11/09/2026

YA NO ES IGUAL 1

 

UNA LECCIÓN DE HUMILDAD                                    ANTONIO LLOP

Cae la noche en Madrid. El interior de uno de los salones del Palacio de los duques de Luna, reconvertido en sala de Exposiciones, se encuentra apagado. Un relámpago repentino ilumina los expositores vacíos. En la penumbra de un rincón dormita un reloj de pie. A su lado, una palmatoria muestra su frustración:

-¡Vaya tormenta se aproxima! Aunque a mí me da igual lo que pase. Hace tiempo que estoy olvidada en esta repisa. ¡Ah, aquellos días en los que esto era un palacio de verdad! Aún tengo el asa desgastada por manos aristocráticas que llevaban la luz de mis cirios por las habitaciones. Mi regazo de bronce siempre estaba lleno de cera calentita. Hace años que no tengo una vela que llevarme a la boca.

-¡Siempre estás quejándote, mujer! –dice el reloj desperezándose-. ¡Tómate la vida con filosofía! Yo soy tan viejo como tú y ya ves, disfrutando de una siestecita. Hace tiempo que mi corazón empezó a fallar, me colocaron un marcapasos de cuarzo, y estoy como nuevo. Antes me tenían que dar cuerda cada ocho días, y ahora pasan años sin que me cambien la pila.

El reloj estira las manecillas, agita suavemente su péndulo y añade con socarronería:

-Y encima estamos a la moda. Dicen que somos vintage.

De pronto se escucha cerca de la puerta un alboroto de voces jóvenes y musiquillas. Las luces del salón se encienden y comienzan a entrar los móviles entre una algarabía de politonos. Les siguen las jóvenes tabletas con sus logos en pantalla cambiando constantemente de color. Los terceros en entrar son los ordenadores portátiles, que abren y cierran sus teclados, como moluscos bivalvos, en una danza esperpéntica. Todos trepan a los expositores y, como un ejército disciplinado, se encajan en los lugares asignados por una etiqueta con sus nombres. En un momento, el salón se ha llenado de un guirigay de flashes, colorines y musiquillas. Como una orquesta antes de actuar, todos ensayan sus aplicaciones recientes con la máxima velocidad de la que son capaces. Al día siguiente, cuando se abra la Sala de Exposiciones, tendrán que mostrar todos sus adelantos técnicos.

Afuera comienza a llover con intensidad. Un nuevo relámpago, seguido de un trueno a los pocos segundos ilumina el rincón donde se encuentran el reloj y la palmatoria.

El IPhone de última generación, que está en la esquina del expositor más próxima a ellos, advierte su presencia.

-¿Y esos? ¡¿Qué hacen esos vejestorios entre nuevas tecnologías como nosotros?!

-Según leí en la Wiki –dice un portátil- esto era antes el Palacio de los duques de Luna. Deben formar parte de la decoración anterior.

-Bueno, también tenemos nuestras funciones –tercia el reloj de pie.

-¿Cuáles? –pregunta el IPhone.

El reloj, que ya espera la reacción que van a tener sus palabras, ahueca su caja de roble para dar a su mensaje más sonoridad, y así cargarlo de la mayor ironía posible:

-Por ejemplo, yo doy la hora.

Un estruendo de risas metálicas en varios tonos recorre los expositores.

-¿Nada más que la hora? –pregunta un Samsung Galaxi Z-. Yo tengo esa función además de otras cincuenta.

-A mí me caben aplicaciones hasta llenar quinientas doce GB –declara un Xiaomi Redmi Note-. Y el de reloj es uno de los servicios que menos memoria me ocupa.

Después de que todos alardeen de sus píxeles y giga bytes, una joven tableta se dirige a la palmatoria:

-Y tú, abuela, también tendrás una función. La de iluminar ¿no?

Sin esperar respuesta, los soldados tecnológicos ríen la ocurrencia de su compañera entre multitud de haces de luz para apabullar con sus usos de linterna.

Después de tanta demostración, las baterías de los expuestos están casi agotadas. Con el último aliento, cada uno de ellos se enchufa a su punto de carga.

De pronto, un rayo desgarra la noche, y la luz eléctrica se apaga.

En la más completa oscuridad un foco de mano se abre paso desde la puerta hasta la repisa donde está la palmatoria. Al llegar a su altura, alguien le encaja un cirio y lo enciende. Luego la coloca en la parte más alta de los expositores.

A la luz de la vela, el reloj de pie observa cómo todas las pantallas se van quedando mortecinas por falta de energía. Masculla: “Panda de pijos…” Y se duerme de nuevo.

Desde su lugar privilegiado, iluminando aquel cementerio de nuevas tecnologías, la palmatoria siente de nuevo, con gran placer, el calorcillo de la cera derretida.


 

YA NO ES IGUAL, MENOS MAL                                              JUAN SANTOS

“Cualquier tiempo pasado fue mejor”,

dijo don Jorge Manrique,

pues que venga y me lo explique

y le diré a ese señor

que para mí, fue peor.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Es tremenda la locura

de ciertos agitadores,

que alaban como mejores

los años de Dictadura,

con represión y censura.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Muchos años de racismo

y de exclusión sexual,

con la brecha salarial

y dominando el machismo,

me identifico yo mismo.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Tanto yo como mi esposa

trabajamos sin cesar,

para comer y pagar

la hipoteca fastidiosa.

Ser pobres tiene esa cosa.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.


 

YA NADA ES IGUAL QUE EN LA FOTO                                                 MANUEL GIL

 

El objetivo nos cercó como un eclipse breve,

un parpadeo de luz detenida en la tarde,

y allí quedamos, dos muchachos invencibles,

aprisionados en la alquimia plateada del instante.

 

Tenía quince años el mundo

y cabía entero en nuestros bolsillos.

El futuro era una puerta sin cerradura,

una carretera abierta bajo el sol del verano.

Caminábamos de frente contra los miedos,

disimulando la fragilidad con carcajadas,

convencidos de que la vida

era una fruta madura esperando ser mordida.

 

Éramos rivales por deporte,

enemigos por minutos,

hermanos por destino.

Defendíamos causas imaginarias

como caballeros sin reino,

y al caer la tarde regresábamos

con la espalda cansada e intacto el celo.

 

Nos creíamos héroes secretos,

príncipes sin castillo,

el reino de los Beatles era nuestro sueño,

allí el amor cabía en tres acordes

y el mundo en una canción

de tres minutos más o menos.

Estrenábamos pantalones de campana

como quien inaugura una época,

nos dejábamos crecer el pelo

para que el viento tuviera algo que despeinar.

 

Hoy sostengo la fotografía

como quien sostiene una reliquia

o un mapa de un país que ya no existe.

La química del papel hizo su trabajo,

pero nos tendió una trampa dulce.

fingió eternidad donde solo había vértigo.

 

Esos rostros siguen riendo,

aunque ya no reímos lo mismo.

Las palabras que entonces nos incendiaban

hoy apenas son brasas a fuego lento.

Los caminos se bifurcaron sin ruido,

cada cual persiguiendo su propio espejismo.

 

Solo un hilo casi invisible nos atraviesa aún:

una melodía de aquellos días,

una guitarra que regresa como un faro

cuando suenan los acordes de “Yesterday”.

Lo demás lo fue borrando el tiempo

con su paciencia de lluvia sobre la piedra.

 

Se nos cayó la candidez

como se cae el polvo de oro de las alas,

y el brillo de aquel instante

se fue apagando despacio,

igual que el papel fotográfico

que amarillea lento y en silencio.

 

Y sin embargo…

cada vez que miro esa imagen

siento que algo late aún detrás,

como si aquellos dos muchachos

nos observaran desde el pasado

preguntándonos en qué esquina del camino

dejamos olvidado el asombro.

 

Quizá queda algo que no se rompe,

se transforma en una música lejana

que suena a veces en la memoria

con la dulzura triste

de lo que fue verdadero

aunque no supiera ser eterno.