13/06/2025

LA FELICIDAD DEL COBARDE 2

 

EL CÓRNER                                                    ARACELI DEL PICO

 

  Ese era su nombre y su actitud. Pacífico. Su especialidad,  soslayar continuamente todos los desaires que recibía por su calmada forma de ser. No era brillante, no llamaba la atención para nada ni para nadie. Alumno instalado en los aprobados a la hora de examinarse y cuando alcanzaba un seis y con extrema fortuna un siete, le parecía que tocaba el cielo con la mano. Tampoco suspendía. Pero si alguien quería definirle; decían que era un chico… anodino. Los más boca chancla, directamente le definían como un gilipollas.

 

   Y sin embargo tenía un don especial para tocar la armónica. Había recibido este regalo de sus padres, por aquella vez que llegó a casa con un siete en lengua. Si bien es cierto, que nunca más repitió tal hazaña.

 

   Desde entonces, era frecuente verle en el recreo, sentado en una esquina tocando con absoluto placer su armónica. Relajado, cambiando el tono de la música dentro de la misma canción y sintiéndose el chico más feliz del mundo. Y ese aislamiento en el rincón del patio, hizo que dieran en llamarle “EL CÓRNER “y el mote se extendió a lo largo y ancho del colegio, olvidándose de su peculiar nombre.  No le importó.

 

   En casa tampoco es que recibiera muchos mimos. Padres sobrios y poco cariñosos y sus dos hermanos, Raúl y Ramona, empoderados en sus excelentes notas, de vez en cuando le soltaban alguna perla tal como… “listillo, ¿has aprobado el máster de limpiabotas?”. Pacífico callaba. Compartía la mesa en familia. Se hablaba poco. Pero, él no abría la boca.

 

   Las vacaciones, en el pueblo de su madre, no eran para tirar cohetes. Pero subir en el tractor de su tío, para el muchacho ya era una fantasía. Y  extender la manguera para quitarse el calor del campo, y bailar empapado con el espantapájaros un lujo, que no estaba alcance de cualquiera. Él así lo percibía. Y bajo la sombra de una desvencijada techumbre, veía ponerse el sol, mientras tocaba la armónica. Resumiendo una vida feliz y sin aspiraciones.

 

   Llegó el nuevo curso. Vuelta al cole. Una nueva compañera se había incorporado. Era Mar. Morena, dulce y con un ligero defecto. Cojeaba al andar. No mucho. Lo suficiente para que su balanceo cuando andaba, restara gracia a su figura. Pacífico, no veía tal cosa, para él, Mar era perfecta y su balanceo un gentil adorno, que la hacía diferente a otras chicas, vulgares y pretenciosas.

 

    El resto del grupo no tardó en advertir la buena conexión que había entre ambos. Y les faltó tiempo, para crear nuevas pullas.

 

-           Fíjate tío, allí va el córner con la Mar.

-           Si, con el Mar Pacífico. Que cuando va con ella, casi parece un océano.

   

   Las risotadas creaban un eco en el patio del recreo, que casi todos los presentes coreaban.

 

   Su amistad crecía. Y el muchacho disfrutaba, entrelazando sus dedos, por la maraña del pelo rizado de Mar. Comenzó a mejorar todas sus notas, levemente.  Y apoyado en esa mínima fortaleza, invitó a la chica a dar un paseo por El Retiro. Ella acepto.

 

   Se llevó su armónica y sentados en el césped, Mar le pidió que le enseñara a tocarla. Y con más habilidad de lo presumible, la chica arrancó unas notas al diminuto instrumento. Cuando se la devolvió, le dijo:

 

-        Ahora sabe a ti.

-        ¿A mí?

-          Has puesto tus labios y el metal ha robado tu sabor.

 

   No hicieron falta palabras, ni ruegos. Los dedos de él, se enredaron en su pelo y el primer beso fluyó con la suavidad del agua que se resbala por la roca, como un fino hilo de vida, que se hace grande al llegar a su destino.

 

   Durante unos minutos permanecieron en silencio. Se miraban de soslayo y sonreían. De repente Mar comenzó a hurgar en sus bolsillos:

 

-        Qué buscas.

-          Mi tirachinas.

-        ¿Tu tirachinas?

-          Si. Aquí está, mira…

 

   Con una habilidad extraordinaria apuntó hacia una pequeña flor que había en un arbusto, frente a ellos. Cayó al suelo, se levantó con presteza y se la dio al muchacho.

 

-          No sabía yo de esta habilidad tuya.

-         Nada importante. Pero le tengo desde pequeña y la verdad es que me entretiene mucho. Y hasta le tengo cariño.

-          ¿Me enseñas a usarlo?

-          . Es muy sencillo, mira.

 

   Colocó una piedra minúscula en el punto de mira, tensó las gomas y disparó. Poco después Pacífico, lo hacía casi,  con la misma habilidad que ella.

 

-          Vaya parece que los dos, hemos aprendido nuevas lecciones, tú lanzar con el tirachinas, yo a medio tocar la armónica.

-         . ¿Solo eso?

 

   El rubor subió a las mejillas de Mar. El muchacho la acercó hacía sí. Solo la miró.

 

   Días después en el recreo, sentados en su rincón favorito, se acercó el impertinente de turno, para soltar su grosera pregunta…

- oye  córner, se os ve muy bien juntos, qué,  ¿ya ha “entrao” el pacífico en el mar? 

 -          Déjanos en paz. - Pidieron al unísono.

-          Huy, si, si, que sincronía.

 

  Y con un gesto obsceno, dio media vuelta. Cuando se alejaba, el muchacho quitó el tirachinas con una rapidez inusitada de las manos de Mar, y disparó a una de las pantorrillas del imbécil, que cayó al suelo de inmediato. Se levantó y antes de que se volviera hacia ellos, le disparó en la otra.

 

   Sacó su armónica, le vino a la mente el “Imagine” de Lennon, que comenzó a tocar con calma, mientras el resto de los compañeros, aplaudían, al tirador y al músico. Nunca se sintió mejor.


 

QUÉ BONITO ES TODO                                                         SANTIAGO J. MARTÍN

 

Envuelta en el éxito, una vez más, terminaba con loas y sin sobresaltos la enésima presentación de un libro de la escritora en lengua española más leída en los últimos 20 años.

 Pero a última hora surgió el ingrediente básico para aliñar el breve relato que ahora comenzamos. Una mano, quizás la última, de una mujer joven, insistía en tener turno de palabra.

 -         Vamos terminando. Veo todavía a alguien que quiere hacer una última pregunta.

-          No, no. En realidad no quiero preguntar nada.

-         Bueno, perfecto. Terminaremos con un comentario, entonces. Y repito, nada de spoiler.  Dinos, cariño.

-          Solo una cosa. Valoro todas las obras de la autora, pero no me parece plausible su falta de compromiso, su…

-         Acabamos, acabamos ya. Muchas gracias a todos…

La literata, paró a la presentadora del acto, con una sonrisa atropellada en sus labios.

 -          No, no. Déjala terminar, por favor.  Sigue, sigue

-          Resumo. Sus historias son bellas, las descripciones sublimes, los personajes complejos, pero muy bien reflejados.

-          ¿Entonces? – dijo la presentadora

-          Que no tienen alma, no tienen conciencia social, no se pronuncian sobre las cosas que nos escuecen a todos.

-         Tienes razón. Lo evito, no quiero crear reflejos que condicionen y distorsionen mis obras, pero dejo pistas suficientes para poder entrever cuáles son sus compromisos, sus ideales sociales y políticos…

-          De eso nada. Todo está sabiamente planificado para que cada libro sea un superventas, para que no escueza nada, para que los lectores beban las líneas de sus novelas como si fueran soma.

-          Hasta aquí, hemos llegado. No tenemos tiempo para más. Además nuestra escritora tiene una agenda muy cargada con múltiples compromisos.

Terminó la presentación, alagando al público y soltando una pulla para la “alborotadora” de última hora.

 -          Puede que alguno de los asistentes se haya equivocado de evento.

Al bajar del estrado, la joven ya no estaba entre el público; había desaparecido. La escritora seguía buscándola con la mirada, cuando un amigo se le acercó, con ganas de saber algo más sobre aquel personaje inesperado.

        -   ¿La conocías?

-          Claro. Era yo. Hace muchos años, cuando la vida me parecía que siempre era un soplo de miradas hacia delante, sin nada que perder.

 

 

VENGANZA CRUEL                                                     JUANA DOMÍNGUEZ

 

Siempre con la cabeza gacha, mirando de reojo a todo el que se cruzaba con él, si alguien le saludaba respondía con un gruñido. Nunca se dirigía a nadie de frente.

 Una tarde, unos niños se rieron de él, y apocado y temeroso como era,  cogió de las orejas al que tenía más próximo y le dio un puntapié. Una sonrisa se dibujó en su cara de amilanado. Sin darse cuenta de las consecuencias que tendría su acción, Manolín, contó en su casa lo ocurrido. Su padre, Pablo, le consoló, no te asustes de Leandro, es buena persona un poco simple pero no quiso hacerte daño.

 Pasaron los días, Leandro seguía sin dar muestras de empatizar con nadie, y los niños seguían riéndose de él, pero de lejos, ya no se ponían al alcance de sus pies.

 Una tarde en la plaza, el padre de Manolín se cruzó adrede con Leandro y le invitó a un refresco en la taberna. Leandro temeroso por lo ocurrido con el hijo, no estaba tranquilo y declinó la invitación, el padre insistió y se sentaron bajo una gran morera a tomarse el refresco que pidieron.

 Hablaron de cosas sin importancia, una conversación de amigos, hasta que Leandro le contó que los niños le insultaban y se reían de él cuando iban o volvían del colegio. Pablo le escuchó con atención, y le preguntó porque creía que se reían de él. Leandro no supo que contestar.

Pablo con paciencia, le animó a que fuera un poco más abierto que no se escondiera ni dejará de saludar con alegría a todos sus convecinos.

 -Los niños no se reirían de ti si los trataras con cariño, si no los asustaras, con tus regañinas. Podrías jugar con ellos o llevarlos a pescar al río, para que vean que eres como los demás, que no te alejas de la gente.

 Algo en su interior le frenaba y tendía a aislarse, no le gustaban sus vecinos, no le gustaban los niños, y procuraba evitar encontrarse con nadie.

 Pablo, estaba empeñado en que Leandro se integrara, fue a su casa un domingo y consiguió que fuera con él al río cercano, sentados bajo un aliso Leandro le confesó que él no podía ser de otra manera, que tenía que dejarle ser como era, que no se metiera en su vida, que le dejara tranquilo. Pablo insistía, tienes que cambiar, si no cambias vas a vivir siempre solo, sin nadie que se preocupe por ti.

 Leandro no podía escuchar más consejos, estaba desesperado por el interés de Pablo en que cambiara, se levantó y no se le volvió a ver fuera de su casa.

 Una semana después, la guardia civil detuvo a Leandro, Manolín  había aparecido flotando en el rio