21/08/2026

MÁS AGENDA PARA AGOSTO

 

SOMOS NATURALEZA. Recorrido inmersivo e impactante que nos desvela el corazón de la naturaleza y nos motiva a la acción positiva y a la protección del entorno.

·         Caixaforum. Paseo del Prado, 36

·         6 euros. Gratis, clientes de Caixabank

·         Hasta el 7 de marzo.  

https://caixaforum.org/es/madrid/p/somos-naturaleza-madrid

 


A TU SOMBRA

 

A LA SOMBRA DEL ABETO                                         MARIA ISABEL RUANO

A la sombra del abeto,

a la sombra del nogal.

Mientras el avellano florece

y la bubilla empieza a cantar.

A la sombra de la infancia

donde el cobijo es real,

donde los días pasan deprisa

y de forma jovial.

Bajo la parra en verano,

la sombrilla en la playa

y a la orilla del mar.

Bajo un manto de estrellas

Perseidas de agosto,

lucero de la mañana,

cama abrigada,

buena compañía y amistad.

A la sombra, mientras te espero,

es donde yo quiero estar,

Lejos, muy lejos,

de la oscuridad.


 

         SU SOMBRA                                                       ARACELI DEL PICO

 

    Comenzó pronto a dibujar sus primeros pasos. Al principio con torpes movimientos, que la tenían en el suelo más tiempo que de pie. No importaba. Tantas cuantas veces se caía, se levantaba. Su madre hacia acopio de betadine y tiritas, para que esas perfectas rodillas curaran cuanto antes. Raro era el día, que el botiquín casero, no se utilizaba un par de veces. Y la niña, sufridita, todo lo que decía era “vaya, ota vez” hacía algún puchero y se disponía para la siguiente caída.

 

    Vestida con un pichi de cuadros escoceses, donde predominaban los azules y rojos, blusa blanca y rebeca roja primorosamente tejida por su abuela, zapatos rojos y calcetín blanco, Nerea, parecía una muñeca recién sacada de un escaparate. Se acercaba a los dos años. Sus pasos ya eran firmes. Y sus caídas, no tan frecuentes, pero más graves. Porque no andaba, corría. Mejor dicho, casi volaba.

 

   Y aquel atardecer sucedió. Una mancha negra muy larga la precedía y salía de sus pies. Se movía a su ritmo; primero la sorprendió, luego la inquietó y luego la hizo reír. Y no encontró juguete más divertido. Si ella movía la cabeza, su sombra hacía otro tanto, se ponía en jarras, un gesto muy frecuente en ella, su sombra también. Saltaba, y aquella cosa oscura muy alta, lo hacía con ella.

 

   Decidió cansarla, y comenzó a caminar despacio y en zigzag. Su madre, la observaba con cautela y entendió enseguida el comportamiento de la niña. Se acercó y le preguntó:

 

-          ¿Se puede saber qué haces?

-          Juego con mi hermana mayor, aunque me está haciendo burla.

-          Pero si tú no tienes ninguna hermana, ni mayor, ni más pequeña. Qué cosa extraña estás diciendo.

-          Si la tengo. Y tú también mírala. Y también te está haciendo burla.

 

    La madre quiso explicarle a la niña la razón por la que su figura aumentaba y se ajustaba a todos sus movimientos. Lo pensó mejor. Calló. Y se dijo que era pronto para explicarle eso.

 

    No pasó mucho tiempo, cuando ese mismo día, el ocaso hizo tu trabajo y envuelto entre rayos de celaje, el sol desapareció por el horizonte. Y con él, las sombras.

 

    El gesto de Nerea se tornó triste. Las sombras habían sido por un breve tiempo, ilusión y compañía. Su madre le explicó, que al día siguiente cuando volvieran al parque “seguramente” su hermana volvería.

 

-          ¿Y la tuya?

-          También.

-          ¿Y por qué no se vienen a casa con nosotras?

-          Pues…

 

   Y echando mano de esa desbordante imaginación, Nerea, no dio tiempo a que su madre contestara.

 

Ya se. Seguramente han ido a comprarse un vestido más bonito. Porque ese negro que llevaban, era feísimo.

 

   La madre, soltó una carcajada al mismo tiempo que alzaba a su hija en brazos.

-          Venga vamos a casa, papá nos espera para cenar.

-          Y papá habrá hecho la cena, verdad.

-          Pues claro que sí. Y papá esta noche tiene que hacer más cosas.

-          ¿Qué cosas?

-          Calla curiosa.

-          Mami, nunca me cuentas nada.

        

   Llegaron a casa. El padre absorto en la lectura del periódico, no les oyó entrar.  Nerea, se lanzó a sus brazos, mientras decía.

 

-          Venga papá vamos a cenar pronto. Que hoy tienes que hacer más cosas.

-          Ah si, ¿qué cosas?

-          No sé, pregúntale a mamá.

 

   Su mujer se acercó con dulzura y ligeramente mordió su oreja. Una sonrisa cómplice no precisó explicaciones.

 

 


 

EXLIBRIS                                                                     SANTIAGO J. MARTÍN

Los odio. Los odio a todos. A todos no.

Mi madre, con su bondad por bandera, fue la principal culpable.

-Harán de ti una persona mejor.

Cierto. Pero no me habló de los límites. No, no me refiero a ningún tipo de sustancia adictiva. Bueno, sí. Sin materia digerible físicamente.

Empecé leyendo moderadamente. Luego con pasión. Aquello abrió la espita de la lectura compulsiva. Una vez quedé atrapado, ni mi madre supo sacarme de aquel embrollo quijotesco que me absorbía de la misma manera que me administraba placer y sabiduría.

Mi padre intervino oportunamente, creía él, para mal.

-Tú lo que necesitas es expresar lo que llevas dentro. Que tu imaginación no encuentre barreras en los discursos de los demás.

El primer obstáculo fue él y su expectativa de hijo con tufo triunfal. Otro error.

Empecé a escribir con temor. Con la timidez del que no quiere importunar a un amigo con un relato, que solo aportaba un placer: terminar de leerlo.

Luego llegó la autocrítica. No me atreví a inventar un personaje atormentado sin pensar en la sombra de Kafka.

Era imposible crear un malvado asesino sin el perdón de Poe.

No existía una torre apagada sobre un río que antes no hubiera visitado Machado.

Maldije a todos y empecé a iluminar seres absurdos, irreales, contrapuestos a sí mismos. A la vuelta de la esquina Borges y Vian, me tiraban de las orejas.

Acabo de bajar a la tienda y los he quemado todos. Ahora papá y mamá no tendrán más remedio que ingresarme de nuevo

A ver qué se atreven a llevarme en su primera visita: un libro o un chocolate negro que alimente a mis musas despiadadas.