17/10/2025

UNA CARA DE MODA 2

 

PENÉLOPE                                                                  MANUEL GIL

 

Los nervios devoraban a Lía, un torbellino en su interior la mantenía inquieta, al tiempo que le insuflaba ese espíritu de lucha que había sido su compañero inquebrantable a lo largo de la vida. Se encontraba en la final del célebre concurso "Líderes de la costura", seguido por millones de personas a través de la televisión. Ya había logrado que una prestigiosa firma de modas desplegara una alfombra roja para atraerla con el propósito de crear una línea con su nombre. Todo estaba saliendo como en sus más atrevidos sueños, y la guinda del pastel sería, sin duda, la victoria.

 

Una circunstancia peculiar le hizo pensar que se trataba de una señal divina: el lugar donde se llevaría a cabo la gran final era un espléndido salón de eventos construido sobre el solar que en su niñez había albergado, junto a otros comercios, la boutique que había sido refugio de tantas frustraciones y escaparate de sus sueños. En ese entonces, su nombre era Antonio, un niño encerrado en su propio caparazón, mientras su madre viuda sostenía la familia con su trabajo como costurera. Juntos, creaban un mundo de hilos y telas; él aprendía a coser con una facilidad asombrosa, fascinado por cada diseño que surgía de su imaginación. Aunque su madre dudaba en fomentar esa pasión, no podía evitar sentir un extraño orgullo y complicidad cada vez que se embarcaban juntos en la tarea de enhebrar sueños, bordar fantasías o zurcir las heridas de sus vidas en las telas que tanto amaban.

 

Después de la escuela, donde las vejaciones y burlas eran pan de cada día, se plantaba frente al escaparate de la boutique, embelesado ante Penélope, así la bautizó él, la maniquí de cartón piedra que cada semana vestía un modelo diferente. La contemplaba, maravillado, como si fuera una diosa de la moda, con sus complementos brillantes que emergían de la penumbra. Sus ojos de vidrio parecían transmitirle no solo ánimos, sino también una chispa de cariño. Cada nueva pieza de ropa realzaba su hermoso cabello rubio, peinado para la ocasión y la convertía en la musa de sus sueños, el reflejo donde anhelaba verse, deseando ser como ella.

 

Así pasaron los años y tanto con frío como con calor acudía a su cita con ella para contarle en silencio sus anhelos y miedos, mirándola siempre como su meta. El destino los llevó a cambiar de barrio, luego llegó el Instituto y, posteriormente, una academia de diseño de modas que su madre pagó con su esfuerzo. Entre costuras y diseños, inventaban y soñaban juntas.

 

Cuando Lía se enteró de que la final se celebraría en ese lugar donde, hacía muchos años, había desaparecido la boutique de su infancia, sintió un pellizco de nostalgia en el corazón. Nunca la había olvidado, a pesar de su azarosa transición de hombre a mujer, de sus estudios y su incansable búsqueda de identidad.

 

Invitaron a todos los participantes a conocer el espacio, y Lía deambuló por aquel espléndido lugar que había engullido el refugio de su infancia. En una esquina, encontró un local adjunto aún vacío, donde se amontonaban trastos viejos que los antiguos comercios habían dejado atrás. Y allí estaba ella, casi no podía creerlo: Penélope yacía cubierta de polvo, con ropa desgarrada entre otros objetos olvidados. Su rostro, aunque marcado por el tiempo y con algún desconchón, aún exhibía la belleza que tanto lo había fascinado de niño. Ya no era una cara de moda, pero Lía sabía que volvería a brillar. Consiguió que se la regalaran, pues, al fin y al cabo, la tenían allí para deshacerse de ella.

 

Lía ganó el concurso con un espectacular modelo inspirado en el que lucía Penélope en las vísperas de Año Nuevo de hace tantos años, un diseño que nunca había olvidado, desprendiendo magia y glamour. La modelo que lo lució en la final se presentó ante el jurado con un maquillaje creado por Lía, la propia modelo y gente de la producción, le habían advertido de que esa cara ya no estaba de moda. Pero en su interior, sabía que la verdadera belleza trasciende las tendencias, y que la esencia de Penélope siempre viviría en su obra.


 

BUSCANDO UNA CARA DE MODA                                         ANTONIO LLOP

Cuando tenía quince años quería ser actor de cine.

Una noche, antes de acostarme, miré mi imagen en el espejo del cuarto de baño. No me parecía a ninguno de los protagonistas de las películas que veía a menudo. No tenía el pelo abundante, ni el cabello rubio, ni los ojos azules, ni la combinación de pelo moreno y ojos verdes, ni la nariz recta y decidida de ellos. Mi pelo, castaño y clareado por la parte de arriba de mi cabeza; mis ojos amarronados y mi nariz aplastada conformaban uno de esos rostros corrientes que se repetían en mi entorno. Simplemente una cara más, otra del montón de los espectadores que esperábamos impacientes todos los sábados para que la pantalla del cine nos sacara de la vulgaridad del barrio.

Continué ensayando gestos ante la luna del armario de mi cuarto, Componía la expresión de dureza o de indiferencia de los pistoleros del oeste americano. Acto seguido la cara de tristeza de los dramones españoles de la época daba paso a otra de exultante alegría propia de las comedias francesas. Tras esto me acosté. En la pantalla de mi sueño flotaba en el agua. Por encima de mi posición se extendía un cielo incendiado. Después me vi sumergido sin notar ninguna asfixia. Estaba rodeado de peces enormes como en el interior de un gran acuario. Más tarde salí del líquido a una playa de arena arrastrando un peso en la parte de atrás de mi cuerpo. Luego subí a una montaña desde la que me lancé al vacío y me mantuve en el aire contemplando a mis pies una vegetación exuberante. De pronto caí a un árbol y trepé por sus ramas. Tras esas experiencias de fantasía empezaron a aparecer imágenes de primates que pronto cambiaron a rostros con rasgos más humanos. Hasta que, tras una sucesión vertiginosa de caras con peinados de distintas épocas, apareció la de un hombre muy similar a la fotografía que mis padres guardan de mi abuelo paterno, al que yo no conocí. De repente ese rostro empezó a mover los labios, como si quisiera decirme algo. Me asusté e intenté escapar de esas apariciones oníricas. De pronto noté un intenso dolor en la zona de la boca al tiempo que despertaba en el suelo de mi habitación. En la oscuridad palpé la zona dolorida y noté que me recorría líquido abundante. Encendí la lamparita de la mesilla y vi que era sangre.

Mi madre se levantó asustada al oír el estruendo de la caída y me llevó al cuarto de baño. Atajó, como pudo, la hemorragia de mi nariz embutiendo algodones; restañó con compresas mi labio y una herida abierta en la mejilla, y me llevó a un Centro Médico. Cuando me curaron intenté recordar el sueño que había dado con mi cara en el radiador. Había estado repasando toda la semana la Teoría de la Evolución de Darwin que se rumoreaba nos iba a caer en el examen del día siguiente. Esa circunstancia mezclada con mis visajes ante el espejo en busca de una cara y una expresión de moda me habían producido una mezcla delirante de ontogénesis y filogénesis. El resultado fueron dos puntos en la boca y tres en la mejilla. Y la rotura del tabique nasal.

Tras esa amarga experiencia la vida me llevó por caminos diferentes de mis deseos de primera juventud. Olvidé mi atracción por la profesión de actor. Hasta que un día aparecieron por el barrio varios furgones que aparcaron cerca del parque. Unos operarios uniformados con pantalón y camisa negras empezaron a sacar de su interior grandes focos, pantallas y cámaras con trípodes y otros artilugios. Me acerqué a una mesita donde una chica preparaba un catering para los componentes del grupo, que ya se esparcían por los alrededores. Le pregunté qué iban a hacer. Su respuesta no se hizo esperar:

—Una peli sobre la delincuencia callejera.

—¿Van a coger gente? —pregunté espoleado por mi antigua afición.

—Sí. El director ha escogido este barrio por su autenticidad. Busca a personas que vivan en él.

En ese tiempo yo llevaba unos años trabajando en un Banco, y ya no frecuentaba tanto el cine. Pero el gusanillo que guardaba agazapado en el pecho se despertó.

Me presenté al casting y me seleccionaron enseguida, Mi intervención era breve, pero tenía algunas frases mostrando un plano corto de mi rostro.

Al final me sirvieron de algo mi nariz torcida, la cicatriz de la mejilla, el labio partido y mi pelo ya muy raleado en ese tiempo. Aunque fuera para obtener un papel de malo.


 

REGRESIÓN                                                                JUANA DOMÍNGUEZ

Estaba arrepentida, muy arrepentida, pero ya no era posible volver a tener la misma cara que tanto sufrimiento le había producido en su adolescencia y juventud.

Todo el sueldo que no entregaba en su casa para contribuir al mantenimiento de su familia, lo guardaba íntegro. 15 años privándose de todas las cosas que sus amigas disfrutaban. Ni cine, ni refrescos, ni zapatos ni ropa innecesaria, ni vacaciones, solo salía de su ciudad con su familia.

¡Tantas cosas, que hubiera podido disfrutar! A su mente vino de repente aquel bolso de piel vuelta en tonos rojizos que llevó tres temporadas su mejor amiga, y que ella misma la animó a comprar una tarde de rebajas ¡cómo le gustaba aquel bolso! le quitó la ilusión de comprarlo el espejo de la tienda donde se probaba una falda a mitad de precio, (ésta no tenía más remedio que comprarla). Cuando se miró al espejo éste le devolvió la imagen de una joven morena con ojos tristes, la mancha rojiza de su frente que le bajaba por la parte derecha de la cara, la afeaba tanto, que nunca consiguió disimularla con el pelo sobre ella. Muchas veces deseó haber sido árabe para taparse la cara con un pañuelo.

La nevus simplex que tanto la afeaba no tenía solución, el médico siempre la desánimo a extirpársela, la operación era complicada y no le ofrecían garantía de que desapareciera.

Un mal día entró en una clínica de estética, y tanta publicidad y buenos resultados la enajenaron. (Ya tenía ahorrado el coste de la operación) y no lo dudó, se quitaría la mancha, rellenarían el hueco con piel de alguna parte de su cuerpo. No había riesgo y el éxito estaba asegurado, las fotos que la habían mostrado de otras operadas atestiguaban que todo saldría a la perfección, no dudaba cuando entró al quirófano.

Que loca había sido, cuanto sufrimiento se habría evitado si en lugar de añorar la cara de princesa, pintada en el cuento de Cenicienta que tenía siempre en su mesilla, una cara perfecta, ojos verdes, pelo rubio y el óvalo de la cara simétrico, sonrosado ¡y si manchas! Cuantas veces había soñado con que un hada madrina la convirtiera a ella también en princesa.

Casi murió por la infección producida, pasó meses cerrada en su habitación, la depresión no cejaba, nadie podía darle consuelo. Quitó todos los espejos de su casa, no quería verse, sólo con tocársela sabía que era aún más fea que antes de la operación. No quería vivir. Maldita moda de ser guapos y perfectos como los famosos que veía en la televisión, o la publicidad de cualquier cosa.

¡Porque le había tocado a ella nacer con un beso de ángel!

¡Si pudiese regresar atrás en el tiempo, volver al día anterior a su operación!

 Ya no era posible, tendría que conformarse y vivir oculta, o…

Sus padres ya no sabían que hacer ni que decirle. No les causaría sorpresa que una tarde al volver a casa la encontraran tendida en la calle tapada con una manta.

 

 

EL MORCILLO BICÉFALO                                             SANTIAGO J. MARTÍN

-          Que ya voy, que ya voy. Es que no deja a uno tomarse un respiro.

Igual que algunos prefieren un perfil a otro, una camisa a una camiseta o unas gafas de sol a una mirada limpia, yo soy de los que cuido poner la imagen de mi rostro en cualquier lugar.

Y que conste que no soy exigente en absoluto con mi cara, lo que pasa es que, me lo dicen todos, la tengo de otra época, viene firmada por gestos agrietados a pesar de mis veinte años.

Ayer, sin ir más lejos, me llamó una amiga del módulo, la Esther. No se lo cogí. Me hace una videollamada, tal cual. No es que no me encontrara presentable, ya me había quitado el pijama y el batín, pero estaba seguro que ella estaba rodeada de colegas del barrio y yo con este careto que parezco mayor que mi padre.

Seguro estoy que algunos me buscan y se burlan descaradamente con mis gestos de vinagre y mi voz de plastilina afónica.

Paso. Prefiero mensajes escritos. Ahí es donde me defiendo perfectamente. Gano encanto, pierdo pudor y puedo ser algo mucho mejor que yo mismo.

-          Sí, que te estoy escuchando. Te oigo. ¡Por Dios! Mujeres.

Es por eso que prefiero relacionarme con los que no conozco, con quienes no tienen ni idea de mi físico. Ojo, que tampoco soy de los que tienen una imagen falsa en su perfil. Al contrario. Soy yo. A veces de espaldas, a veces de niño, a veces dentro del agua, con mascarilla… pero soy yo. Un tipo moderno, complaciente, respetuoso.

Los que no me conocen personalmente, me aprecian por mi verbo fácil, por mi simpatía, porque soy muy ocurrente. Sé que todo eso se desploma en el cara a cara. Ahí las palabras no me salen, los ojos de los demás se me hacen flexos de interrogatorios, me encasquillo hasta para pronunciar un monosílabo.

-          No seas pesada. Que te estoy diciendo que ya voy. No puedes vivir sin mi presencia.

He pensado en hacerme un ser virtual, etéreo, inconsistente, frugal, pero con señas de identidad de las que no me avergüence, de esas que he ido adquiriendo con el tiempo, no con el devenir químico de mi impresentable ADN.

-          Ya estoy aquí, vieja. Venga, sírveme la comida. No, no seas pesada, ya te he dicho que no me importa comer cocido todos los días, como ha sido toda la vida.  Hace 5 años que se murió mi padre y todavía no ha notado que no está.