CARTA A MI NIETO JUAN
SANTOS
Querido nieto:
Ahora que has empezado a caminar y no tienes conciencia del
camino, somos tus padres y abuelos los que guiamos tus pasos. Te llevamos al
colegio y al parque cogido de la mano para que no te caigas ni cruces los semáforos
en rojo.
A medida que vayas creciendo, dejaremos que tú solo dirijas
tus pasos. Nos gustaría que siguieras nuestro camino, el camino de la honradez
y del trabajo. A lo largo de tu vida, te encontrarás muchos obstáculos: cuestas
arriba, cuestas abajo, curvas y encrucijadas. Unas veces andarás en la cuerda
floja y otras, todo irá sobre ruedas. Lo importante es que no te pierdas y
encuentres la senda de la felicidad. En tu peregrinar, sé tú mismo y no te
dejes arrastrar por la inercia del rebaño. No te pares, estudia, aprende y lee
mucho. Lucha por tus ideales y por tu verdad. Ámate a ti mismo, ama a tu
familia, a tus amigos y siente empatía por los demás. Sé prudente. Mira dónde
pisas, comprueba que es tierra firme y después sigue adelante, no te amilanes.
Mira para atrás para aprender de tu experiencia y recordar los momentos
felices. Ten inquietudes. Ama sin límites, come con moderación y bebe lo que te
apetezca, sin llegar a perder la razón ni el equilibrio.
No te metas en los charcos, ni en jardines prohibidos. Si
tienes que adelantar, hazlo con deportividad, sin poner zancadillas, ni dar
codazos.
Es difícil imaginar las nuevas bifurcaciones que aparecerán
en el siglo que te ha tocado vivir. Dios quiera que no te topes con direcciones
obligatorias, ni tengas que saltar vallas con concertinas, ni seas víctima de
deportaciones.
Si vives en Democracia, no olvides tus orígenes y vota
siempre por una justicia social.
No corras nunca, disfruta del camino y, de vez en cuando,
acuérdate de tu abuelo.
EL AMOR ANTONIO
LLOP
A sus cuarenta años eran caminantes inseparables desde hacía
veinte. Habían leído que el amor era un concepto escurridizo y mutable, pero
ellos estaban seguros de experimentar realmente ese sentimiento. Convencidos de
que nada desharía su unión estaban de acuerdo en vivir despreocupadamente, sin
ataduras de matrimonio ni de hijos que pudieran si quiera atenuar su felicidad
plena. Tenían buenos trabajos, y les gustaba salir de excursión los dos solos
muchos fines de semana. Siempre tenían la precaución de consultar la
meteorología para que un tiempo desfavorable no pudiera perturbar su ventura.
Solían ir a la montaña, pero no desperdiciaban la ocasión de hacer recorridos
por la costa, si su situación en ese momento era propicia. Y ese día
aparentemente lo era.
Habían decidido irse de vacaciones a Playa de Aro. Tumbados
en la arena bajo el sol, la Costa Brava con sus altos pinos asomándose a los
acantilados atraía su espíritu aventurero. Tras una cena romántica en un
restaurante del pueblo y la consiguiente noche de cariño decidieron madrugar al
día siguiente. Recorrerían uno de los caminos de ronda marcados. Sus habituales
precauciones de consulta del clima antes de una caminata no las ejecutaron por
su relajación vacacional.
La mañana amaneció radiante como correspondía a una jornada
veraniega. Se calzaron las botas de marcha que siempre llevaban en su maleta y
vestidos con pantalones cortos y camiseta se pusieron en camino. La senda era
abrupta pero estaba perfectamente señalizada. No obstante habían cargado
plenamente sus teléfonos móviles. Iniciaron la ascensión con sus bastones de
apoyo entre jaras y brezos que vivificaban el ambiente.
Cuando llevaban un buen trecho andando decidieron pararse a
comer en una zona con unas hermosas vistas al mar. Protegidos por sus gafas de
sol contemplaron la belleza de las olas batiendo contra las rocas. Su felicidad
era tan plena que tras degustar unos bocatas de butifarra dormitaron al lado de
una genista. Él se acordó de la canción “Mediterráneo” de Serrat. La estaba
tarareando cuando de pronto el cielo se oscureció y el viento empezó a sacudir
las copas de los pinos. Las olas furiosas estallaban contra las rocas del
acantilado. La luz del sol se apagó y se hizo la noche en pleno día. Tras un
relámpago, seguido de un trueno irrumpió una lluvia violenta sobre sus cabezas.
Sacaron de sus mochilas los chubasqueros que siempre llevaban por precaución se
los pusieron y emprendieron el camino de vuelta. Un aire furibundo zamarreaba
los plásticos con intención de descabalgarlos de sus cuerpos. Las marcas de
pintura en los troncos de los pinos y en las rocas que guiaban la senda
empezaron a difuminarse. Tras caminar a ciegas entre la tormenta llegaron a la
conclusión de que se habían perdido. Antes de que la cobertura de sus móviles
se extinguiera alcanzaron a ver la app de noticias con la que se iniciaban los
teléfonos de ambos. El aviso de una DANA para ese día parpadeaba.
-No te preocupes, cariño –dijo él-. No hay más que seguir el
sonido del mar hasta que lleguemos al pueblo.
La búsqueda de ese sonido fue la que hizo que se acercaran
imprudentemente al borde del acantilado. En uno de los zarandeos del viento,
ella perdió pié y se precipitó por la pendiente, pero logró aferrarse a la raíz
de un pino que sobresalía de la pared.
-¡Ayúdame, mi amor! –gritó angustiada.
Él se asomó al abismo decidido. Pensó que si aproximaba uno
de los palos de marcha y tiraba de ella podría rescatarla. Pero debía acercarse
al borde y el suelo estaba resbaladizo. Prefirió no arriesgarse, y poco a poco
fue retrocediendo ante la mirada desesperada de ella.
-Iré a buscar ayuda –dijo entrecortadamente mientras
abandonaba el lugar.
Colgada de forma precaria la desesperación de ella dio paso
al estupor por no creer lo que acababa de presenciar. Y tras esa fase se sumió
en otra de desengaño. Se dio cuenta de que el amor que ambos estaban seguros de
profesarse nunca había sido puesto a prueba. Tras veinte años de relación, no
conocía a su amante.
Tanteando con sus pies buscó una repisa donde reposarlos
para tomar impulso. Si lograba salir de esa situación seguiría caminando. Pero
él ya no sería su acompañante.
CAMINAR MARÍA
ISABEL RUANO
Paseo por el parque al atardecer.
Ambiente de tormenta.
En la ciudad
Resguardada del desapacible viento,
abrigada frente al frío, respirando lluvia,
los pies calientes, suela firme.
En el mar
Los pies descalzos, por el agua de su orilla,
arena fina, caricias.
Camino por la otra senda rocosa.
Botas recias, sin miedo a la caída.
Frente al espejo.
Aceptación.
Tinte oscuro para el pelo.
Realza la mirada, esconde canas.
Desde la azotea
Regalo al horizonte la mirada entre la niebla,
en la noche sin estrellas, al despertar.
Los pies quietos.
Todo cambia, parece mentira, no me muevo.
No es verdad.
Paso tras paso, año tras año, los pies dormidos.
Es la vida la que guía mi caminar.