TIEMPO INCLEMENTE JUAN
SANTOS
De pequeño, por la
mínima acción que pudiera molestar a los demás, me enseñaron a pedir perdón. De
la misma manera, siguiendo la doctrina del Padrenuestro, también debía perdonar
a mi prójimo las ofensas que a mí me hicieran. Confieso que hubo un tiempo que
lo hice con tal de ganarme el Cielo.
Está bien eso de
perdonar, pero el tiempo no perdona. Tal vez los humanos, nos rijamos por la
ley del tiempo y por eso nos cuesta tanto trabajo pedir perdón.
A mí, desde que
nací hasta hoy, el tiempo no ha dejado de importunarme, sin pedirme jamás
perdón.
A penas tenía unos
meses cuando hizo que me salieran los primeros dientes. Lo pasé fatal y, siendo
un bebé indefenso, no se dignó a pedirme disculpas. Tampoco lo hizo al cumplir
lo seis años cuando, poco a poco, fue dejándome mellote y me tuve que consolar
con los regalitos que me dejaban debajo de la almohada.
Por su culpa me
hice mayor y empecé a tener obligaciones, primero las del colegio y luego las
del trabajo.
Durante una larga
época, el propio tiempo se olvidó de mí y yo de él. Celebraba los cumpleaños
con alegría. Me sentía bien. Me dejaba llevar por los vicios y los excesos,
desafiando el tiempo con chulería. Yo no lo notaba, pero ahí estaba, tomando
nota de mi vida. Pronto empezaría pasarme la factura, haciéndome recordar su
rencor y su inclemencia.
Noté su paso el
mismo día que vi mis inoportunas arrugas en el espejo, fue cuando observé que
mis hijos se habían hecho mayores y que me costaba más trabajo subir las
escaleras.
Ahora que ya tengo
nietos, siento más sus efectos: he perdido vista, oído y masa muscular y, lo
peor de todo: me falla la memoria. Es muy difícil, por no decir imposible
luchar contra él. No me queda otro remedio que ir al gimnasio y atiborrarme de
pastillas para rejuvenecerme.
Reconozco que el
paso del tiempo es bueno y necesario para que se cumpla el ciclo de la vida,
pero debería perdonarnos el envejecimiento y el deterioro físico y mental,
llegando al final de nuestra existencia, con buen aspecto y sin dolores.
Si el tiempo
pudiera perdonar, tal vez dejara de castigarnos con DANAS y otras catástrofes
que causan tragedias y desolación en personas y paisajes. Pero me temo que lo
que hace es pasarnos factura de las agresiones que le hacemos a la Naturaleza
y, por eso, después de actuar, tampoco nos pide perdón ni él, ni el mismo Dios
que lo permite.
SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONARNOS MANUEL GIL
Claudia Isella entornó los ojos, esos ojos verdes y rasgados que habían
llenado las pantallas. Ahora habían perdido brillo, pero no belleza, la belleza
de lo caduco, la de una ruina que aún deja entrever su viejo esplendor. Un
rictus de triunfo se dibujó en su rostro ajado. Acercó a los labios la copa de
su cóctel secreto que todos habían celebrado tanto. Ella sería la última.
Afuera, octubre
sacudía las ramas de los árboles del jardín. Dentro, el reloj de la chimenea
daba las diez, aunque Claudia llevaba años convencida de que aquel reloj se
había detenido en 1965, el año en que La mujer de cristal la convirtió en un
mito. Entonces tenía veintisiete años, una cintura de otro mundo que hacía olvidar a
los hombres el motivo por el que habían entrado en el cine. La cámara la
adoraba. Los críticos hablaban de su mirada como de un fenómeno extraordinario,
y en las revistas aparecía siempre junto a una frase que pretendía definirla.
La belleza que no conoce la derrota.
Claudia había
terminado por creerlo.
En su actual residencia, un palacete rodeado de
jardines donde las antiguas estrellas aprendían a envejecer sin testigos,
conservaba entre vestidos de seda y perfumes caros, una colección de fotografías en
las que la juventud parecía un territorio al que todavía podía regresar. Los
hombres celebraban sus ocurrencias y escuchaban sus historias repetidas como si
fueran revelaciones. Con todos, pero especialmente con las mujeres, ejercía una
cierta tiranía envuelta en sonrisas. A los ochenta años seguía
necesitando que alguien la mirase cuando entraba en una habitación.
Entonces llegó
Julián Valcárcel.
Bastó verlo cruzar el vestíbulo, apoyado en un bastón,
para que el pasado abriera sus puertas sin llamar. Julián había
sido un galán, el más popular de su época. Claudia se había casado con él
cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía dispuesto a concederles todo. Lo
amó, sí, pero amó todavía más el vértigo de ser deseada. Los hombres la esperaban a la
salida de los estudios, le enviaban flores, le juraban amores eternos. Ella
confundió aquella adoración con la libertad.
Julián no confundió
nada. Una noche cerró la puerta del dormitorio sin levantar la voz. La
separación fue discreta. La herida, interminable.
Ahora él
apenas la saludaba.
Claudia se arregló
con más esmero, estrenó un
vestido color champán
y se sentó junto a él durante el desayuno. Le habló de París,
de los rodajes, de una noche en Venecia en la que habían bailado hasta el
amanecer. Julián contempló sus manos, deformadas por los años, y respondió
que no recordaba aquella noche. Quizá era verdad. Quizá el olvido constituía su
última forma de crueldad.
Una tarde, lo
encontró dormido en el jardín, La luz se deslizaba por su rostro. Bajo la piel
fatigada reconoció al muchacho que al terminar aquel rodaje se plantó delante
de ella, con un anillo y la certeza de que el amor bastaba. Sintió
una ternura tan intensa que tuvo que apartarse. Después,
al pasar frente a un espejo, descubrió en su propia cara algo que ni el
maquillaje ni el cirujano habían logrado borrar, el tiempo había trabajado en
ella difuminando lo que fue nítido. Sintió furia sin saber contra qué, miedo al
rechazo, incomprensión a no sentirse deseada.
“Si el tiempo
pudiera perdonarnos”, pensó.
Cumpliría ochenta y
un años en noviembre. Pidió autorización para celebrar la fiesta en su antigua
casa, una villa modernista que había abandonado al ingresar en la residencia. Quería reunir a
supervivientes de estrenos, escándalos y matrimonios rotos. Insistió en que
Julián asistiera, le costó que aceptara, pero nada tendría sentido sin su
presencia. Dos cuidadoras acompañarían al grupo para ayudar a los residentes
durante la velada.
En la fiesta, los
invitados bebieron, rieron y evocaron un mundo desaparecido. Claudia lucía un
vestido negro de terciopelo, pendientes de esmeraldas y el perfume que había
llevado en su primera película. Durante unas horas volvió a ser el centro de
todas las miradas. Incluso Julián la observó cuando ella se levantó para brindar.
—Por
lo que fuimos —dijo—. Y por todo aquello que el tiempo no ha conseguido
llevarse.
Las copas chocaron.
Afuera, el viento agitó los árboles y la música
que sonaba parecía llegar desde otra época.
Poco después,
las conversaciones comenzaron a apagarse. Alguien dejó caer una servilleta. Una
mujer apoyó la frente sobre la mesa, como si estuviera vencida por alguna
emoción. Julián intentó
incorporarse, pero su mano buscó en vano el bastón. Las cuidadoras acudieron
presurosas, aunque sus pasos parecían demasiado lentos para la extraña quietud
que se extendía por el salón.
Claudia permaneció
de pie.
Contempló los rostros inmóviles, las bocas entreabiertas,
los ojos que ya no podían apartarse de ella. Por primera vez en muchos años,
nadie la interrumpía, nadie miraba a otra parte. Julián la miraba con una
expresión serena, casi juvenil.
—Ahora
sí me estás mirando —susurró.
Claudia alzó su copa. El reloj de la chimenea comenzó a dar las
horas.
Cuando terminó la
última campanada, se sentó junto a Julián y tomó entre las suyas su mano fría.
Sobre la mesa
quedaban las botellas vacías, las flores marchitas y una bandeja de copas con
un poso amargo en el fondo.
Claudia cerró los
ojos.
“Si el tiempo
pudiera perdonarnos”.
Y por fin, en
aquella casa donde nadie volvería a pronunciar su nombre, dejó de esperar que
alguien lo hiciera.
EL TIEMPO
TREPA POR UNA BOTELLA DE ANÍS SANTIAGO
J. MARTÍN
Hasta hace unos días, estaba convencida de que los
fantasmas no le iban bien al siglo XXI. También es cierto que las películas y
los libros han colaborado bastante para encumbrarlos a un lugar destacado que
no merecían. Eso pensaba hasta ahora: que todo parecía puro artificio, como un
disfraz.
Hago estas reflexiones mientras repaso los últimos
pespuntes a unas viejas enaguas que luciré dentro de unos días.
Algunos pensarán que soy una mujer algo rancia, que me
delata mi fondo de armario. Nada más lejos de la realidad. Resulta que estoy
apañando este atuendo de raso —una de las pocas cosas que aún conservo de mi
madre— para completar mi disfraz del próximo Halloween. Este año iré de niña de
El exorcista. No voy de fantasma, aunque daré miedito. Pero niña, al fin
y al cabo.
Desde que murió Andrés, mi marido –que ese sí que estaba
apolillado–, no me pierdo una fiesta que se me ponga a tiro. Algunos pensarán
que esta es una celebración invasora, anglosajona, poco propia para una
madrileña como yo, pero también nos vienen de aquellos lares otras historias
que no están nada mal: el whisky, el rock and roll, las hamburguesas… y el cine
de Billy Wilder, joder.
Coser me relaja, me deja pensar, recordar e imaginar. Mi
amiga Luchi me insiste en que me apunte a un curso de escritura creativa. Me
asegura que es perfecto para poner orden a tanta peripecia vivida. Pero yo no
me veo. No soy nada buena expresándome por escrito. Prefiero dejar fluir mis
recuerdos mientras camino, guiso o cepillo a Jonás, mi perro.
Y en las últimas semanas no se me quita de la cabeza una
obsesión: el paso del tiempo. No, no, no tengo miedo a la muerte, que ya estará
por aquí intentando localizarme, como si fuera un repartidor de Amazon. En
cambio, estoy empezando a ver las cosas de otra manera, con una perspectiva
distinta, pesada, algo agobiante.
Todo empezó con la vuelta del olor de Andrés. Murió hace
más de 15 años. Estuvimos casados cerca de treinta, veintisiete, exactamente.
Por un lado, parece que aquel infarto se lo llevó hace dos semanas, pero por
otro, me da la impresión de estar viviendo sola toda la vida.
Nuestra felicidad no se vio truncada por su muerte, sino
por la abulia, el cansancio, la monotonía de nuestra mutua presencia. No hubo
nunca odio. El amor se fue consumiendo despacito, como cuando comes un helado
que te gusta mucho y te da pena que se acabe. Yo creo que no nos llegamos a
separar por pura vaguería.
Tiré todas sus ropas, regalé sus libros, cambié mi cama y
redecoré la casa. Era necesario, también me lo recomendó Luchi. Pero desde hace
unas semanas noto el olorcillo de la piel de Andrés cerca de mí, junto a la
mía. Creo que todo se puede deber a un nuevo compañero de pilates. Lleva el
mismo desodorante que usaba Andrés, y encima se pone a mi lado.
Lo de la idea obstinada del paso del tiempo tomó más
fuerza cuando vi salir a una mujer extraña de casa de mi vecina Alejandra.
Pensé que sería una amiga suya o una chica que le venía a hacer la limpieza.
Qué va. Un día me crucé con la supuesta desconocida y oí
cómo pronunciaba mi nombre, me saludaba y me preguntaba por Jonás.
—¡Coño! —pensé—, pero si es la voz de Alejandra.
Sí. Era ella, mi vecina. Vestía sus ropas, llevaba en la
mano su paraguas, vivía en su casa. ¿Qué es lo que había pasado con su cara?
—Me he hecho algún retoquito. ¿Te gusta? Si te interesa
te paso la dirección del cirujano. Además, no es demasiado caro.
Hostias. Me quedé… Y luego, claro está, tuve que mentir,
mentir con intensidad. Todo lo que pude.
—Estás divina. Vamos, que no pareces tú.
Creo que este último comentario no le gustó demasiado.
Al llegar a casa fui corriendo al espejo del cuarto de baño.
Sin quitarme el abrigo, ni la bufanda, empecé a perseguir mis arrugas. Estaban
todas allí y hasta es posible que hubiera alguna nueva. No me extraña, después
del susto que recibí con la nueva Alejandra.
Luego le tocó el turno de la observación a Jonás. Terminé
rápido. Mi pobre perro ya ha cumplido 17 años. Otro que va a tener que
emprender un viaje sin maletas antes de lo que quiero.
No estaba preocupada. Todavía. Estaba agilipollada,
idiotizada, buscando pruebas de envejecimiento por todos lados. Necesitaba algo
ajeno, imparcial, que me confirmara los efectos del correr del tiempo.
Por ejemplo. En la churrería de mi barrio. La veo todas
las tardes, paseando a mi perro anciano. Vamos a paso de escaparate, lo que me
permite fijarme en cualquier detalle con esmero.
Es un puesto callejero, junto a la parada del bus.
Supongo que ese será estratégicamente un buen lugar. El churrero es un hombre
mayor, quizás no tanto. Apenas tiene dientes, lo que hace que su mandíbula
arrastre los labios hacia dentro de la boca, como si se los quisiera tragar.
Además, la frente se ha convertido en un sinfín de pliegues, seguro que
provocados por el humo que emana de la freidora y que le hacen tener siempre
los ojos entornados.
Es difícil observar cómo día a día este hombre va
envejeciendo. Su rostro parece que ha llegado al límite. Pero no el material
que tiene en los expositores. Allí descubrí hace más de un mes unos churros
rellenos de chocolate y uno de crema pastelera. La mezcla de grasa y relleno
provocaba un goteo de estalactitas pringosas.
El churro relleno de crema no tenía ningún éxito de
ventas. Allí estaba mirándome a los ojos, cada vez que yo pasaba. Y sí que se
producían cambios. Muy notables. Aquel relleno que empezó siendo beige clarito,
casi blanco, se fue tornado amarillento, anaranjado, hasta terminar, con el
paso de las semanas, en un verde precioso.
Ahí saqué mi vena sarcástica, que no maliciosa, y hace
unos días, me dirigí al desdentado con el aparente intento de consumir.
—Quería ese churro relleno de pistacho o de menta. No sé
muy bien qué es. Me ha llamado la atención.
—No, señora. No tengo churros rellenos de esos sabores.
Son todos de chocolate o de crema.
—Pues ese de ahí, ese, es verde.
El hombre atrapó el churro marciano, se lo puso delante
de los ojos y la frente ganó una muesca más para la colección.
—Voy a tener que cambiar de distribuidor. Compré ayer la
crema y este churro lo acabo de sacar de la freidora hace media hora. Disculpe.
Ya. Hace media hora. En fin, que entiendo al churrero.
Aquí tengo la prueba inequívoca de que otra vez el tiempo nos ha pasado por
encima. Sobre todo a él.
Llegué a mi casa algo desolada. No solo la crema aquella
se había descompuesto, también observé algo agrio en mí. No sé: mala leche,
fijo.
Pensativa, decidí hacer algo diferente esa tarde. Me
enfrentaría al tiempo cara a cara. Cogí el reloj analógico que tengo al lado de
la tele. Alguien me lo regaló hace mucho y ha sobrevivido todos estos años
precisamente por eso, porque no es digital, ya que bonito no es. Lo puse encima
de la mesa del salón. Me senté delante de él. Mi objetivo era observar el paso
del tiempo así, a pelo.
Rápidamente se vino a la cabeza el complemento perfecto.
Me tomaría una copa para ayudar a digerir tanto segundo sonoro. Fui al mueble y
comprobé que solamente tenía una botella de un destilado. Si es que no bebo más
que una cervecita de vez en cuando.
Descubrí, con sorpresa, que no me había deshecho de todas
las pertenencias de Andrés. Allí se escondía una botella de Anís del Mono.
Aquel era el cuello femenino que más tocaban los dedos de Andrés en sus últimos
años.
Abrí la botella y respiré los efluvios anisados del
licor. No me gustaba en absoluto. Además, me recordó su aliento, su
conversación entorpecida por el alcohol, mis silencios. Cerré rápidamente el
tapón, para no dar oportunidad a que saliera ningún genio malicioso de aquella
botella.
Entre el tic tac imperturbable del relojito, reparé con
asombro en que a la botella le faltaba prácticamente la mitad de su contenido.
Y eso que acababa de abrirla yo misma, arrancándole el precinto.
Miré en internet si un licor como este podía llegar a
evaporarse. Por lo visto era complicado que la evaporación fuera excesiva si
estaba bien cerrado y lejos de la luz.
Tuve una idea. Cogí un rotulador y marqué hasta donde
llegaba el nivel del líquido. A partir de entonces, lo revisaría de vez en
cuando. Vería si era una cuestión del paso del tiempo o algo peor. Para no
contaminar el experimento, solicité al profesor de pilates que no me pusiera
más junto al alumno nuevo.
Voy a dejar la enagua, ya terminada. Sí, hoy me toca
echar un vistazo a la botella. A ver.