EL CÓRNER ARACELI DEL PICO
Ese era su nombre y su
actitud. Pacífico. Su especialidad,
soslayar continuamente todos los desaires que recibía por su calmada
forma de ser. No era brillante, no llamaba la atención para nada ni para nadie.
Alumno instalado en los aprobados a la hora de examinarse y cuando alcanzaba un
seis y con extrema fortuna un siete, le parecía que tocaba el cielo con la
mano. Tampoco suspendía. Pero si alguien quería definirle; decían que era un
chico… anodino. Los más boca chancla, directamente le definían como un
gilipollas.
Y sin embargo tenía un don especial para tocar la armónica. Había
recibido este regalo de sus padres, por aquella vez que llegó a casa con un
siete en lengua. Si bien es cierto, que nunca más repitió tal hazaña.
Desde entonces, era frecuente verle en el recreo, sentado en una esquina
tocando con absoluto placer su armónica. Relajado, cambiando el tono de la
música dentro de la misma canción y sintiéndose el chico más feliz del mundo. Y
ese aislamiento en el rincón del patio, hizo que dieran en llamarle “EL CÓRNER
“y el mote se extendió a lo largo y ancho del colegio, olvidándose de su
peculiar nombre. No le importó.
En casa tampoco es que recibiera muchos mimos. Padres sobrios y poco
cariñosos y sus dos hermanos, Raúl y Ramona, empoderados en sus excelentes
notas, de vez en cuando le soltaban alguna perla tal como… “listillo, ¿has
aprobado el máster de limpiabotas?”. Pacífico callaba. Compartía la mesa en
familia. Se hablaba poco. Pero, él no abría la boca.
Las vacaciones, en el pueblo de su madre, no eran para tirar cohetes.
Pero subir en el tractor de su tío, para el muchacho ya era una fantasía.
Y extender la manguera para quitarse el
calor del campo, y bailar empapado con el espantapájaros un lujo, que no estaba
alcance de cualquiera. Él así lo percibía. Y bajo la sombra de una desvencijada
techumbre, veía ponerse el sol, mientras tocaba la armónica. Resumiendo una
vida feliz y sin aspiraciones.
Llegó el nuevo curso. Vuelta al cole. Una nueva compañera se había
incorporado. Era Mar. Morena, dulce y con un ligero defecto. Cojeaba al andar.
No mucho. Lo suficiente para que su balanceo cuando andaba, restara gracia a su
figura. Pacífico, no veía tal cosa, para él, Mar era perfecta y su balanceo un
gentil adorno, que la hacía diferente a otras chicas, vulgares y pretenciosas.
El resto del grupo no tardó en advertir la
buena conexión que había entre ambos. Y les faltó tiempo, para crear nuevas
pullas.
- Fíjate tío, allí va el córner con la Mar.
- Si, con el Mar Pacífico. Que cuando va con ella,
casi parece un océano.
Las risotadas creaban un eco en el patio del recreo, que casi todos los
presentes coreaban.
Su amistad crecía. Y el muchacho disfrutaba, entrelazando sus dedos, por
la maraña del pelo rizado de Mar. Comenzó a mejorar todas sus notas,
levemente. Y apoyado en esa mínima
fortaleza, invitó a la chica a dar un paseo por El Retiro. Ella acepto.
Se llevó su armónica y sentados en el césped, Mar le pidió que le
enseñara a tocarla. Y con más habilidad de lo presumible, la chica arrancó unas
notas al diminuto instrumento. Cuando se la devolvió, le dijo:
- Ahora sabe a ti.
- ¿A mí?
- Has puesto tus labios y el metal ha robado tu
sabor.
No hicieron falta palabras, ni ruegos. Los dedos de él, se enredaron en
su pelo y el primer beso fluyó con la suavidad del agua que se resbala por la
roca, como un fino hilo de vida, que se hace grande al llegar a su destino.
Durante unos minutos permanecieron en silencio. Se miraban de soslayo y
sonreían. De repente Mar comenzó a hurgar en sus bolsillos:
- Qué buscas.
- Mi tirachinas.
- ¿Tu tirachinas?
- Si. Aquí está, mira…
Con una habilidad extraordinaria apuntó hacia una pequeña flor que había
en un arbusto, frente a ellos. Cayó al suelo, se levantó con presteza y se la
dio al muchacho.
- No sabía yo de esta habilidad tuya.
- Nada importante. Pero le tengo desde pequeña y
la verdad es que me entretiene mucho. Y hasta le tengo cariño.
- ¿Me enseñas a usarlo?
- . Es muy sencillo, mira.
Colocó una piedra minúscula en el punto de mira, tensó las gomas y
disparó. Poco después Pacífico, lo hacía casi,
con la misma habilidad que ella.
- Vaya parece que los dos, hemos aprendido nuevas
lecciones, tú lanzar con el tirachinas, yo a medio tocar la armónica.
- . ¿Solo eso?
El rubor subió a las mejillas de Mar. El muchacho la acercó hacía sí.
Solo la miró.
Días después en el recreo, sentados en su rincón favorito, se acercó el impertinente de turno, para soltar su grosera pregunta…
- oye córner, se os ve muy bien juntos, qué, ¿ya ha “entrao” el pacífico en el mar?
- Huy, si, si, que sincronía.
Y con un gesto obsceno, dio media vuelta. Cuando se alejaba, el muchacho
quitó el tirachinas con una rapidez inusitada de las manos de Mar, y disparó a
una de las pantorrillas del imbécil, que cayó al suelo de inmediato. Se levantó
y antes de que se volviera hacia ellos, le disparó en la otra.
Sacó su armónica, le vino a la mente el “Imagine” de Lennon, que comenzó
a tocar con calma, mientras el resto de los compañeros, aplaudían, al tirador y
al músico. Nunca se sintió mejor.
QUÉ BONITO ES TODO SANTIAGO J. MARTÍN
Envuelta en el éxito, una vez más, terminaba con loas y sin
sobresaltos la enésima presentación de un libro de la escritora en lengua
española más leída en los últimos 20 años.
- No, no. En realidad no quiero preguntar nada.
- Bueno, perfecto. Terminaremos con un comentario,
entonces. Y repito, nada de spoiler.
Dinos, cariño.
- Solo una cosa. Valoro todas las obras de la
autora, pero no me parece plausible su falta de compromiso, su…
- Acabamos, acabamos ya. Muchas gracias a todos…
La literata, paró a la presentadora del acto, con una
sonrisa atropellada en sus labios.
- Resumo. Sus historias son bellas, las
descripciones sublimes, los personajes complejos, pero muy bien reflejados.
- ¿Entonces? – dijo la presentadora
- Que no tienen alma, no tienen conciencia social,
no se pronuncian sobre las cosas que nos escuecen a todos.
- Tienes razón. Lo evito, no quiero crear reflejos
que condicionen y distorsionen mis obras, pero dejo pistas suficientes para
poder entrever cuáles son sus compromisos, sus ideales sociales y políticos…
- De eso nada. Todo está sabiamente planificado
para que cada libro sea un superventas, para que no escueza nada, para que los
lectores beban las líneas de sus novelas como si fueran soma.
- Hasta aquí, hemos llegado. No tenemos tiempo
para más. Además nuestra escritora tiene una agenda muy cargada con múltiples
compromisos.
Terminó la presentación, alagando al público y soltando una
pulla para la “alborotadora” de última hora.
Al bajar del estrado, la joven ya no estaba entre el
público; había desaparecido. La escritora seguía buscándola con la mirada,
cuando un amigo se le acercó, con ganas de saber algo más sobre aquel personaje
inesperado.
- ¿La conocías?
-
Claro. Era yo. Hace muchos años, cuando la vida
me parecía que siempre era un soplo de miradas hacia delante, sin nada que
perder.
VENGANZA CRUEL JUANA
DOMÍNGUEZ
Siempre con la cabeza gacha, mirando de reojo a todo el que
se cruzaba con él, si alguien le saludaba respondía con un gruñido. Nunca se dirigía
a nadie de frente.
Pablo con paciencia, le animó a que fuera un poco más
abierto que no se escondiera ni dejará de saludar con alegría a todos sus
convecinos.