14/03/2025

CICATRICES 1.

HERIDAS                                                        ANTONIO LLOP

Ricardo fue mi primera herida. Le perseguíamos en el recreo por el patio hasta que le arrinconábamos en la nave destinada a los servicios. ¿Por qué? Olía a miedo y eso los niños lo detectábamos rápido. Y además nuestro espíritu gregario necesitaba alguien a quien hostigar. Me interpuse ¡Dejadle, pobrecillo! El jefe de la cuadrilla me señaló. Entonces peguémosle a él.

La patada que más me dolió fue la que me vino por la espalda. Ricardo había aprendido la lección.

A alguien había que castigar.

La segunda herida fue Lucio. Venía del pueblo a nuestro barrio ciudadano. Traje clásico con la chaqueta corta entallada de finas solapas, rectos bolsillos laterales, y un pañuelito despuntando en el bolsillo superior. La imagen se completaba con un pelo cortado a cepillo y unos pantalones de tubo. Le integré en el grupo. Joder, Toni. ¿De dónde has sacado a este paletillo? Ni se te ocurra llevarle con nosotros a la disco. Dijo el cabecilla de la panda. No te preocupes, Lucio. Nos vamos al cine Mundial. Echan una del oeste.

Le enseñé a vestirse más moderno, a peinarse de otra forma. Un día le vi con la chaqueta mucho más larga, los bolsillos laterales inclinados, dos en el lado derecho, las solapas generosas y los pantalones anchos barriendo el suelo. Su pelo ya montaba ambas orejas. Entonces de Lucio pasó a Lucky. Vente a la disco Lucky. Deja a ese hortera de Toni que se vaya solo al cine. Y se fue con ellos.

A alguien había que desdeñar.

La tercera herida fue una chica: Sofía. Gordita con generoso acné, gafas grandes de pasta y ropa de mercadillo. Mi espíritu acogedor funcionó otra vez. Salí con ella ante las sonrisas de mis amigos. Anda que vaya escuerzo que te has echado, Toni. La aconsejé una dieta con menos grasa, la acompañé a una tienda de ropa para jóvenes, a discotecas, a eventos culturales. La di confianza. Ella se empoderó, cambió sus gafas de pasta por unas finas metálicas, el acné la fue desapareciendo y los restos los disimuló con  maquillaje.

Un día me dejó. Había aceptado la compañía del que más la había despreciado.

A alguien había que abandonar.

Dejé de contar mis heridas. Las físicas, las de golpes, me dejaron cicatrices en el cuerpo. Las otras, las que más me dolieron me las dejaron en el carácter. Con unas curtí mi piel, con las otras alerté mi confianza. Pero nunca endurecí mi mirada.    

Procuré no ser nunca alguien que humilla, degrada o abandona.

 

                                                 


 

EL TATUAJE                                                               JUAN SANTOS

Hoy he perdido todas las esperanzas de reconciliarme con mi primera novia. La ruptura fue por mi culpa. Por un accidente maldito que yo no pude evitar. Mil veces le he pedido perdón, pero no ha servido de nada.

Éramos dos adolescentes y nos gustaba dar paseos con nuestras bicicletas. Un día se me ocurrió decirle que fuéramos al río. Ella no quería, porque el camino era pedregoso con muchos baches. Yo le insistí, tiré delante y ella me siguió. A penas habíamos salido del pueblo, cuando su rueda delantera pilló un guijarro suelto y resbaló hasta ir al suelo. Ojalá y me hubiera caído yo. Del impacto se rompió la tibia de la pierna derecha, con una herida abierta que tuvieron que darle veinte puntos. A los pocos días, cuando fui a verla a su casa, muy enfadada, cortó la relación conmigo. Yo no me había caído ni me había roto nada, pero sus palabras abrieron una herida en mi alma más grande que la de su pierna.

Cuando se curó, le quedó una cicatriz de la rodilla para abajo que le afeaba su bonita pierna hasta el espanto. A mí no me importaba, la veía con remordimiento y me moría de ganas de volver a su lado. Sin embargo, ella me miraba con indiferencia sin imaginar la cicatriz que yo tengo por dentro.

Esta tarde la he visto pasear con otro novio de la mano. Sobre la cicatriz se ha puesto un tatuaje precioso de una ramita con flores. Con este gesto estoy seguro que se ha olvidado por completo de mí. La pena es que yo no puedo tatuarme con nada la cicatriz de mi corazón.


 

CICATRICES                                                                MARÍA ISABEL RUANO

(Desde el más íntimo yo)

Puedo acariciar las cicatrices de mi cuerpo y recordar el dolor que las causaron.

Algunas, por diminutas, se han fundido con los pliegues de la piel.

Otras, aunque invisibles a la mirada ajena, no han terminado de sanar.

Son las que más duelen, las que oscurecen la mirada y hacen llorar al corazón.

Llevan el apelativo de la traición, la mentira y del engaño.

El amargo sabor de la decepción.

Con ellas crezco cada día, procuro olvidarlas y sonreír.

Porque la vida, aún en los peores momentos, ha sido generosa conmigo.

Me ha hecho sensible, muy sensible a la belleza y al sufrimiento ajeno por igual.

Al amanecer de cada día, a las flores y a los pájaros, a los árboles y a los ríos,

A la mirada de los niños, al declive de los años y a la puesta de sol.

A la esperanza de que, siempre algo bueno puede suceder.

Con estas sensaciones abrazo la mañana, trabajo y escribo,

me asomo a esta ventana virtual de anónimos lectores.

Salgo a la calle, respiro, camino fuerte y agradezco cada día

El privilegio de estar, sanar, caminar y vivir.

(Mientras escribo esta reflexión, entre la prosa y el verso, ha dejado de llover, el sol rompe las nubes y todo a mi alrededor se llena de luz. Aunque sólo sea por momentos como este, merece la pena estar y seguir enfrentando la vida con ilusión.)


 

LA INVITACIÓN                                                          MANUEL GIL

 

Conduciendo el autobús, les llevaba desde el aeropuerto a la Villa Tamaulipas, venían de España, porque Raúl, el que contrató mis servicios, los había invitado. Eran un grupo, una pandilla de antiguos compañeros de instituto. Oí comentarios sobre la fortuna que había heredado, lo cuchicheaban con sorna y en voz baja.

 

La tormenta que se desató, hizo la zona peligrosa por los corrimientos de tierra, y tomé la decisión de parar y buscar refugio en una casa al lado de la carretera. No lo tomaron bien, pero no tuvieron más remedio que aceptar mi autoridad.

 

“¡Esto es un desastre!”, exclamó Marta, la más elegante y sofisticada, sacudiendo la melena recién liberada del pañuelo. “¿Por qué no nos quedamos en el autobús hasta que pase la tormenta?”

 

Y esperar a que nos arrastre un corrimiento de tierras, ¿no?”, respondió Rubén, con tono sarcástico. Mejor busquemos refugio.”

 

Así fue como, tras unos minutos de discusión, el grupo se encontró en el interior de la modesta vivienda. La única habitante, una señora mayor, les ofreció un poco de café y galletas. Mientras se acomodaban en la sala.

 

Yo, me senté a observarlos, estaba cansado, y  me reconfortó aquel café, aunque enseguida noté que algo flotaba entre ellos, que le daba una extraña tensión al ambiente.

 

“¿Os acordáis cuando Raúl se atrevió a confesarle a Marta que le gustaba?”, oí que decía Ismael, rompiendo el hielo, con voz cargada de ironía.

 

Sí, y cómo Marta eligió a Miguel”, añadió Lucía, mirando a Raúl con una mezcla de compasión y reproche. Eso debió dolerte, ¿no?”

 

Raúl se encogió de hombros. Eso fue hace años. He cambiado.”

 

“¿Cambiar? ¿O solo has aprendido a ocultar tus verdaderos sentimientos?”, replicó Miguel, con una mirada desafiante. Eras más grande  Raúl, pero más torpe, en tus peleas conmigo siempre llevabas las de perder. No lo olvidemos.

 

Marta, intervino  incómoda. Chicos, estamos aquí para celebrar, el reencuentro no para revivir viejas rencillas.”

 

“¿Qué hay que celebrar?”, interrumpió Ismael, su voz cargada de frustración. Yo malvivo con un salario miserable, yo que me esforcé estudiando más que ninguno mientras que otros como Raúl se hacen ricos de la noche a la mañana.

 

Eso no es culpa mía”, replicó Raúl, su tono defensivo. También yo he trabajado duro.”

 

“¿Trabajar duro? ¿O simplemente tuviste suerte?”, dijo Miguel, cruzando los brazos. La vida no es justa, y tú lo sabes.

 

Intervine entonces conciliador:A veces, la suerte y el esfuerzo se entrelazan. Pero lo que realmente importa son las decisiones que tomamos”.

 

“¿Decisiones? ¿Cómo dejar que Miguel me maltratara?” preguntó Raúl. “Aún conservo la cicatriz de cuando en una pelea me rompió la cara, eso fue una tortura continuada.”

 

Ismael era quien me gustaba, aunque finalmente acabara con Miguel” añadió Marta, mirando a su exnovio. Tal vez me equivocara, pero es lo que hay.”

 

Ismael suspiró. Elegiste a Miguel porque era el macho alfa, el listo, el guapo. Sabéis que escribo y que a pesar de querer contarme a mí mismo mi historia, no encuentro la fórmula y además eso no cambiaría la realidad.

 

“¿Y yo?”, interrumpió Rubén. todos me queríais porque era un tonto útil. Sí, lo voy a confesar, cuando  Marta tomó la decisión de dejar de lado a Ismael fue porque yo, por quedar bien con Miguel, le di una nota falsa que supuestamente le había escrito a Lucía, y eso provocó su ruptura.

 

He venido porque quería ver qué había hecho la vida de vosotros y porque no imaginaba a Raúl millonario y poderoso. Quizás haya un poco de justicia en todo esto.

 

Los vi como cuando contemplamos una obra dramática. Casi me alegro de llevar una vida simple. Me recosté y mis ojos empezaron a cerrarse. La tormenta afuera seguía y los viejos amigos saldaban cuentas con el pasado, y enseñaban las viejas cicatrices que las heridas de juventud habían dejado en su piel y en su alma, esperando que la tempestad amainase.