LA CRUZ DE CARAVACA JUAN
SANTOS
Aunque ahora parezca mentira, mi hermana y yo éramos unos
niños muy guapos. No importaba la ropa que nos pusiera mi madre. Íbamos muy
limpios es verdad, pero en las fotos puede verse que eran prendas heredadas de
mis primos con algún zurcido que otro. La economía de mis padres no daba para
más, pero lo importante era comer, los lujos y los caprichos no tenían cabida
en mi casa.
De cualquier manera, bien lavados y bien peinados daba
gloria de vernos. Lo malo de esto es que éramos presa fácil para las brujas del
pueblo que, sólo con mirarnos, podían echarnos el mal de ojo.
No sé de dónde sacaría mi madre el dinero, pero compró dos
cruces de Caravaca, las llevó al cura para que la bendijera y con una cadenita
nos las colgó del cuello. De esa forma, mi hermana y yo estábamos protegidos de
la influencia de los malos espíritus.
Mis amigos se mofaban de mí. Me daba mucha vergüenza y
terminé por quitármela. La metí en una bolsa de pipas y la escondí debajo de
una piedra en el corral. A mi madre le dije que la había perdido. El disgusto
que le di fue bien grande. A ver de dónde saco yo ahora más dinero para
comprarte otra, me dijo mientras se quitaba la zapatilla para sacudirme. Así
que, no tuve más remedio que salir corriendo al corral a recuperar la cruz.
Llorando le dije que yo no creía en el mal de ojo y que no estaba dispuesto a
llevarla. Me tuvo que dejar por imposible.
En su lugar me puso una medalla pequeñita de la milagrosa
que me pareció más apropiada para mí. De hecho, muchos niños también la
llevaban.
Fuera por la cruz o no, mi hermana jamás tuvo ningún síntoma
achacable al mal de ojo, sin embargo, a mí me pasaban cosas muy raras: me ponía
a llorar sin causa aparente, se me quitaba el apetito, me despertaba a media
noche sobresaltado y otros episodios que no recuerdo. La verdad es que mi madre
se preocupaba muchísimo, achacándolo todo a mi rechazo a la dichosa cruz. Menos
mal que, cuando me encontraba mal, ella me abrazaba fuerte y se me quitaban
todos los males.
Un día descubrí que mi cruz de Caravaca la llevaba mi madre
escondida en el pecho, sujetada con un imperdible.
EN BLANCO ARACELI
DEL PICO
Admirable en todo. No era
difícil verla lucir en cualquier reunión. Llevara lo que llevara encima era el
centro de todas las miradas. Si cubierta, por su discreción. Si ligera de ropa,
porque era maravilloso ver esos hombros, donde unos finísimos tirantes
sujetaban la sutil tela que se abría con descaro para ver el nacimiento de unos
pechos increíbles.
Podría enumerar las veces que tendido en mi cama, cerraba los ojos y
palpaba a través de mis sentidos el nácar de su piel. Estaba enamorado de ella,
la deseaba, ¿qué sé yo? Pero lo que tenía muy claro es que mi admiración estaba
fuera de cualquier duda. Y me sorprendía su suerte. Todo lo que tocaba, lo
hacía real y positivo. Sin duda tenía un don, para manejar los hilos que la
vida pone en tu camino para tejer un futuro envidiable.
Un viento cálido abrió la ventana de mi habitación. Sentí frio y calor
al mismo tiempo. Como si unas fiebres repentinas atacaran mi cuerpo. Intenté
levantarme. No pude. Estaba sentada en la cama, a mi lado. Desnuda. El rayo de
luna que se filtraba a través de la ventana iluminaba su piel. La toqué, era
real. Y sentí que mis dedos resbalaban por un raso transparente. La confusión
me cegó.
Me levanté muy temprano. Cansado, aturdido y con cierto malhumor. Llamé
al bufete de abogados donde trabajaba. Improvisé una absurda excusa para no ir
esa mañana. Que sin duda se creyeron porque era la primera vez en la vida que
faltaba. Mi lealtad y devoción a la profesión estaba por encima de todo. Y me
dio por pensar que quizá el exceso de profesionalidad, no era lo mejor para
prosperar. Ella faltaba con frecuencia y nadie se lo tenía en cuenta.
Dirigí mis pasos al parque. Fue todo un descubrimiento. Personajes de
Disney se paseaban de un lado a otro, vestidos con los trajes propios del
personaje que representaban. Músicos ambulantes. Improvisados payasos. Pero captó
mi atención una muchacha que sostenía una baraja de cartas y que manejaba con
una habilidad fuera de lo común. Las separaba en dos partes y mezclaba con la
rapidez del rayo. Frente a ella un aparato con una hendidura muy fina, como una
hucha. Y allí las lanzaba. Todas entraron, menos una que apartó y dejó a su
lado.
-
¿Quiere probar suerte?
-
¿Cómo?
-
Que si quiere intentar poner las cartas dentro
de la caja.
-
No, gracias. No entraría ni una.
-
Tenga fe en sí mismo. Pruebe.
Su insistencia me desarmó. Probé. Y curiosamente la mayoría de las
cartas de una baraja de póker se colaron por aquel mínimo agujero. La última no
entró. La recogió y tomó también la que había apartado ella en principio. Eran
iguales. Una carta en blanco. Sonrió ampliamente y creí ver la cara de la mujer
que había estado en mis sueños y que tanto admiraba. Solo unos segundos…
Me iba y antes quise depositar unas monedas en el cestillo de paja que
estaba en el suelo, a su lado.
-
No es necesario. Gracias.
-
Pero…
-
No, soy yo quien le quiere hacer un regalo.
Tenga su última carta. En blanco. No la pierda nunca. Será su talismán. Cuando
te llega una carta en blanco, es para que escribas en ella tu futuro. Como
quieras, como sueñes, con quieras y con quien sueñes.
-
Precisamente los sueños, son los que debo
apartar de mi mente.
-
¿Y eso?
-
Nada, cosas mías. Gracias por el rato tan
agradable que me ha hecho pasar. Lo necesitaba.
-
Para mí ha sido algo más que un rato agradable.
Y quién sabe. Quizá el sueño de anoche no fue tan disparatado.
-
¿Y usted como sabe?
Me guiñó un ojo y me mostró su carta en blanco.
Pasados unos días, recuperé el sosiego y volví a la rutina diaria. Ella,
se había ido a Inglaterra. Había dejado su trabajo, sin pena y con gloría.
Quería participar en una ONG en África y en Exeter, iba a recibir la oportuna
preparación.
Mandó una foto, vestida con una pulcra bata alba. Estaba tan hermosa,
como si llevara la mejor de sus galas, las propias para ir de sarao. Con una mano abría los dedos con el signo de
la victoria. Con la otra sostenía una
carta. Parecía de póker. Pero yo sabía que el dorso de esa carta, estaba en
blanco.
POR ENREDAR SANTIAGO
J. MARTÍN
Empecé
a buscar testigos, alguien que supiera lo que había pasado durante todos estos
años. Me estaba volviendo loco. Rebusqué en todas las fotos sin encontrar lo
que pretendía. No era posible.
En
mi desvarío creciente, llegué, incluso, a revolver los informes médicos,
también, los más antiguos, esos eran los que más me preocupaban. Nada. En
ninguno de ellos pude ver el más pequeño resquicio de un accidente, de un golpe
en la cabeza, de un ictus, absolutamente nada que justificara una pérdida
absoluta de una parte de mi vida.
No
hallaba ni una mínima prueba que justificara que esa mujer, con la que yo creía
haber compartido toda una vida, había estado presente, físicamente, a mi lado,
alguna vez.
Pregunté
a mis hijos y solo obtuve silencios y malas caras. Como mucho, al mayor, le
saqué una frase que me dejó derrumbado: “Papá, otra vez con esas tonterías.
Dejemos el tema, que ya sabes cómo terminó todo la última vez”.
Pues
tampoco recordaba nada de la última vez. Además, la última vez de qué. Yo no
podía seguir así.
Comencé
a dejar de comer, descuidé mi higiene personal, deambulaba por las calles,
asolado por dentro, perdido por fuera. Tan solo me cabía una esperanza: que
todo aquello estuviera siendo un sueño, una jodida pesadilla que estaba
acabando conmigo. Pero no.
Ya
había perdido la esperanza e intenté acomodarme en una vida absurda, que era
mía, pero que le faltaba la persona que formaba el engranaje de mi vida, el
sentido de todos los recuerdos que se iban difuminando, perdiendo sentido.
Hasta
que un día, una mañana que andaba buscando, por recomendación de mis hijos, un
psicólogo que me ayudara a digerir la bola en la que se estaba convirtiendo mi
existencia, pues eso, buscando en mi agenda, lo vi.
¡Tenía
yo razón, tenía yo razón! Empecé a gritar ese mantra, poseso, por toda la casa,
pero sin efecto alguno. Estaba solo.
Allí
en mis manos, tenía aquella hoja de parra, con una fecha que apenas se
distinguía, escrita en la lámina seca que tenía en mis manos: 24/7/1986.
¡Esa
era la prueba! Ese fue el día. Ahora tendrían que darme la razón. Y además, se
podía ver, con dificultad también, nuestros nombres, sobre todo el suyo: Rosa.
Claro, que existió. Claro que estuvimos juntos todo el tiempo, hasta que…
Al
llegar mi hijo mediano, con sutilidad, me hizo sentarme en el sofá, mientras me
decía pausadamente:
-
Lo que tienes que
hacer es centrarte un poco, papá. En un par de días presentas tu segundo libro.
Recuerda que ahora vives de esto, no puedes tirar todo por tierra por ese
objeto que guardabas como un amuleto en una vieja agenda. Qué más da lo que sea
esa fecha. Qué más da quién fuera Rosa. Ya te dije que posiblemente no era
buena idea escribir sobre los universos paralelos.
Pues
si es así, si él tiene razón, ¿de qué forma puedo pasar al otro lado y estar
otra vez con ella?