A LA
SOMBRA DEL ABETO MARIA
ISABEL RUANO
A la sombra del abeto,
a la sombra del nogal.
Mientras el avellano florece
y la bubilla empieza a cantar.
A la sombra de la infancia
donde el cobijo es real,
donde los días pasan deprisa
y de forma jovial.
Bajo la parra en verano,
la sombrilla en la playa
y a la orilla del mar.
Bajo un manto de estrellas
Perseidas de agosto,
lucero de la mañana,
cama abrigada,
buena compañía y amistad.
A la sombra, mientras te espero,
es donde yo quiero estar,
Lejos, muy lejos,
de la oscuridad.
SU
SOMBRA ARACELI
DEL PICO
Comenzó pronto a dibujar sus primeros pasos.
Al principio con torpes movimientos, que la tenían en el suelo más tiempo que
de pie. No importaba. Tantas cuantas veces se caía, se levantaba. Su madre
hacia acopio de betadine y tiritas, para que esas perfectas rodillas curaran
cuanto antes. Raro era el día, que el botiquín casero, no se utilizaba un par
de veces. Y la niña, sufridita, todo lo que decía era “vaya, ota vez” hacía
algún puchero y se disponía para la siguiente caída.
Vestida con un pichi de cuadros escoceses,
donde predominaban los azules y rojos, blusa blanca y rebeca roja
primorosamente tejida por su abuela, zapatos rojos y calcetín blanco, Nerea,
parecía una muñeca recién sacada de un escaparate. Se acercaba a los dos años.
Sus pasos ya eran firmes. Y sus caídas, no tan frecuentes, pero más graves.
Porque no andaba, corría. Mejor dicho, casi volaba.
Y aquel atardecer sucedió. Una mancha negra
muy larga la precedía y salía de sus pies. Se movía a su ritmo; primero la
sorprendió, luego la inquietó y luego la hizo reír. Y no encontró juguete más
divertido. Si ella movía la cabeza, su sombra hacía otro tanto, se ponía en
jarras, un gesto muy frecuente en ella, su sombra también. Saltaba, y aquella
cosa oscura muy alta, lo hacía con ella.
Decidió cansarla, y comenzó a caminar
despacio y en zigzag. Su madre, la observaba con cautela y entendió enseguida
el comportamiento de la niña. Se acercó y le preguntó:
-
¿Se
puede saber qué haces?
-
Juego
con mi hermana mayor, aunque me está haciendo burla.
-
Pero
si tú no tienes ninguna hermana, ni mayor, ni más pequeña. Qué cosa extraña
estás diciendo.
-
Si
la tengo. Y tú también mírala. Y también te está haciendo burla.
La madre quiso explicarle a la niña la
razón por la que su figura aumentaba y se ajustaba a todos sus movimientos. Lo
pensó mejor. Calló. Y se dijo que era pronto para explicarle eso.
No pasó mucho tiempo, cuando ese mismo día,
el ocaso hizo tu trabajo y envuelto entre rayos de celaje, el sol desapareció
por el horizonte. Y con él, las sombras.
El gesto de Nerea se tornó triste. Las
sombras habían sido por un breve tiempo, ilusión y compañía. Su madre le
explicó, que al día siguiente cuando volvieran al parque “seguramente” su
hermana volvería.
-
¿Y
la tuya?
-
También.
-
¿Y
por qué no se vienen a casa con nosotras?
-
Pues…
Y echando mano de esa desbordante
imaginación, Nerea, no dio tiempo a que su madre contestara.
Ya
se. Seguramente han ido a comprarse un vestido más bonito. Porque ese negro que
llevaban, era feísimo.
La madre, soltó una carcajada al mismo
tiempo que alzaba a su hija en brazos.
-
Venga
vamos a casa, papá nos espera para cenar.
-
Y
papá habrá hecho la cena, verdad.
-
Pues
claro que sí. Y papá esta noche tiene que hacer más cosas.
-
¿Qué
cosas?
-
Calla
curiosa.
-
Mami,
nunca me cuentas nada.
Llegaron a casa. El padre absorto en la
lectura del periódico, no les oyó entrar.
Nerea, se lanzó a sus brazos, mientras decía.
-
Venga
papá vamos a cenar pronto. Que hoy tienes que hacer más cosas.
-
Ah
si, ¿qué cosas?
-
No
sé, pregúntale a mamá.
Su mujer se acercó con dulzura y ligeramente
mordió su oreja. Una sonrisa cómplice no precisó explicaciones.
EXLIBRIS SANTIAGO
J. MARTÍN
Los odio. Los odio a todos. A todos no.
Mi madre, con su bondad por bandera, fue la principal
culpable.
-Harán de ti una persona mejor.
Cierto. Pero no me habló de los límites. No, no me
refiero a ningún tipo de sustancia adictiva. Bueno, sí. Sin materia digerible
físicamente.
Empecé leyendo moderadamente. Luego con pasión. Aquello
abrió la espita de la lectura compulsiva. Una vez quedé atrapado, ni mi madre
supo sacarme de aquel embrollo quijotesco que me absorbía de la misma manera
que me administraba placer y sabiduría.
Mi padre intervino oportunamente, creía él, para mal.
-Tú lo que necesitas es expresar lo que llevas dentro.
Que tu imaginación no encuentre barreras en los discursos de los demás.
El primer obstáculo fue él y su expectativa de hijo con
tufo triunfal. Otro error.
Empecé a escribir con temor. Con la timidez del que no
quiere importunar a un amigo con un relato, que solo aportaba un placer:
terminar de leerlo.
Luego llegó la autocrítica. No me atreví a inventar un
personaje atormentado sin pensar en la sombra de Kafka.
Era imposible crear un malvado asesino sin el perdón de
Poe.
No existía una torre apagada sobre un río que antes no
hubiera visitado Machado.
Maldije a todos y empecé a iluminar seres absurdos,
irreales, contrapuestos a sí mismos. A la vuelta de la esquina Borges y Vian,
me tiraban de las orejas.
Acabo de bajar a la tienda y los he quemado todos. Ahora
papá y mamá no tendrán más remedio que ingresarme de nuevo
A ver qué se atreven a llevarme en su primera visita: un
libro o un chocolate negro que alimente a mis musas despiadadas.