UNA
LECCIÓN DE HUMILDAD ANTONIO
LLOP
Cae la noche en Madrid. El interior de uno de los salones
del Palacio de los duques de Luna, reconvertido en sala de Exposiciones, se
encuentra apagado. Un relámpago repentino ilumina los expositores vacíos. En la
penumbra de un rincón dormita un reloj de pie. A su lado, una palmatoria
muestra su frustración:
-¡Vaya tormenta se aproxima! Aunque a mí me da igual lo
que pase. Hace tiempo que estoy olvidada en esta repisa. ¡Ah, aquellos días en
los que esto era un palacio de verdad! Aún tengo el asa desgastada por manos
aristocráticas que llevaban la luz de mis cirios por las habitaciones. Mi
regazo de bronce siempre estaba lleno de cera calentita. Hace años que no tengo
una vela que llevarme a la boca.
-¡Siempre estás quejándote, mujer! –dice el reloj
desperezándose-. ¡Tómate la vida con filosofía! Yo soy tan viejo como tú y ya
ves, disfrutando de una siestecita. Hace tiempo que mi corazón empezó a fallar,
me colocaron un marcapasos de cuarzo, y estoy como nuevo. Antes me tenían que
dar cuerda cada ocho días, y ahora pasan años sin que me cambien la pila.
El reloj estira las manecillas, agita suavemente su
péndulo y añade con socarronería:
-Y encima estamos a la moda. Dicen que somos vintage.
De pronto se escucha cerca de la puerta un alboroto de
voces jóvenes y musiquillas. Las luces del salón se encienden y comienzan a
entrar los móviles entre una algarabía de politonos. Les siguen las jóvenes
tabletas con sus logos en pantalla cambiando constantemente de color. Los
terceros en entrar son los ordenadores portátiles, que abren y cierran sus
teclados, como moluscos bivalvos, en una danza esperpéntica. Todos trepan a los
expositores y, como un ejército disciplinado, se encajan en los lugares asignados
por una etiqueta con sus nombres. En un momento, el salón se ha llenado de un
guirigay de flashes, colorines y musiquillas. Como una orquesta antes de
actuar, todos ensayan sus aplicaciones recientes con la máxima velocidad de la
que son capaces. Al día siguiente, cuando se abra la Sala de Exposiciones,
tendrán que mostrar todos sus adelantos técnicos.
Afuera comienza a llover con intensidad. Un nuevo
relámpago, seguido de un trueno a los pocos segundos ilumina el rincón donde se
encuentran el reloj y la palmatoria.
El IPhone de última generación, que está en la esquina
del expositor más próxima a ellos, advierte su presencia.
-¿Y esos? ¡¿Qué hacen esos vejestorios entre nuevas
tecnologías como nosotros?!
-Según leí en la Wiki –dice un portátil- esto era antes
el Palacio de los duques de Luna. Deben formar parte de la decoración anterior.
-Bueno, también tenemos nuestras funciones –tercia el
reloj de pie.
-¿Cuáles? –pregunta el IPhone.
El reloj, que ya espera la reacción que van a tener sus
palabras, ahueca su caja de roble para dar a su mensaje más sonoridad, y así
cargarlo de la mayor ironía posible:
-Por ejemplo, yo doy la hora.
Un estruendo de risas metálicas en varios tonos recorre
los expositores.
-¿Nada más que la hora? –pregunta un Samsung Galaxi Z-.
Yo tengo esa función además de otras cincuenta.
-A mí me caben aplicaciones hasta llenar quinientas doce
GB –declara un Xiaomi Redmi Note-. Y el de reloj es uno de los servicios que
menos memoria me ocupa.
Después de que todos alardeen de sus píxeles y giga
bytes, una joven tableta se dirige a la palmatoria:
-Y tú, abuela, también tendrás una función. La de
iluminar ¿no?
Sin esperar respuesta, los soldados tecnológicos ríen la
ocurrencia de su compañera entre multitud de haces de luz para apabullar con
sus usos de linterna.
Después de tanta demostración, las baterías de los
expuestos están casi agotadas. Con el último aliento, cada uno de ellos se
enchufa a su punto de carga.
De pronto, un rayo desgarra la noche, y la luz eléctrica
se apaga.
En la más completa oscuridad un foco de mano se abre paso
desde la puerta hasta la repisa donde está la palmatoria. Al llegar a su
altura, alguien le encaja un cirio y lo enciende. Luego la coloca en la parte
más alta de los expositores.
A la luz de la vela, el reloj de pie observa cómo todas
las pantallas se van quedando mortecinas por falta de energía. Masculla: “Panda
de pijos…” Y se duerme de nuevo.
Desde su lugar privilegiado, iluminando aquel cementerio
de nuevas tecnologías, la palmatoria siente de nuevo, con gran placer, el
calorcillo de la cera derretida.
YA NO ES IGUAL, MENOS MAL JUAN SANTOS
“Cualquier tiempo
pasado fue mejor”,
dijo don Jorge
Manrique,
pues que venga y me
lo explique
y le diré a ese
señor
que para mí, fue
peor.
Mas como fue
temporal,
lo de ayer, ya no
es igual,
menos mal.
Es tremenda la
locura
de ciertos
agitadores,
que alaban como
mejores
los años de
Dictadura,
con represión y
censura.
Mas como fue
temporal,
lo de ayer, ya no
es igual,
menos mal.
Muchos años de
racismo
y de exclusión
sexual,
con la brecha
salarial
y dominando el
machismo,
me identifico yo
mismo.
lo de ayer, ya no es igual,
menos mal.
Tanto yo como mi
esposa
trabajamos sin
cesar,
para comer y pagar
la hipoteca
fastidiosa.
Ser pobres tiene
esa cosa.
Mas como fue
temporal,
lo de ayer, ya no
es igual,
menos mal.
YA NADA ES IGUAL QUE EN LA FOTO MANUEL
GIL
El objetivo nos
cercó como un eclipse breve,
un parpadeo de luz
detenida en la tarde,
y allí
quedamos, dos muchachos invencibles,
aprisionados en la
alquimia plateada del instante.
Tenía quince años el mundo
y cabía entero en
nuestros bolsillos.
El futuro era una
puerta sin cerradura,
una carretera
abierta bajo el sol del verano.
Caminábamos de frente contra los miedos,
disimulando la
fragilidad con carcajadas,
convencidos de que
la vida
era una fruta
madura esperando ser mordida.
Éramos rivales por deporte,
enemigos por
minutos,
hermanos por destino.
Defendíamos causas imaginarias
como caballeros sin
reino,
y al caer la tarde
regresábamos
con la espalda
cansada e intacto el celo.
Nos creíamos héroes secretos,
príncipes sin
castillo,
el reino de los Beatles
era nuestro sueño,
allí el amor cabía
en tres acordes
y el mundo en una
canción
de tres minutos más
o menos.
Estrenábamos pantalones de campana
como quien inaugura
una época,
nos dejábamos
crecer el pelo
para que el viento
tuviera algo que despeinar.
Hoy sostengo la
fotografía
como quien sostiene
una reliquia
o un mapa de un
país que ya no existe.
La química del papel hizo su trabajo,
pero nos tendió una
trampa dulce.
fingió eternidad
donde solo había vértigo.
Esos rostros siguen
riendo,
aunque ya no reímos
lo mismo.
Las palabras que
entonces nos incendiaban
hoy apenas son
brasas a fuego lento.
Los caminos se
bifurcaron sin ruido,
cada cual
persiguiendo su propio espejismo.
Solo un hilo casi
invisible nos atraviesa aún:
una melodía de aquellos días,
una guitarra que
regresa como un faro
cuando suenan los
acordes de “Yesterday”.
Lo demás lo fue
borrando el tiempo
con su paciencia de
lluvia sobre la piedra.
Se nos cayó la candidez
como se cae el
polvo de oro de las alas,
y el brillo de
aquel instante
se fue apagando
despacio,
igual que el papel
fotográfico
que amarillea lento
y en silencio.
Y sin embargo…
cada vez que miro
esa imagen
siento que algo
late aún detrás,
como si aquellos
dos muchachos
nos observaran
desde el pasado
preguntándonos en
qué esquina del camino
dejamos olvidado el
asombro.
Quizá queda algo
que no se rompe,
se transforma en
una música lejana
que suena a veces
en la memoria
con la dulzura
triste
de lo que fue
verdadero
aunque no supiera
ser eterno.