21/02/2025

INVISIBLES 2

 

POR SAN BLAS                                                                       MARÍA ISABEL RUANO

Febrero ha cerrado las alas al vuelo de cigüeñas.

Cansadas de emigrar

ocupan sus mansiones en nidos de torretas.

Se quedan vacíos los campanarios.

Las miradas, buscan y no encuentran.

Se esconden los gorriones entre las tejas.

Tan pronto hace sol como llueve o hiela.

No hay semillas en los árboles talados de ciudad.

Pobres de nidos, cansados de ausencias.

Llora la mañana de febrero, vierte lágrimas secas.

La gente, abrigada de tristeza, camina de prisa,

no mira, no se para, no pregunta, salvo lo suyo

poco o nada busca o le interesa.

Hay gaviotas, lavanderas, gansos del Nilo,

peces y garzas en el río de Madrid.

Acurrucados, se esconden, aguardan la primavera

como mi ser también la espera.

Lejos del Manzanares, anidan las alondras.

Los pájaros que de verdad abren sus alas y vuelan.

 

DIVIDE Y VERÁS                                                         CARLOS BORT

 

Cuando compró la cerveza

Francisco vio que decía

"es un pack indivisible".

Paquito, mala cabeza,

no entendió lo que leía

y creyó ver "invisible".

 

"Pardiez -pensó- yo lo veo.

¿Tendré, por suerte, poderes

para ver lo imperceptible?"

Ipso facto y sin rodeos

detectó etéreas mujeres

que a él, un hombre sensible,

 

se le mostraban sin trabas.

Dijo Fran con frenesí

"tener poderes me agrada,

aunque son contadas habas

las invisibles que a mí

me devuelven la mirada."

 

                                     


 

ESTOY AQUÍ                                                                                     JUAN SANTOS

Lo mejor de todo es pasar desapercibido. Este consejo que me dio mi madre, siendo un niño, lo he llevado a rajatabla toda mi vida. En la mili me fue bien, no destaqué ni por listo, ni por tonto. El artillero número treinta y siete de la tercera batería pasó sin pena ni gloria por el cuartel. A los pocos meses de licenciarme, cuando ya me había crecido un poco el pelo, encontré, por casualidad, a mi capitán que paseaba con su señora por el Retiro. Tuve la osadía de saludarlo. Buenas tardes, mi capitán. ¿Quién eres tú, muchacho?, me dijo, sin dejar de andar. Nadie, no soy nadie, perdone usted.

El hecho de que no tuviera ni puñetera idea de quién era yo, me trajo sin cuidado. Pero me hizo pensar. Estaba claro que después de un año a sus órdenes, por mi forma de comportarme, había sido un soldado invisible para él.

Después de aquello, me crucé varias veces con algunos profesores del instituto y confieso que no me paré a saludarlos, por temor a ser también un alumno invisible para ellos. Eso me hubiera dolido más.

Llegado a ese punto, cambié de estrategia y aferrándome al refrán: “Que hablen de ti, aunque sea mal”, procuré hacerme notar allí por donde iba. Postura forzada que me llevó a situaciones incómodas, arrepintiéndome después, dado que esa persona extrovertida no era yo.

Entendí que la virtud estaba en el término medio y empecé a comportarme de manera natural, tal y como yo soy, sin forzar nada. Desde entonces, me va relativamente bien. Ahora, para unos pocos, soy muy importante y para la gran mayoría paso inadvertido, que es lo normal. Tratándose de extraños, me da igual que noten mi presencia o no. Lo que no soporto y lo que más me duele es ser invisible para la familia y para los amigos.

Anoche, sin ir más lejos, en la cama, tuve que decirle a mi mujer:

¡Hola! Estoy aquí.


 

AYUDA INVISIBLE                                           JUANA DOMÍNGUEZ

Yasmin paseaba por una cala de arena fina y brillante, en ella recogía conchillas de todos los tamaños, y multitud de colores. Su abuela hacia collares y pulseras con ellas, para venderlas a los extranjeros que visitaban su poblado, en el mercadillo que instalaban frente a la puerta del único hotel que existía en la playa grande, donde vivía con su abuela y su hermanita.

Sus padres las habían dejado con la abuela cuando nació su hermana. Estos se habían ido a buscar trabajo a un país lejano. Su abuela decía que algún día volverían muy ricos y podrían ir al colegio y vivir en una casa muy grande, como las de las películas.

Aquella mañana, había recogido una buena cantidad, se disponía a volver a su cabaña, cuando un movimiento fugaz detrás de unas rocas azuladas, la llamó la atención. Se paró intentando ver qué era lo que sé movía detrás de las rocas. Algo se estaba escondiendo en la cavidad cercana, que ella conocía bien, pues se había refugiado en ella muchas veces. No era profunda, pero bastaba para guarecerse de la lluvia y del sol.

La niña, muy curiosa e imaginativa, se dirigió hacia la cavidad. Allí no vio nada. Se sentó en una piedra plana al fondo de la cueva. Se había levantado muy temprano y la actividad la había cansado. Clasificaría las conchillas mientras descansaba. Una sombra tapo la entrada de la cavidad. Nadie ni nada proyectaba aquella sombra, esta se acercaba a ella muy despacito.

Yasmin estaba tranquila, no tenía miedo, pero le extrañaba que una sombra pudiera moverse por sí misma.

-Hola Yasmin - le habló la sombra.

-¿Cómo puede hablar una sombra, y cómo sabes mi nombre?

-Tú puedes verme y oírme, pero no se lo cuentes a nadie, te tomarían por loca. Soy la sirenita, que sube desde el fondo del mar las conchillas y las pone en la playa para que tú las recojas, y tu abuela las venda, así podéis disponer de un poco de dinero para comer y vestir, hasta que tus padres vuelvan. Soy invisible para todos los humanos, solo tú vas a verme cuando me necesites y lo desees.


 

INVISIBLE                                                                                          ANTONIO LLOP

Youssef había venido en patera desde Marruecos hasta una de las playas de Málaga. Tras un viaje aventurado llegó a Madrid. Pedía limosna a la puerta de un Mercadona. La mayoría de los clientes del supermercado no advertían su presencia. Y quienes le daban los pocos céntimos que les sobraban de la cuenta solo miraban su brazo extendido y el cubito de plástico que sujetaba. El marroquí comía una vez al día en un comedor social de la Cruz Roja. Vivía bajo el puente de Toledo en un refugio de cartones. Allí sin más amigos que la intemperie y las privaciones, camuflado entre el follaje del parque, le resultaba difícil dormir. Y cuando lo conseguía siempre le asaltaban las imágenes del patrón de la embarcación obligándoles a saltar antes de llegar a la orilla. Y la más terrible: la de su amigo Ahmed, con el que pensaba continuar su aventura española, braceando desesperadamente antes de hundirse en las aguas. Con la primera luz del día, Youssef se levantaba y se dirigía a la puerta del Mercadona, puntual a la hora de la apertura, como si fuera a su puesto de trabajo.

Un día, ya atardecido escuchó un golpe cerca del puente donde tenía su vivienda precaria. Se asomó por encima del seto y vio a un hombre mayor desvanecido en el suelo. Nadie pasaba en ese momento y se decidió a ayudarle. Le dio palmadas en la cara pero no reaccionaba. Le registró, encontró su móvil, abrió el registro de llamadas, y buscó el teléfono que más se repetía. Llamó y cuando se lo cogieron dijo las pocas palabras castellanas que conocía: “Señor, muy mal, puente, gracias”. El marroquí pensó que su interlocutor sería un familiar del hombre, que conocería su ruta y con los datos que le había dado le encontraría. Escuchó que le seguían hablando por el telefonillo, pero esas palabras él ya no las entendía. Interrumpió la llamada, devolvió el móvil al bolsillo del hombre y se volvió a esconder tras los setos, en su refugio de cartones. No quería que malinterpretaran su intervención en el incidente por estar en situación irregular.

A los pocos minutos, una pareja de jóvenes corría hacia el lugar. “¡Papa!, gritó el chico al ver al caído. Trató infructuosamente de reanimarlo, mientras la chica llamaba por teléfono. Al cabo de poco tiempo vinieron los del SAMUR y lograron estabilizar al enfermo. Desde su refugio, hurtado a la vista de la gente, Youseff lo vio todo. En un momento parecía que el muchacho miraba hacia donde él estaba, buscando sin duda al héroe que había salvado la vida a su padre. Pero solo vio oscuridad. Si había alguien allí era invisible. 


 

EUREKA                                                                        MANUEL GIL

Margot estaba muy asustada, tras un inesperado fallo en la compleja maquinaria destinada a descubrir en el laboratorio la fórmula para transmutar la materia. En un instante desafortunado, todo se vio perturbado y ella se encontró desprotegida en el campo de una corriente energética que se había liberado sin control alguno. Una sensación de malestar la invadió, demorando su capacidad de reacción. Necesitó un tiempo  para restablecerse. ¿Todo se habrá arruinado?, se preguntó angustiada. Tanto esfuerzo, tantos años de dedicación al estudio y a la investigación sufriendo desdenes por parte de quien compartía el proyecto y ahora ansiaba relegarla para acaparar toda la gloria.

Abandonó el recinto del laboratorio, encarando con zancadas decididas el pasillo. Conocía la citación que su colega había organizado a sus espaldas con otros científicos e inversores. No había recibido invitación alguna, lo cual la hirió, pero en ese instante solo anhelaba informar sobre el incidente ocurrido en el laboratorio; interrumpir no le importaba, pues la integridad del proyecto pendía de un hilo si el error era irreversible. En su trayecto, chocó lateralmente con una mujer que transportaba una voluminosa caja, aunque ella se apartó un poco, no lo hizo la mujer. Tras sobrepasarla, notó que, perpleja, se palpaba el costado y mostraba una expresión  de desconcierto, repitiendo el gesto como si no comprendiera nada. Margot reflexionó que quizá la mujer interpretaba su actitud como falta de disculpa.

Entró en la sala de reuniones, donde todos los presentes dirigieron sus miradas hacia la puerta, evidenciando curiosidad. Al cabo de un instante, uno de los asistentes se levantó, pasó frente a ella y, volviéndose hacia el exterior, cerró la puerta. Reincorporándose a su lugar, la reunión prosiguió. ¿La habrán ignorado a propósito? Escuchó a su colega comentar a los demás la necesidad de excluir su participación en el proyecto, empleando términos despectivos y transmitiendo la certeza de que habían forjado un plan desde hacía tiempo. Furiosa, estuvo a punto de intervenir, reprochando que ni siquiera hubieran disimulado y que hubieran ignorado su presencia. Fue entonces, al avanzar hacia la mesa para enfrentarlos, cuando se percató de que su imagen no se reflejaba en el espejo que decoraba una de las paredes laterales junto a dos tapices. "Así que, es esto", caviló.

Paseó frente a ellos, escudriñándolos uno por uno, mientras seguían con sus argumentos y frases humillantes. Por un instante, estuvo a punto de estallar, de exteriorizar toda su furia, pero entonces comprendió el poder que tenía en sus manos. Aquel resultado no había sido intencionado, pero ahora debía afrontarlo; desconocía cómo remediar la situaciónn, cómo revertir el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, en ese instante, vislumbró la libertad de acceso total, a todo, vio clara la posibilidad de descubrir sus secretos y bajezas, de desenmascararlos y elevar su nombre a la posición que merecía. Una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa que nadie vio.


 CLARA Y EL CONTAGIO                                                                    ARACELI DEL PICO

-          Siempre tengo que ir tirando de ti. Siempre, siempre. Hija por Dios, ¿quieres darte prisa que todos los  días llegas la última al colegio?

-          Pues no vengas conmigo, que ya soy mayor y puedo ir sola.

-          Lo que me faltaba por oír. 

 

Clara, menudita, seis años. Y ya muy contestona. Aprecio al colegio, ninguno.

 

-          Ya sabes que si voy a ese centro, que parece una cárcel, es por estar con mis amigas que son lo mejor del mundo. Y sobre todo por estar con mi amigo Víctor.

-          Sabrás tú lo que es una cárcel.

-          Anda, pues claro que lo sé. Estoy harta de verlo en las películas de la tele. Son casas muy grandes de muchas habitaciones y a veces duermen dos personas o más juntas. Y eso ahora. Antes en los otros tiempos, estaban más revueltos aún.

-          Ya llegamos, y a la noche, hablaremos de tu amigo Víctor.

 

El amigo de la niña, era un ser invisible que ella había creado, y crecido con él. Desde muy pequeña, lo llevaba a su lado, le consultaba sus dudas y según ella hasta le ayudaba a hacer los deberes. Si sacaba malas notas, se reconocía culpable. Si buenas, era por la ayuda de Víctor.

 

E iba más lejos, en la mesa dejaba un espacio libre para que su amigo se sentara. En su habitación una pequeña butaca para que la leyera cuentos. Y cuando su madre le compraba alguna cosa, le decía: No, eso no lo quiero, porque no le gusta a Víctor. Ni modo había entonces de comprarle tal cosa.

 

Cierto es que clara, tenía una imaginación desbordante. Pero a ojos de sus padres, su obsesiva actitud empezó a ser preocupante y decidieron consultarlo con el médico. Éste no le dio mayor importancia. No era el único caso. Explicó que era hija única y que solía suceder en estos casos. Cuando tenga un hermano se le pasará.

 

Vino el hermano. Pero las sillas vacías para Víctor, vacías seguían. Y cuando el pequeño Damián creció, e iba a sentarse en ellas, las peloteras entre hermanos eran notorias. Sin embargo el niño sentía debilidad por su hermana. Los padres ya no sabían qué actitud tomar. Optaron por ponerles en habitaciones separadas y así al menos, por la noche, todos podrían descansar tranquilos.

 

  Una noche de tormenta, Damián llamó a la puerta de Clara lloriqueando.

 

-          Clara, tengo mucho miedo.

-          ¿Y qué quieres que yo le haga?

-          Dile a Víctor que venga conmigo, por favor

-           Clara ni oscura. No me va a dejar solita a mí. Bueno tengo una idea. Ven con nosotros.

   

El pequeño saltó a la cama de la hermana sin pensárselo dos veces.

 

-          Caray niño, ten cuidado que casi le aplastas. Quédate en el borde de la cama o vete a la alfombra, porque casi le aplastas. ¿No ves que Víctor ya es muy mayor? Y cállate que ahora nos va a contar un cuento.

 

Se hizo el silencio. Pasó la tormenta y amaneció. Mientras la madre preparaba el desayuno para los cuatro, preguntó:

-          ¿Habéis dormido bien?

 

Y rápidamente Damián respondió:

 

-          Sí, porque Clara me ha dejado pasar a dormir con ella. Y menos mal, porque Víctor nos ha contado una leyenda preciosa, de tormentas y truenos y al final se iba, la tormenta, digo y salía un arco iris ¡¡¡precioso!!!

 

El matrimonio se miró, sonrió y no dijeron nada. Pero ambos pensaron. ESTO ES CONTAGIOSO.


 

ESTO ES UN ATRACO                                                            SANTIAGO J. MARTÍN

En pocas ocupaciones había disfrutado tanto.  Fueron fantásticos aquellos fines de semana que se disfrazaba de payaso y amenizaba, con cierta gracia, cumpleaños, comuniones y fiestas varias.

Era otra época. Entonces tenía un trabajo fijo y esos extras de los fines de semana le ayudaban a pagar la hipoteca.

No solo hizo de payaso, fue rey mago, papá Noel, cabezudo y acomodador. La necesidad no le obligaba tanto como ahora. Eran momentos en los que elegía lo que la agencia le ofrecía. Pudo estar en contacto con muchos niños, que nunca pudo tener, y, sobre todo, disfrutar de cerca del cine, su gran afición.

Y la película de su vida se vino abajo con el COVID. Era patético que cerraran, en esos momentos, una empresa de mascarillas, cuando todo el mundo se forraba vendiéndolas a precio de oro. La explicación estaba en la letra pequeña. No era un negocio de mascarillas quirúrgicas, sino para el cabello. La pandemia se llevó mucha melena por delante.

Ahora ya no ponía remilgo alguno a lo que su agencia, de artistas diversos, le iba proponiendo. Todo le valía. Hasta el punto que la semana pasada aceptó un encargo bastante confuso.

Le dieron pocas explicaciones, tan solo una dirección y una breve indicación.

-          Mira, Juanjo, te presentas en estas señas el próximo lunes. Creo que se trata de una editorial.

-          ¿Y qué voy a hacer yo en una editorial?

-          Ni idea, pero lo pagan muy bien.

Esas eran las palabras mágicas, las que contenían buenas cifras de dinero.

En pocos minutos explicaron a Juanjo sus funciones como “enemigo invisible”. Se trataba de ser la sombra de un escritor famoso, del que no me está permitido dar el nombre, aunque supongo que se terminará conociendo todo por la prensa.

Ese autor estaba atravesando una etapa seca de inspiración. No podía alimentar su imaginación con ningún argumento original y debía cumplir su contrato. Ya llevaba un retraso de 4 meses en la presentación de su nueva novela.

Al editor se le ocurrió estimularle desde fuera. Crearle una serie de peligros, de situaciones difíciles, que le ayudaran a salir de su letargo creativo. Por eso contrataron a Juanjo, que tenía que hacer la vida imposible al escritor deprimido. Todo ello sin ser visto, sin que pudiera sospechar nada de lo artificial de la situación.

Juanjo duró 7 minutos en su nuevo trabajo. El tiempo necesario para doblar la esquina y dar un tremendo susto poniendo un enorme cuchillo en el cuello del novelista. Nadie sabía que el escritor, sumido en esa crisis de ideas, se había hecho con una pistola y pensaba poner fin a sus días. Antes, le dio tiempo a defenderse de Juanjo con un certero disparo en la frente.

Las necesidades del guion pueden ser de una crueldad infinita.