UN CARDO Y UNA FLOR MARÍA ISABEL
RUANO
En el hotel de la dehesa
el cardo y la flor
se fueron a buscar una habitación
para yacer y hacer el amor.
Entre amapolas y espigas,
abejas y mariquitas,
sobre la tierra mojada
y bajo la luz del sol.
Él era muy alto, ella pequeñita.
Él se inclinaba, ella no llegaba.
Se miraban y sonreían.
Sobre ellos se posaron mariposas,
libélulas, moscas y mosquitos.
Pájaros que con su pico
sorbían el néctar de su amor.
De uno a la otra, del cardo a la flor,
llevaron los besos, su esencia de amor.
Sobre el campo en primavera
expandieron la semilla
del imposible amor.
EL BASTÓN ANTONIO
LLOP
A Justino le gustaba improvisar. A pesar de los consejos de
Evelina, su esposa, nunca reservaba anticipadamente habitación de hotel porque
ni siquiera programaba el lugar donde recalarían. Y ese pueblo, Aldeanueva de
Castrillo, le había gustado cuando decidió desviarse con su coche de la
carretera general.
-Mujer, es mejor ir a la aventura. La sorpresa es lo que nos
hace sentir vivos.
Llegaron a un núcleo
urbano de casas donde el paso del tiempo y la lluvia había deslucido su antiguo
encalado. Las calles estaban engalanadas con guirnaldas de papel de colores y
por todas partes se escuchaba música de charanga.
-¿Has visto Evelina, como tengo razón? La sorpresa. Sin
proyectarlo hemos llegado a un pueblo en fiestas.
Preguntaron a un lugareño por un sitio donde dormir una
noche. Este les indicó una casa rural en las afueras del pueblo. Tras un camino
flanqueado por una tupida arboleda llegaron a un destartalado edificio de
piedra de dos plantas con ventanucos repartidos a lo largo de la fachada. Les
recibió un hombre entrado en años con una escasa melena blanca recogida en una
coleta.
-No nos quedan habitaciones –dijo, tras un escrutinio de
desconfianza hacia los recién llegados.
-¿Ves como era yo quien tenía razón? -protestó Evelina-. Tú y
tus sorpresas. Eso nos pasa por no programar el viaje.
Justino insistió con el recepcionista. Siempre guardarán algo
para imprevistos. O alguna cancelación de última hora… El hombre se rascó la rala
melena.
-Bueno hay una habitación que nunca hemos asignado a nadie. Estaba
reservada para el marqués cada vez que venía al pueblo. Pero lo encontraron
muerto en ella el año pasado. Está cerrada pero supongo que la podríamos
preparar si ustedes la quieren.
Justino aceptó de inmediato dejando en evidencia a su
reticente esposa.
Mientras limpiaban el cuarto fueron al pueblo a disfrutar del
ambiente festivo. Tras una buena comida en una de las tascas regresaron a la
Casa Rural a dejar sus mochilas en la habitación. Algunos clientes abandonaban
la Residencia en sus coches.
Cuando entraron al recinto, en el mostrador en vez del hombre
de por la mañana había una mujer gruesa con el pelo desordenado. Le preguntaron
por su habitación.
-Ya se la he preparado. Es la 222.
Mientras les informaba que su compañero ya se había ido a la
celebración y no volvería hasta el día siguiente, les entregó dos llaves de aluminio
en una arandela con una chapita grabada con el número del aposento.
-Una es de la del cuarto y la otra del portón de acceso al hotel.
Todos los clientes la llevan porque Narciso y yo vivimos en el pueblo. Hoy es domingo,
el último día de fiestas, y parece que al final todos se van a ir. No olviden
cerrar por la noche. Y mañana, si salen antes de que venga mi compañero, dejen
las llaves en ese cubilete.
-Si las habitaciones van a quedar vacías ¿por qué nos han
dicho antes que no quedaba libre nada más que la del marqués? –preguntó Justino
escamado.
-Aquí no es como los hoteles de la ciudad. Los clientes
pueden abandonar sus cuartos dentro del día sin límite de hora. Cuando llegaron
ustedes todas estaban ocupadas.
La pieza era la única con ventana al exterior de la planta
segunda. Entraron y revisaron por encima las dependencias. El cuarto de baño
estaba limpio y la cama era aceptable. Abrieron el armario y encontraron un
bastón de madera con mango de latón de estilo victoriano apoyado en un rincón.
-Esta mujer no ha limpiado a fondo – dijo Justino-. Seguro
que este bastón se lo dejó el marqués antes de morir.
-No me hace ninguna gracia tenerlo aquí. Llama a la mujer y
que se lo lleve –sugirió Evelina.
Justino descolgó el teléfono de sobremesa que no daba ninguna
señal. Al final decidieron dejarlo abajo en la recepción. Cuando llegaron a la
entrada ya no había rastro de la mujer. Antes de salir a la calle colocaron al
bastón tras el mostrador. Los últimos clientes depositaban sus dos llaves en el
cubilete con un tintineo apagado.
Bajaron a la plaza del pueblo donde bailaron hasta la noche.
Tras la explosión del último cohete de los fuegos artificiales se hizo el silencio.
Todos los festejantes se retiraron a sus casas. Justino y su esposa regresaron
a la Casa Rural. La oscuridad era total. El camino arbolado carecía de farolas.
Y la casa estaba totalmente apagada.
-Teníamos que haber dejado prendida la luz de fuera antes de
salir. Pero con ese sol daba no sé qué –justificó ella.
Con los focos del coche iluminaron la cerradura para que él
encontrara la cerradura de acceso al portón. Dentro no se oía ningún ruido,
solo el traqueteo del vetusto ascensor cuando lo llamaron. Entraron a la
habitación y mientras Justino dejaba en la entrada la bolsa con los productos
típicos que habían adquirido, su mujer parada y mirando hacia un punto fijo del
interior preguntó:
-¿Dejaste la llave de la habitación a alguien?
El hombre lo negó, dijo que la había llevado en el bolsillo
todo el rato.
-¿No querías sorpresas? –continuó ella con voz extraña y sin
moverse del sitio.
Justino llegó a la altura de su mujer y siguió con la vista
su mirada.
El bastón estaba atravesado de lado a lado de la cama, como
si el marqués reivindicara su lecho desde el más allá.
CONFIRMACIÓN ARACELI DEL PICO
No le gustaba su nombre, no le gustaba, pero nada, nada. Engracia. Y
cada vez que atravesaba un mal momento, pensaba… deberían haberme quitado las
dos primeras letras y haberme llamado Desgracia.
Una infancia gris, de padres mal unidos, cuyas discusiones se oían a un
kilómetro de distancia, habían minado su carácter. Fue la niña díscola del colegio
y la que sobresalía por sus buenas notas.
En su casa, nunca hubo un halago por ello. Le pedía a su padre, que se
las firmara y éste apestando a vino, las retiraba de un manotazo.
-
Papá, que son buenas notas, deberías estar más
contento. Mis profesores, lo están.
-
Pues que las firmen ellos.
Así un mes y otro. De tal modo que Engracia
se acostumbró a firmar las notas en nombre de su padre. La firma no era
complicada. Un garabato con una F más grande de lo normal y a continuación un García
irregular. Esa habilidad, le brindó
puentes en el futuro.
Y en ese ambiente sórdido, carente de principios, creció una joven
agraciada, inteligente y resentida con el universo entero. Era hábil con todo
aquello que se proponía, pero según iba creciendo, la poca capacidad de sonreír
que tenía fue desapareciendo por completo. Acostumbró a vestir de negro, de “gótica”
. Alta, delgada y derrochando malos modos, paseaba su palmito. Y así se ganó
con todo derecho el apelativo “la muerta”
Pero “la muerta” a pesar de no
poder estudiar la carrera que hubiera deseado, encontró el tiempo preciso, para
hacer unos cursos de inglés, que le vinieron divinamente. Y consciente de que
su futuro, solo dependía de ella, empezó a buscar trabajo.
Lo consiguió de inmediato. Como
recepcionista de un hotel de 4 estrellas. Aprendió a pulir sus modales, cuidarse
mucho las manos, agrietadas por otros trabajos. Y se colocó uñas postizas muy
largas, que junto a su sobria vestimenta le daban un halo de misterio. Todo en
ella era sobrio y respetable.
Engracia “la muerta”, resucitó un buen día,
que llegó a recepción un tipo de Egipto, de impecable aspecto y solicitó la
mejor habitación del hotel.
-
Está ocupada señor.
-
Pues que la desocupen.
Y echando mano al bolsillo de su
elegante galabella, cogió un fajo de billetes y los depositó en el mostrador,
con toda naturalidad, mientras mirándola a los ojos le regalaba la mejor de sus
sonrisas. Sonrisas que se apagaron de
inmediato, cuando chocaron con la frialdad de ella.
-
Señor, lamentablemente aquí, no se hacen así las
cosas . Si la mejor habitación está ocupada, y usted se quiere alojar en
nuestro hotel, tendrá que hacerlo en otra habitación de rango inferior.
-
Bien por una noche, me conformaré.
-
Señor la pareja alojada en la suite, son unos
recién casados, que han reservado por una semana. Llevan solo tres días. Si
insiste en quedarse, tendrá que permanecer en la que ahora le asignemos.
-
Está bien, pero prefiero verla antes de aceptar.
No, no. Las maletas se llevarán donde sea cuando yo lo diga.
Engracia solicitó los servicios
de un mozo. Esperaron el ascensor pacientemente que no llegaba nunca. Y cuando
llegó, el presunto cliente se volvió al mostrador y dijo:
-
No tienen ascensor privado, para huéspedes
especiales?
-
No señor.
-
Que contrariedad, todo son pegas.
-
No señor. Todo tiene arreglo,
-
Dígame…
-
Mi habitación, no es muy amplia. Pero está en la
planta baja, si no le importa compartir.
-
Su nombre?
-
El de pila es Engracia. Pero hace poco, lo he
cambiado por Consuelo.
La sonrisa volvió a la cara del huésped. Ella permaneció, como la
Esfinge de Ghiza.
A TIRO HECHO SANTIAGO
J. MARTÍN
Entramos los dos cogidos de la mano con una sonrisa
aparentemente natural, de enamorados, con un brillo en los ojos de ansiedad por
estar juntos en esta aventura.
Al llegar a la recepción ya sabíamos que teníamos a nuestra
disposición una habitación especial, la “nuestra”, la que necesitábamos para
darlo todo esa tarde de otoño, mientras la ciudad celebraba la visita del
monarca por primera vez desde su recién estrenado reinado.
Como dos enamorados, ajenos al bullicio, con prisas por
empezar abrimos la puerta de la habitación 435, la más alta del hotel. Desde
allí las vistas eran perfectas para deleitarse con el cortejo y la algarabía,
pero preferíamos el fragor de lo nuestro, el deleite de deshacer con ansiedad
nuestro breve equipaje y lanzarnos a la pasión que allí nos reunía.
Noté como Patricia respiraba profundamente pegada a mí y
sabía que se le aceleraba el pulso a medida que nos tumbábamos el uno junto al
otro.
No era mi primera vez, pero al notar su nerviosismo de
novata, también me sobrevino una excitación que llegó a hacer temblar levemente
mi muñeca. Ella se dio cuenta y me acarició el brazo.
-
Tranquilo. Confía en mí.
Lo preparé todo con precisión y la dejé hacer, como ya
habíamos planeado. Estuvo soberbia, acertada, precisa, sublime, perfecta.
Después el silencio siguió mandando en la habitación 435,
mientras la gente en la calle había cambiado, ahora gritaban y corrían, las
sirenas se abrían paso entre la multitud enloquecida, los helicópteros tomaban
la ciudad y los francotiradores de la policía rastreaban los tejados.
En pocos minutos, Patricia y yo, parecía que dormíamos
plácidamente en la habitación que el recepcionista nos había dado unos minutos
antes, la 239, la última disponible aquella tarde y que se asomaba a la parte
trasera de la calle, oscura, fría y ajena al magnicidio.