27/06/2025

SEGUNDA QUINCENA DE JUNIO

 

EXPERIMENTOS CON GASEOSA 2

 

           BURBUJAS                                           ARACELI DEL PICO

 

-          Alicia, cuando acabes de comer, recoges la mesa. Que cuidado que vas lenta hija.

-          Si mamá, no te preocupes.

-          Y ponte a estudiar, no te quedes enredando experimentos. Que un día, vamos a salir por los aires.

-          Si mamá, no te preocupes.

-          Y limpia la caja de Cascaras  (la gata siamesa). Hace tres días que no le cambias la arena.

-          Si mamá, no te preocupes.

 

  Andrea, después de oír a diario este latiguillo salía como alma que lleva el diablo hacia su trabajo, sorteando los cuarenta grados que se disfrutaban en Madrid, para llegar en punto, a su centro de dependienta del Corte Inglés. Era rutinario y nada interesante y por el que tuvo que competir con varias aspirantes, pero le permitía mantener a su hija y vivir “casi” bien. Lo básico lo tenía. Y ella pensaba y no sin razón, que lo demás eran lujos superfluos. Una casa sencilla. Una nevera llena de alimentos sanos . Y de vez en cuando un vestido y zapatos nuevos, tanto para ella, como para su hija. Siempre su hija, el motor de su vida.

 

  En cuanto su madre desaparecía de escena, Alicia, recogía de mala manera, e iba a por su arsenal de coca-colas, que tenía depositadas en el trastero. Se subía unas cuantas y en el fregadero comenzaba sus experimentos. ¡Si señor!, yo seré la Madame Curie del siglo XXI.  Sentía un agradable cosquilleo en el estómago, cuando veía el pequeño geiser que se formaba cuando la coca y el taponcito de sal se mezclaban y ascendían unos centímetros.

 

  Ensayaba otras fórmulas que aplicaban en el laboratorio del colegio, todas sencillas y sin peligro alguno, pero cada momento añadía un punto de riesgo a sus experimentos. Y anotaba en una libreta, las novedades que introducía en sus pequeños trabajos. Y si Cáscaras andaba por allí cerca, le explicaba las razones de los cambios que había introducido. La gata levantaba las orejas, abría los ojos claros, como si participara de su triunfo. Y en señal de entendimiento y buena colaboración, le pasaba el mullido rabo por las piernas.                                                                                                                                                                                                                                                     

 

  Vacaciones, las mejores del mundo. Quince días sin madrugar y al pueblo de los abuelos, los padres de su marido. Pedraza. Eso les permitía ver el “concierto de las velas” los primeros fines de semana del mes de julio. Que cuando lo disfrutó por primera vez, le pareció que era lo mejor que podía representarse, bajo  ese universo de rutilantes estrellas.

 

  Acababan las clases, junio tostaba sin piedad las blancas pieles, que se exponían a la luz después de una irregular primavera, y cuando Andrea aquel día salía de su trabajo, una sonrisa adornaba su cara, devolviéndole un punto de juventud. Su inmediato superior, con quien adivinaba un tímido acercamiento, le había anunciado, su próximo ascenso y consiguiente aumento de sueldo. Y naturalmente podía coger las vacaciones a primeros de julio.

 

  Se cambió el uniforme por el traje de calle y aceptó la sugerencia de Juan de acompañarla hasta casa. Lo dudó un momento.

 

-          Andrea, es mi onomástica. Merezco el regalo de su compañía, ¿no?

 

  Una sonrisa, fue el sí, que Juan esperaba. Mejor paseando… Se cogieron de la mano. Le comentó la idea que había tenido camino del trabajo, de ir como cada año a Pedraza, la casa de sus suegros, que siempre fueron como sus padres. Y el velo protector desde que murió su marido.

 

  Faltaban unos metros, cuando Juan dijo:

 

-          Las hogueras de San Juan están por todas partes.

 

  Andrea, ahogó un grito, le clavó las uñas en la mano, mientras entre sollozos respondía:

 

-          No son las hogueras de San Juan, esa es mi casa.


 

AZUL CERÚLEO                                                          JUANA DOMÍNGUEZ

 

Se casa mi hija, y tiene que ser ahora, en plena preparación de vacaciones. Se casan un viernes y salgo hacia las Bermudas al día siguiente. Los jóvenes son así, sabe de sobra mis planes de viajar y me dice muy tranquila que le han ofrecido ese día por una anulación,  que si no lo  acepta tiene que esperar tres meses.

 

No hay quien los entienda, llevan viviendo juntos cinco años, y de repente quieren casarse. Dentro de lo malo los hay peores, algunas parejas van al juzgado un día con dos testigos, y quince días después le cuentan a la familia que se han casado. No a cualquier familia, padres y  hermanos, de tíos y  primos pasan olímpicamente, no existen.

 

Pero mi hija no, ha decidido que se casa y ha organizado una pequeña fiesta, los más allegados, tíos y abuelos. Menudo embolado, a ver como se lo cuento a la Mari, mi prima casi mi hermana, nos va a poner en la picota.

 

Con el agravante de que tengo que ser testigo, madrina no. En el juzgado no existe esta figura. Pero sí que tengo que vestirme de gala para el convite. ¡De gala! En quince días, pues nada, me vestiré de gala.

 

No soy ninguna beldad, del montón como diría mi madre, de pelo castaño con muchas canas, tantas que he decidido cambiar de color, mi peluquera dice que para mi color de piel, me quedaría bien un rojo suave, el cereza me dejaría pelirroja, pero muy difuminado. Como quiero cortarme el pelo cortito, para ir a la playa y no tener que estar todos los días con el secador en la mano, me ha convencido. He quedado con ella dos días antes de la boda, aunque no acabo de verme pelirroja.

 

Aquí estoy, mirándome al espejo, el vestido largo, rosa chicle ceñido, con escote cuadrado, no me queda mal.  Aún conservo buena figura. Pero que hago con el pelo, ya no tiene remedio, a no ser que me lo rape, y no es el momento…

 

Mi hija escogió un tocado negro para la cabeza, muy fino y elegante. El negro  no desentona con el color de pelo que ha resultado del tinte cereza recomendado ¡un pañuelo atado bajo el cuello, como el de las chulapas, estaría mejor!

 

¡No puedo ir a la fiesta con pañuelo! Aún llamaría más la atención. Ganas me dan de decir que estoy enferma. Si ya lo dice el refrán...experimentos en el pelo… solo con gaseosa.

Azul cerúleo me ha quedado ¡a ver dónde me escondo!


 

CON AGUJA                                                               SANTIAGO J. MARTÍN

 

-          Y usted, ¿no llegó a ver a ninguna persona entrando en el local?

-          Nada, lo siento.

-          Tranquilo, con ese golpe que tiene en la cabeza, no me extraña…

-          La verdad es que no me duele, pero…

-          Está seguro que no quiere que le trasladen al hospital, los sanitarios insisten…

-          Que no, que no. Es solo un chichón. Me encuentro bien. Y, mi amigo, ¿se pondrá bien?

-          Estamos esperando al helicóptero para llevarlo al Hospital de Móstoles, no le puedo decir, de verdad.

La historia comenzó cinco meses atrás, justo cuando, recién jubilado, decidí mudarme al pueblo de mis padres, buscando la calma, el sosiego, la paz de un lugar apartado de la ciudad, pero a tan solo una hora y pico del encanto insobornable de la envenenada urbe.

 

Un hombre de acción, quizás esa debería ser la breve sentencia que me definiera. En realidad, resulta algo presuntuoso retratarme como tal. He pasado los últimos 35 años dejando mis conocimientos sobre el delito en una compañía de seguros.

 

Pensé que  obtener mis estudios en criminología, algo ya mayor, es cierto, podrían impulsarme a algún departamento más lustroso de mi empresa, pero no fue así. Quizás debería haber continuado en la policía municipal, pero aquel expediente  supuestamente por conducción con alta tasa de alcohol, no me ayudó. Total, que he limpiado mis pecados en la sombra de la oficina, en lo oscuro de la burocracia, a pesar de ser un hombre sobradamente preparado para la acción, como dije al principio de este párrafo, o eso creía yo.

 

Prometo que soy una persona tranquila, nada pendenciero, que sé escuchar y no suelo interrumpir a todo aquel que expone su opinión en mi cara, aunque mi odio esté a punto de desbordarse ante palabras absurdas e irritantes. Puedo aguantar, bastante. Casi siempre.

 

En ese pueblín de mis ancestros encontré motivos suficientes para quedarme  a vivir de forma semipermanente. El principal fue que nadie me recordaba. Apenas había aparecido por allí un par de veces en los últimos 5 lustros. Todos pensaban que era un viejo raro que había alquilado la casa de los Paquetes, que ese era el mote de mi familia desde no sé cuándo.

 

Mi nueva vida social se resumía en un breve aperitivo en la taberna del pueblo, la conocida como Casa Manolín, aunque el dueño se llamaba Paquito. Eso era menos explicable aún que lo del apodo de mi familia.

 

Y en esos momentos de vinito de garnacha y tapita de queso, empecé a descubrir a los siete sabios del Valle del Tiétar. La verdad es no eran más de tres, a lo sumo cuatro, pero se me hacían una multitud ante su conocimiento desmesurado del tema que se hablara, por complicado y enrevesado que fuera.

 

Normalmente, el desencadenante de las conversaciones era aquel aparato de televisión que parecía no tener descanso en el bar. Si allí hablaban de corrupción, el tema era corrupción. Si sonaba que el Madrid había ganado o perdido, allí teníamos a los mejores entrenadores de Europa, mínimo. Y así sucesivamente, pasando por temas variopintos, científicos, serios o vulgares como el tiempo, la bolsa, las fragatas antimisiles, la inmigración, los neutrinos o el nuevo papa.

 

Qué suerte tener grandes especialistas de todos los temas, y todo sin salir de los 12 metros cuadrados de ese bareto con olor a rancio suave.

 

Yo, al principio, lo acepté con cierta perplejidad. Llegué a pensar que ese sanedrín era una suerte de súper especialistas que habían terminado sus ajetreadas vidas en aquel paraje, como yo.

 

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que era un grupo espontáneo de voceros miserables que se iban animando a medida que alimentaban su mente calenturienta con cerveza, vino o incluso con refrescos, que parece que en un aprieto, las burbujas también hacen lo suyo.

 

No les soportaba. Y no quería discutir con ellos ni un segundo de mi nuevo tiempo jubilar. Es tan valioso, que prostituirlo con conversaciones banales, me parecía un sacrilegio.

 

Tampoco estaba dispuesto a renunciar al momento taberna por culpa de esos moscardones expertos en todo y sabios de nada. Llegaba, bebía mi vinito, asentía con una sonrisa falsa de las mías, pagaba y buscaba mi ensalada y mi filete a la plancha en la oscura casa paterna.

 

Los últimos días estaban siendo distintos. Una banda de asaltantes atemorizaban a los habitantes de la zona. Nada grave a nivel físico, pero el tema económico no era baladí para los propietarios de gasolineras, bares, colmados y pequeños negocios que habían sido atracados en los alrededores. Para ese tema también tenía el grupo de listos soluciones. Eran variadas, desde prisión permanente revisable a cortarles las manos, pasando por expulsarlos a su país de origen, porque ya daban por sentado que un español no hacía esas cosas. Qué listos.

 

En un arranque de valentía, por todo lo anterior, incluyendo lo acumulado de tanta sabiduría en tiempo de aceitunas y vermut, decidí justo eso, tomarme un vermucito, cosa que nunca había hecho allí. Primero porque me gusta más un tinto y luego porque me daba a mí que alguno de estos pelmas se metería con mi manera de tomarlo y puede que mi paciencia encontrara su límite.

 

Aquel miércoles me acerqué antes que de costumbre al Bar Manolo de Paquito. Era mi momento. Le pedí un vermú, a mi manera, bien cargado de gaseosa, como me gusta. No había Francisco terminado de preparar mi mejunje cuando apareció por allí el Sebas, uno de los entendidos en todo.

 

-          ¿Te vas a tomar esa mierda? ¿Así, con gaseosa?

Paquito, le sirvió a él una caña y se fue a la cocina a prepararnos un tapita, seguro que muy salada, para ayudarnos a beber.

 

El tío siguió insistiendo, repleto de sabiduría indiscutible:

 

-          ¿No te das cuenta que estás estropeando un vermú estupendo?

Ese fue el momento en que los personajes malignos entraron en el bar, al menos, en mi cabeza.

 

Con un movimiento inesperado para los dos, le agarré del cuello y dejando caer todo mi peso hacia un lado, oí como crujía y mi cabeza golpeó contra el mostrador. Actué rápido, pero no pude evitar perder brevemente el conocimiento.

Al recuperarme ya estaba conmigo Paquito y su mujer, que bajó de casa. En pocos minutos, la Guardia Civil y un montón de curiosos ya nos rodeaban. A la media hora, nos atendieron los sanitarios y luego vino la conversación que han podido ver al principio.

 

Todo el mundo achacó la agresión a la banda de desalmados que traía en jaque a la comarca, pero nadie les vio. Una evidencia que conducía a sacar tales conclusiones era que había desaparecido la cartera de Sebastián. Claro, se la había cogido yo, nada más dar con él en el suelo y antes de desmayarme.

 

Al llegar a casa pensé en desprenderme de esas pertenencias, con discreción, que no se diga que soy un experto en el crimen de pacotilla. Algo me llamó la atención, el monedero aquel no tenía dinero, estaba todo revuelto, con las tarjetas mezcladas con los carnets. 

 

A ver si iban a tener razón los sanitarios y tendría que haberme acercado a hacer unas radiografías al hospital… los golpes en la cabeza son muy malos, igual de dañinos que no dejarle tomar el vermut a uno a su gusto, coño. ¿Sería todo una alucinación por el golpe?

 

Por cierto, Sebastián, una vez estabilizado, no fue enviado a ningún servicio sanitario, sino reconducido al servicio forense. El pobre no nos aclarará nada.

 

 

 

 


 

HUMOR CORROSIVO                                                CARLOS BORT

 

Vicente salió muy contento de su primer día de prácticas de laboratorio en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma.

 

Había tenido que esperar hasta la asignatura de Bioquímica, en segundo curso de Ciencias Biológicas, para pisar un laboratorio de verdad. Aunque con el tiempo descubrió que los laboratorios de prácticas para estudiantes eran diferentes de los auténticos laboratorios de investigación, de momento aquel laboratorio ya le servía para imaginarse su futuro dedicado a la investigación.

 

Una de las prácticas de aquella tarde fue la del butirómetro, consistente en medir el volumen de grasa contenida en una mezcla compleja. Unos años después, Vicente pasaría varios meses realizando y supervisando este tipo de análisis en el laboratorio de una planta de productos lácteos pero, en aquella primera ocasión, el método le pareció muy ingenioso, apasionante incluso.

 

En resumen, el método Gerber utiliza un dispositivo de vidrio (butirómetro), un ácido y un alcohol para separar la grasa de una mezcla compleja como la leche. Con la ayuda opcional de una etapa de calentamiento y otra de centrifugación, se obtiene, en la parte superior del recipiente de vidrio, una medición precisa del contenido en grasa de la muestra original.

 

Vicente leyó bien las instrucciones y llevó a cabo todos los pasos del experimento con el mayor cuidado del que fue capaz. Al finalizar, observó y anotó los resultados con la sensación de que él iba ser el Louis Pasteur del siglo XX.

 

Ya en el metro camino de casa, mientras rememoraba los detalles de aquella tarde tan excitante para él, notó algo extraño al rascarse la pierna. Sus dedos y sus uñas no estaban rascando a través de la tela del pantalón. Estaban rascando directamente su pierna.

 

Horrorizado, miró hacia su rodilla y vio que, en efecto, sus dedos acababan de hacer un gran agujero en el pantalón de pana. Y enseguida vio que la prenda tenía otras grandes manchas de pana descolorida.

 

"El ácido, ha tenido que ser el ácido del laboratorio, y tiene que pasarme esto con mis pantalones de pana recién estrenados..."

 

A las sensaciones de pérdida y de culpa por no haber tenido más cuidado, se les sumó una aprensión que hoy día no sería fácil de entender: la vergüenza por llevar el pantalón agujereado.

 

La vocación científica les venía de lejos a su hermano Enrique y a él. Tendría 12 años cuando surgió la gran ocurrencia de incorporar un "truco" del Cheminova a su espectáculo de Magia Borrás: convertir el agua en vino y después convertir el vino en una especie de gaseosa.

 

Caminando apresurado hacia su casa mientras intentaba taparse los agujeros del pantalón con sus manos y su mochila, Vicente pensó que echaba mucho de menos aquellos inocuos experimentos.