19/12/2025

UNA TIERRA SIN NAVIDAD

 

LA ESTRELLA ANUNCIADORA                                     MANUEL GIL

 

En ese rincón de la tierra marcada por cicatrices y escombros, Yaser se encontraba en una encrucijada, angustiado por la incertidumbre y el miedo. Sus pasos dudosos resonaban en la arena como ecos de un pasado que se desvanecía entre las sombras de la guerra. Dos veces ya, los ataques implacables del ejército hebreo habían bloqueado su camino, dejándolo atrapado en un laberinto de destrucción y desesperanza.

 

La brújula de su corazón apuntaba hacia Belén, donde Muhammad, su primo, con el que compartió infancia y tiempos felices, le esperaría y le acogería. Belén se le antojaba un oasis en medio del caos, los recuerdos aún brillaban con intensidad en la oscura noche.

 

Yaser recordaba con nostalgia esa época en la que la pobreza no era más que un matiz en su vida, y la familia, un refugio cálido y seguro. Pero el odio y la guerra habían desgarrado ese tejido frágil, dejando solo fragmentos dispersos de paz.

 

En los últimos tiempos, la figura de Sarah, la muchacha vecina a la que en silencio veneraba, se convirtió en su obsesión. Ella, con la frescura de la inocencia hecha añicos por la sombra de un embarazo no declarado, se aferró a él como una última vía de supervivencia en medio del infierno.

 

El destino había sido cruel y caprichoso. Su hermano, un integrista combatiente de Hamás, suponía una amenaza que alimentaba aún más su temor y desesperación. Yaser, enamorado como un anciano que aún alberga sueños imposibles, le propuso matrimonio, asumiendo una paternidad que solo existía en sus sueños, pero que en ese momento se convirtió en su acto de salvación.

 

La imposibilidad de dirigirse a Cisjordania, cercada por los obstáculos y la violencia, le llevó a cambiar de planes. El paso de Rafah, un puente precario entre la vida y la esperanza, podía ser su única vía, huir a Egipto, hacia un refugio donde quizás el sol pudiera volver a brillar.

 

En aquella noche de diciembre, en medio del caos, comenzaron a huir entre multitud de refugiados, que como sombras se dirigían hacia donde pensaban que al menos estarían seguros contra los bombardeos. Se abrieron paso con un pequeño asno que cargaba con Sarah.

 

Compraron el animal a un aldeano que había perdido todo, como ellos, en la vorágine de la destrucción. Yaser, con el corazón apretado por la angustia, miró al cielo, donde una estrella parecía brillar con una intensidad inusual, como si quisiera guiarlos en aquella noche sin luna.

 

El frío y el terror se asentaron en sus huesos cuando Sarah empezó a sentir contracciones violentas, el dolor que amenazaba con complicar más aún la difícil situación. La noche se cerró sobre ellos como un manto de sombras, y en medio del pánico, encontraron refugio en un cobertizo medio derruido, que había formado parte de una casa reducida a escombros.

 

Allí, en ese hueco oscuro y sucio, Yaser la acomodó como pudo en lo que parecía un comedero de animales, un lugar donde esperar la llegada de esa nueva vida que desafiaba la muerte y el miedo. El hombre, desesperado, pensó en buscar ayuda, en gritar hacia el vacío, en rogar a la suerte que aún parecía jugar con ellos.

 

Cuando salió del refugio, sus ojos vislumbraron un convoy que avanzaba por la polvorienta carretera, como una aparición en la penumbra. Sin saber quiénes eran, Yaser sintió que la providencia aún no los había abandonado: eran ayuda humanitaria, un rayo de esperanza entre las sombras.

 

Logró que un médico los acompañara al cobertizo, donde Sarah, entre espasmos de dolor, mostraba ya la cabeza del pequeño asomándose al mundo. El tiempo pareció detenerse en esa angustiosa escena. Yaser sostuvo finalmente en sus brazos al hijo de Sarah, una criatura de ojos abiertos que parecía contemplar serenamente al caos.

 

No pudo contener las lágrimas, que rodaron por su rostro como ríos desbordados por el llanto de la tierra herida. Desde esa posición, con el pequeño en sus brazos, salió al exterior para mirar hacia el cielo, buscando la estrella que en su brillo más intenso, parecía señalarles un camino.

 

Entonces, algo cambió en su percepción. La estrella se tornó en un faro de destrucción. De ella partían haces fulminantes, rayos de un poder desconocido que al tocar el suelo explotaban en un estallido de fuego y escombros.

 

La visión de ese espectáculo, aterrador, le hizo comprender que no estaban solos en esa noche de pesadillas. La tecnología de los drones, esas bestias mecánicas de destrucción, acechaban desde las alturas, como ángeles vengadores.

 

Yaser supo que debía huir. Corrió de regreso al refugio, tomó con urgencia al asno, a Sarah y a su pequeño, y en un acto de voluntad desesperada, se preparó para abandonar aquel lugar de muerte.

 

La luz de la estrella, ahora transformada en una llamarada de destrucción, iluminaba su camino como una sentencia y una esperanza al mismo tiempo. Tras un silbido interminable, la explosión final fue como un trueno que se llevó los restos de su mundo, dejando solo la promesa de seguir adelante, de buscar un destino más allá de los escombros, guiados por esa estrella que, en su fulgor, parecía decirles que aún en medio del apocalipsis, la luz puede renacer.


 

LA CASA DE LA BIENVE                                              JUAN SANTOS

Era un pueblo totalmente desconocido para mí. Cuando estuve allí con mi mujer y mis hijos para el puente de la Constitución, nos pareció un sitio ideal para pasar la Nochebuena. Me temo que tendrán ustedes que buscar otro sitio, nos dijo el alcalde. En Jamila hace más de veinte años que no celebramos la Navidad. Los cinco habitantes que sobrevivimos, solemos irnos a Valdepeñas con nuestras familias todas las fiestas mayores. Esto se convierte en un pueblo fantasma. Aquí no quedan ni las ánimas benditas.

Eso no es problema. Todo lo contrario. Nosotros no necesitamos a nadie, siempre que tengamos un sitio donde estar a gusto y resguardados del frío. Nos apetece la tranquilidad. Aborrecemos los abetos de colores, los ruidos de los petardos y las campanas de Belén. Estamos hartos de reuniones familiares, de corderos, de langostinos, de cavas y de turrones.

Pues si ustedes tienen el gusto de pasar unos días aquí, aludió la alcaldesa, mi sobrina, Bienve, tiene una casa amueblada para alquilar.

La vimos y nos encantó el toque rústico de las habitaciones, sus muebles antiguos y su chimenea de leña.  Pero lo que más nos atrapó fueron las camas de hierro y latón con los colchones de lana, como las de nuestros abuelos. Mi mujer fue la primera en animarme. Así que, sobre la marcha, reservamos para el veinticuatro y el veinticinco de diciembre, con la opción de quedarnos hasta el treinta y uno.

Nos fuimos muy ilusionados y no quisimos comentarlo con nadie, no fuera que algún amigo, o alguien de la familia, se agregara a nosotros.

Lo malo fue, que conforme se iba acercando la fecha, mi mujer empezó a tener dudas. Según ella, por muy bonito que fuera el lugar, una cosa era huir del bullicio de Madrid y otra muy diferente, ir a un pueblo, perdido en mitad del campo, donde, según la alcaldesa, para la Navidad no quedaban ni los muertos. Pues haberlo pensado antes, maja. Hemos dado un dinero como señal y no estoy dispuesto a perderlo.

Sospechaba que los niños, al enterarse que allí no llegaba Papa Noel, se quedarían con su abuela. Lo que no podía imaginar es que mi mujer se echara atrás de semejante manera. De nada sirvió suplicarle. Ni siquiera entró en razones, cuando le dije que sería una segunda y romántica luna de miel. La verdad es que hasta hoy no había perdido la esperanza. Le había comprado un regalo precioso que escondí en el coche y ahora no sabía qué hacer con él.

Esta tarde, a la hora de venir, se ha puesto en jarras, diciéndome que ella no se movía de Madrid, que además habían dado nieves en la tele y era una locura viajar. Vete tú solo. Lo ha dicho de farol. No me creía capaz.

Al llegar a Jamila, me ha sorprendido la iluminación del árbol de la plaza. Agradezco al alcalde y a su señora la atención que han tenido antes de marcharse, pero lo he desconectado, ipso facto. No quería ver nada que me recordara la Navidad y mucho menos el alumbrado de Madrid.

La Bienve nos estaba esperando en su casa con la chimenea encendida. Se ha sorprendido al verme solo.

―Tómate algo conmigo antes de irte, le he sugerido.

― No, que está empezando a nevar. Además, no quiero romper tu tranquilidad.

― No te preocupes por mí. tómate algo, mujer, a ver si escampa.

El tiempo se ha complicado, en la espera, hemos cenado juntos y al final le he dado el regalo que tenía para mi mujer. Ya hay quince centímetros de nieve, me temo que tendrá que quedarse a dormir.


 

LA PRIMERA NAVIDAD                                               JUANA DOMÍNGUEZ

Pasó hace mucho tiempo, mucho. El niño Dios de los cristianos aún no había nacido.

Era una tierra rica en recursos, sus moradores trabajaban la tierra, y cazaba los animales que se criaban en abundancia en ella. El invierno era muy largo y frío, las noches interminables les sumían en la tristeza, y surgían peleas entre ellos por naderías. El guía espiritual de aquella tribu decidió que celebrarían una gran fiesta para evitar más tensiones, tenerles ocupados les relajaría el espíritu.

El chaman, había estudiado el firmamento durante su larga vida, sabía cuándo el sol remontaría hacia el norte y los días empezarían a crecer y a ser más luminosos. Aquel año la última cacería fue de las mejores, una manada de gamos había cruzado su territorio y los tenían almacenados en pozos de nieve. Había mucha carne, más de la necesaria para el consumo anual.

El chaman designó el día apropiado para aquella gran noche de fiesta. Una semana antes los hombres acarrearon leña para hacer un gran fuego que les alumbrara y calentara toda la noche. Las mujeres prepararon todo tipo de guisos y platos suculentos para celebrar aquella noche sagrada, se la dedicarían al dios del sol en agradecimiento por su vuelta y su calor.

Mairim, una joven sin familia que la tribu recogió en primavera, en una de las salidas de caza, estaba embarazada, no sabía de cuánto tiempo. Contó a la curandera cuando la recogieron, que unos lobos habían matado a su compañero cuando se dirigían a su poblado, ella, en la huida de aquellos depredadores se había perdido, si no la hubiera encontrado un mes después, habría muerto de hambre.

Era una joven divertida, a pesar de lo cruel que la vida fue con ella, sabía contar muchas historias, algunas las cantaba con voz dulce y melodiosa.  Desde su adopción por la tribu, intentaba entretenerles para que no pelearan, la violencia la angustiaba.

Jonfe, el hijo mayor del jefe de la tribu, sería el heredero cuando su padre muriera. La miraba con ojos tiernos, estaba casado y tenía tres hijos, pero andaba rumiando acogerla en su casa y hacerla su segunda esposa, no se decidía por el parto inminente de Mairim, que ya no podía disimular con las ropas que le dio la curandera, para vestirse.

La tarde de la fiesta, empezó nevando copiosamente, parecía que el cielo no quería que celebraran la noche del solsticio. Los hombres improvisaron un techo con ramas y troncos en la explanada central de su poblado. Allí encendieron el fuego, no estaban dispuestos a que se perdieran todos los alimentos que habían preparado las mujeres.

Mairim cantó y bailó para todos. Una vez saciados y algo alegres por la bebida fermentada que preparaban en la casa del Cuervo, se sentó frente al fuego y comenzó a contar historias, unas reales de su vida anterior y otras fabuladas, tenía una capacidad extraordinaria para ello.

Casi amanecía cuando tuvo que interrumpir su serenata, un dolor insoportable le salía de vientre. La curandera se la llevó a su casa, y al poco dio a luz un niño blanco y sonrojado, que los miraba a todos con ojos redondos y curiosos.

El chaman vio en él a un elegido, aquel niño les traería mucha fortuna, tenían que acogerle y enseñarle a ser uno más entre ellos.

Jonfe, rogó que le dejaran tenerlos a los dos en su casa, su primera esposa estaba de acuerdo, Mairim la proporcionaría ayuda en el trabajo diario, y sus canciones y cuentos enseñarían a sus hijos a entender otra realidad.

Pasó mucho tiempo, aquel pueblo siguió recordando el nacimiento del niño que les trajo fortuna, llegando a ser un gran jefe.

Hoy todavía se celebra el solsticio de invierno. Los descendientes de aquella tribu siguen esperando que el sol deje de viajar al sur y cambie de rumbo, para celebrar la gran fiesta del año.