las esquinas sin mirar. Ahora, no hago deporte, me hincho de fritos y
grasas y llevo una vida sedentaria. Es un milagro que haya sobrevivido hasta
hoy.
Pero yo no tengo la culpa de haber sido un imprudente,
sin mostrar jamás muestras de cobardía. Siempre me he sentido seguro. Nunca he
tenido conciencia del peligro. Ni siquiera ahora que soy viejo, con mis
cualidades físicas mermadas, temo caerme y romperme la cadera. Voy sin bastón,
sin gafas y sin pinganillo.
No tengo remedio. ¿Pero qué voy a hacer si a lo largo de
mi vida, nadie se ha preocupado de mí? Soy de esas personas que ni de niño, ni
de joven, ni de viejo, jamás he tenido a mi espalda una voz protectora que me
diga: ten cuidado.
AGARICUS
SILVESTRE ARACELI
DEL PICO
Debo de estar
soñando. Es todo tan bonito. Estoy tumbada en una cómoda cama, de blondas
sábanas perfumadas. Me huelen a tomillo, a romero a hierbas silvestres. Pero es
muy curioso, porque al abrir los ojos, la cama donde descanso tumbada con tanto
sosiego y comodidad, no está en ninguna habitación. Está en medio del campo. Al
menos así lo creo, porque no tiene límites.
El techo es de
un azul cielo brillante, y han tenido el buen gusto de pintarle unas nubes
blancas como de algodón, para que le dé un cierto contraste. Yo debería pintar
así la habitación de mi casa.
¿Y las paredes? Todas decoradas con árboles
otoñales, algunos altos, aunque no demasiado, pequeños pinsapos, arbustos de
hoja rizada y con algunos pinchos, robles y girando la cabeza, (que hay que ver
cómo me duele), hay un seto de florecillas rojas. Me encanta esta habitación.
No sé cómo he llegado hasta aquí, ni quien va a pagar
este hotel de cinco estrellas.
Bueno, no quiero
pensar en cuestiones crematísticas. Estoy tan a gusto. Me voy a dar media vuelta…
Ay, si no puedo. Tengo una aguja clavada en el dorso de una mano. Debe ser que
al moverme me he pinchado con el seto de hojas puntiagudas, parecido a un
abeto. Que cosas pienso. Claro la Navidad ya está cerca y debo comprar uno para
su decoración.
Y dale con el
dolor de cabeza, que no me deja disfrutar de lo que me rodea. Pero si sólo
fuera la cabeza. Lo que más me duele es el estómago. Me arde como si me hubiera
comido una vaca entera. Y a mí nunca me arde el estómago. Hoy todo es distinto.
Y además me está entrando un sueño.
No me giro del
todo, el pinchazo de la mano me incomoda. Pero un pequeño movimiento me hace
sentir un poco mejor. Y entre sueños veo entrar en la habitación a mi amiga
Elena. Es médico y muy cariñosa. Y recuerdo que ayer cuando salía de casa, me
preguntó:
¿Dónde vas tan sonriente y con esa cesta, como una
Caperucita?
¿A ti qué te parece? Le contesté blandiendo feliz la
cesta.
Ten cuidado. Porque si vas a buscar setas y tú no tienes
ni pajolera idea, te la puedes liar.
¡¡¡Que sueño!!!
Es muy cariñosa, pero por amor de dios, demasiado negativa.
TEN CUIDADO MARÍA
ISABEL RUANO
Como a Caperucita en el bosque,
el lobo está acechando.
En las calles oscuras,
en las noches sin luna,
en los pasos sin semáforo.
En las redes sociales,
en los perfiles falsos.
Siempre la misma retahíla:
Avisos, temores, el miedo como aliado.
Ten cuidado. Ten cuidado. Ten cuidado.
Pesada letanía de la que no hacía caso.
No fue en el bosque,
ni en la noche sin luna
ni en ningún semáforo.
Fue en la ventana virtual
por donde entró el engaño.
Rasgó mi vida con un zarpazo.
CUIDADO MÁXIMO JUANA DOMÍNGUEZ
Me van a
despedir. En esta bolsa tengo los pedazos del jarrón chino, de no sé qué dinastía.
Nunca estuvo a la venta, D. Evelio, el dueño de la tienda de antigüedades donde
trabajo, lo tenía en gran estima, era el icono de la tienda, expuesto en un
rincón estratégico. Se ha hecho añicos al caer al suelo, no creo que se pueda
componer, quizá servirían los pedazos para formar un mosaico y colocarlo en el
escaparate. En la tienda, siempre han alabado mi profesionalidad, tanto el
dueño como los demás empleados. Me esfuerzo en hacer bien mi trabajo, con
muchísimo cuidado limpio las diferentes piezas, y relucen a diario.
A primera hora el encargado ha venido a
buscarme muy afligido.
-Tienes que
subir inmediatamente al despacho de D. Evelio, quiere hablar contigo.
En el
despacho no había entrado nunca, y necesita un buen repaso, hay papeles y
carpetas por todas partes, sobre la mesa y el sillón no caben más, los estantes
están desordenados. Aquí hay trabajo para dos semanas, pero yo sé que no me ha
llamado para que ordene este caos.
-Buenas
tardes Amina ¿qué trae en esa bolsa?
-Buenas
tardes D. Evelio, son los pedazos del jarrón roto. Lo siento mucho, no me puedo
explicar como ha sucedido, yo hacia mi trabajo con todo el mimo del mundo, ya me
conoce usted, no sé cómo se ha caído, al darme la vuelta de la vitrina rusa, he
escuchado el golpe al caerse al suelo. He recogido todos los pedazos, por si
usted quiere intentar rehacerlo.
D. Evelio sonreía.
Qué raro, no creo que el percance sea para reír, ese jarrón debe valer un
potosí ¿Estará pensando en cobrármelo?
-Amina, a
partir de hoy usted además de seguir trabajando con el máximo cuidado, me va a
guardar un secreto, que no va a contar a nadie, por supuesto, porque yo lo desmentiría
y usted se iría a su casa ¿De acuerdo?
No lo puedo
creer, claro que no lo voy a contar.
¿Porqué
habrá guardado la bolsa en la caja fuerte si no tiene valor?