30/05/2025

LA ÚLTIMA HABITACIÓN 2.

UN CARDO Y UNA FLOR                                MARÍA ISABEL RUANO

 

En el hotel de la dehesa

el cardo y la flor

se fueron a buscar una habitación

para yacer y hacer el amor.

Entre amapolas y espigas,

abejas y mariquitas,

sobre la tierra mojada

y bajo la luz del sol.

Él era muy alto, ella pequeñita.

Él se inclinaba, ella no llegaba.

Se miraban y sonreían.

Sobre ellos se posaron mariposas,

libélulas, moscas y mosquitos.

Pájaros que con su pico

sorbían el néctar de su amor.

De uno a la otra, del cardo a la flor,

llevaron los besos, su esencia de amor.

Sobre el campo en primavera

expandieron la semilla

del imposible amor.


 

EL BASTÓN                                         ANTONIO LLOP

A Justino le gustaba improvisar. A pesar de los consejos de Evelina, su esposa, nunca reservaba anticipadamente habitación de hotel porque ni siquiera programaba el lugar donde recalarían. Y ese pueblo, Aldeanueva de Castrillo, le había gustado cuando decidió desviarse con su coche de la carretera general.

-Mujer, es mejor ir a la aventura. La sorpresa es lo que nos hace sentir vivos.

 Llegaron a un núcleo urbano de casas donde el paso del tiempo y la lluvia había deslucido su antiguo encalado. Las calles estaban engalanadas con guirnaldas de papel de colores y por todas partes se escuchaba música de charanga.

-¿Has visto Evelina, como tengo razón? La sorpresa. Sin proyectarlo hemos llegado a un pueblo en fiestas.

Preguntaron a un lugareño por un sitio donde dormir una noche. Este les indicó una casa rural en las afueras del pueblo. Tras un camino flanqueado por una tupida arboleda llegaron a un destartalado edificio de piedra de dos plantas con ventanucos repartidos a lo largo de la fachada. Les recibió un hombre entrado en años con una escasa melena blanca recogida en una coleta.

-No nos quedan habitaciones –dijo, tras un escrutinio de desconfianza hacia los recién llegados.

-¿Ves como era yo quien tenía razón? -protestó Evelina-. Tú y tus sorpresas. Eso nos pasa por no programar el viaje.

Justino insistió con el recepcionista. Siempre guardarán algo para imprevistos. O alguna cancelación de última hora… El hombre se rascó la rala melena.

-Bueno hay una habitación que nunca hemos asignado a nadie. Estaba reservada para el marqués cada vez que venía al pueblo. Pero lo encontraron muerto en ella el año pasado. Está cerrada pero supongo que la podríamos preparar si ustedes la quieren.

Justino aceptó de inmediato dejando en evidencia a su reticente esposa.

Mientras limpiaban el cuarto fueron al pueblo a disfrutar del ambiente festivo. Tras una buena comida en una de las tascas regresaron a la Casa Rural a dejar sus mochilas en la habitación. Algunos clientes abandonaban la Residencia en sus coches.

Cuando entraron al recinto, en el mostrador en vez del hombre de por la mañana había una mujer gruesa con el pelo desordenado. Le preguntaron por su habitación.

-Ya se la he preparado. Es la 222.

Mientras les informaba que su compañero ya se había ido a la celebración y no volvería hasta el día siguiente, les entregó dos llaves de aluminio en una arandela con una chapita grabada con el número del aposento.

-Una es de la del cuarto y la otra del portón de acceso al hotel. Todos los clientes la llevan porque Narciso y yo vivimos en el pueblo. Hoy es domingo, el último día de fiestas, y parece que al final todos se van a ir. No olviden cerrar por la noche. Y mañana, si salen antes de que venga mi compañero, dejen las llaves en ese cubilete.

-Si las habitaciones van a quedar vacías ¿por qué nos han dicho antes que no quedaba libre nada más que la del marqués? –preguntó Justino escamado.

-Aquí no es como los hoteles de la ciudad. Los clientes pueden abandonar sus cuartos dentro del día sin límite de hora. Cuando llegaron ustedes todas estaban ocupadas.

La pieza era la única con ventana al exterior de la planta segunda. Entraron y revisaron por encima las dependencias. El cuarto de baño estaba limpio y la cama era aceptable. Abrieron el armario y encontraron un bastón de madera con mango de latón de estilo victoriano apoyado en un rincón.

-Esta mujer no ha limpiado a fondo – dijo Justino-. Seguro que este bastón se lo dejó el marqués antes de morir.

-No me hace ninguna gracia tenerlo aquí. Llama a la mujer y que se lo lleve –sugirió Evelina.

Justino descolgó el teléfono de sobremesa que no daba ninguna señal. Al final decidieron dejarlo abajo en la recepción. Cuando llegaron a la entrada ya no había rastro de la mujer. Antes de salir a la calle colocaron al bastón tras el mostrador. Los últimos clientes depositaban sus dos llaves en el cubilete con un tintineo apagado.

Bajaron a la plaza del pueblo donde bailaron hasta la noche. Tras la explosión del último cohete de los fuegos artificiales se hizo el silencio. Todos los festejantes se retiraron a sus casas. Justino y su esposa regresaron a la Casa Rural. La oscuridad era total. El camino arbolado carecía de farolas. Y la casa estaba totalmente apagada.

-Teníamos que haber dejado prendida la luz de fuera antes de salir. Pero con ese sol daba no sé qué –justificó ella.

Con los focos del coche iluminaron la cerradura para que él encontrara la cerradura de acceso al portón. Dentro no se oía ningún ruido, solo el traqueteo del vetusto ascensor cuando lo llamaron. Entraron a la habitación y mientras Justino dejaba en la entrada la bolsa con los productos típicos que habían adquirido, su mujer parada y mirando hacia un punto fijo del interior preguntó:

-¿Dejaste la llave de la habitación a alguien?

El hombre lo negó, dijo que la había llevado en el bolsillo todo el rato.

-¿No querías sorpresas? –continuó ella con voz extraña y sin moverse del sitio.

Justino llegó a la altura de su mujer y siguió con la vista su mirada.

El bastón estaba atravesado de lado a lado de la cama, como si el marqués reivindicara su lecho desde el más allá.  

CONFIRMACIÓN                                            ARACELI DEL PICO

  

   No le gustaba su nombre, no le gustaba, pero nada, nada. Engracia. Y cada vez que atravesaba un mal momento, pensaba… deberían haberme quitado las dos primeras letras y haberme llamado Desgracia.

   Una infancia gris, de padres mal unidos, cuyas discusiones se oían a un kilómetro de distancia, habían minado su carácter. Fue la niña díscola del colegio y la que sobresalía por sus buenas notas.

   En su casa, nunca hubo un halago por ello. Le pedía a su padre, que se las firmara y éste apestando a vino, las retiraba de un manotazo.

-          Papá, que son buenas notas, deberías estar más contento. Mis profesores, lo están.

-          Pues que las firmen ellos.

    Así un mes y otro. De tal modo que Engracia se acostumbró a firmar las notas en nombre de su padre. La firma no era complicada. Un garabato con una F más grande de lo normal y a continuación un García irregular. Esa habilidad, le brindó  puentes en el futuro.

   Y en ese ambiente sórdido, carente de principios, creció una joven agraciada, inteligente y resentida con el universo entero. Era hábil con todo aquello que se proponía, pero según iba creciendo, la poca capacidad de sonreír que tenía fue desapareciendo por completo. Acostumbró a vestir de negro, de “gótica” . Alta, delgada y derrochando malos modos, paseaba su palmito. Y así se ganó con todo derecho el apelativo “la muerta”

    Pero “la muerta” a pesar de no poder estudiar la carrera que hubiera deseado, encontró el tiempo preciso, para hacer unos cursos de inglés, que le vinieron divinamente. Y consciente de que su futuro, solo dependía de ella, empezó a buscar trabajo.

    Lo consiguió de inmediato. Como recepcionista de un hotel de 4 estrellas. Aprendió a pulir sus modales, cuidarse mucho las manos, agrietadas por otros trabajos. Y se colocó uñas postizas muy largas, que junto a su sobria vestimenta le daban un halo de misterio. Todo en ella era sobrio y respetable.

    Engracia “la muerta”, resucitó un buen día, que llegó a recepción un tipo de Egipto, de impecable aspecto y solicitó la mejor habitación del hotel.

-          Está ocupada señor.

-          Pues que la desocupen.

     Y echando mano al bolsillo de su elegante galabella, cogió un fajo de billetes y los depositó en el mostrador, con toda naturalidad, mientras mirándola a los ojos le regalaba la mejor de sus sonrisas. Sonrisas que se  apagaron de inmediato, cuando chocaron con la frialdad de ella.

-          Señor, lamentablemente aquí, no se hacen así las cosas . Si la mejor habitación está ocupada, y usted se quiere alojar en nuestro hotel, tendrá que hacerlo en otra habitación de rango inferior.

-          Bien por una noche, me conformaré.

-          Señor la pareja alojada en la suite, son unos recién casados, que han reservado por una semana. Llevan solo tres días. Si insiste en quedarse, tendrá que permanecer en la que ahora le asignemos.

-          Está bien, pero prefiero verla antes de aceptar. No, no. Las maletas se llevarán donde sea cuando yo lo diga.

Engracia solicitó los servicios de un mozo. Esperaron el ascensor pacientemente que no llegaba nunca. Y cuando llegó, el presunto cliente se volvió al mostrador y dijo:

-          No tienen ascensor privado, para huéspedes especiales?

-          No señor.

-          Que contrariedad, todo son pegas.

-          No señor. Todo tiene arreglo,

-          Dígame…

-          Mi habitación, no es muy amplia. Pero está en la planta baja, si no le importa compartir.

-          Su nombre?

-          El de pila es Engracia. Pero hace poco, lo he cambiado por Consuelo.

 

   La sonrisa volvió a la cara del huésped. Ella permaneció, como la Esfinge de Ghiza.


 

A TIRO HECHO                                                                 SANTIAGO J. MARTÍN

Entramos los dos cogidos de la mano con una sonrisa aparentemente natural, de enamorados, con un brillo en los ojos de ansiedad por estar juntos en esta aventura.

Al llegar a la recepción ya sabíamos que teníamos a nuestra disposición una habitación especial, la “nuestra”, la que necesitábamos para darlo todo esa tarde de otoño, mientras la ciudad celebraba la visita del monarca por primera vez desde su recién estrenado reinado.

Como dos enamorados, ajenos al bullicio, con prisas por empezar abrimos la puerta de la habitación 435, la más alta del hotel. Desde allí las vistas eran perfectas para deleitarse con el cortejo y la algarabía, pero preferíamos el fragor de lo nuestro, el deleite de deshacer con ansiedad nuestro breve equipaje y lanzarnos a la pasión que allí nos reunía.

Noté como Patricia respiraba profundamente pegada a mí y sabía que se le aceleraba el pulso a medida que nos tumbábamos el uno junto al otro.

No era mi primera vez, pero al notar su nerviosismo de novata, también me sobrevino una excitación que llegó a hacer temblar levemente mi muñeca. Ella se dio cuenta y me acarició el brazo.

-          Tranquilo. Confía en mí.

Lo preparé todo con precisión y la dejé hacer, como ya habíamos planeado. Estuvo soberbia, acertada, precisa, sublime, perfecta.

Después el silencio siguió mandando en la habitación 435, mientras la gente en la calle había cambiado, ahora gritaban y corrían, las sirenas se abrían paso entre la multitud enloquecida, los helicópteros tomaban la ciudad y los francotiradores de la policía rastreaban los tejados.

En pocos minutos, Patricia y yo, parecía que dormíamos plácidamente en la habitación que el recepcionista nos había dado unos minutos antes, la 239, la última disponible aquella tarde y que se asomaba a la parte trasera de la calle, oscura, fría y ajena al magnicidio.