VENGANZA BUMERANG ARACELI
DEL PICO
-
¡¡¡¡Mamá!!!!
-
Hija
por Dios, no estoy sorda. ¿A qué vienen esos gritos?
-
A
que te he pedido por favor cien veces que cambies la persiana de mi habitación.
Cierra y abre mal y encima tiene un agujero en la parte de abajo por donde
filtra la luz y no me permite dormir con tranquilidad.
-
Salomé,
tú no dormirías con tranquilidad, ni con persiana nueva, ni blindando la
habitación, eres una polvorilla. Y, además, sabes que la economía de esta casa
está en horas bajas. Cómprate algún trapito menos y elige la que te guste.
-
¿Y
desde cuándo me tengo que ocupar yo, del mobiliario de la casa?
-
Desde
ahora. Has cumplido dieciocho años. Ya estás haciendo prácticas. Ganas un
dinerillo y es lo justo cuando se vive en familia y en armonía. A no ser que
quieras que la armonía se rompa.
-
Jopeta,
mamá.
-
Ni
jopeta, ni leches. Se acabó la conversación, que me voy a trabajar. Y tú mueve
el culo y haz otro tanto. Que estás en prácticas, no sea que llegues tarde y te
despidan. Porque en ese caso arranco la persiana y duermes sin ella. Verás
entonces si la luz de la calle molesta de verdad.
Y así salió mi madre dando un portazo,
tajante y resoluta. No soy mala hija, pero debo reconocer que somos bastante
parecidas de temperamento y cuando no me salgo con la mía o las cosas se
tuercen, las bilis se me revuelven y soy bastante insoportable.
Yo también, quince minutos después, salía
dando otro portazo. La mesa había quedado sin recoger. (Ese era mi único
cometido en la casa. Ese y hacer la cama antes de marcharme. Solo la mía) Las
sobras del café y parte de unas tostadas mordidas, con el frasco de la
mermelada sin cerrar se habían quedado, tal cual. Era mi venganza.
Sí, sí, mi venganza. Cuando mi madre
presurosa regresó a casa, el espectáculo era dantesco. El gato goloso, se había
subido a la mesa, volcado las tazas con los restos del café. Tirado al suelo el
frasco de la mermelada y roto con las uñas el precioso mantel, bordado a punto
de cruz, por mi progenitora.
Poco más tarde, aparecía yo. Y ella, se
estaba arreglando frente al espejo del cuarto de baño. Se había puesto su mejor
traje y reconozco que estaba guapísima. Mi padre, impasible como siempre,
sentado en el sofá leía el periódico distraídamente. Esperando que ella
terminara su arreglo.
Y por el suelo tan cual lo había dejado el
gato, por mi culpa naturalmente, estaban los restos de la contienda. Nada más
dar unos pasos las sandalias de tirantes se me quedaron pegadas al suelo, por
la mermelada. Me resbalé y caí.
-
Buenas
tardes, hija, (saludó mi padre). ¿Vas a estar en el suelo todo el día?
-
Es
que…
-
Te
has resbalado y caído. Pobre mi niña. Cuando salga tu madre del baño, entra y
coges una crema propicia para los golpes. Creo que se llama Voltarén o algo
así. Está en el botiquín. Te frotas y
enseguida te sentirás mejor.
Mi madre sonriente salió del baño. Y sin un
solo reproche me soltó:
-
Tu padre y yo salimos a cenar fuera, porque… ¿quién
se movería por aquí con el tinglado que se ha formado en casa? Así que, si
quieres te preparas algo, si eres capaz, o caso contrario te abres una lata. A
tu capricho lo dejo. Y otra cosa, cuando se te pase el dolorcillo del pie, si
te parece, limpias esto, de otro modo va a ser muy incómodo vivir aquí.
Me dieron un beso, bien cariñosos, y cerrando
la puerta con mimo se largaron. ¡menudos padres!
Me senté en el sofá más que rabiosa. El resbalón me había inflamado el tobillo,
poca cosa. Me puse hielo y poco después estaba casi bien. Asumí que aquello si
no lo limpiaba yo, nadie lo haría y, jurando en arameo, me puse manos a la
obra. Acabé rendida. Abrí la despensa, saqué una lata de sardinas y busqué un
trozo de pan para hacerme un bocata. Búsqueda infructuosa. No encontré nada. Un
mendrugo más que tieso, fue la triste compañía de las sardinas con tomate.
Pero esto no iba a quedar así, de ningún
modo. Ahora mismo iba a mi habitación y arrancaría la asquerosa persiana de
cuajo.
No hizo falta. La ventana, abierta de par en
par, mostraba una hermosa luna llena. Mientras, el gato reposaba en el
alfeizar. Sonriente.
LIBROS HUECOS JUANA
DOMÍNGUEZ
La persiana
de la habitación pequeña, donde dormía, se había roto hacía mucho tiempo y
decidí no arreglarla. Me gustaba escuchar el sonido que emitía cuando el viento
del norte soplaba sobre el valle. El pan, pan, pan, que producía contra la
madera me adormecía y calmaba como las olas cuando rompen contra la arena de la
playa.
El caserón
heredado, donde decidí residir, necesitaba muchas reparaciones, algunas
inmediatas, otras podrían esperar como la persiana rota. La cantidad de los
arreglos que me presupuestaron no estaba a mi alcance. Ni pidiendo un crédito
me alcanzaría. Tendría que ir arreglando lo más perentorio poco a poco.
Aquel
invierno fue muy crudo, y la persiana no aguanto más. Tuve que retirarla.
Estaba decidiendo si ponerla nueva o poner una cortina tupida para que el sol
matutino no me deslumbrara -entraba hasta mi cama-, cuando descubrí un hueco
entre el marco y el dintel de la ventana. No lo había visto antes. La persiana
tapaba aquel hueco.
Metí la mano
en él. Era profundo. Aquel dintel escondía un doble fondo. Podría servirme como
caja fuerte pensé.
Busqué una
linterna y cuando su interior se iluminó, di un respingo. Casi me caigo de la
escalera.
Mi tía
abuela, tuvo que señalarme de algún modo aquella habitación. No tenía otra
explicación que la hubiera elegido para dormir. No era la que mejores vistas
tenía sobre el valle, ni era grande como la que ella había utilizado sus
últimos años. Esta era pequeña y soleada. No tenía ningún otro motivo para
elegirla, pero me sedujo cuando recorrí la casa y allí me instalé.
El hueco no
era muy alto. Ocupaba todo el ancho de la ventana y el largo de la pared. Al
fondo del hueco había una caja metálica plana. Con ella encima de la mesa, mi
cabeza no paró de elucubrar ¿qué habría dentro?
Tuve que
forzarla. La cerradura estaba herrumbrosa. Contenía unos planos de la casa, con
la biblioteca y el pasadizo secreto bien definidos. Un cuaderno con nombres
impronunciables, y una sola ciudad al final de cada uno; el otro cuaderno era
un listado de títulos de libros ¿Estarían apilados en la biblioteca?
¿Qué podrían
esconder aquellos listados? ¿tendrían razón las habladurías de mi familia? Mi
tío abuelo, algo tuvo que esconder para guardar con tanto misterio aquellos
cuadernos.
Busqué los
libros del listado. Encontré bastantes. Algunos estaban huecos a modo de caja,
solo tenían las tapas, y unas pocas hojas del libro original para disimular un
escondite. En otro de los libros reseñados encontré billetes de cien dólares
americanos.
La leyenda de
los bienes traídos de Argentina empezaba a tener sentido. Y para mi sorpresa,
en el hueco de Lo que el viento se llevó se habían olvidado un lingote
de oro.
Estaba
segura. Aquellos libros entraron a la biblioteca por el pasadizo, para que
nadie los viera ni supieran que contenían. Habían servido para disimular el
pago por trasladar a cierta gente al final de la segunda guerra mundial. Los
nombres de los listados eran la mayoría alemanes y la ciudad que figuraba en
ellos, Buenos Aires.
MOJAMA PARA DESAYUNAR SANTIAGO J. MARTÍN
Así, tal
cual, enrollada en una vieja persiana verde, apareció de repente esa mujer:
tiesa, embalsamada en polvo y lamas, inolora, con poco color definido y, casi
con toda seguridad, insípida.
En un primer
momento pensó que se trataba de una muñeca con un moño un tanto descolocado. La
Mariquita Pérez heredada de la prima Teodora, pero el tamaño no cuadraba.
Fue
desenvolviendo la vieja persiana y varios huesos de la mano derecha rodaron por
el suelo. No siguió. Recompuso aquel envoltorio con vocación de mortaja y lo
depositó justo donde estaba o quizás más al fondo todavía.
Poner un poco
de orden en aquel trastero fue el comienzo de una nueva etapa. Todo facilitado
por la insistencia de su hermana, con la que compartía hogar, y por la llegada
de un momento más que esperado: la jubilación. Ahora podría cerrar cuarenta
años de quebraderos de cabeza en la judicatura. Con él se cerraba una larga
tradición familiar de fiscales, jueces y abogados criminalistas.
Revolver
entre objetos antiguos le serviría para añorar y recordar. Además, iba a tener
el privilegio de ser el primero en acceder a aquel lugar sin la idea de dejar o
recoger algo, tan solo colocar, limpiar y hacer hueco para nuevos cachivaches
jubilados. Como él.
Guiado por un
sentido estricto de la utilidad, la gran mayoría de las cosas que allí se
amontonaban tendrían mejor destino en un punto limpio. Todo menos aquella
sorpresa.
La habitación
tenía unas dimensiones considerables, pero ya no cabía más. Recordaba que de
niño bajaba con su padre antes y después del verano. Primero, a rescatar las
bicis para dar la bienvenida al buen tiempo como se merecía. Luego, para asumir
que lo bueno se había acabado, guardando aquel invento de felicidad con ruedas:
era el momento de volver al colegio.
La noche
anterior, cuando comentó con su hermana cuáles serían sus planes del día
siguiente, esta le intentó refrescar la memoria, asegurándole que en tiempos no
muy lejanos aquello había servido de dormitorio.
-
¿Sin
ventanas? No puede ser.
-
Que
sí, que allí dormía la tía Luisa.
-
¿Qué
Luisa?
-
La
tía de mamá, la de Sepúlveda.
-
¡Qué
angustia de sitio!
La mal
llamada tía Luisa no tenía, en realidad, ningún parentesco con la familia. No
se sabe muy bien la razón por la que se le otorgó ese título familiar, cuando
no era tal.
Pasaba largas
temporadas en la casa, cuando los dos eran muy pequeños. Aparecía sin avisar y
se marchaba de igual manera.
Lo que ellos
no sabían es que antes había habido una tía Jacinta y otra Caridad.
A medida que
ambos se iban haciendo mayores, los padres decidieron de forma drástica cortar
con esas amistades que terminarían por provocar preguntas incómodas de los
niños.
De Luisa,
apenas quedaban recuerdos: ninguna fotografía, ninguna anécdota…tan solo un
pequeño cuadro en el recibidor firmado con su nombre y apellido: Luisa Mirón.
Era una mediocre acuarela de la pirámide escalonada de Saqqara.
-
¿Lo
ves? Este cuadro era suyo. ¿De verdad que no te acuerdas de ella?
-
Ahora
que lo dices, se me viene a la cabeza la figura de una mujer mayor, siempre
vestida de negro que…
-
Que
no, tonto. Esa era la abuela. A Luisa nunca la vi vestida de negro.
Se empeñaba
en dormir en esa habitación que, desde que se construyó la casa, había sido
despensa, cuarto de la plancha y, principalmente, trastero. Bueno, se empeñaba
o la obligaban.
Todavía se
podía ver un jergón, muy deteriorado, al fondo de la estancia. Allí se suponía
que dormía aquella mujer, que un día dejó de venir y de la que nunca más se
supo… hasta el martes pasado, el día en que Pedro Pablo cogió un cepillo, la
fregona y un saco de arpillera y bajó al sótano.
Ese día
descubrió que Luisa nunca dejó de venir a casa. Jamás se fue. Pero quizá ya era
tarde para querer saber tantas cosas.
No dijo nada
a su hermana. Volvió a amontonar objetos, como antes. Llenó el saco con dos
triciclos oxidados y una colección de cuadernos de caligrafía enmohecidos.
Después se
acercó al salón, donde su hermana apuraba el desayuno mientras disfrutaba de su
serie favorita, Caso abierto.
-
Ya
está, hermana. Todo en orden. Hasta dentro de quince o veinte años, cuando
toque la próxima limpieza.
Mientras
Pedro Pablo dejaba en el jardín el saco con los trastos viejos, se alegraba de
no haber querido husmear en las otras dos persianas que estaban en el rincón de
la izquierda.
A
LA DISTANCIA DE UN SUSPIRO ANTONIO
LLOP
Me conformo con la rendija
Que muestra tu cuerpo tras la persiana.
Con un retazo de perfume
De la flor de tus deseos.
Con sentir apenas el rescoldo
De la hoguera de tus afanes.
Me conformo con la leve salpicadura
De la tempestad de tus ideas.
Me conformo con que enjuagues
La más pequeña de mis lágrimas
Con que el clamor de mis dudas
roce desmayado tus oídos.
Y que los arañazos de mis fracasos
Solo huelan el bálsamo de tu saliva.
Me conformo con que estés ahí
A la distancia de mi suspiro.