HERIDAS ANTONIO LLOP
Ricardo fue mi primera herida. Le perseguíamos en el recreo
por el patio hasta que le arrinconábamos en la nave destinada a los servicios.
¿Por qué? Olía a miedo y eso los niños lo detectábamos rápido. Y además nuestro
espíritu gregario necesitaba alguien a quien hostigar. Me interpuse ¡Dejadle,
pobrecillo! El jefe de la cuadrilla me señaló. Entonces peguémosle a él.
La patada que más me dolió fue la que me vino por la
espalda. Ricardo había aprendido la lección.
A alguien había que castigar.
La segunda herida fue Lucio. Venía del pueblo a nuestro
barrio ciudadano. Traje clásico con la chaqueta corta entallada de finas
solapas, rectos bolsillos laterales, y un pañuelito despuntando en el bolsillo
superior. La imagen se completaba con un pelo cortado a cepillo y unos
pantalones de tubo. Le integré en el grupo. Joder, Toni. ¿De dónde has sacado a
este paletillo? Ni se te ocurra llevarle con nosotros a la disco. Dijo el
cabecilla de la panda. No te preocupes, Lucio. Nos vamos al cine Mundial. Echan
una del oeste.
Le enseñé a vestirse más moderno, a peinarse de otra forma.
Un día le vi con la chaqueta mucho más larga, los bolsillos laterales
inclinados, dos en el lado derecho, las solapas generosas y los pantalones
anchos barriendo el suelo. Su pelo ya montaba ambas orejas. Entonces de Lucio
pasó a Lucky. Vente a la disco Lucky. Deja a ese hortera de Toni que se vaya solo
al cine. Y se fue con ellos.
A alguien había que desdeñar.
La tercera herida fue una chica: Sofía. Gordita con generoso
acné, gafas grandes de pasta y ropa de mercadillo. Mi espíritu acogedor
funcionó otra vez. Salí con ella ante las sonrisas de mis amigos. Anda que vaya
escuerzo que te has echado, Toni. La aconsejé una dieta con menos grasa, la
acompañé a una tienda de ropa para jóvenes, a discotecas, a eventos culturales.
La di confianza. Ella se empoderó, cambió sus gafas de pasta por unas finas metálicas,
el acné la fue desapareciendo y los restos los disimuló con maquillaje.
Un día me dejó. Había aceptado la compañía del que más la
había despreciado.
A alguien había que abandonar.
Dejé de contar mis heridas. Las físicas, las de golpes, me
dejaron cicatrices en el cuerpo. Las otras, las que más me dolieron me las
dejaron en el carácter. Con unas curtí mi piel, con las otras alerté mi
confianza. Pero nunca endurecí mi mirada.
Procuré no ser nunca alguien que humilla, degrada o
abandona.
EL TATUAJE JUAN
SANTOS
Hoy he perdido todas las esperanzas de reconciliarme con mi
primera novia. La ruptura fue por mi culpa. Por un accidente maldito que yo no
pude evitar. Mil veces le he pedido perdón, pero no ha servido de nada.
Éramos dos adolescentes y nos gustaba dar paseos con
nuestras bicicletas. Un día se me ocurrió decirle que fuéramos al río. Ella no
quería, porque el camino era pedregoso con muchos baches. Yo le insistí, tiré
delante y ella me siguió. A penas habíamos salido del pueblo, cuando su rueda
delantera pilló un guijarro suelto y resbaló hasta ir al suelo. Ojalá y me
hubiera caído yo. Del impacto se rompió la tibia de la pierna derecha, con una
herida abierta que tuvieron que darle veinte puntos. A los pocos días, cuando
fui a verla a su casa, muy enfadada, cortó la relación conmigo. Yo no me había
caído ni me había roto nada, pero sus palabras abrieron una herida en mi alma
más grande que la de su pierna.
Cuando se curó, le quedó una cicatriz de la rodilla para
abajo que le afeaba su bonita pierna hasta el espanto. A mí no me importaba, la
veía con remordimiento y me moría de ganas de volver a su lado. Sin embargo,
ella me miraba con indiferencia sin imaginar la cicatriz que yo tengo por
dentro.
Esta tarde la he visto pasear con otro novio de la mano.
Sobre la cicatriz se ha puesto un tatuaje precioso de una ramita con flores.
Con este gesto estoy seguro que se ha olvidado por completo de mí. La pena es
que yo no puedo tatuarme con nada la cicatriz de mi corazón.
CICATRICES MARÍA
ISABEL RUANO
(Desde el más íntimo yo)
Puedo acariciar las cicatrices de mi cuerpo y recordar el
dolor que las causaron.
Algunas, por diminutas, se han fundido con los pliegues de
la piel.
Otras, aunque invisibles a la mirada ajena, no han terminado
de sanar.
Son las que más duelen, las que oscurecen la mirada y hacen
llorar al corazón.
Llevan el apelativo de la traición, la mentira y del engaño.
El amargo sabor de la decepción.
Con ellas crezco cada día, procuro olvidarlas y sonreír.
Porque la vida, aún en los peores momentos, ha sido generosa
conmigo.
Me ha hecho sensible, muy sensible a la belleza y al
sufrimiento ajeno por igual.
Al amanecer de cada día, a las flores y a los pájaros, a los
árboles y a los ríos,
A la mirada de los niños, al declive de los años y a la
puesta de sol.
A la esperanza de que, siempre algo bueno puede suceder.
Con estas sensaciones abrazo la mañana, trabajo y escribo,
me asomo a esta ventana virtual de anónimos lectores.
Salgo a la calle, respiro, camino fuerte y agradezco cada
día
El privilegio de estar, sanar, caminar y vivir.
(Mientras escribo esta reflexión, entre la prosa y el verso,
ha dejado de llover, el sol rompe las nubes y todo a mi alrededor se llena de
luz. Aunque sólo sea por momentos como este, merece la pena estar y seguir
enfrentando la vida con ilusión.)
LA INVITACIÓN MANUEL GIL
Conduciendo el autobús, les llevaba desde el aeropuerto a
la Villa Tamaulipas, venían de España, porque Raúl, el que contrató mis
servicios, los había invitado. Eran un grupo, una pandilla de antiguos
compañeros de instituto. Oí comentarios sobre la fortuna que había heredado, lo
cuchicheaban con sorna y en voz baja.
La tormenta
que se desató, hizo la zona peligrosa por los corrimientos de tierra, y tomé la
decisión de parar y buscar refugio en una casa al lado de la carretera. No lo
tomaron bien, pero no tuvieron más remedio que aceptar mi autoridad.
“¡Esto es un desastre!”, exclamó Marta, la más elegante y sofisticada,
sacudiendo la melena recién liberada del pañuelo. “¿Por qué no nos quedamos en el autobús hasta que
pase la tormenta?”
“Y
esperar a que nos arrastre un corrimiento de tierras, ¿no?”, respondió Rubén, con tono sarcástico. “Mejor busquemos refugio.”
Así fue como, tras unos minutos de discusión, el grupo se
encontró en el interior de la modesta vivienda. La única habitante, una señora mayor, les ofreció un poco de café y galletas. Mientras se
acomodaban en la sala.
Yo, me senté a observarlos, estaba cansado, y me reconfortó aquel café, aunque enseguida
noté que algo flotaba entre ellos, que le daba una extraña tensión al ambiente.
“¿Os acordáis cuando Raúl se atrevió a confesarle a Marta
que le gustaba?”, oí que decía Ismael, rompiendo el hielo, con voz cargada de
ironía.
“Sí, y
cómo Marta eligió a Miguel”,
añadió Lucía, mirando a Raúl
con una mezcla de compasión y reproche. “Eso debió dolerte, ¿no?”
Raúl se encogió de hombros. “Eso fue hace años. He cambiado.”
“¿Cambiar? ¿O solo has aprendido a ocultar tus verdaderos
sentimientos?”, replicó
Miguel, con una mirada desafiante. “Eras
más grande Raúl, pero más torpe, en tus
peleas conmigo siempre llevabas las de perder. No lo olvidemos.”
Marta,
intervino incómoda. “Chicos,
estamos aquí para celebrar, el reencuentro no para revivir viejas rencillas.”
“¿Qué hay que celebrar?”, interrumpió
Ismael, su voz cargada de frustración. “Yo malvivo con un salario miserable, yo que me esforcé estudiando
más que ninguno mientras que otros como Raúl se hacen ricos de la noche a la mañana.”
“Eso no
es culpa mía”, replicó Raúl,
su tono defensivo. “También
yo he trabajado duro.”
“¿Trabajar duro? ¿O simplemente tuviste suerte?”, dijo
Miguel, cruzando los brazos. “La
vida no es justa, y tú lo sabes.”
Intervine entonces conciliador: “A veces, la suerte y el esfuerzo se
entrelazan. Pero lo que realmente importa son las decisiones que tomamos”.
“¿Decisiones? ¿Cómo dejar que Miguel me maltratara?” preguntó Raúl. “Aún
conservo la cicatriz de cuando en una pelea me rompió la cara, eso fue una
tortura continuada.”
“Ismael
era quien me gustaba, aunque finalmente acabara con Miguel” añadió Marta,
mirando a su exnovio. “Tal
vez me equivocara, pero es lo que hay.”
Ismael suspiró. “Elegiste a Miguel porque era el macho alfa, el listo, el guapo.
Sabéis que escribo y que a pesar de querer contarme a mí mismo mi historia, no
encuentro la fórmula y además eso no cambiaría la realidad.
“¿Y yo?”,
interrumpió Rubén. “todos me queríais porque era un
tonto útil. Sí, lo voy a confesar, cuando
Marta tomó la decisión de dejar de lado a Ismael fue porque yo, por
quedar bien con Miguel, le di una nota falsa que supuestamente le había escrito
a Lucía, y eso provocó su ruptura.
He venido porque quería ver qué había hecho la vida de
vosotros y porque no imaginaba a Raúl millonario y poderoso. Quizás haya un
poco de justicia en todo esto.
Los vi como cuando contemplamos una obra dramática. Casi
me alegro de llevar una vida simple. Me recosté y mis ojos empezaron a
cerrarse. La tormenta afuera seguía y los viejos amigos saldaban cuentas con el
pasado, y enseñaban las viejas cicatrices que las heridas de juventud habían
dejado en su piel y en su alma, esperando que la tempestad amainase.