POR SAN BLAS MARÍA
ISABEL RUANO
Febrero ha cerrado las alas al vuelo de cigüeñas.
Cansadas de emigrar
ocupan sus mansiones en nidos de torretas.
Se quedan vacíos los campanarios.
Las miradas, buscan y no encuentran.
Se esconden los gorriones entre las tejas.
Tan pronto hace sol como llueve o hiela.
No hay semillas en los árboles talados de ciudad.
Pobres de nidos, cansados de ausencias.
Llora la mañana de febrero, vierte lágrimas secas.
La gente, abrigada de tristeza, camina de prisa,
no mira, no se para, no pregunta, salvo lo suyo
poco o nada busca o le interesa.
Hay gaviotas, lavanderas, gansos del Nilo,
peces y garzas en el río de Madrid.
Acurrucados, se esconden, aguardan la primavera
como mi ser también la espera.
Lejos del Manzanares, anidan las alondras.
Los pájaros que de verdad abren sus alas y vuelan.
DIVIDE Y VERÁS CARLOS
BORT
Cuando compró la cerveza
Francisco vio que decía
"es un pack indivisible".
Paquito, mala cabeza,
no entendió lo que leía
y creyó ver "invisible".
"Pardiez -pensó- yo lo veo.
¿Tendré, por suerte, poderes
para ver lo imperceptible?"
Ipso facto y sin rodeos
detectó etéreas mujeres
que a él, un hombre sensible,
se le mostraban sin trabas.
Dijo Fran con frenesí
"tener poderes me agrada,
aunque son contadas habas
las invisibles que a mí
me devuelven la mirada."
ESTOY AQUÍ JUAN
SANTOS
Lo mejor de todo es pasar desapercibido. Este consejo que me
dio mi madre, siendo un niño, lo he llevado a rajatabla toda mi vida. En la
mili me fue bien, no destaqué ni por listo, ni por tonto. El artillero número
treinta y siete de la tercera batería pasó sin pena ni gloria por el cuartel. A
los pocos meses de licenciarme, cuando ya me había crecido un poco el pelo,
encontré, por casualidad, a mi capitán que paseaba con su señora por el Retiro.
Tuve la osadía de saludarlo. Buenas tardes, mi capitán. ¿Quién eres tú,
muchacho?, me dijo, sin dejar de andar. Nadie, no soy nadie, perdone usted.
El hecho de que no tuviera ni puñetera idea de quién era yo,
me trajo sin cuidado. Pero me hizo pensar. Estaba claro que después de un año a
sus órdenes, por mi forma de comportarme, había sido un soldado invisible para
él.
Después de aquello, me crucé varias veces con algunos
profesores del instituto y confieso que no me paré a saludarlos, por temor a
ser también un alumno invisible para ellos. Eso me hubiera dolido más.
Llegado a ese punto, cambié de estrategia y aferrándome al
refrán: “Que hablen de ti, aunque sea mal”, procuré hacerme notar allí por
donde iba. Postura forzada que me llevó a situaciones incómodas,
arrepintiéndome después, dado que esa persona extrovertida no era yo.
Entendí que la virtud estaba en el término medio y empecé a
comportarme de manera natural, tal y como yo soy, sin forzar nada. Desde
entonces, me va relativamente bien. Ahora, para unos pocos, soy muy importante
y para la gran mayoría paso inadvertido, que es lo normal. Tratándose de
extraños, me da igual que noten mi presencia o no. Lo que no soporto y lo que
más me duele es ser invisible para la familia y para los amigos.
Anoche, sin ir más lejos, en la cama, tuve que decirle a mi
mujer:
― ¡Hola! Estoy aquí.
AYUDA INVISIBLE JUANA
DOMÍNGUEZ
Yasmin paseaba por una cala de arena fina y brillante, en
ella recogía conchillas de todos los tamaños, y multitud de colores. Su abuela
hacia collares y pulseras con ellas, para venderlas a los extranjeros que
visitaban su poblado, en el mercadillo que instalaban frente a la puerta del
único hotel que existía en la playa grande, donde vivía con su abuela y su
hermanita.
Sus padres las habían dejado con la abuela cuando nació su
hermana. Estos se habían ido a buscar trabajo a un país lejano. Su abuela decía
que algún día volverían muy ricos y podrían ir al colegio y vivir en una casa
muy grande, como las de las películas.
Aquella mañana, había recogido una buena cantidad, se
disponía a volver a su cabaña, cuando un movimiento fugaz detrás de unas rocas
azuladas, la llamó la atención. Se paró intentando ver qué era lo que sé movía
detrás de las rocas. Algo se estaba escondiendo en la cavidad cercana, que ella
conocía bien, pues se había refugiado en ella muchas veces. No era profunda,
pero bastaba para guarecerse de la lluvia y del sol.
La niña, muy curiosa e imaginativa, se dirigió hacia la
cavidad. Allí no vio nada. Se sentó en una piedra plana al fondo de la cueva. Se
había levantado muy temprano y la actividad la había cansado. Clasificaría las
conchillas mientras descansaba. Una sombra tapo la entrada de la cavidad. Nadie
ni nada proyectaba aquella sombra, esta se acercaba a ella muy despacito.
Yasmin estaba tranquila, no tenía miedo, pero le extrañaba
que una sombra pudiera moverse por sí misma.
-Hola Yasmin - le habló la sombra.
-¿Cómo puede hablar una sombra, y cómo sabes mi nombre?
-Tú puedes verme y oírme, pero no se lo cuentes a nadie, te
tomarían por loca. Soy la sirenita, que sube desde el fondo del mar las
conchillas y las pone en la playa para que tú las recojas, y tu abuela las
venda, así podéis disponer de un poco de dinero para comer y vestir, hasta que
tus padres vuelvan. Soy invisible para todos los humanos, solo tú vas a verme
cuando me necesites y lo desees.
INVISIBLE ANTONIO
LLOP
Youssef había venido en patera desde Marruecos hasta una de
las playas de Málaga. Tras un viaje aventurado llegó a Madrid. Pedía limosna a
la puerta de un Mercadona. La mayoría de los clientes del supermercado no
advertían su presencia. Y quienes le daban los pocos céntimos que les sobraban
de la cuenta solo miraban su brazo extendido y el cubito de plástico que
sujetaba. El marroquí comía una vez al día en un comedor social de la Cruz
Roja. Vivía bajo el puente de Toledo en un refugio de cartones. Allí sin más
amigos que la intemperie y las privaciones, camuflado entre el follaje del
parque, le resultaba difícil dormir. Y cuando lo conseguía siempre le asaltaban
las imágenes del patrón de la embarcación obligándoles a saltar antes de llegar
a la orilla. Y la más terrible: la de su amigo Ahmed, con el que pensaba
continuar su aventura española, braceando desesperadamente antes de hundirse en
las aguas. Con la primera luz del día, Youssef se levantaba y se dirigía a la
puerta del Mercadona, puntual a la hora de la apertura, como si fuera a su
puesto de trabajo.
Un día, ya atardecido escuchó un golpe cerca del puente
donde tenía su vivienda precaria. Se asomó por encima del seto y vio a un
hombre mayor desvanecido en el suelo. Nadie pasaba en ese momento y se decidió
a ayudarle. Le dio palmadas en la cara pero no reaccionaba. Le registró,
encontró su móvil, abrió el registro de llamadas, y buscó el teléfono que más
se repetía. Llamó y cuando se lo cogieron dijo las pocas palabras castellanas
que conocía: “Señor, muy mal, puente, gracias”. El marroquí pensó que su
interlocutor sería un familiar del hombre, que conocería su ruta y con los
datos que le había dado le encontraría. Escuchó que le seguían hablando por el
telefonillo, pero esas palabras él ya no las entendía. Interrumpió la llamada,
devolvió el móvil al bolsillo del hombre y se volvió a esconder tras los setos,
en su refugio de cartones. No quería que malinterpretaran su intervención en el
incidente por estar en situación irregular.
A los pocos minutos, una pareja de jóvenes corría hacia el
lugar. “¡Papa!, gritó el chico al ver al caído. Trató infructuosamente de
reanimarlo, mientras la chica llamaba por teléfono. Al cabo de poco tiempo
vinieron los del SAMUR y lograron estabilizar al enfermo. Desde su refugio,
hurtado a la vista de la gente, Youseff lo vio todo. En un momento parecía que
el muchacho miraba hacia donde él estaba, buscando sin duda al héroe que había
salvado la vida a su padre. Pero solo vio oscuridad. Si había alguien allí era
invisible.
EUREKA MANUEL GIL
Margot estaba
muy asustada, tras un inesperado fallo en la compleja maquinaria destinada a
descubrir en el laboratorio la fórmula para transmutar la materia. En un
instante desafortunado, todo se vio perturbado y ella se encontró desprotegida
en el campo de una corriente energética
que se había liberado sin control alguno. Una sensación de malestar la invadió,
demorando su capacidad de reacción. Necesitó un tiempo para restablecerse. ¿Todo se habrá
arruinado?, se preguntó angustiada. Tanto
esfuerzo, tantos años de dedicación al estudio y a la investigación sufriendo
desdenes por parte de quien compartía el proyecto y ahora ansiaba relegarla
para acaparar toda la gloria.
Abandonó
el recinto del laboratorio, encarando con zancadas decididas el pasillo.
Conocía la citación que su colega había organizado a sus espaldas con otros
científicos e inversores. No había recibido invitación alguna, lo cual la
hirió, pero en ese instante solo anhelaba informar sobre el incidente ocurrido
en el laboratorio; interrumpir no le importaba, pues la integridad del proyecto
pendía de un hilo si el error era irreversible. En su trayecto, chocó
lateralmente con una mujer que transportaba una voluminosa caja, aunque ella se
apartó un poco, no lo hizo la mujer. Tras sobrepasarla, notó que, perpleja, se
palpaba el costado y mostraba una expresión
de desconcierto, repitiendo el gesto como si no comprendiera nada.
Margot reflexionó que quizá la mujer interpretaba su actitud como falta de
disculpa.
Entró en la sala de reuniones, donde todos los presentes
dirigieron sus miradas hacia la puerta, evidenciando curiosidad. Al cabo de un
instante, uno de los asistentes se levantó, pasó frente a ella y, volviéndose hacia el exterior, cerró la puerta. Reincorporándose a su
lugar, la reunión prosiguió. ¿La habrán ignorado a propósito? Escuchó a su
colega comentar a los demás la necesidad de excluir su participación en el
proyecto, empleando términos
despectivos y transmitiendo la certeza de que habían forjado un plan desde
hacía tiempo. Furiosa, estuvo a punto de intervenir, reprochando que ni
siquiera hubieran disimulado y que hubieran ignorado su presencia. Fue
entonces, al avanzar hacia la mesa para enfrentarlos, cuando se percató de que
su imagen no se reflejaba en el espejo que decoraba una de las paredes
laterales junto a dos tapices. "Así que, es esto", caviló.
Paseó frente a ellos, escudriñándolos uno por uno, mientras
seguían con sus argumentos y frases humillantes. Por un instante, estuvo a
punto de estallar, de exteriorizar toda su furia, pero entonces comprendió el
poder que tenía en sus manos. Aquel resultado no había sido intencionado, pero
ahora debía afrontarlo; desconocía cómo
remediar la situaciónn, cómo
revertir el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, en ese instante,
vislumbró la libertad de acceso total, a todo, vio clara la posibilidad de
descubrir sus secretos y bajezas, de desenmascararlos y elevar su nombre a la
posición que merecía. Una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa que nadie
vio.
CLARA Y EL CONTAGIO ARACELI
DEL PICO
-
Siempre tengo que ir tirando de ti. Siempre,
siempre. Hija por Dios, ¿quieres darte prisa que todos los días llegas la última al colegio?
-
Pues no vengas conmigo, que ya soy mayor y puedo
ir sola.
-
Lo que me faltaba por oír.
Clara, menudita, seis años. Y ya muy contestona. Aprecio
al colegio, ninguno.
-
Ya sabes que si voy a ese centro, que parece una
cárcel, es por estar con mis amigas que son lo mejor del mundo. Y sobre todo
por estar con mi amigo Víctor.
-
Sabrás tú lo que es una cárcel.
-
Anda, pues claro que lo sé. Estoy harta de verlo
en las películas de la tele. Son casas muy grandes de muchas habitaciones y a
veces duermen dos personas o más juntas. Y eso ahora. Antes en los otros
tiempos, estaban más revueltos aún.
-
Ya llegamos, y a la noche, hablaremos de tu
amigo Víctor.
El amigo de la niña, era un ser invisible que ella había
creado, y crecido con él. Desde muy pequeña, lo llevaba a su lado, le
consultaba sus dudas y según ella hasta le ayudaba a hacer los deberes. Si
sacaba malas notas, se reconocía culpable. Si buenas, era por la ayuda de
Víctor.
E iba más lejos, en la mesa dejaba un espacio libre para
que su amigo se sentara. En su habitación una pequeña butaca para que la leyera
cuentos. Y cuando su madre le compraba alguna cosa, le decía: No, eso no lo quiero, porque no le gusta a
Víctor. Ni modo había entonces de comprarle tal cosa.
Cierto es que clara, tenía una imaginación desbordante.
Pero a ojos de sus padres, su obsesiva actitud empezó a ser preocupante y
decidieron consultarlo con el médico. Éste no le dio mayor importancia. No era
el único caso. Explicó que era hija única y que solía suceder en estos casos.
Cuando tenga un hermano se le pasará.
Vino el hermano. Pero las sillas vacías para Víctor,
vacías seguían. Y cuando el pequeño Damián creció, e iba a sentarse en ellas,
las peloteras entre hermanos eran notorias. Sin embargo el niño sentía
debilidad por su hermana. Los padres ya no sabían qué actitud tomar. Optaron
por ponerles en habitaciones separadas y así al menos, por la noche, todos
podrían descansar tranquilos.
Una noche de
tormenta, Damián llamó a la puerta de Clara lloriqueando.
-
Clara, tengo mucho miedo.
-
¿Y qué quieres que yo le haga?
-
Dile a Víctor que venga conmigo, por favor
-
Clara ni
oscura. No me va a dejar solita a mí. Bueno tengo una idea. Ven con nosotros.
El pequeño saltó a la cama de la hermana sin pensárselo
dos veces.
-
Caray niño, ten cuidado que casi le aplastas.
Quédate en el borde de la cama o vete a la alfombra, porque casi le aplastas. ¿No
ves que Víctor ya es muy mayor? Y cállate que ahora nos va a contar un cuento.
Se hizo el silencio. Pasó la tormenta y amaneció.
Mientras la madre preparaba el desayuno para los cuatro, preguntó:
-
¿Habéis dormido bien?
Y rápidamente Damián respondió:
-
Sí, porque Clara me ha dejado pasar a dormir con
ella. Y menos mal, porque Víctor nos ha contado una leyenda preciosa, de
tormentas y truenos y al final se iba, la tormenta, digo y salía un arco iris ¡¡¡precioso!!!
El matrimonio se miró, sonrió y no dijeron nada. Pero
ambos pensaron. ESTO ES CONTAGIOSO.
ESTO ES UN ATRACO SANTIAGO
J. MARTÍN
En pocas ocupaciones había disfrutado tanto. Fueron fantásticos aquellos fines de semana
que se disfrazaba de payaso y amenizaba, con cierta gracia, cumpleaños,
comuniones y fiestas varias.
Era otra época. Entonces tenía un trabajo fijo y esos extras
de los fines de semana le ayudaban a pagar la hipoteca.
No solo hizo de payaso, fue rey mago, papá Noel, cabezudo y
acomodador. La necesidad no le obligaba tanto como ahora. Eran momentos en los
que elegía lo que la agencia le ofrecía. Pudo estar en contacto con muchos
niños, que nunca pudo tener, y, sobre todo, disfrutar de cerca del cine, su
gran afición.
Y la película de su vida se vino abajo con el COVID. Era
patético que cerraran, en esos momentos, una empresa de mascarillas, cuando
todo el mundo se forraba vendiéndolas a precio de oro. La explicación estaba en
la letra pequeña. No era un negocio de mascarillas quirúrgicas, sino para el
cabello. La pandemia se llevó mucha melena por delante.
Ahora ya no ponía remilgo alguno a lo que su agencia, de
artistas diversos, le iba proponiendo. Todo le valía. Hasta el punto que la
semana pasada aceptó un encargo bastante confuso.
Le dieron pocas explicaciones, tan solo una dirección y una
breve indicación.
-
Mira, Juanjo, te presentas en estas señas el
próximo lunes. Creo que se trata de una editorial.
-
¿Y qué voy a hacer yo en una editorial?
-
Ni idea, pero lo pagan muy bien.
Esas eran las palabras mágicas, las que contenían buenas
cifras de dinero.
En pocos minutos explicaron a Juanjo sus funciones como
“enemigo invisible”. Se trataba de ser la sombra de un escritor famoso, del que
no me está permitido dar el nombre, aunque supongo que se terminará conociendo
todo por la prensa.
Ese autor estaba atravesando una etapa seca de inspiración.
No podía alimentar su imaginación con ningún argumento original y debía cumplir
su contrato. Ya llevaba un retraso de 4 meses en la presentación de su nueva
novela.
Al editor se le ocurrió estimularle desde fuera. Crearle una
serie de peligros, de situaciones difíciles, que le ayudaran a salir de su
letargo creativo. Por eso contrataron a Juanjo, que tenía que hacer la vida
imposible al escritor deprimido. Todo ello sin ser visto, sin que pudiera
sospechar nada de lo artificial de la situación.
Juanjo duró 7 minutos en su nuevo trabajo. El tiempo
necesario para doblar la esquina y dar un tremendo susto poniendo un enorme
cuchillo en el cuello del novelista. Nadie sabía que el escritor, sumido en esa
crisis de ideas, se había hecho con una pistola y pensaba poner fin a sus días.
Antes, le dio tiempo a defenderse de Juanjo con un certero disparo en la
frente.
Las necesidades del guion pueden ser de una crueldad
infinita.