ROBO DE ALMAS JUANA
DOMÍNGUEZ
No era nada aficionado a la fotografía, había oído contar
que las cámaras de fotos robaban el alma, y no es que lo creyera a pies
juntillas, pero le servía de excusa para no posar en las fotos familiares ni el
los paisajes, cuando su esposa le pedía que se pusiera delante. Siempre se
movía en el último momento y la foto había que descartarla.
Ese verano fueron a visitar un parque nacional en el
norte del país. Los cañones del río le impresionaron tanto que sacó su teléfono
del bolsillo para fotografiarlo. El sendero vallado, le daba seguridad, no
existía peligro de caer al fondo del cañón. Se apoyó en la barandilla y se
dispuso a apretar el botón de la cámara. Después de unos cuantos disparos
repasó las fotos que había encuadrado con mimo.
Todas estaban perfectas, tal cual él lo había visto, en
el repaso de la cámara se volteó el icono de selfi, sin que se diera cuenta de
ello, y siguió fotografiando el entorno.
El sendero terminaba en una pequeña pradera. No había
nadie en ella, estaba solo. Enfrascado en las fotos no lo había notado hasta
ese momento. Se había entretenido tanto en la admiración del paisaje que todo
el grupo había desaparecido de su vista.
El sendero continuaba por una trocha empinada de rocas,
estrecha y con un desnivel entre tramos de más de cincuenta centímetros de
altura, solo apta para escaladores experimentados, sería una locura subir por
allí hasta la meseta donde les esperaba el autobús de vuelta a casa.
Volvería por el mismo sendero, pensó.
Se sentó en la
hierba y repasó las fotos otra vez, antes de emprender el regreso. El asombro
se dibujó en sus ojos. No podía ser, se había fotografiado así mismo. Estaba en
todas las fotos, en mitad de un paisaje que brillaba como flama.
Se volvió hacia el sendero atónito. Estaba atrapado, un
gran fuego se había desatado en el bosque. El sendero ardía, todo el barranco
por donde acababa de pasar estaba envuelto en llamas. Su única salida era la
trocha pedregosa que también empezaba a arder.
REMINISCENCIA MARÍA
ISABEL RUANO
Su novio le había comprado unas entradas para ver la
exposición sobre el Titanic en el centro cultural de la Villa de Madrid.
Sabía que la película le fascinaba y que incluso la había
visto en video en varias ocasiones. Comentaba qué siempre, y sin poderlo
evitar, lloraba por mucho que conociera el desarrollo de las escenas y su
desenlace.
Quedaron el jueves en la puerta de la Biblioteca Nacional
a las cinco de la tarde. Era una sorpresa para ella.
Hacía frio esa tarde del mes de diciembre, no tanto por
la temperatura sino por el desapacible viento. En la plaza de Colón lucían los
árboles y adornos navideños, con su resplandor, rompían el gris de la tarde.
Ella le abrazó ilusionada, incluso se quitó la bufanda y
el gorro acalorada por la emoción. Tenía prisa por entrar a la sala de
exposiciones. Allí les dieron un audio guía para cada uno, cuestión que en
parte fastidió a Alberto ya que hubiese preferido hacer la visita cogido de su
mano y escuchar los comentarios de su boca.
Elena era una especialista en todo lo relacionado con el
hundimiento del Titanic. Contaba que fue la última película que vio su madre
antes de que ella naciera y tan cerquita de la pantalla que Elena se estremecía
con fuerza dentro de su vientre con los estruendos de la película.
En la sala había mucha oscuridad para de esta manera
crear mayor ambiente y dar protagonismo a las vitrinas con los objetos
seleccionados para la exposición.
Alberto no tardó en aburrirse y acelerar el paso de una
foto a otra sin terminar de escuchar las explicaciones. Sin embargo, Elena
parecía estar embelesada, no apartaba la mirada de los objetos, maquetas o
fotografías. No solo no se acercaba a él, sino que parecía que le ignoraba, que
estaba ausente, que la sala estaba adaptada especialmente a sus pasos cortos,
su pelo recogido, sus zapatillas deportivas y su andar lento.
Alberto se arrepintió enseguida de aquel regalo, en
realidad lo que él quería era pasear de su mano, abrazarla, escucharla,
besarla…Compendió que pasarían allí toda la tarde y lo peor era que en todo el
recorrido no había ningún asiento ni rincón cómodo para esperarla, eso sin
tener en cuenta sus ganas de fumar.
Decidió quedarse junto a una enorme placa de hielo en
donde los curiosos visitantes posaban sus manos tratando incluso de dejar
impresa sus huellas. Le resultaba divertido ver las expresiones de la gente al
sentir el frio entre sus manos. Impaciente tuvo que desandar el trayecto en
varias ocasiones para volver a encontrar a su Elena ensimismada en la
contemplación de los retratos de los desafortunados viajeros del gran buque. En
la tercera ocasión que retrocedió volvió a encontrarla en el mismo lugar, contemplando
la misma foto. Casi se pone a gritar de rabia. Pero quién era ese mequetrefe
que había absorbido la atención exclusiva de su novia… Intentó abrazarla e
incluso coger su mano para llevársela de allí, pero ella se resistió con
firmeza.
La imagen mostraba el rostro de un hombre de origen
irlandés, con los ojos claros y la mirada perdida, ajena al objetivo de la
cámara. Sus labios estaban bien definidos como perfilados por el carmín, de un
grosor mediano. Sobre ellos un discreto bigote rubio dibujaba una perfecta
simetría. El pelo, con la raya al lado y a pesar de estar muy repeinado, dejaba
escapar un rizo encima de la frente. Elena, sin tan siquiera ser consciente de
ello, jugueteaba con el rizo rebelde de su cabello que tanto le caracterizaba e
incluso acarició la comisura de los labios como deseando encontrar el escaso
vello.
Ante aquella imagen las emociones se escapaban de su
control: frio, alegría, sobresalto, temor…Él era ella. Ella era él.
Cuando Alberto, enfadado, la giró hacia él, vio en su
mirada un destello diferente. Sus ojos parecían aún más claros, los labios más
pronunciados, la mirada ausente, su pelo recogido más rubio… La semblanza de
aquel desconocido se filtró en él. Asustado creyó ver un alarmante parecido
entre Elena y aquel hombre muerto hace un montón de años. La imagen de los dos
simulaba fundirse en una sola.
Sobresaltado soltó su mano y sin dudarlo salió a la calle
a fumar un cigarrillo. El quince de abril, la fecha del cumpleaños de Elena
acudió a su mente sin buscarla, pura coincidencia, trató de convencerse.
El frio de Madrid
congeló su pensamiento en aquella escena.
Relato incluido el libro “Con nombre propio”.
Editorial Tierra Trívium. 2020
ATRAPADO
EN MI IMAGEN* ANTONIO LLOP
En la pantalla un rostro caucásico
con una expresión tan alucinada como sospecho está la mía. Me mira de frente y
me habla de forma angustiosa en un idioma que no entiendo. Al pulsar el comando
de la autofoto me he debido conectar por videoconferencia con alguien que no
conozco. Le digo en español que no le entiendo. No reacciona por lo que se lo
repito en inglés. Parece que ha asimilado mis palabras porque me grita con
acento del este de Europa “click again!”, “the photo”, “click again!”. ¿Querrá
decir que vuelva a hacerme el selfi? ¿Esa sería la solución a mi problema de no
reflejarme en los espejos?
“Why?” -le pregunto-. No me contesta.
Ante esta nueva situación
irracional tengo que decidir si aprieto el icono o me abstengo. De momento no
hago nada. Le pregunto que dónde está: “Where are you?” Vuelve a su mutismo,
como si no me entendiera de nuevo. Decido que no pierdo nada con seguir sus
instrucciones. Pero cuando voy a hacerlo me doy cuenta de que el fondo que
enmarca la figura de mi interlocutor es el de mi móvil. ¿Cómo es posible que él
tenga el mismo motivo? ¿No será que esta es una videollamada desde el interior
de mi teléfono? Entonces me acuerdo de esas historias fantásticas que he leído
en el que alguien es rescatado de un cautiverio en una botella o un sitio
cerrado consiguiendo que otra persona ocupe su lugar. ¿No será el mismo caso?
¿No le habrán hecho eso mismo a él y por vericuetos fantásticos o nanotecnológicos
ha aparecido en el móvil de alguien como yo? Me resisto a apretar el botón del
selfi sin antes saber el por qué. Prefiero no ver mi rostro reflejado nunca que
estar encerrado en un móvil. Y encima para siempre porque yo sería incapaz de
engañar a alguien para que ocupe mi lugar. No me apetece estar en un mundo
alucinante de espacios compartimentados, entre números como en la app de mi
Banco, entre fechas y diagnósticos como en la de la Seguridad Social, o en la
de mi seguro de mi automóvil… Por otra parte, es absurdo que este desconocido
me pida apretar dos veces seguidas el icono de la cámara revertida. ¿Y si es
otra foto la que me pide que pulse? ¿Y si es la que me causó el problema? Entro
en la galería y le doy al cuadradito en blanco que se registró cuando perdí mi
imagen.
De pronto siento una levedad
impresionante. Mi cuerpo no pesa. Me he trasladado a un mundo donde floto ingrávido.
Ante mi vista el sol se pierde por el horizonte marítimo. Reconozco la escena. ¡Al
final he entrado dentro de mi móvil y estoy en la app de la galería! Pero no
estoy viendo las fotos, ESTOY EN UNA FOTO, concretamente en la maldita que
secuestró mi imagen. No sé de qué manera enfoqué doblemente al paisaje y a mí.
Este acto simultáneo que hice inconscientemente se llevó mi imagen al interior
del teléfono. Por eso desapareció. Y ahora ¿cómo salgo yo de aquí? ¿O solo
estoy aquí en figura y mi cuerpo está afuera? Me alejo flotando de la escena y
efectivamente veo en perspectiva la fotografía de la puesta de sol sin mí
presencia junto con otras instantáneas, entre ellas la última de mi reciente
selfi. Se ve solamente la pared de casa y el bodegón que había tras de mí. Mi
imagen estaba aquí dentro.
Volando por un universo de
vídeos y fotografías he conseguido, por fin, salir de la galería. Veo otros
compartimentos con diferentes colores que deben ser otras apps que paso de
largo. Recalo en una verde que intuyo es el wasap. Quiero llamar a alguien y
pedir ayuda para salir. Entro en esa aplicación de chats. Es un compartimento
ruidoso al contrario del más tranquilo que acabo de abandonar. Y veo al hombre
del este de Europa de perfil mirando a una pantalla y hablando con una persona.
Me fijo en su interlocutor y
… ¡soy yo!
*Esta es la segunda parte del relato publicado la semana
pasada con el título: ¡Maldito selfi!
TEMPORALMENTE ATRAPADO
ARACELI DEL PICO
Los vi venir de frente, a los dos. Y me
alegré de veras. Tenía verdadera necesidad de hablar con él.
Antonio, mi compañero de aventuras
literarias y mi amigo, había publicado la pasada semana un relato relacionado
con los selfis. Escribe bien. Hizo una primera parte y todos le pedimos que
hiciera una segunda. Aceptó. El escrito era perfecto. Por ello creo que nos
envolvió a todos en la inquietante trama que había descrito.
Después de todo, la historia no era
preocupante. Argumentaba como se había introducido en una cámara por un selfi y
en ella había quedado atrapado. Todos sabemos que la imaginación de un escritor
es una fuente inagotable de recursos. Unos bien gestionados, otros sólo
regular, y algunos no deberían haber visto la luz.
Mi amigo, suele gestionar bien. Pero
aquellas dos historias, en realidad una, que se complementaba con la segunda
para su aclaración. Pues bien, esta segunda a mí, no me terminaba de convencer.
Al contrario, con todo lujo de detalles exponía como había llegado a tan
angustiosa situación. Y a pesar de todo, yo no veía claro el desenlace.
De ahí la agradable sorpresa que me llevé
cuando le vi aparecer, con su bufanda al cuello, junto a Rosa, su mujer. Tenía
la oportunidad que me explicara de viva voz, como había dispuesto el trenzado literario,
para mantener la curiosidad en el lector y acompañarle en su inquietud.
Saludé a Rosa y su expresión, de natural
agradable, tenía un toque de melancolía igual que el tono de su voz. Pero su
saludo cálido, era el mismo de siempre.
Luego fui hacía él. Rosa me paró en seco.
-
No
Ara, por favor.
Ya era tarde. Me había adelantado para
darle mi abrazo, cuando al hacerlo, me vi envuelta en mí misma. Antonio, a
quien yo veía y que había respondido a mi saludo de buenos días, físicamente no
estaba, era un cuerpo visible, pero que no existía. Comencé a temblar y sin
hablar pregunté a Rosa con la mirada.
-
Todo
comenzó a raíz de sus dos últimos relatos. Estaba contento del resultado.
Después que yo los leyera, me pidió opinión. Me acerqué a él para abrazarle y
sentí ese vacío, que acabas de experimentar. Su frialdad, heló mi sangre. Lo
entendió e hizo el gesto de acariciar mis mejillas. Sentí la intención. Pero no
el tacto. Responde a mis preguntas, con una voz que me llega hueca. Ayer le pregunté:
¿Qué vamos a hacer? Y me dijo: No te preocupes, solo son, ensayos literarios.
-
Rosa,
no sé qué decir, esta situación no la he visto reflejada en parte alguna.
Deberíamos consultar.
-
¿A
quién? A un médico, a un exorcista, ¿a
quién?
De repente intervino Antonio. Su voz hueca
taladró mis oídos.
Vamos
chicas, que estoy aquí delante y vivo. Vivo en otra dimensión, pero vivo y tengo
derecho a opinar. Venga que hace un día precioso e invito a unas cañas. Se puso
entre las dos y nos cogió del brazo. No sentíamos la presión de su mano. Pero
nos hacía llegar el calor de su compañía.
Nos sentamos en una terraza, entre sol y
sombra. Rápidamente se cambió a la zona de sol.
-
Caray
que frio hace aquí.
En aquel preciso momento, supe que era
Antonio y que estaba vivo.
RETAZOS SANTIAGO
J. MARTÍN
La brisa de la tarde deja algo temblona la piel a las
puertas del invierno. La luz, más que suave, es alicaída, pobre, sin la energía
suficiente como para levantar el ánimo, si fuera necesario.
Estos son los momentos propicios para pensar en el
pasado, que es lo único seguro que tenemos, aunque los recuerdos son volubles,
cambiantes... Algunos evolucionan hacia donde no se les espera y otros se
esconden, se burlan de la ansiedad de quien los busca con insistencia, como si
fueran la medicina que curara la herida que va dejando el presente.
Se configura un escenario perfecto para la melancolía, la
tristeza, la impotencia de no poder desvivir algunos episodios y ejecutarlos de
nuevo con mejor suerte, la que proporciona el ventajismo de saber el final.
Me propongo ahora construir una figura que no existe,
pero que ha vivido junto a mi durante todos estos años, aunque de forma
peculiar, múltiple, inabarcable, invisible entre prisas y silencios.
Voy a empezar por las manos. Las que cuidaron mis fríos,
las que doblaron mi ropa y acariciaron mis cabellos. Eran las de mi madre,
siempre allí. Siempre no.
Los besos de mi primera mujer fueron los más sinceros,
los más bellos, los más sonoros… perfectos. Luego vinieron muchos más, algunos
maravillosos, pero siempre pensé que eran una imitación de los de Luisa.
Con la enfermedad de mi hija mayor no tuve mejores oídos
y sonrisas que las de mi amigo Germán. No decía nada, solo me miraba, me miraba
y terminaba en abrazos con sabor a morfina, imborrables.
La pasión más sincera llegó con Alejandro. Un hombre
sereno, claro, directo, pero tan breves fueron aquellos momentos, que apenas
tuvimos tiempo para saber que nos queríamos.
También tuve la paciencia de mi hijo, llevándome de aquí
para allá, combatiendo mi soledad, parando mis miedos y frenando, lo que pudo,
la infelicidad.
Muevo esa ruleta amañada de rostros y veo con sorpresa
que en la casilla señalada no aparece una persona, sino una palabra: idiota; y
una cara: la mía, como si se tratara de un selfi aliñado con culpas olvidadas.
Así se resume lo torpe que fui por no saber disfrutar lo
bueno, por no mirar a todos ellos a la cara y decir lo importantes que eran
para mí, aunque lo supieran. ¿Para qué están las palabras si se obvian, si se
guardan para un momento mejor que nunca llega?
Cuidado, que no termino todavía. Ahora te toca a ti.
Seguro que has estado comparándote conmigo todos estos párrafos. Si te llegan
retazos de tu propio rostro, es posible que en algún momento hayas estado
haciéndolo tan mal como yo.