PARÉNTESIS
MÁGICOS MARÍA
ISABEL RUANO
En los que, sin ver, estás viendo.
En los que, escuchando, no estás oyendo.
En los que creen verte y no estás.
En los que crees estar y no te ven.
Momentos en los que no existe nada ni nadie,
sólo tú y el Más Allá.
Ese en el que eres espíritu capaz de levitar
sobre el asfalto y hasta el mar.
Momentos en los que la luz te llena
y su misterio puedes abarcar.
Sin abrir la boca ni mirar,
sólo por ella dejándote llevar.
Sintiendo la profundidad de la vida
que, por momentos, se para y te deja volar,
allí y con quien quieres estar.
Esos paréntesis mágicos, entre el aquí y el allá,
me llenan de esperanza y de paz.
Poesía publicada en el libro. “Con la luz de la tarde
amarilla y añil”. Editorial Olé Libros
EXTAÑO VELORIO MANUEL
GIL
Lucía
vio con nerviosismo creciente cómo la silueta de Paulina doblaba la esquina de
la calle y avanzaba hacia su casa. Si sorprendía a la Mari dentro, no sabía cómo
lo iba a explicar. Un pellizco de algo parecido al terror se apoderó de ella,
mientras su cabeza bullía
en la búsqueda
de una salida. Los tres últimos días habían
transcurrido a un ritmo endiablado que no la habían dejado pensar, ni tomar conciencia de lo que
estaba ocurriendo.
El martes fue cuando recibió la llamada de su tía Remigia.
Recordarla ahora le ponía
los pelos de punta.
- Lucía,
hija, vente al pueblo, vente por favor, y no hagas caso a nadie, te digan lo
que te digan - Su tono parecía
ahogado, extraño.
- Pero, tía, ¿qué pasa?
¿Ha ocurrido algo? ¿Se encuentra bien?
- Busca el libro de la Facunda, ahí
está todo. Búscalo
- Dijo con una voz que fue apagándose
como un susurro.
Volvió a marcar el número
varias veces sin resultado, y la preocupación se apoderó de ella. Hacía mucho que
no hablaba con su tía,
una extraña mujer de mal carácter
a la que en el pueblo consideraban rara y amiga de espiritismos y prácticas
ocultistas. ¡Y el libro de la Facunda! Si esa mujer, a la que
consideraban bruja, falleció cuando Lucía
era pequeña. No entendía
nada, y ante la imposibilidad de volverse a comunicar con ella, decidió viajar
al pueblo.
Llegó en un momento en que estaba lloviznando, y las
calles estaban desiertas. Al salir del coche, la puerta de la casa más cercana se
abrió, y apareció la Pascuala, que se sorprendió al verla.
- Ay, hija, al fin has llegado. Que dijo la Paulina que no tenía señas de
nadie, y que no podía avisar.
¡Qué pena,
tu tía! No somos nadie.
- Pero, Pascuala, ¿qué dices? ¿Qué le
ha pasado a mi tía?
- Tu tía
está muerta
y enterrada, hija. Un mal raro se la ha llevado.
- Pero no puede ser, cuando ha sido eso, si yo hablé ayer
con ella.
- Ay, prenda, eso no puede ser. La Remigia murió el domingo. Se
encargó la Paulina de todo. Y, oye, una no quiere ser mal
pensada, pero que sepas que le ha dejado toda la herencia a ella.
Lucía no podía creer lo
que pasaba. Su tía
la llamó. Eso era tan real como que estaba allí, bajo el paraguas. En esta conversación estaban
cuando apareció por la calle Balbina, otra de las vecinas de su tía.
- Te acompaño en el sentimiento, niña. Mira que no haber estado
aquí.
Nadie tenía tu teléfono
ni tus señas.
- Balbina, qué dice la niña que habló ayer con ella,
- No puede ser - dijo Pascuala.
- Será que
te dejó mensaje y se te habrá
quedado, y lo viste ayer, o que se yo, con estos teléfonos.
Pero Remigia ayer no hablaba - dijo, santiguándose deprisa.
- Y ya sé que no es momento, pero tú no te
llevabas muy bien con tu tía,
y haberle dejado todo a la Paulina. De oro se va a hacer, que ya van tres los
que le dejan la herencia, y todos muertos de una cosa rara - añadió Balbina
con gesto torcido.
Por la noche, en la casa de su tía Remigia,
se celebraba el velorio que había
organizado Paulina para honrar a la difunta, costumbre típica del
pueblo. En una penumbra de cirios titilantes, los rostros de aquellas mujeres
parecían
un cuadro negro: La Pascuala, la Balbina, la Jacinta, la Petra, la Paquita, la
Josefa y su hija Mari, y varias más
que no reconocía,
formaban un extraño y enlutado coro que susurraba letanías entre
ayes y suspiros, mientras la Paulina se erigía en la sacerdotisa de aquella reunión que a Lucía se le
antojaba un aquelarre.
- Yo, Lucía,
con la mejor de mis intenciones, lo he organizado todo. Tu tía ha sido
muy generosa conmigo, sin que yo nunca le pidiera nada. He traído lo que a
ella le gustaba: un buen vino, un buen jamón y buen fiambre, con perdón sea
dicho, que los velorios de antes, con una copita de anís y unas
pastas...
Los ojos de aquella mujer brillaban con un fulgor
metálico,
circundados por grandes ojeras, y con su hirsuto pelo, su aspecto no era el
mejor. Lucía
la oía
como música
de fondo, sus pensamientos iban y venían
sin poder centrarse en nada. Entonces se fijó en la Mari, la hija de Josefa,
que sería
de su misma edad, y a la tenía cariño siempre había jugado con ella cuando
otras niñas le daban la espalda por que nació con el síndrome de Down.
Cuando sus miradas se cruzaron, la Mari se levantó y
se acercó a ella.
- Lucía,
tienes que encontrar el libro de la Facunda - dijo en un susurro.
Ante la mirada de sorpresa de Lucía, la Mari añadió:
- La Remigia me llamó ayer y me lo dijo. Me dijo que lo buscara y te lo
diera.
- ¿Seguro que te llamó? - le dijo en voz muy baja Lucía. Mira que
lleva enterrada desde hace tres días.
Paulina y la Pascuala se acercaron, y la Mari se
calló de forma indisimulada y se fue al rincón a sentarse.
- No sé lo que te estaría
diciendo la Mari, pero no le hagas mucho caso, ya sabes cómo es - dijo Paulina.
- Algo del móvil le decía - añadió la
Pascuala. Yo no sé cómo
su madre le deja un móvil a esa tonta.
- No, tonta como los tontos de antes no es, ella es del síndrome de Don ese, ¿no ves que
tiene los ojos achinados? Y, que para algunas cosas son muy listos...
Al día
siguiente, tras el plan trazado por Lucía
y la Mari, al final del velorio, aprovecharon que la Paulina salió de su casa,
y la Mari, que sabía
que dejaba una llave debajo de un tiesto del porche para Curro, el que le
cuidaba el jardín,
y según
alguna maliciosa lengua, alguna cosa más,
se coló en la casa.
Cuando Lucía
vio que se acercaba la Paulina, y que era imposible que no viera a la Mari al
salir, o que la encontrara dentro, decidió abordarla.
- Paulina,
ay, oye, que antes de irme a Madrid quería
que me enseñaras el huerto de la parte de atrás, que me han dicho que lo tienes muy hermoso.
El rostro de Paulina se contrajo en un gesto de
desconfianza al ver el nerviosismo de Lucía.
- Ay, niña, me creí
que me ibas a preguntar por el testamento de tu tía o algo de
eso. Ven, vamos a la casa, y luego te lo enseño.
- No, enséñamelo
ahora, que tengo prisa, me tengo que volver a Madrid.
- Qué no tardo nada, ven - La cogió del brazo con cierta
violencia.
En ese momento, vieron cómo en la ventana del piso
de arriba se movía
una sombra. El rostro de Paulina se contrajo en una mueca de ira, y corrió con
una enorme ligereza hacia la casa. Lucía
estaba paralizada. La vio entrar en su casa, y al momento, oyó gritos y fuertes
golpes. Reaccionó y corrió hacia allí. Subió
las escaleras, y cuando entró, vio a Paulina tendida en el suelo, con un charco
de sangre bajo su cabeza. Subió y encontró a la Mari, con un atizador en la
mano, en la mesa donde había
tarros y cajas con diferentes elementos que no reconoció. Un viejo libro aparecía abierto
por una página
donde podía
leerse: "Ingredientes para la receta de la muerte suave".
Sin pensar en la situación en la que se encontraba,
Lucía
tomó el libro y vio que en su lomo, escrito de forma rústica, aparecía un nombre:
Facunda.
NADIE
LO ESCRIBIÓ SANTIAGO
J. MARTÍN
La celebración de los cuarenta años de la revista Ola, en febrero de 2000,
venía envuelta en el optimismo y los recelos que impregnaba todo en aquel
comienzo de milenio. No se sabe muy bien en qué momento llegó a la fiesta una
figura oscura y pequeña. Aquella fue la primera y última aparición, nunca mejor
dicho, en público de la persona que firmaba como NaDie.
Algunos
intentaron hablar con ese personaje oculto, pero no dio explicaciones. Muchos
monosílabos, mucha interrogante en la mirada y muy poca información, de hecho,
no llegaron a saber ni siquiera su nombre. Quedó a la altura de su pseudónimo,
sin duda.
Eran otros
tiempos, para la prensa, para la calle, puede que también para la forma de
pensar. Lo cierto es que detrás de esa firma desconcertante se escondía una
figura que mantenía un interesante halo de misterio por su anonimato, hasta
aquella tarde.
Habían
sido muchos los años que llevábamos viendo sus artículos, muy singulares, en la
sección de sociedad de una de las revistas punteras de los años 80. Siempre
aparecían en un momento especial del calendario, el 1 de noviembre.
Eran
columnas breves, pero muy jugosas. Su originalidad y su apuesta por la
inteligencia de los lectores daban el contrapunto a una fecha llenas de tópicos
y reportajes al uso, tan repetitivos, que bien podían servir los de un año para
el siguiente.
Pero las
aportaciones de NaDie tenían un toque diferencial. Siempre seguían la misma
estrategia: comenzaban por una frase alusiva a la fecha en cuestión. La
sentencia tenía mucho de filosofía, de reflexión, aderezado con una extraña
belleza. Además, eran frases supuestamente anónimas, pero los lectores
terminaron pensando que en realidad se trataba de una aportación directa de
quien firmaba el artículo, por mucho que lo transcribiera entrecomillado.
Luego
continuaba con unas historias sinuosas, a veces intrigantes, otras
desconcertantes, y siempre llenas de esos tonos oscuros, tan usados en esos
momentos del año.
Los
sucesivos jefes de redacción de la revista, durante todos estos años, fueron
haciendo numerosos cambios en la publicación, pero siguieron contando con las
esporádicas colaboraciones de NaDie. Sí es verdad que hicieron ligeros
retoques, hasta que llegó un momento, que se veía venir, en el que se le pidió
que se limitara a la frase profunda y prescindiera de lo demás.
El
misterio sobre su identidad quedó desvelado, como ya hemos visto, cuando en la
celebración del 40 aniversario de la revista semanal se invitó a todos los
colaboradores, entre ellos a NaDie.
En
aquellas fechas ya se hablaba del fenómeno Banksy, el grafitero anónimo del que
no se sabía a ciencia cierta si era un hombre, una mujer o un grupo de artistas
reivindicativos.
Pues bien,
aunque NaDie no tenía ese carácter rebelde del artista anónimo británico, en la
redacción se bromeaba hasta el punto que se cruzaron apuestas cuando se
aproximaba la fecha del aniversario. Un grupo afirmaba que no iría, ya que si
de nadie se trataba… otro que sería un hombre mayor con aspecto de catedrático
de filosofía y una minoría pensaba que aquello era obra de unos jubilados que
pasaban su tiempo escribiendo chorradas muy bien adornadas con tufo a pensador
argentino.
Todos
fallaron. Sí se presentó a la cita, no era un grupo, tampoco un catedrático. Se
trataba de una señora de mediana edad, vestida con look indeterminado,
atemporal, pero no moderno: permanente en el pelo, pendientes pequeños, poco
maquillaje, pero preciso, sobrio traje pantalón negro y todo ello adornado con
un físico lo suficientemente trabajado para pasar inadvertida. Y, como hemos
visto, extremadamente silenciosa.
Ya en
pleno siglo XXI los recortes pusieron en peligro la existencia de muchas
publicaciones, también de esta.
En
cuestión de meses se acortaron las nóminas, las páginas y las ventas. Pero ella
siguió colaborando. Aportaba sus momentos creativos por amor al arte, sin
cobrar nada por ello, como siempre.
Se
convirtió en un clásico de la publicación, no sin falta de razón. La reflexión
del número 456 de noviembre de 2024 fue fantástica: “La vida es una pieza de
mármol delicado que se va tallando con un buril con cabeza de diamante, que es
la muerte”. Tremendo, ¿verdad?
Quién iba
a pensar que aquella sería la última vez que NaDie firmaría una de sus famosas
frases anónimas.
A la
vuelta del último verano, en 2025, las cuentas no solo no cuadraban, es que las
deudas ahogaban cada titular de la publicación terminó por cerrar sus páginas
después de más de 60 años asomando en los quioscos. No hubo más olas en esas
playas.
El editor
contactó con todos los colaboradores para comunicarles el cese de la actividad
y el fin de aquella aventura juntos. Lo hizo de forma personalizada, no como en
aquel aniversario del 2000, donde se les convocó a todos desde las páginas de
la propia revista.
De NaDie
solo se tenían las señas de un apartado de correos, ni siquiera se sabía su
nombre. Así que, el editor, escribió a aquella dirección anónima, tan poco
usada ya en estos días, avisando del cierre.
A los
pocos días, llegó a la redacción una carta donde unas letras anónimas
lamentaban no poder entregar el mensaje mandado porque la destinataria, Natalia
Diez, tanatopractora, había fallecido en 1981, en circunstancias nunca
aclaradas del todo.