25/04/2025

CAMINANTES 1.

 

CARTA A MI NIETO                                                               JUAN SANTOS

Querido nieto:

Ahora que has empezado a caminar y no tienes conciencia del camino, somos tus padres y abuelos los que guiamos tus pasos. Te llevamos al colegio y al parque cogido de la mano para que no te caigas ni cruces los semáforos en rojo.

A medida que vayas creciendo, dejaremos que tú solo dirijas tus pasos. Nos gustaría que siguieras nuestro camino, el camino de la honradez y del trabajo. A lo largo de tu vida, te encontrarás muchos obstáculos: cuestas arriba, cuestas abajo, curvas y encrucijadas. Unas veces andarás en la cuerda floja y otras, todo irá sobre ruedas. Lo importante es que no te pierdas y encuentres la senda de la felicidad. En tu peregrinar, sé tú mismo y no te dejes arrastrar por la inercia del rebaño. No te pares, estudia, aprende y lee mucho. Lucha por tus ideales y por tu verdad. Ámate a ti mismo, ama a tu familia, a tus amigos y siente empatía por los demás. Sé prudente. Mira dónde pisas, comprueba que es tierra firme y después sigue adelante, no te amilanes. Mira para atrás para aprender de tu experiencia y recordar los momentos felices. Ten inquietudes. Ama sin límites, come con moderación y bebe lo que te apetezca, sin llegar a perder la razón ni el equilibrio.

No te metas en los charcos, ni en jardines prohibidos. Si tienes que adelantar, hazlo con deportividad, sin poner zancadillas, ni dar codazos.

Es difícil imaginar las nuevas bifurcaciones que aparecerán en el siglo que te ha tocado vivir. Dios quiera que no te topes con direcciones obligatorias, ni tengas que saltar vallas con concertinas, ni seas víctima de deportaciones.

Si vives en Democracia, no olvides tus orígenes y vota siempre por una justicia social.

No corras nunca, disfruta del camino y, de vez en cuando, acuérdate de tu abuelo.

 


 

EL AMOR                                                       ANTONIO LLOP

A sus cuarenta años eran caminantes inseparables desde hacía veinte. Habían leído que el amor era un concepto escurridizo y mutable, pero ellos estaban seguros de experimentar realmente ese sentimiento. Convencidos de que nada desharía su unión estaban de acuerdo en vivir despreocupadamente, sin ataduras de matrimonio ni de hijos que pudieran si quiera atenuar su felicidad plena. Tenían buenos trabajos, y les gustaba salir de excursión los dos solos muchos fines de semana. Siempre tenían la precaución de consultar la meteorología para que un tiempo desfavorable no pudiera perturbar su ventura. Solían ir a la montaña, pero no desperdiciaban la ocasión de hacer recorridos por la costa, si su situación en ese momento era propicia. Y ese día aparentemente lo era.

Habían decidido irse de vacaciones a Playa de Aro. Tumbados en la arena bajo el sol, la Costa Brava con sus altos pinos asomándose a los acantilados atraía su espíritu aventurero. Tras una cena romántica en un restaurante del pueblo y la consiguiente noche de cariño decidieron madrugar al día siguiente. Recorrerían uno de los caminos de ronda marcados. Sus habituales precauciones de consulta del clima antes de una caminata no las ejecutaron por su relajación vacacional.

La mañana amaneció radiante como correspondía a una jornada veraniega. Se calzaron las botas de marcha que siempre llevaban en su maleta y vestidos con pantalones cortos y camiseta se pusieron en camino. La senda era abrupta pero estaba perfectamente señalizada. No obstante habían cargado plenamente sus teléfonos móviles. Iniciaron la ascensión con sus bastones de apoyo entre jaras y brezos que vivificaban el ambiente.

Cuando llevaban un buen trecho andando decidieron pararse a comer en una zona con unas hermosas vistas al mar. Protegidos por sus gafas de sol contemplaron la belleza de las olas batiendo contra las rocas. Su felicidad era tan plena que tras degustar unos bocatas de butifarra dormitaron al lado de una genista. Él se acordó de la canción “Mediterráneo” de Serrat. La estaba tarareando cuando de pronto el cielo se oscureció y el viento empezó a sacudir las copas de los pinos. Las olas furiosas estallaban contra las rocas del acantilado. La luz del sol se apagó y se hizo la noche en pleno día. Tras un relámpago, seguido de un trueno irrumpió una lluvia violenta sobre sus cabezas. Sacaron de sus mochilas los chubasqueros que siempre llevaban por precaución se los pusieron y emprendieron el camino de vuelta. Un aire furibundo zamarreaba los plásticos con intención de descabalgarlos de sus cuerpos. Las marcas de pintura en los troncos de los pinos y en las rocas que guiaban la senda empezaron a difuminarse. Tras caminar a ciegas entre la tormenta llegaron a la conclusión de que se habían perdido. Antes de que la cobertura de sus móviles se extinguiera alcanzaron a ver la app de noticias con la que se iniciaban los teléfonos de ambos. El aviso de una DANA para ese día parpadeaba.

-No te preocupes, cariño –dijo él-. No hay más que seguir el sonido del mar hasta que lleguemos al pueblo.

La búsqueda de ese sonido fue la que hizo que se acercaran imprudentemente al borde del acantilado. En uno de los zarandeos del viento, ella perdió pié y se precipitó por la pendiente, pero logró aferrarse a la raíz de un pino que sobresalía de la pared.

-¡Ayúdame, mi amor! –gritó angustiada.

Él se asomó al abismo decidido. Pensó que si aproximaba uno de los palos de marcha y tiraba de ella podría rescatarla. Pero debía acercarse al borde y el suelo estaba resbaladizo. Prefirió no arriesgarse, y poco a poco fue retrocediendo ante la mirada desesperada de ella.

-Iré a buscar ayuda –dijo entrecortadamente mientras abandonaba el lugar.

Colgada de forma precaria la desesperación de ella dio paso al estupor por no creer lo que acababa de presenciar. Y tras esa fase se sumió en otra de desengaño. Se dio cuenta de que el amor que ambos estaban seguros de profesarse nunca había sido puesto a prueba. Tras veinte años de relación, no conocía a su amante.

Tanteando con sus pies buscó una repisa donde reposarlos para tomar impulso. Si lograba salir de esa situación seguiría caminando. Pero él ya no sería su acompañante.

 


 

CAMINAR                                                                   MARÍA ISABEL RUANO

 

Paseo por el parque al atardecer.

Ambiente de tormenta.

 

En la ciudad

Resguardada del desapacible viento,

abrigada frente al frío, respirando lluvia,

los pies calientes, suela firme.

 

En el mar

Los pies descalzos, por el agua de su orilla,

arena fina, caricias.

Camino por la otra senda rocosa.

Botas recias, sin miedo a la caída.

 

Frente al espejo. Aceptación.

Tinte oscuro para el pelo.

Realza la mirada, esconde canas.

 

Desde la azotea

Regalo al horizonte la mirada entre la niebla,

en la noche sin estrellas, al despertar.

Los pies quietos.

Todo cambia, parece mentira, no me muevo.

No es verdad.

Paso tras paso, año tras año, los pies dormidos.

Es la vida la que guía mi caminar.