PENÉLOPE MANUEL
GIL
Los nervios devoraban a Lía, un
torbellino en su interior la mantenía inquieta, al tiempo que le insuflaba ese
espíritu de lucha que había sido su compañero inquebrantable a lo largo de la
vida. Se encontraba en la final del célebre concurso
"Líderes
de la costura", seguido por millones de personas a través de la televisión. Ya había
logrado que una prestigiosa firma de modas desplegara una alfombra roja para
atraerla con el propósito de crear una línea con su nombre. Todo estaba
saliendo como en sus más atrevidos sueños, y la guinda del pastel sería, sin
duda, la victoria.
Una circunstancia peculiar le hizo
pensar que se trataba de una señal divina: el lugar donde se llevaría a cabo la
gran final era un espléndido
salón de eventos construido sobre el solar que en su niñez había albergado,
junto a otros comercios, la boutique que había sido refugio de tantas
frustraciones y escaparate de sus sueños. En ese entonces, su nombre era
Antonio, un niño encerrado en su propio caparazón, mientras su madre viuda
sostenía la familia con su trabajo como costurera. Juntos, creaban un mundo de
hilos y telas; él aprendía a coser con una facilidad asombrosa, fascinado por
cada diseño que surgía de su imaginación. Aunque su madre dudaba en fomentar
esa pasión, no podía evitar sentir un extraño orgullo y complicidad cada
vez que se embarcaban juntos en la tarea de enhebrar sueños, bordar fantasías o
zurcir las heridas de sus vidas en las telas que tanto amaban.
Después de la escuela, donde
las vejaciones y burlas eran pan de cada día, se plantaba frente al escaparate
de la boutique, embelesado ante Penélope, así la bautizó él, la
maniquí de
cartón piedra que cada semana vestía un modelo diferente. La contemplaba,
maravillado, como si fuera una diosa de la moda, con sus complementos
brillantes que emergían de la penumbra. Sus ojos de vidrio parecían
transmitirle no solo ánimos, sino también una chispa de cariño. Cada nueva
pieza de ropa realzaba su hermoso cabello rubio, peinado para la ocasión y la
convertía en la musa de sus sueños, el reflejo donde anhelaba verse, deseando
ser como ella.
Así pasaron los años y tanto con frío
como con calor acudía a su cita con ella para contarle en silencio sus
anhelos y miedos, mirándola siempre como su meta. El destino los llevó a
cambiar de barrio, luego llegó el Instituto y, posteriormente, una academia de
diseño de modas que su madre pagó con su esfuerzo. Entre costuras y diseños,
inventaban y soñaban juntas.
Cuando Lía se enteró de que la final
se celebraría en ese lugar donde, hacía muchos años, había desaparecido la
boutique de su infancia, sintió un pellizco de nostalgia en el corazón. Nunca la había
olvidado, a pesar de su azarosa transición de hombre a mujer, de sus estudios y
su incansable búsqueda de identidad.
Invitaron a todos los participantes a
conocer el espacio, y Lía deambuló por aquel espléndido lugar que había engullido el
refugio de su infancia. En una esquina, encontró un local adjunto aún vacío, donde se amontonaban
trastos viejos que los antiguos comercios habían dejado atrás. Y allí estaba
ella, casi no podía creerlo: Penélope
yacía cubierta de polvo, con ropa desgarrada entre otros objetos olvidados. Su
rostro, aunque marcado por el tiempo y con algún desconchón, aún exhibía la belleza que tanto
lo había fascinado de niño. Ya no era una cara de moda, pero Lía sabía que
volvería a brillar. Consiguió que se la regalaran, pues, al fin y al cabo, la
tenían allí
para deshacerse de ella.
Lía ganó el concurso con un
espectacular modelo inspirado en el que lucía Penélope en las vísperas de
Año Nuevo de hace tantos años, un diseño que nunca había olvidado,
desprendiendo magia y glamour. La modelo que lo lució en la final se presentó
ante el jurado con un maquillaje creado por Lía, la propia modelo y gente de la
producción, le habían advertido de que esa cara ya no estaba de moda. Pero en
su interior, sabía que la verdadera belleza trasciende las tendencias, y que la
esencia de Penélope
siempre viviría en su obra.
BUSCANDO
UNA CARA DE MODA ANTONIO
LLOP
Cuando tenía quince años
quería ser actor de cine.
Una noche, antes de
acostarme, miré mi imagen en el espejo del cuarto de baño. No me parecía a
ninguno de los protagonistas de las películas que veía a menudo. No tenía el
pelo abundante, ni el cabello rubio, ni los ojos azules, ni la combinación de
pelo moreno y ojos verdes, ni la nariz recta y decidida de ellos. Mi pelo,
castaño y clareado por la parte de arriba de mi cabeza; mis ojos amarronados y
mi nariz aplastada conformaban uno de esos rostros corrientes que se repetían
en mi entorno. Simplemente una cara más, otra del montón de los espectadores
que esperábamos impacientes todos los sábados para que la pantalla del cine nos
sacara de la vulgaridad del barrio.
Continué ensayando gestos
ante la luna del armario de mi cuarto, Componía la expresión de dureza o de
indiferencia de los pistoleros del oeste americano. Acto seguido la cara de
tristeza de los dramones españoles de la época daba paso a otra de exultante
alegría propia de las comedias francesas. Tras esto me acosté. En la pantalla
de mi sueño flotaba en el agua. Por encima de mi posición se extendía un cielo
incendiado. Después me vi sumergido sin notar ninguna asfixia. Estaba rodeado
de peces enormes como en el interior de un gran acuario. Más tarde salí del
líquido a una playa de arena arrastrando un peso en la parte de atrás de mi
cuerpo. Luego subí a una montaña desde la que me lancé al vacío y me mantuve en
el aire contemplando a mis pies una vegetación exuberante. De pronto caí a un
árbol y trepé por sus ramas. Tras esas experiencias de fantasía empezaron a
aparecer imágenes de primates que pronto cambiaron a rostros con rasgos más
humanos. Hasta que, tras una sucesión vertiginosa de caras con peinados de
distintas épocas, apareció la de un hombre muy similar a la fotografía que mis
padres guardan de mi abuelo paterno, al que yo no conocí. De repente ese rostro
empezó a mover los labios, como si quisiera decirme algo. Me asusté e intenté
escapar de esas apariciones oníricas. De pronto noté un intenso dolor en la
zona de la boca al tiempo que despertaba en el suelo de mi habitación. En la
oscuridad palpé la zona dolorida y noté que me recorría líquido abundante.
Encendí la lamparita de la mesilla y vi que era sangre.
Mi madre se levantó asustada
al oír el estruendo de la caída y me llevó al cuarto de baño. Atajó, como pudo,
la hemorragia de mi nariz embutiendo algodones; restañó con compresas mi labio
y una herida abierta en la mejilla, y me llevó a un Centro Médico. Cuando me
curaron intenté recordar el sueño que había dado con mi cara en el radiador.
Había estado repasando toda la semana la Teoría de la Evolución de Darwin que
se rumoreaba nos iba a caer en el examen del día siguiente. Esa circunstancia
mezclada con mis visajes ante el espejo en busca de una cara y una expresión de
moda me habían producido una mezcla delirante de ontogénesis y filogénesis. El
resultado fueron dos puntos en la boca y tres en la mejilla. Y la rotura del
tabique nasal.
Tras esa amarga experiencia
la vida me llevó por caminos diferentes de mis deseos de primera juventud.
Olvidé mi atracción por la profesión de actor. Hasta que un día aparecieron por
el barrio varios furgones que aparcaron cerca del parque. Unos operarios
uniformados con pantalón y camisa negras empezaron a sacar de su interior
grandes focos, pantallas y cámaras con trípodes y otros artilugios. Me acerqué
a una mesita donde una chica preparaba un catering para los componentes del
grupo, que ya se esparcían por los alrededores. Le pregunté qué iban a hacer.
Su respuesta no se hizo esperar:
—Una peli sobre la
delincuencia callejera.
—¿Van a coger gente?
—pregunté espoleado por mi antigua afición.
—Sí. El director ha escogido
este barrio por su autenticidad. Busca a personas que vivan en él.
En ese tiempo yo llevaba
unos años trabajando en un Banco, y ya no frecuentaba tanto el cine. Pero el
gusanillo que guardaba agazapado en el pecho se despertó.
Me presenté al casting y me
seleccionaron enseguida, Mi intervención era breve, pero tenía algunas frases
mostrando un plano corto de mi rostro.
Al final me sirvieron de
algo mi nariz torcida, la cicatriz de la mejilla, el labio partido y mi pelo ya
muy raleado en ese tiempo. Aunque fuera para obtener un papel de malo.
REGRESIÓN JUANA
DOMÍNGUEZ
Estaba arrepentida, muy arrepentida, pero ya no era
posible volver a tener la misma cara que tanto sufrimiento le había producido
en su adolescencia y juventud.
Todo el sueldo que no entregaba en su casa para
contribuir al mantenimiento de su familia, lo guardaba íntegro. 15 años
privándose de todas las cosas que sus amigas disfrutaban. Ni cine, ni
refrescos, ni zapatos ni ropa innecesaria, ni vacaciones, solo salía de su
ciudad con su familia.
¡Tantas cosas, que hubiera podido disfrutar! A su mente
vino de repente aquel bolso de piel vuelta en tonos rojizos que llevó tres
temporadas su mejor amiga, y que ella misma la animó a comprar una tarde de
rebajas ¡cómo le gustaba aquel bolso! le quitó la ilusión de comprarlo el
espejo de la tienda donde se probaba una falda a mitad de precio, (ésta no
tenía más remedio que comprarla). Cuando se miró al espejo éste le devolvió la
imagen de una joven morena con ojos tristes, la mancha rojiza de su frente que
le bajaba por la parte derecha de la cara, la afeaba tanto, que nunca consiguió
disimularla con el pelo sobre ella. Muchas veces deseó haber sido árabe para
taparse la cara con un pañuelo.
La nevus simplex que tanto la afeaba no tenía solución,
el médico siempre la desánimo a extirpársela, la operación era complicada y no
le ofrecían garantía de que desapareciera.
Un mal día entró en una clínica de estética, y tanta
publicidad y buenos resultados la enajenaron. (Ya tenía ahorrado el coste de la
operación) y no lo dudó, se quitaría la mancha, rellenarían el hueco con piel
de alguna parte de su cuerpo. No había riesgo y el éxito estaba asegurado, las
fotos que la habían mostrado de otras operadas atestiguaban que todo saldría a
la perfección, no dudaba cuando entró al quirófano.
Que loca había sido, cuanto sufrimiento se habría evitado
si en lugar de añorar la cara de princesa, pintada en el cuento de Cenicienta
que tenía siempre en su mesilla, una cara perfecta, ojos verdes, pelo rubio y
el óvalo de la cara simétrico, sonrosado ¡y si manchas! Cuantas veces había
soñado con que un hada madrina la convirtiera a ella también en princesa.
Casi murió por la infección producida, pasó meses cerrada
en su habitación, la depresión no cejaba, nadie podía darle consuelo. Quitó
todos los espejos de su casa, no quería verse, sólo con tocársela sabía que era
aún más fea que antes de la operación. No quería vivir. Maldita moda de ser
guapos y perfectos como los famosos que veía en la televisión, o la publicidad
de cualquier cosa.
¡Porque le había tocado a ella nacer con un beso de
ángel!
¡Si pudiese regresar atrás en el tiempo, volver al día
anterior a su operación!
Ya no era posible,
tendría que conformarse y vivir oculta, o…
Sus padres ya no sabían que hacer ni que decirle. No les
causaría sorpresa que una tarde al volver a casa la encontraran tendida en la
calle tapada con una manta.
EL
MORCILLO BICÉFALO SANTIAGO
J. MARTÍN
-
Que ya voy, que ya voy. Es que no deja a uno
tomarse un respiro.
Igual que algunos prefieren un perfil a otro, una camisa
a una camiseta o unas gafas de sol a una mirada limpia, yo soy de los que cuido
poner la imagen de mi rostro en cualquier lugar.
Y que conste que no soy exigente en absoluto con mi cara,
lo que pasa es que, me lo dicen todos, la tengo de otra época, viene firmada
por gestos agrietados a pesar de mis veinte años.
Ayer, sin ir más lejos, me llamó una amiga del módulo, la
Esther. No se lo cogí. Me hace una videollamada, tal cual. No es que no me
encontrara presentable, ya me había quitado el pijama y el batín, pero estaba
seguro que ella estaba rodeada de colegas del barrio y yo con este careto que
parezco mayor que mi padre.
Seguro estoy que algunos me buscan y se burlan
descaradamente con mis gestos de vinagre y mi voz de plastilina afónica.
Paso. Prefiero mensajes escritos. Ahí es donde me
defiendo perfectamente. Gano encanto, pierdo pudor y puedo ser algo mucho mejor
que yo mismo.
-
Sí, que te estoy escuchando. Te oigo. ¡Por
Dios! Mujeres.
Es por eso que prefiero relacionarme con los que no
conozco, con quienes no tienen ni idea de mi físico. Ojo, que tampoco soy de
los que tienen una imagen falsa en su perfil. Al contrario. Soy yo. A veces de
espaldas, a veces de niño, a veces dentro del agua, con mascarilla… pero soy
yo. Un tipo moderno, complaciente, respetuoso.
Los que no me conocen personalmente, me aprecian por mi
verbo fácil, por mi simpatía, porque soy muy ocurrente. Sé que todo eso se
desploma en el cara a cara. Ahí las palabras no me salen, los ojos de los demás
se me hacen flexos de interrogatorios, me encasquillo hasta para pronunciar un
monosílabo.
-
No seas pesada. Que te estoy diciendo que ya
voy. No puedes vivir sin mi presencia.
He pensado en hacerme un ser virtual, etéreo,
inconsistente, frugal, pero con señas de identidad de las que no me avergüence,
de esas que he ido adquiriendo con el tiempo, no con el devenir químico de mi
impresentable ADN.
-
Ya estoy aquí, vieja. Venga, sírveme la
comida. No, no seas pesada, ya te he dicho que no me importa comer cocido todos
los días, como ha sido toda la vida.
Hace 5 años que se murió mi padre y todavía no ha notado que no está.