31/10/2025

EL PREMIO DESIERTO 2

 

EL PREMIO QUEDÓ DESIERTO                                  MANUEL GIL

Jaime se sentó en un rincón sombrío de la biblioteca, donde la luz era tenue, como si buscara refugio de la realidad que le rodeaba. Frente a él, un portátil sustituía la hoja en blanco, el lienzo virgen esperando ser manchado con la tinta de su alma.

La noticia de la fiesta había llegado a sus oídos como música celestial, acudiría Elsa, la musa que habitaba sus pensamientos. Esa fiesta tenía fama de emparejar cuerpos y almas, más los primeros que las segundas, porque en el transcurso de la misma, muchos chicos y chicas habían perdido virginidades y estrenado amores, aunque fueran tan fugaces como la fiesta misma. Sabía que ella era una romántica que leía a Jane Austen y que amaba la poesía, él también compartía eso, y por ello la mayoría lo consideraba un rarito, pero no se arredraba, desde que coincidieron en la facultad siempre había sido amable con él, pero nunca logró sentirse próximo a ella. Había decidido escribirle un poema que como las trompetas de Jericó derrumbara sus muros.

Mientras los pensamientos se agolpaban en su mente, la sombra de su rival apareció: Raúl, el capitán del equipo de waterpolo, un tío de músculos esculpidos que desbordaba confianza. Un ligón nato, siempre rodeado de admiradoras. Sabía que él también andaba tras la diosa que había encendido su deseo. Jaime sintió que la arena del tiempo se deslizaba entre sus dedos; debían florecer las palabras, y rápido.

Así, el desierto de su inspiración se extendió ante él, vasto y árido. Se imaginó recorriendo sus dunas, cada grano de arena un verso perdido que anhelaba ser hallado. Las palabras danzaban en su cabeza como espejismos en el horizonte, prometiendo y negando al mismo tiempo. Pero para germinar, la poesía requería el maná de la belleza, aquella esencia efímera capaz de abrir las fauces de la reseca tierra y hacer brotar de sus entrañas imposibles pétalos de ilusión.

Mientras escribía, el calor ardiente del deseo lo consumía. Sus palabras fluían repletas de metáforas que evocaban paisajes de sueños marchitos, pero también de promesas aún por cumplir. Una sinfonía de anhelos desplegando sus suaves notas al son del teclado y que lo guiaba a través de un mundo inhóspito, donde cada línea arrastraba la esperanza de alcanzar el oasis de Elsa.

Finalmente, el poema estuvo listo, un destello de su alma que ofrecía vulnerabilidad.

El día de la fiesta con el corazón como un tambor se acercó a ella y con una sonrisa tímida se lo entregó. Su hermoso rostro se mantuvo impasible, él la observó mientras parecía leer, levantó la vista y la indiferencia de su mirada fue un golpe helado; el eco de sus versos se desvaneció en el aire como un susurro ahogado.

La fiesta continuó como era previsible entre universitarios: música, risas, copas, besos, roces en algunos con más suerte. Vio como Raúl también había hecho sus intentos sin demasiado éxito. Elsa no se separó de otra hermosa muchacha con la que no paraba de bailar alocadamente. Incluso pudo ver como ambas se reían cuando los miraban a ellos. La sombra de la desilusión le atravesó como un rayo, revelando la cruda realidad, aunque le consoló pensar en el otro candidato. Esa noche al menos el premio había quedado desierto.


 

EL PREMIO                                                                             MARÍA ISABEL RUANO

Fue el desierto con su arena y con su luz.

Con los hombres y sus dromedarios esperando

vestidos de polvo y azul.

El calor sofocado por las nubes

el color de la arena ocre y amarilla, muy fina.

El vértigo de la subida

la obediencia noble de los animales

sacrificando su altura ante nosotros,

soportando el peso de cuerpos asustados

balanceándose con recelo.

El premio no fue la anhelada puesta de sol

desde la loma del desierto.

El premio fue la magia del desierto

salpicado de lluvia y cambiando de color.

La risa y el miedo, el olor desconocido,

las deslumbrantes imágenes,

el viento y la humedad.

La tangible sensación de que todo era real

que no se volvería a repetir,

que para ellos cada día sería rutina

con nuevas, nuevos turistas.

Que para mí fue una experiencia única,

un regalo de arena, lluvia y luz.

 


 

DESILUSIÓN                                                               JUANA DOMÍNGUEZ

No he tenido suerte nunca. De niña, cuando en el cole sorteaban un premio, siempre salía cualquier número que yo no hubiera elegido, cualquiera menos el que yo llevaba. Mi desilusión era grande. El regalo no era ni valioso ni necesario, cualquier fruslería para incentivar al agraciado y desilusionar al resto.

Hoy, como entonces, estoy muy desilusionada, el premio que debería haber ganado con esfuerzo y muchas horas de dedicación, se ha quedado desierto.

En pocos meses tendré que sentarme en el banquillo de los acusados, me citaron como testigo, y no sé cómo ni por qué el juez me ha declarado imputada.

Mi abogado me aconseja declararme culpable ¡Culpable! ¿Culpable de qué?

Yo estaba en el banco para consultar sobre un crédito, quería dedicarme a tiempo completo al estudio de la oposición a registradores de la propiedad, con la mala fortuna de que una banda organizada entrara en aquella sucursal a llevarse toda la recaudación: ¡ocho millones de euros! No me explico cómo podía haber tanto dinero en una sucursal del extrarradio. El banco debe estar inflando la cifra, algo oscuro deben estar fraguando.

Y yo en medio, el director me acusa de dirigir la banda criminal. Escaparon con el dinero, y se han esfumado en el aire, no se sabe de ellos y menos del dinero. Soy la única detenida. Ninguno me podrá ayudar a contradecir al director.

Llevaba diez minutos en el despacho hablando con él, contándole mis proyectos y consultándole que tipo de garantía tendría que aportar para que me dieran el crédito, cuando los atracadores abrieron la puerta del despacho y me dieron un golpe en la cabeza. Debí perder el conocimiento, lo siguiente que recuerdo es a la policía preguntándome si estaba bien.

En fin, siempre que llueve escampa. Cuando consiga defenderme de las acusaciones, volveré a emprender mis estudios. No es cosa de resignarse, tendré que buscar otro abogado y testigos que me ayuden a aclarar que yo no tengo nada que ver con los atracadores. No podrán hacerme cambiar de criterio, defender mi verdad está por encima de cualquier interés o planteamiento que me propongan para disuadirme.

Y nunca más pediré crédito a ningún banco.


 

 EVA                                                                           ARACELI DEL PICO

 

  Se lo contaba absolutamente todo. Tenía fe ciega en ella. Y nos conocíamos desde la niñez. Siempre fue mi paño de lágrimas y el abrazo a compartir, cuando algo salía redondo. Y estaba convencido de que, si algo salía así, es porque ella estaba cerca.

 

  Desde niño y creo que, sin pretenderlo, ella alimentó mi lívido. Y en cuanto la pubertad me cambió, y el bello empezó a cubrir determinadas partes de mi cuerpo y la pelusilla me hacía cosquillas en la cara, iba perdiendo parte de la timidez que siempre me había atenazado.  Y si, di el consabido estirón, convirtiéndome en el chico más alto de mi clase, además de fluctuaciones emocionales que no podía disimular.

 

  Mis padres presumían de chaval y los amigos cercanos con más o menos fortuna, siempre me dedicaban alguna lisonja. Y si, cierta timidez había desaparecido, pero el rubor acudía a mis mejillas cuando tales lisonjas eran acumulativas. Si ella estaba presente se reía.

 

  Tampoco era mal estudiante. Y cuando tuve que pensar en mi futuro, lo tuve claro, el campo de las letras sería el elegido.

 

  Lógicamente también ella iba cambiando. De niña delicada, dulce y con gracia. De adolescente mantenía la gracia y aumentaba en belleza. Empezó a desarrollar unas curvas envidiables y un dominio sobre la mayoría, que ya hubiera querido Cleopatra, en algunos momentos.

 

  Y un buen día que su coqueteo fue un poco más allá de nuestros juegos de manos, nos hicimos amantes. Alcancé el cielo atravesando todos los planetas, y esquivando estrellas. Y me propuse estudiar a fondo, para ofrecerle el mejor de los futuros, y cuanto antes.

 

  Tenía facilidad para los idiomas y me pareció que profundizar en aquellos que no eran los más habituales, me proporcionaría un plus en mi carrera. No quería lenguas muertas. No, ¿para qué? Pero si lenguas minoritarias que me hicieran necesario como traductor. Comencé a viajar sin descanso. Recalé en Armenia. Tenía simpatía por un pueblo que había sido masacrado por diversos países y durante muchos años.

 

  Su alfabeto había sido creado por un monje Mesrop Mashtots, en el año 405, era una fusión de cifras y letras que acaparó mi atención. Y volví a España deseando plasmar en un libro aquello que había calado muy dentro de mí.

 

  Mientras regalaba y recibía caricias perdido entre los pliegues de aquellas suaves sábanas, le expuse a ella la intención de presentar mi obra a un concurso literario de ámbito internacional. Cogió mi cara con sus manos, acercó sus labios a mi oído, y dijo: no dejes de hacerlo y cuanto antes.

 

  La obra estaba terminada, repasada y ajustada por mi editorial y lista para presentar a concurso al día siguiente. No me separaba de ella. Reposaba en la mesilla de noche, junto a mí. Y mi obra y yo junto a ella.

 

  Amanecía, cuando un rayo de sol irrumpió a través del ligero visillo, extendí mis brazos para estrecharla una vez más. No estaba. Giré la cabeza. El libro tampoco.

 


 

O FILLO DA NAVALLA*                                                                            SANTIAGO J. MARTÍN

Desgraciadamente tuvieron que amputarle la pierna derecha al Suso. No pudieron los médicos hacer nada por salvársela. El rapaz está abatido, y eso que aún no entiende ni una cuarta parte de todo lo que aconteció.

Todo empezó cuando el neno se levantó el jueves con la fijación de marchar a Vigo a ver a su padre. Solo no iría, claro. Un niño con 8 años no se puede mover por su cuenta de un lugar para otro, y eso que es bastante autónomo.

Vaya que lo es, si no, jamás hubiera podido encargar un machete de caza boker con la inscripción Al mejor papá del mundo. Le encantaría. Es lo bueno y lo malo de tener un primo mayor indecente viviendo cerca de ti, te consigue cualquier cosiña.

Se sentía extraño, con pena, de pasar aquel día del padre lejos de él, además también era su santo. Tampoco fue fácil convencer a Martiña para acercarle a la ciudad. Pobre Martiña, también.

No entendía el rapaz que sus padres no estuvieran juntos y cualquier oportunidad de verlos uno junto al otro, a él, le parecía un premio para sus ojos.

Aquella mañana, Xosé, había bebido lo normal en una víspera de festivo, es decir, mucho, muchísimo.

Llegaron a la casa a eso de las 11 de la mañana. Martiña no quería subir, no necesitaba más berrinches violentos. Estaba cansada de tanto insulto que caía sobre su cara como un orballo insistente cada vez que se veían.

-          Mira, Suso, sube tú solito hoy que la mami se va a comprar unas cosas a la farmacia, para la avoa, que está malita.

-          ¿Qué le pasó a la abuela?

-          Nada, una gripiña de nada, pero necesita unas pastillas.  Luego te recojo.

Pero el Xosé no contestaba al portero automático y, ante la insistencia del neno, que era muy teimudo, tuvo que subir con él aprovechado que un vecino salía del portal con su perro.

Tardó en abrir el padre y apenas podía despegar los ojos de la resaca. Les invitó a pasar y el crío tiró de la madre hacia dentro de aquel cuchitril que parecía una porqueira. Martiña pasó y no debía haberlo hecho.

Luego todo fue muy rápido. El rapaz que sacó de su bolsillo el paquetiño con la navaja dedicada. El padre que lo abre. Martiña que no comprende cómo pudo conseguir aquello su hijo.

-          Suso, y ¿tú cómo has podido hacerte con eso?

-          Deja al neno. No ves que él sí me quiere, estúpida.

A ese insulto le siguieron muchos más, y zarandeos y golpes, con Suso paralizado en medio de la estancia inmunda.

Luego, como ya dije, todo fue muy rápido. La primera cuchillada le llego a Martiña en el cuello. La hoja se hundió hasta la palabra mejor. Le siguieron muchas más por todo el cuerpo hasta que el neno reaccionó y se puso delante. Una de esas puñaladas se hundió hasta papá por debajo de su ingle. Cuando el Xosé se dio cuenta de que había herido a su hijo, el niño ya parecía muerto en el suelo, desangrándose. La madre no lo parecía, lo estaba.

Entonces hizo lo que estos cabrones acostumbran, clavarse la navaja en la yugular, lo suficiente para acabar con su vida, hasta mundo.

Y el mundo de Suso se tiñó definitivamente de un nuevo color y cambió por completo.

 

*EL HIJO DE LA NAVAJA